La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 1 de noviembre de 2015

Apuntes introductorios a la lectura de Los Presupuestos metafísicos de la ciencia moderna de Edwin Burtt: el otro Isaac.


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Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Isaac Barrow (1630 – 1677) no es, al menos para la vulgata, la estrella más rutilante en el cosmos académico del siglo XVII. Es el otro Isaac, el olvidado en los manuales escolares, en las revistas de divulgación o de historia de la ciencia. Sin embargo, es seguro que puesto a lado de cualquiera de los grandes pensadores de todas las épocas su figura no tiene nada que envidiarle al promedio. Isaac Barrow es otro de los gigantes sobre cuyos hombros se paró Newton.
Barrow es otro de los exalumnos del Trinity College que con el tiempo cerró filas con el pensamiento moderno, lanzando por la borda todo el bagaje escolástico  medieval. Pasó por las aulas enseñando matemática, tanto en el Trinity como en el Gresham College. Tuvo como pupilo al Isaac famoso, quien se asegura es el único matemático inglés capaz de superarlo: Newton, claro.
Pero el tiempo pone todo en su lugar, al menos en aquellos ámbitos donde la historia de las ciencias no es la historia de unos pocos genios iluminados que dan en el clavo sino la de una comunidad de hombres inmersos en claros oscuros, debates, intercambios, tensiones y lastres.
Barrow, junto con otros como Henry More (1614 -  1687), influyó en el pensamiento metafísico de Newton. Sus trabajos en matemática, espacio y tiempo tienen profundas repercusiones en ese campo. En sus obras, Barrow se despacha con profundas teorizaciones sobre el método matemático, el tiempo y el espacio. 
El matemático inglés sostiene que el objeto de la ciencia es la cantidad considerada en las formas puras o combinadas. Una línea puede ser estudiada puramente desde la geometría o tomada como un distancia entre dos cuerpos materiales o como una trayectoria tal como lo hace la astronomía o la mecánica.
Isaac Barrow insiste que es un error considerar que el matemático trata con objetos ideales opuestos a los sensibles, mantiene una firmeza considerable que la ciencia se debe ocupar de las cosas, analizando los fenómenos a los que tilda de inteligibles. Lo es porque responde a una continuidad cuantitativa. Por eso la física es matemática.
La salsa moderna se cocina también en la hoya de Barrow. Matematización, análisis cuantitativo, condimentos fundamentales de la ciencia moderna. Al igual que sus contemporáneos ingleses, plantea que todo lo existente debe ser considerado como extenso.
El método matemático parte de la consideración de la disciplina como una forma de hacer aparecer en la mente ideas claras y distintas con nombres apropiados e invariables. La investigación parte del a priori para elaborar conclusiones verdaderas. Se trata de algunos axiomas irrefutables y familiares. Las hipótesis que deben surgir conforme a la razón también se establecen a priori.
Barrow enumera ocho razones específicas para afirmar la certeza de la geometría:

Claridad de conceptos
Definiciones inequívocas
La certidumbre intuitiva
La verdad universal de los axiomas
La posibilidad y facilidad con que se pueden imaginar postulados e hipótesis
Pequeño número de axiomas
Claridad en la generación de magnitudes
Orden sencillo de demostraciones
El hecho de que los matemáticos pasen por alto lo que no conocen prefiriendo reconocer la ignorancia a afirmar sin una buena base.

Los principios nacen de los objetos sensibles que son los llevan a la razón a enhebrar los objetos y demostraciones geométricas. La razón percibe estimulada por los sentidos que las figuras geométricas están allí, existen en el mundo. Son como la estatua que vive en el bloque amorfo de mármol. La matemática se fundamenta entonces a partir de la inducción. Su validez universal se basa en que sus principios han sido verificados permanentemente.
Según Barrow, se conoce lo que se expresa numéricamente en relación a una medida definida y conocida considerada como unidad. Sólo por los números pueden reducirse a cantidades de las cosas a medidas.
Las sustancias y esencias de la escolástica quedan atrás en el pensamiento de Barrow para dar pie a la reflexión sobre el espacio y el tiempo.  Sin embargo, su interés religioso se mantiene. Sostiene que toda demostración supone la existencia de dios.
Descartes, como es sabido, había tratado el asunto del espacio instalando un dualismo. Vio en el espacio una sustancia material y adjudicó al mundo inmaterial del pensamiento todo lo que podría tener tratamiento geométrico. Barrow, que era un teólogo, notó de entrada el peligro de este tipo de pensamiento y se avocó a saldar el dualismo que el francés había instalado. El espacio no podía ser independiente de la deidad.
El espacio y el tiempo en Barrow (también en More) se consideran como existentes reales y absolutos pero con un todo distinto al que le da Hobbes. El espacio y el tiempo así tomados son la omnipresencia y duración eternas de dios. Pero el matemático inglés se interesa por la ciencia positiva. Y desde este punto de vista considera que el espacio y el tiempo expresan simplemente potencialidad de magnitud y duración.
El espacio para Barrow no puede tener una existencia real independiente de dios. Por otro lado es contrario a las escrituras considerar a la materia como infinitamente extensa. El espacio es la superabundancia de la presencia y poder divinos. Dios puede crear mundos más allá de este, extender la materia más allá de él. No puede considerarse al espacio como existente real en sí mismo, él debe ser tomado como mera potencia pura y simple, una capacidad, posición o interposición de una magnitud.
Barrow se preguntaba si había habido tiempo antes de la creación y si este fluye más allá de los límites del mundo. Su respuesta no tarda en llegar y sintoniza con su idea de espacio. Argumenta que así como hubo espacio antes de la creación de este mundo, un espacio coexistente con dios, también el tiempo era y es más allá del mundo. Como antes del mundo había seres que podían existir continuamente, ángeles o dios mismo, ahora las cosas pueden existir más allá del mundo y gozar de permanencia. El tiempo no es una existencia real sino una capacidad.
En síntesis, coincidiendo con More, Barrow va a sostener que considerados como existencias reales y absolutas el espacio y el tiempo no son más que la omnipresencia y la duración eternas de dios. Pero al interesarse en la ciencia positiva, este filósofo no le atribuye existencia real en sí, sino expresan simplemente potencialidad de la magnitud y duración. Como sea, Barrow era religioso. Jamás olvidó que la existencia de dios trascendente  infinito y siempre vivo implicaba un espacio y un tiempo. Tanto como More, Barrow creía que el espacio y el tiempo no podían aparecer como independientes de la deidad.
Así como el espacio llegó a convertirse con los ingleses del siglo XVII en una sustancia infinita que existe por sí misma (salvo por su relación con dios) dejando de ser un accidente de las cosas o relativo a las magnitudes, el tiempo dejó de ser considerado como la medida del movimiento y paso a ser algo misterioso, que fluye eternamente con un curso matemático siempre igual. En esto los filósofos de la naturaleza ingleses fueron claros exponentes de la modernidad. El mundo de la naturaleza se despojaba de sustancias que tienen relaciones teleológicas y cualitativas y se transforma en el reino de los cuerpos que se mueven mecánicamente en el espacio y en el tiempo.


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