La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

lunes, 16 de febrero de 2015

Del iusnaturalismo moderno y los llamados contractualistas. Tercer y último acto: Rousseau



Por José A. Gómez Di Vincenzo

Pasemos ahora a estudiar en esta, la última entrada dedicada al desarrollo de las principales tesis contractualistas, la producción teórica de Jean Jaques Rousseau. En ella, las categorías propias del iusnaturalismo adquieren características propias y hacen de la suya una propuesta atípica dentro de la corriente. Rousseau toma el elemento negativo de la descripción hobbesiana del estado natural y el positivo de la de Locke, pero se opone a ciertas proposiciones presentes en ambas posturas. Sostiene que el estado natural no es ni pacífico ni belicoso y que el hombre vaga allí en una situación de soledad y aislamiento. Es por esto que, como no hay contacto con el otro, no existen ni el bien ni el mal en el estado de naturaleza; los seres humanos viven en paz y felicidad sin otra necesidad que el sustento. Y aquí Rousseau se va a distanciar de sus contemporáneos, pues va a afirmar que la maldad surge como consecuencia de la decadencia cultural. Así, mientras que los teóricos de la Ilustración defendían la tesis de un progreso de la historia humana hacia formas cada vez más racionales, Rousseau va a postular lo contrario; esto es, el paso a formas cada vez más sofisticadas de vida social tiene como correlato una decadencia generalizada. De este modo, Rousseau es un crítico despiadado de la cultura europea del siglo XVIII a la que le atribuye un estado de decadencia que ha llevado a la codicia, la ambición desmedida y todo tipo de cuestiones negativas[1].

En el Contrato Social (1762), Rousseau, escribe sus principales argumentos para la construcción de un estado justo y soberano. Según este filósofo, en algún momento a lo largo de la historia de la humanidad, se habría llevado a cabo un pacto injusto que acabó legitimando esta situación de desigualdad económica, la injusticia política y provocando la degradación y decadencia humana. Rousseau propone un nuevo pacto, un contrato social para rectificar este estado de igualdad formal y desigualdad real de la Europa del siglo XVIII. Lo que tenemos, en realidad, es una refundación de la sociedad política. En palabras del mismo Rousseau:

“«Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y quede tan libre como antes.» Tal es el problema fundamental al que da solución el contrato social.” (Rousseau, 2000: 38).

Desde esta perspectiva, el proceso de construcción de la sociedad civil se encontraría a mitad de camino entre el estado natural y una sociedad justa.

El contrato social, tal como lo expone Rousseau, implica una ‘’enajenación total” por parte del individuo que le garantiza la vida y la propiedad. Esta enajenación crea un nuevo sujeto histórico, la voluntad general, que no sólo es la suma de las partes sino también, la concreción de una conciencia social que se encuentra por encima de todas. Esta voluntad general es acatada por el hecho de que es lo mismo para el individuo obedecerla es lo mismo que acatarse a sí mismo en tanto soberano. Una vez realizado el pacto o contrato social, en tanto el ciudadano se dicta la ley a sí mismo, es soberano, libre y autónomo. Esta libertad positiva se opone a la negativa presente en el estado natural.

“Estas cláusulas, bien entendidas, se reducen todas a una sola, a saber: la enajenación total de cada asociado con todos sus derechos hecha a toda la comunidad. Porque, en primer lugar, al darse cada uno todo entero, la condición es igual para todos, y siendo la condición igual para todos, nadie tiene interés en hacerla onerosa para todos los demás.” (Rousseau, 2000: 39).

Veamos, concretamente, cómo resuelve Rousseau la tensión entre lo público y lo privado mediante la apelación a la categoría de voluntad general:

“Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo.” (Rousseau, 2000: 39).

En Rousseau, la soberanía es absoluta, pero ésta no reposa en manos de un soberano, rey o príncipe, sino en manos del pueblo en su conjunto. La soberanía es indivisible e inalienable. Los miembros de los poderes públicos son meros funcionarios cuyo fin es la administración pública.

Es por lo expuesto en los párrafos anteriores que puede caracterizarse a Rousseau como el más atípico de los iusnaturalistas, no sólo por el hecho de considerar de un modo totalmente distinto que sus antecesores al hombre natural, sino también por ser el que más radicalmente criticara el orden social vigente en la Europa del siglo XVIII. Desde su perspectiva, todos los filósofos anteriores, al considerar cuestiones políticas, partían de una definición de naturaleza humana que en lugar de indagar sobre la verdadera esencia del hombre legitimaba la situación histórica dada. El error, desde su punto de vista, consistía en tomar el efecto por la causa. Para Rousseau, “El hombre ha nacido libre, y por doquiera está encadenado”. (Rousseau, 2000: 26).



[1] El argumento de Rousseau acerca de los efectos negativos de la civilización se halla expuesto en las obras Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) y Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755).

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