La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

sábado, 14 de marzo de 2015

El fantasma de la democracia impotente y las instituciones bobas



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo
 Entre la fauna política local, una destacada pitonisa ve el futuro y pregona desastres. Fantasmas por todos lados estarían asechando la Argentina y también a la Patria Grande con el objeto de torcerle el brazo a la democracia. Extasiada y embriagada de futurismo berreta, el mensaje cala todavía en la febril mente de algún resentido conservador, veloz a la hora de transformar un delirio en una expresión de deseo. Cambio más que continuidad. Cambio para que nada cambie. Algo tiene que mutar para que la delirante, sus acólitos y quienes manejan sus hilos y los de otros tantos personajes voluntariosos a la hora de defender los intereses de las corporaciones económicas puedan hacer su historia en el juego del capitalismo, salvaje o no. Y en rigor, eso que tiene que cambiar desde el afán de estos personajes es el gobierno que conduce las políticas de Estado. Un gobierno que de revolucionario no tiene nada pero que con poco sabe tocar intereses e instalarse como grano en el trasero del poder.
La predicción de que la democracia estaría en peligro no hace más que expresar en forma imaginaria una voluntad concreta, un tipo de accionar destituyente. Y la verdad es que quienes ponen en peligro el sistema son aquellos que alimentan mediáticamente, económicamente, simbólica y concretamente, el discurso de la pitonisa y los títeres, cagatintas y sujetos de poca monta en esta historia.
La democracia goza de buena salud, por más que algunas instituciones caminan rengas o con vendas en un solo ojo. El gobierno avanza, toca intereses, beneficia intereses. Es así, nada de qué sorprenderse. Desde el triunfo de las burguesías, los gobiernos se nutren de actores más o menos propensos a discutir intereses dominantes pero nunca las estructuras que sostienen el sistema. Quienes fuerzan, contorsionan, desplazan contenidos, malversan las instituciones a su antojo son quienes se paran del lado del poder económico. Y así, todo lo vaporoso se esfuma y deja ver la realidad de un discurso que apela a la democracia y las instituciones, al temor de que éstas estén siendo hostigadas por el gobierno para en realidad mostrar que todo eso que llamamos ley, constitución y democracia puede ser retorcido a gusto de los intereses corporativos y dominantes y sus representantes.
La derecha siempre operó muy bien en el plano simbólico para lograr el consenso que permite la reproducción del statu quo. Y sí, es bueno enterarse, decir y saber que la ley no es una entelequia, que se puede cambiar y que se puede forzar. Pero cambiar y forzar son cosas distintas.
Un conjunto de políticos locales presentan a la democracia, la ley, en definitiva las instituciones, como cosa impoluta, ideas inmutables que rigen las acciones de los hombres, guían sus procederes, los orientan. Democracia como idea, lejos de ser concebida como herramienta de transformación.  Viejo truco de la clase dominante en el poder. Idea que se llena con una serie de contenidos formales cuyo origen lejos está del mundo de lo inmutable e impoluto. Como diría el cabezón barbado de Tréveris, olvida que somos los hombres quienes hacemos las instituciones.
Habría que recordar, en efecto, que la democracia como concepto puede subsumir muchos sistemas o formas de organización social. Que desde su génesis fue un instrumento de determinados grupos o clase social. Que en todos los casos, hay quienes son elegidos para mandar y quienes tienen que obedecer. Pero de cómo hacer eso, de cómo elegir, a quién elegir, quiénes son los que tienen que mandar, cómo hacer que los que tienen que obedecer acepten de buen grado el lugar que le toca, cuánto vale una elección, por cuánto tiempo, etc. son cuestiones complejas que deben resolverse aún después de entronizar el concepto. ¿Cómo? Con la constitución, con las instituciones, con la democracia misma, pero fundamental y realmente con la praxis política.
¿Qué pasa cuando un gobierno elegido legal y legítimamente con el sustento de un amplio porcentaje de la población busca transformar las cosas y es puesto contra las cuerdas por una minoría cuyo poder no surge del voto sino de su capacidad para operar en lo simbólico (gracias al manejo de los medios) y materialmente (gracias al poder que aporta el capital)?
Pues bien, lo que pasa es que unos pocos logran imponer su voluntad a la de muchos, logran que muchos tengan que ceder frente a sus designios, lo que pasa es que la democracia se aleja de la realidad y se cristaliza como una cosa que deja de funcionar como herramienta para el cambio transformándose en un ídolo rígido inmutable. Si no se nutre de cambio, la democracia muere como instrumento para la política de igualdad.
Hay que hacer de la democracia una cosa viva. Vivificarla con contenidos que sean funcionales a los intereses populares, a los designios de las mayorías del pueblo. Y eso implica hacer transformaciones en la letra de la constitución o de la ley o de las instituciones que puedan jugar a favor de las transformaciones estructurales.
En definitiva, hablamos aquí de poder. El poder del pueblo y la política o el de las corporaciones monopólicas. De cómo se construye el poder, en qué terreno, el de la economía o el de la política, con dinero o con praxis política.
El pueblo puede elegir cambiar la constitución, la ley, ampliar la representación de sus intereses en a la justicia, desnaturalizar esa supuesta neutralidad que sabemos juega como un eslogan para ocultar su funcionalidad al poder económico e instalar una forma de elección de cargos diferente que transparente las cosas. La lucha del pueblo no es una lucha contra las ideas sino contra poderes anclados en sólidos pilares económicos.
Se pueden hacer muchas cosas. Pero es desde la política con los pies en el barro de la historia que se cambia la cosa. El verdadero fantasma que acecha no sólo a la Argentina sino también a Venezuela y otros países latinoamericanos es el espectro de una democracia boba, impotente, funcional al poder económico e incapaz de servir a los hombres, verdaderos hacedores de las instituciones y no sus esclavos.
La democracia boba sirvió en muchos casos para sostener los intereses de quienes se encuentran lejos de las voluntades populares. Esos para quienes cualquier cambio constitucional es una aberración pero están siempre dispuestos a forzar las instituciones con el margen de maniobra que da el capital para hacer de la justicia por ejemplo justicia cautelar, para hacer del representante de todos, títere de algunos, para hacer en definitiva de la democracia y la constitución, un mito de papel en el cual hasta se podían defecar para entronizar un gobierno de facto.

Este escriba sabe que muchas cosas quedan en el tintero, sólo quiere insistir en un punto más. No puede haber justicia si unos pocos imponen su voluntad a muchos. La democracia puede ser una idea, puede ser un instrumento. Como tal también puede ser útil a los intereses de unos pocos. El desafío es hacerla funcional a los de los trabajadores y el pueblo. 

No hay comentarios: