La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 1 de junio de 2015

Apuntes introductorios a la lectura de Los Presupuestos metafísicos de la ciencia moderna de Edwin Burtt: Copérnico y Kepler. El problema de la nueva astronomía.

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Por José Antonio Gómez Di Vincenzo












Vamos a comenzar a tomar apuntes del segundo capítulo de la obra de Edwin Burtt. Este segundo capítulo se divide en cinco partes:

  • El problema de la astronomía
  • Aspectos metafísicos del progreso de las matemáticas antes de Copérnico
  • Implicaciones últimas de la actitud copernicana. Renacimiento del pitagorismo
  • Kepler y su precoz aceptación del nuevo sistema cósmico
  • Primera formulación de la nueva metafísica. Causalidad, cantidad, cualidades primarias y cualidades secundarias.


En esta entrada nos dedicaremos al primero de los apartados. Iremos muy lentamente porque se trata de un comienzo sumamente complejo. Dejaremos los restantes para futuros encuentros con la esperanza de poder avanzar más a prisa.

Burtt lanza de entrada una formidable pregunta: ¿Por qué Copérnico y Kepler, antes que cualquier confirmación empírica de la hipótesis heliocéntrica aceptaron y creyeron que esta era una buena imagen del universo? Con la pregunta, el americano va directo al centro de la problemática histórica. Dicho de otra manera, por qué arriesgarse tanto y aceptar una teoría tan alocada e imaginativa.

A continuación, como si esto fuera poco añade: ¿Qué fundamento hubiese tenido un intelectual contemporáneo a estos grandes para rechazar tal hipótesis como puro apriorismo? La respuesta es muchos y muy sólidos.

Desde el presente, juzgamos la historia de un modo bastante peculiar. Solemos olvidar la cantidad de objeciones que un científico pudiera haber esbozado contra la tesis heliocéntrica. Objeciones basadas en la experiencia y por cierto, muy convincentes.

En efecto, la astronomía ptolemaica había aportado sólidos conocimientos como para realizar muy buenas anticipaciones y explicar muy bien los fenómenos celestes. Ella se había solidificado y era aceptada por la comunidad de intelectuales. Es más, los movimientos celestes podían seguirse tan bien con el aparataje ptolemaico como con el copernicano.

Entonces, antes que nada, qué razones pudieran haber llevado a un intelectual de la época a abandonar las tesis de la astronomía ptolemaica para lanzarse sin red de contención a una nueva astronomía con presupuestos radicalmente diferentes.
Segunda cuestión: para la época de Copérnico y Kepler, los astrónomos no contaban con instrumentos como el telescopio para ver manchas en el Sol, cráteres en la Luna, fases en Venus. Había que esperar a Galileo para todo eso. Todos los sentidos por sí mismos daban una información clara: la Tierra ocupa el centro del universo, no se mueve, se mueven las estrellas fijas, etc.

Tercer punto: junto con el aporte de los sentidos teníamos todo una filosofía natural que aportaba el fundamento para el pensamiento humano. Un mundo ordenado jerárquicamente, con los cuatro elementos en escala ascendente según su valor, el mundo del cambio sublunar y el de lo eterno e inmutable, el supralunar.

Por último, tenemos concretas objeciones basadas en la física de la época. Por ejemplo: si la Tierra se moviese, un cuerpo lanzado en tiro vertical debería caer a una distancia prudencial al oeste del lugar desde el cual fue lanzado. Para dejar de lado este tipo de cuestionamientos hay que esperar que Galileo cimente la dinámica moderna. Ésta más otras cuestiones, desde la física, ponían en tela de juicio las consideraciones y corolarios de la teoría heliocéntrica.

Esto demuestra que no se trataba sólo de escrúpulos teológicos o religiosos. Si ellos no hubiesen estado presentes, hubiera habido - y los hubo de hecho- todo una serie de cuestionamientos que debilitarían una nueva astronomía como la copernicana.

Es llegado a este punto cuando Burtt lanza su gran mojada de oreja al empirismo aggiornado del siglo XX, encarnado en el neopositivismo. Dice con toda claridad que es importante recordar que el pensamiento del siglo XVI ya se encontraba muy cerca del empirismo y que veía como extravagante cualquier afirmación apriorística o producto de una imaginación descontrolada. “Conviene recordar este hecho, ahora que una de las características de la filosofía contemporánea es poder el acento sobre el empirismo. Los empiristas actuales hubieran sido los primeros en desechar la nueva filosofía del universo si hubieran vivido en el siglo XVI.” Pág. 38

Puras objeciones y muy precisas y fuertes por cierto. Entonces, con más razón: ¿Por qué Copérnico y Kepler, antes que cualquier confirmación empírica de la hipótesis heliocéntrica aceptaron y creyeron que esta era una buena imagen del universo?

Burtt sostiene que “para oponerse a estas objeciones profundamente serias, Copérnico sólo podía apelar al razonamiento de que su concepción ponía los hechos de la astronomía en un orden matemático más sencillo y armónico”. Pág. 38

En efecto, Copérnico hacía con treinta y cuatro figuras geométricas lo que la astronomía ptolemaica, con ochenta epiciclos más o menos. Así y dejando la Tierra de ocupar el centro del sistema y colocando allí al Sol, el astrónomo polaco salvaba los fenómenos.

En definitiva, armonía y sencillez, las dos grandes cualidades del sistema. Y todo gracias a existía en el ambiente intelectual europeo desde mucho antes que Copérnico elaborara su astronomía, la idea de que la naturaleza obraba según el principio de sencillez. Se creía firmemente que: ”Natura Semper agit per vías brevissimas”, “natura hihil facit frustra”, “natura neque redundat in suerpfluis, neque déficit in neccesariis” La naturaleza obra siempre por el camino más corto, no hace nada en vano, no tiene abundancia de cosas superfluas ni carece de lo necesario.

Resulta ahora claro cómo estos supuestos posibilitaban o contribuían a sostener el sencillo sistema copernicano e iban contra el tortuoso sistema de epiciclos y deferentes amontonados con la parafernalia de cálculos implicados para realizar anticipaciones que era propio del mundo ptolemaico.
Por otra parte, el heliocentrismo, el Sol en el centro del sistema, también contribuía a la sencillez. Pero el astro rey jamás podría haber sido entronizado en el centro del sistema a no ser por una cuestión no menor referida a la historia previa a la obra del polaco. Desde hacía años se venían realizando viajes exploratorios, ampliando los horizontes, yendo más allá de las fronteras europeas. Con el Renacimiento, había comenzado la revolución del comercio. El mundo del hombre medieval comenzó a resultar muy pequeño. Roma ya no era el centro religioso del mundo. Un cataclismo religioso, la reforma, había abierto el pensamiento. Ideas extrañas y radicales comenzaban a aflorar fomentadas y sostenidas desde nuevos centros de interés y nuevas identidades nacionales dispuestas a disputar poder con Roma. Así comenzó a imponerse la idea de lo homogéneo; que Roma, Paris y Londres eran iguales. Muchos nuevos hombres comenzaron a ser descubiertos habitando las antípodas al tiempo que la Tierra era circunnavegada.

Es a partir de esta idea de homogeneidad que Copérnico, junto a otros defensores del heliocentrismo, puede argumentar la falsedad de la objeción de que si la Tierra se movía entonces los seres que la habitan saldrían expulsados lejos como proyectiles. Nada en la Tierra ocurre de modo diferente a lo que sucede en el resto del universo. No hay más jerarquías y diferencias entre los mundos, sublunar y supralunar.

Bueno. Hasta aquí. Es suficiente. Quedémonos meditando en esto porque es demasiado importante como para largarnos sin más y seguir chapoteando,  sin tomar verdadera dimensión de lo que Burtt nos está diciendo: La revolución copernicana se impone no por su orden racional, por el carácter metódico que le dio nacimiento, por las evidencias empíricas que la sostienen sino por algo muy lejano a lo que todo empirista contemporáneo estaría pensando, su sencillez y armoniosidad antes que nada.

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