La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

miércoles, 15 de abril de 2015

Apuntes introductorios a la lectura de Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna de Edwin Burtt: algunas conjeturas, señales y rasgos a tener en cuenta.

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo
Edwin Burtt (1892 – 1989) publicó Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna en la década del 20 del siglo pasado (precisamente en 1924)[1], años antes de la edición del famoso Manifiesto del Círculo de Viena, La concepción científica del mundo de 1929 pero casi al mismo tiempo de sobrevuelo neopositivista en la vieja Europa[2]. El texto plasma los contenidos de su tesis doctoral y lo posiciona en el mundo académico como uno de los más destacados e influyentes filósofos de la ciencia de aquello que, décadas después, se denominó escenario postempirista.

En efecto, no lo suficientemente reconocido por sus colegas, Burtt fue un adelantado. Sus tesis anticipan lo que luego se postulará desde la epistemología naturalizada y descriptiva; aquella desde la que, en los años 60, una serie de intelectuales comenzaró a acentuar la relevancia epistémica del contexto de descubrimiento; esto es, todos aquellos aspectos relacionados con el contexto histórico, político, económico, social, cuestiones de índole psicológica, etc. en la producción de conocimiento científico, tomando la ciencia no sólo como producto sino atendiendo a los procesos de elaboración de conocimientos y el análisis de las prácticas concretas.

Burtt se atrevía a plantear que lejos de pretender que los científicos dejen de lado todo tipo de presupuestos metafísicos para basar la elaboración de hipótesis, leyes o teorías tan sólo en datos, conceptos y proposiciones verificables empíricamente, lo que es importante reconocer, precisar y estudiar es la fuerte impronta que las partes metafísicas tienen a la hora de elaborar los productos científicos.

Junto a otros precursores, el filósofo de norteamericano fue capaz de escapar a la hegemonía que dentro de la denominada tradición anglosajona ejercía el empirismo lógico anclando sus descubrimientos en el estudio de aquellos que los productos reflejan sólo a quienes están dispuestos a dirigir su mirada más allá de la justificación o correrse de lo estrictamente lógico, metodológico, analítico o prescriptivo.

Sin dejar de lado ciertos criterios propios del hacer de la ciencia, lo que los científicos hacen (siempre desde la óptica de Burtt) es elaborar sus saberes y prácticas en sintonía con el contexto social, político, cultural y fundamentalmente desde una forma de ver el mundo.
Es posible seguir una suerte de hilo de Ariadna que se extiende desde los aportes de Thomas Kuhn (1922 – 1996) hacia la obra de Burtt pasando por los aportes de Koyré (1892 – 1964) y otros como Bachelard (1884 – 1962). En efecto, los presupuestos metafísicos inverificables en la experiencia constituyen una parte esencial de aquello a lo que el Kuhn de La estructura de las revoluciones científicas de 1962 denominó paradigma, un marco conceptual mucho más amplio que las teorías, leyes e hipótesis. Por su parte, Koyré publicó Del mundo cerrado al universo infinito, también en el 62 pero luego de haber centrado sus estudios en la obra de Copérnico y Galileo y haber estudiado el período de la denominada revolución científica del siglo XVI y XVII. El francés de origen ruso postula que por aquella época en la cultura europea se da una mutación radical que transformó el cuadro y los postulados desde los cuales se elabora el pensamiento. Es por entonces cuando ciencia y filosofía se instalan dialécticamente a la vez como materia y producto de las transformaciones en la cosmovisión y luego el mundo material.

Como quiera que sea, con mayor o menor reconocimiento de sus pares, Burtt anticipa con sus Fundamentos muchos de los abordajes posteriores, siendo su obra una referencia fundamental, tanto por lo que en efecto adelanta, como por aquellos problemas que introduce en el estudio de la historia de la ciencia. Efectivamente, la apertura al contexto de descubrimiento, los aspectos culturales, políticos, económicos, metafísicos que enmarcan la producción científico-tecnológica, el reconocimiento de su relevancia para el estudio epistemológico introduce toda una serie de cuestiones a tener en cuenta y de difícil abordaje. Es, en efecto, difícil explicar mediante qué mecanismos se da la transferencia de sentidos desde el contexto al interior de la racionalidad científica, cómo influye la ideología en la producción misma de las hipótesis, leyes y teorías. Todos asuntos más que interesantes y que constituyen algo así como el Santo Grial de la filosofía de la ciencia posterior a la década del 60.





[1] Reeditado en 1932
[2] Es preciso tener presente que los intelectuales del Círculo de Viena comenzaron sus reuniones periódicas en 1922 en torno a la figura de Moritz Schlick (1882 – 1936)  influenciados por la publicación del  Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein (1889 – 1951) obra que influyó en sus apreciaciones y contribuyó a afianzar las posiciones del empirismo clásico mixturadas con la filosofía analítica para considerar a las teorías como un conjunto de proposiciones con sentido como un sistema axiomático interpretable empíricamente.

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