La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

viernes, 1 de mayo de 2015

Apuntes introductorios a la lectura de Los Presupuestos metafísicos de la ciencia moderna de Edwin Burtt: la introducción.


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Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Comenzaremos a adentrarnos en el pensamiento de Burtt aferrados a su mano, dejándonos llevar por su propia introducción a la obra. Un espacio en el libro que nada tiene de adorno ni que pretende despojarse de la rigurosidad tan sólo para dar cuenta de agradecimientos o satisfacer sponsors. Nada de eso. Es allí donde el autor va al núcleo del problema y da cuenta de su posible solución.

Edwin Burtt implanta su trabajo instalando como foco de discusión la pertinencia epistémica de lo que en la tradición hemos denominado contexto de descubrimiento. Lejos de ser todos aquellos componentes que lo conforman (los aspectos sociológicos, ideológicos, políticos y económicos que enmarcan el hacer científico) un resabio o residuo a descartar en la producción o reflexión sobre la ciencia, es éste importante a la hora de emprender un análisis de sus productos y sus características.

El filósofo interpela inicialmente nuestra mirada acerca de la cosmología moderna mostrándonos cómo hemos naturalizado nuestra forma de concebir o pensar el origen del universo, su forma, su tamaño, las leyes que lo rigen y los elementos que lo componen. Una manera de especular que no tiene más de trescientos o cuatrocientos años, según donde ubiquemos el hito inicial de la denominada Revolución Científica del siglo XVI y XVII. Esa cosmología no es discutida ni interpelada. Todo lo contrario, sus principios se aceptan como el alimento primordial de todas nuestras elucubraciones.

Burtt introduce entonces uno de los más apasionantes problemas que el historiador de las ideas o de la ciencia en particular debe abordar: la diferencia que existe entre la praxis con sus dinámicas intrínsecas y la reflexión que viene a posteriori acerca de ella. En otra parte, he afirmado que la historia de la ciencia y su filosofía son un plato que se come frío.[1] En efecto, todo lo que digamos luego del hacer mismo es ignorado mientras la ciencia se hace. Y el científico, el pensador, el inventor no escapa a las ideas de su tiempo en el hacer mismo.

No obstante, el filósofo, menos preocupado por rendir cuentas de sus especulaciones fijando interpretaciones empíricas, puede dejarse llevar por la reflexión. Y en efecto, descubrimos que con los modernos, una temática cobra especial énfasis en la cavilación, la problemática del conocimiento.

Ciertamente, la teoría del conocimiento vuela como nunca cuando los modernos, por apartarse del criterio de autoridad vigente en el Medioevo debieron dar fundamento preciso a las elaboraciones científicas o conceptualizaciones acerca de la naturaleza. Burtt insiste en que no es para nada accidental que la epistemología haya sido una preocupación clave en el pensamiento de los intelectuales de la modernidad, dado que el conocimiento no representaba ningún problema durante la época medieval. Fue cuando los hombres comenzaron a creer otras cosas, cuando aparecieron nuevas especulaciones, que fue posible el cambio. A la sazón, los intelectuales esclavos del pensamiento y las creencias de su época pudieron correrse de algunos dogmas establecidos y reflexionar sobre las herejías.

Este tipo de cuestiones no pueden ser dejadas de lado, según nuestro autor, de toda reflexión que pretenda dar inteligibilidad a la historia de la ciencia y a las características de su producción. Burtt está discutiendo con las por entonces posiciones hegemónicas dentro de la tradición anglosajona. Por la época en que el filósofo enhebra Los fundamentos imperaba el empirismo lógico y su desprecio por todo aquello que hiciera de la reflexión sobre la ciencia una mera especulación y del hacer científico un salto al vacío cursado por la verborragia metafísica y los presupuestos colados en sus pliegues. Su historia de la ciencia es la historia continuista de los grandes logros, aquellos que fueron producto del correcto accionar empirista, inductivista y despojado de desvíos metafísicos. Ciencia es lo que cumple con el canon y el principio verificacionista del significado; su historia, una no historia puesto que no hay proceso, no hay saltos, sólo una crónica. Y la filosofía de todo eso nada tiene que ver con la filosofía, como dijera Wittgenstein en su Tractatus sino que debe ser un mero análisis lógico del lenguaje, una analítica para nada especulativa.

Para el filósofo norteamericano, la epistemología no puede escapar de la reflexión sobre los condimentos metafísicos y las creencias de la época en que se elabora la ciencia y sus productos. Es por ello que el núcleo de su trabajo va a ser, en sus palabras, “la imagen última que se ha formado [una época] con respecto a la naturaleza del mundo. Es el elemento básico que domina todo pensamiento.” Pág. 13 E inmediatamente después, Burtt nos dice que esto que es propio de la modernidad, lo es también de cualquier época que queramos analizar. Con tan clara argumentación, el autor nos da letra para colocarlo como un referente de lo que luego denominamos la revolución historicista dentro de la tradición. En efecto, resuena en estas palabras el son de lo que luego como eco se denominará paradigma o matriz disciplinar con sus componentes metafísicos y su forma de ver el mundo en La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn.

El análisis de los presupuestos es fundamental para entender los productos intelectuales de una época. Si hay cambios en dichos presupuestos hay cambio de época y viceversa. Esta es la tesis que arroja a Burtt al estudio de la historia. Y como los epistemólogos naturalizados décadas después, el norteamericano dirá que la historia arroja mucha luz en la reflexión sobre la ciencia, tiene un lugar. “Un lugar para la historia” reclamaría el Thomas Kuhn revolucionario.

Los objetivos centrales en el trabajo que analizamos son “establecer de manera preliminar, aunque tan precisa como podamos, el contraste metafísico central entre el pensamiento medieval y el pensamiento moderno con respecto a su concepción de la relación del hombre con su medio natural.” Pág. 14 Según nuestro autor hay una diferencia fundamental: para el hombre del Medioevo él ocupaba un puesto significativo en la naturaleza, era su centro, el mundo natural estaba teleológicamente subordinado a él y a su destino eterno, el hombre era el hecho más importante y dominaba la naturaleza; para el moderno ésta cobra independencia, el hombre ya no ocupa un lugar de privilegio en la teleología cósmica, ni siquiera hay telos, finalidades, y sus ideales y misticismo no son más que fruto de su imaginación, el mundo es un mecanismo y la clave del entendimiento del funcionamiento el desarmar y analizar el despliegue de sus partes componentes.

El pensador medieval veía sustancia, esencia, materia, forma, cualidad y cantidad en vez de tiempo, espacio, masa o energía. Burtt nos aporta interesantes ejemplos: nos dice que para el científico medieval la observación de un objeto involucraba algo que iba de su ojo al objeto y no del objeto a su ojo y las cosas que aparecían de manera diferente eran de sustancia diferente como el agua, el hielo y el vapor. Efectivamente, frío y calor eran sustancias diferentes. La lluvia caía para hacer crecer las cosechas. Su  propósito se cumplía en un devenir teleológico. Y eso era cierto porque el fin de las nubes era verter el agua. Y así, la naturaleza era antropomorfa y devenía en una teleología a fin al desarrollo de los hombres hacia la eternidad.

Luego de una hermosa y más que representativa comparación entre la Divina Comedia  de Dante y A free man worship (Mysticism and Logic) la obra de Bertrand Russell como exponentes de uno y otro tipo de pensamiento, con el objeto de mostrar la grieta que existe entre el pensamiento medieval y el moderno, su forma de concebir el lugar del hombre en el universo y su forma de vincularse con la naturaleza, Burtt va a resaltar una de sus tesis principales:

“… así como era totalmente natural para los filósofos medievales concebir la naturaleza como subordinada al conocimiento, propósitos y destino humanos, ahora ha llegado a ser natural concebirla como existente y operante en su propia y autónoma independencia, y, en la medida en que la relación entre el hombre y la naturaleza resulta de algún modo clara, considerar el conocimiento y sus propósitos humanos producidos en parte por ella, y el destino del hombre como totalmente dependiente de ella.” Pág. 21

En síntesis, lo que nos deja la primera parte de la  introducción como corolario es que el problema a tratar es un problema histórico y la clave para abordar su esclarecimiento está dada por los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna, distintos a los fundamentos de la ciencia medieval. Hay, entonces, rupturas en la forma de ver el mundo que impactan en el modo de producir ciencia y a su vez, formas de hacer que repercuten en la cosmovisión específica de una época.

Continuaremos, en una próxima entrada, analizando la introducción a Los fundamentos de Burtt escrutando la segunda parte, allí donde el intelectual advierte precisamente que la clave del problema está en los fundamentos metafísicos.





[1] Consultar en mi introducción al “Biotipificar al soberano” de Editorial Rhesis.

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