La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

miércoles, 1 de abril de 2015

De la estafa empirista a la ciencia que nace de presupuestos: Burtt y los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna.




Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Es de cajón que si recorremos los cursos en colegios y universidades o aquellos ámbitos cuasi sacros, donde los pastores de la fe en la ciencia hacen lo suyo, preguntándonos acerca del principal valor que tiene cualquier disciplina que pretenda el estatus de científica, lo que salga es todo un recitado de caracteres empiristas bien de manual, que refuerzan la idea de la ciencia como camino a la verdad, etc.

Así, la disciplina científica tal lo es o lo será porque “parte de la experiencia”, porque “recoge sistemáticamente los datos a partir de los cuales es posible “hallar” las leyes e hipótesis, porque todo eso se hace “siguiendo el método científico”. Entonces la fórmula parece perderse en un círculo infinito: la ciencia es ciencia porque aplica el método científico, el método es científico porque está probado científicamente, como los beneficios de la crema de enjuague de la televisión o la loción que mata piojos en las cabezas de los niños y niñas.

El empirismo lógico del siglo XX enarboló las delicias del método inductivo pretendiendo asegurarse de que nada con tufillo metafísico pueda filtrarse en los pliegues del conocimiento científico. Su sesgo penetra hasta el tuétano mucho de nuestro arsenal de tradiciones académicas. No es casual que para graduarse de científico en la prestigiosa Universidad de Buenos Aires, Argentina haya que pasar primero por el portal de la Introducción al Pensamiento Científico o la Introducción al Conocimiento Científico. Es algo así como el grabado de la academia platónica para los salvadores del mundo en los tiempos posmodernos: “aprende a pensar como científico o a conocer como científico antes de serlo”.
¡Glorioso! Se aprende a ser antes de hacer.

En la década del 60 del siglo pasado, un conjunto de filósofos e historiadores de la ciencia se atrevieron a patear el tablero de la tradición enarbolando sendas críticas tanto al inductivismo propio del empirismo clásico o contemporáneo, como del falsacionismo popperiano, principal crítico de la movida empirista. Feyerabend (1924 – 1994), Thomas Kuhn (1922 – 1996), Toulmin (1922 – 2009) o Hanson (1924 – 1967), la lista de protagonistas de la denominada “revuelta historicista” es extensa. Más allá de las especificidades propias de cada una de sus observaciones críticas, todos estos intelectuales concuerdan en que es preciso revaluar las características heredadas por la tradición para definir el conocimiento científico, correrse de las prescripciones y analizar más de cerca eso que los científicos hacen o hicieron históricamente.

Se abre entonces todo un nuevo panorama en la reflexión sobre la ciencia, una ola que va desde la filosofía y la historia de la ciencia hasta los estudios acerca de la ciencia, tecnología y sociedad.
En líneas generales, todos estos pensadores postularán que en el abordaje epistemológico debe considerarse relevante el contexto de descubrimiento y los procesos de producción de conocimiento científico. De la prescripción a la descripción, de la ciencia abordada a través de sus productos a la ciencias considerada un proceso de producción social. En otras palabras, dirán que es fundamental atender a los aspectos diacrónicos y llevar a cabo una descripción más que una prescripción, sea está de tipo semántico o metodológico.

Lo paradójico es que lejos de caracterizarse como “enterradores” de la denominada Concepción Heredada todos estos filósofos e historiadores pueden ser considerados miembros legítimos de la tradición que surge allá por los años 20 del siglo XX. Porque si bien es cierto que dejan de lado ciertos temas o problemas (como el análisis lógico estructural, la búsqueda de un criterio de demarcación o las cuestiones metodológicas), profundizan y revalorizan otras cuestiones  (como ocurre con el tratamiento del lenguaje científico) e instalan nuevos tópicos (como el estudio de las prácticas concretas en la producción de ciencia y la relevancia epistémica del contexto de descubrimiento que ya he mencionado.

Pero además, ellos recogen muchos de los postulados de algunos de sus antecesores, de los que se animaron a enarbolar las críticas a las posiciones hegémonicas ya desde los albores de la profesionalización de la filosofía de la ciencia contemporánea, durante la mencionada década del 20 del siglo pasado.

Visionarios como Boris Hessen (1893 – 1936), Bachelard (1884 – 1962), Willard Quine (1908 – 2000), Alexandre Koyré (1892 -1964), Ludwik Fleck (1896 – 1961), el mismo Ludwig Wittgenstein (1889 – 1951) ya habían reclamado un lugar para la historia de la ciencia o postulado cuestiones que rozan las tesis kuhneanas- sino por su enorme influencia en distintos campos y latitudes.
De todos ellos, en este artículo a modo de homenaje, quisiéramos recordar a Edwin Arthur Burtt (1892 – 1989), el filósofo americano autor de The Metaphysical Foundations of Modern Physical Science,en español, Los Fundamentos Metafísicos de la Ciencia Moderna, publicado en el mismo contexto en el que se desarrollaba el empirismo más duro. [1]

Edwin Burtt les muestra a los grandes adalides del neopositivismo basando sus argumentos en sólidos datos históricos que si los grandes revolucionarios del renacimiento, en los albores de la modernidad, hubiesen sido tan empiristas como ellos han postulado que sus colegas científicos contemporáneos debieran ser, entonces la ciencia moderna jamás hubiese nacido.
En efecto, la capa y espada del empirista defenderá a muerte todo resultado abstracto que surja de la observación de casos particulares. Pues entonces, resultaría evidente y harto verificado que la Tierra no se mueve, que ocupa el centro del universo, que lo que se mueve es el firmamento y que las estrellas están fijas en él.

Tal como muestra Burtt en su clásico libro, fue mucho más que la observación y el método aquello que hizo posible la revolución científica del siglo XVI y XVII. Hizo falta pensar de otro modo, a partir de fundamentos diferentes, difícilmente verificables en la experiencia. Los presupuestos metafísicos de la ciencia moderna fueron a ocupar un lugar destacado a la hora de ver el mundo de otro modo.

Imposible en este corto espacio analizar todo el arsenal de argumentos expuestos en el libro de Burtt. Ya habrá tiempo para acercarle las notas y apuntes al lector. Baste por ahora con decir que el texto anticipa el lugar de la historia, la importancia del análisis diacrónico, de correrse de los límites del producto científico y del sujeto para abrirse al contexto sociohistórico, político, económico. Un gran libro, antológico y de culto para quienes nos adentramos en el campo de la filosofía y la historia de la ciencia.

Más adelante abordaremos directamente la obra, capítulo por capítulo. Intentaremos desgranarla como merece. Queda lanzada la promesa. Esperemos nos dé el cuero.



[1] Hay una edición en español de Editorial Sudamericana de 1960 que es la que seguimos y emplearemos para todos los posteos sobre la obra.

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