La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

miércoles, 16 de julio de 2014

Razón, emoción y praxis



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Rosendo Luxemburgo, sociólogo por diversas razones y militante emocionado, no deja de impactarme con sus puntillosos y certeros análisis de la realidad. Creo que ha llegado el momento de cederle espacio en el blog para que se enriquezca con sus exhaustivos estudios de la realidad. Pero Rosendo es muy rebuscado con las palabras y exigente. No se anima a terminar un escrito definitivo, corrige hasta el infinito, tarda meses. Razón por la cual me permite hacer mías sus notas para que vuelque yo aquí sus pensamientos garabateando los argumentos de la mejor manera que pueda.

Sepa el lector disculpar mis imprecisiones, que son mías y no las de una mente brillante como la del bueno y sagaz Luxemburgo.

En verdad que no salgo de mi asombro al evocar mi último encuentro con el filoso analista político quien en sus manos blandía ese artículo de su autoría recientemente editado por una revista universitaria; ese que yo pretendía traduzca para su divulgación aquí. El remate de la nota es increíble.

Me tomé el atrevimiento de pedírselo para reproducirlo casi en su totalidad aquí y el permiso para agregar algunos comentarios.  Para que el lector pueda separar los tantos y evaluar qué es de Luxemburgo y qué de mi autoría, todo lo producido por el sociólogo está entrecomillado. El resto es responsabilidad de este epistemólogo devenido cronista. Creo que con este procedimiento un tanto traído de los pelos hago justicia con su genialidad.

“En ocasiones ciertos intelectuales, con sus egos agrandados, vaya a saber por qué cantidad de dulces susurros que, cual cantos de sirena, los llevan a creerse dioses del Olimpo de la razón, creyendo tocar el cielo de la crítica con sus manos, caen en el lugar común de toda aquella izquierda en la que la teoría juega a la ofensiva y la práctica hace banco o no puede siquiera salir a la cancha.”

Rosendo sale aquí con los tapones de punta. Quienes lo conocemos sabemos que no se banca a esa clase de militantes que cual “machitos erectos”, agitan desde un estrado a las masas de musas y pares queriendo atraer la atención (de las musas), ametrallándolos con un discurso que anula la praxis política y se expresa como un ritual de consignas con escaso contenido. El artículo sigue ahondando en el tema pero yendo un poco más al grano.

“Haciendo uso y abuso de categorías abstractas elaboradas por genios como Marx, Engels y Lenin para el estudio de la complejidad social de su época pero nunca repensando cómo aggiornarlas para el estudio de la coyuntura actual o crear nuevas, derivan siempre en el mismo diagnóstico que, por otro lado, es lo máximo que pueden darnos. Como todos los caminos conducen a Roma y nuestros eminentes intelectuales popes de la crítica ya saben dónde llegarán, el resto del discurso se completa con el recitado de consignas del estilo ‘que la deuda la paguen los capitalistas’ o ‘no pago de la deuda externa’ mechadas con proposiciones mediante las cuales dejan fluir su desprecio por las masas populares a las que ven como brutas o incapaces de captar la esencia de las cosas. Todo es bastante inofensivo cuando esta suerte de rito con halo de hiper-racinalidad queda entre unos pocos. Como dice un amigo, ‘a la hora de poner el cuerpo escuchan un petardo y salen corriendo.

El otro día, en un artículo, uno de estos grandes esgrimistas de la razón argumentaba de la siguiente manera. Cito:

El gobierno burgués de los K lejos está de ser un gobierno revolucionario. Si uno recorre un poco las fábricas notará que los proletarios siguen siendo explotados por los trabajadores. Hasta en el Estado mismo hay trabajadores pauperizados. Esto es real, es empírea pura. Esto no ha cambiado ni cambiará porque este gobierno no tiene voluntad ni poder para hacer esa transformación. Sólo esgrime un discurso en el que la palabra transformación se repite una y otra vez pero que nunca se llena de contenido”

Lo que nuestro querido amigo Rosendo Luxemburgo está haciendo es simplemente reproduciendo el punto de vista de un sector de izquierda que escribe en el mismo medio universitario. Su artículo entero es una crítica a la posición de nuestro anónimo analista de la izquierda reaccionaria. Básicamente lo que Rosendo va a mostrar es que hay un problema de orden lógico en los argumentos. A continuación va a pasar a la crítica.

“Bien, veamos… todo es falaz. El problema es de orden lógico. No se puede evaluar un proceso  político haciendo un corte sincrónico. El complejo de culpa y el escaso  manejo de la dialéctica hacen que nuestro opinólogo saque a relucir, cual prótesis peneana, la alusión a la experiencia empírica. Quienes manejan la dialéctica no necesitan esos artilugios. Hoy por hoy hasta es gracioso que nos corran con muletillas propias de posturas epistemológicas cuyos valores están más cerca del empirismo más torpe que del materialismo histórico. Además, chocolate por la noticia. Lo concreto, hoy, es que en muchos casos seguimos con muchos compañeros trabajadores pauperizados. El problema es que nuestro opinólogo de claustro no penetra en el análisis de las determinaciones dialécticas que hacen que esto sea así. Esto demandaría un doble manejo. Por una parte, la dialéctica de las categorías tal como se relacionan en el momento actual. Luego, la dialéctica en movimiento. Este gobierno según el amigo miente, embauca o es, al menos, impotente. ¿Qué espera nuestro analista? ¿Una revolución al estilo de las del siglo XX? ¿Acaso no ve que eso no funcionó, que tenemos que afilar el análisis, el estudio de los social, las herramientas que el propio materialismo histórico nos aporta, para no repetir esos errores, que hay que estudiar lo complejo de nuestra formación social? ¿No ve que ninguna vanguardia iluminada puede actuar como mediadora entre lo que se concibe como punto de llegada y la situación actual?”

Lo que Rosendo está diciendo en buen criollo podría expresarse de la siguiente manera:

Primero, no se puede evaluar todo un proceso de transformación por uno de sus momentos. En todo proceso revolucionario existen distintos momentos. El analista contra quien nuestro amigo polemiza no ve que aun en la coyuntura actual, tenemos desplegándose el proceso de negación y superación de lo vigente. Dicha negación está dada por la cantidad de militantes jóvenes que han recuperado la política como herramienta de transformación a partir de la lucha por cambiar el balance de poder en la Argentina. Estos militantes son los que desde la praxis irán leyendo la historia, las determinaciones de lo concreto, evaluando estrategias e introduciendo las modificaciones que haya que introducir para que esto cambie. Salteo aquí una parte y voy al final donde Rosendo introduce una cuestión jugosa.

“El problema con este tipo de análisis [Rosendo se refiere al que hace su oponente en el debate] es que clausura toda posibilidad de modificar lo dado mediante la praxis política. Y justo en el momento en que estamos recuperándola en buena  parte de América Latina. Es típico de esta clase de posturas, las cuales hace rato tienen la teoría corrida de la práctica. Son los mismos que no pueden administrar ni la fotocopiadora de la facultad por perderse mientras piensan en cómo hacer que las recetas del siglo XIX funcionen para el XXI. Es todo un tema porque pueden influir en muchos pibes que hoy por hoy podrían acercarse a la militancia, no importa en qué partido para con la política ir cambiando las cosas. Así terminan siendo funcionales a la derecha sin percibir que es justamente la derecha, la que se mueve magistralmente en la política entablando alianzas, manejando lo simbólico y buscando reproducir el statu quo. Mientras la masturbación masiva y la orgía intelectual sigue en el claustro, la derecha avanza. Por suerte un conjunto de nuevos militantes comienzan a entender que la política es otra cosa, que se parece al paso de una murga. Efectivamente, la murga avanza, por momentos se queda en el lugar, pero avanza y es implacable. Avanza al toque del tambor. La murga expresa la cultura de las masas populares, es pura emotividad, es sentimiento. Pero también es racionalidad, hay matemática en el ritmo del tambor, hay orden en el caos, hay momentos de calma antes de la tormenta, tensiones y explosión. El pibe de la comparsa baila pero escucha, goza y piensa; sabe a dónde va, va donde quiere que la cosa vaya.”

El lector podrá sacar sus conclusiones si es que se toma el esfuerzo de leer entre líneas. No puedo más que agradecer a Rosendo Luxemburgo y sacarme el sombrero por el magistral uso de la metáfora. A veces, lo simbólico tiene la potencia que los actos no tienen. A veces, lo simbólico también puede torcer el brazo del destino si es que hace la gota que orada la piedra y fuerza las conciencias y las moviliza para quebrar el balance de poder desde una praxis transformadora. El cómo es lo que hay que pensar desde la lógica y desde el corazón. El qué lo sabemos todos los que no soportamos la ignominia, incluyendo al analista con el cual Luxemburgo polemiza.





martes, 1 de julio de 2014

Política densa versus política virtual o la política en la era de las corporaciones mediáticas masivas




Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Una serie de avatares vienen poniendo de manifiesto la diferencia que existe entre lo que podemos caracterizar como una política densa y una virtual. Veamos…

Más allá de todo tipo de considerando acerca las iniciativas y concreciones esgrimidas o llevadas a cabo por los gobiernos populistas latinoamericanos[1], por cierto existe una suerte de discurso y prácticas que, desde lo concreto, se elevan al plano de las formulaciones abstractas, pero siempre para volver a lo concreto para cambiarle la vida a la gente, implementando acciones verdaderamente transformadoras (ley de medios, tema jubilatorio, asignación universal, ampliación de derechos, etc.). Este tipo de acciones va dejando muy lejos a la construcción mediática que más que proponer una estrategia trastocadora de lo dado, o bien destila rencores y odios, o bien desglosa un rosario de consignas impracticables, o bien se esgrime como una catequesis para un futuro ideal, en el que no es posible detectar más que lo mismo y un poco riguroso análisis de la coyuntura global, regional y local.

Antes de proseguir, es preciso ahondar en las categorías expuestas en el título de esta nota para que el lector comprenda el alcance de la proposición con la que empezara este desarrollo. En rigor, defino la política densa como una política anclada en lo concreto, que se construye sobre el barro de la historia, que busca transformar, lenta pero insistentemente, los condicionamientos materiales y las percepciones y sentimientos que afloran en el nivel de las ideas. Es una política que vuelve a reclamar la profundidad y el alcance del sentido mismo de la palabra para interpelar lo dado, el sentido común, el pathos individualista, exitista que impone el sistema. Es esa que se hace en el Poder Ejecutivo pero también, en los parlamentos y en los barrios, en las asociaciones, clubes, en la gramsciana y politizada sociedad civil, para ir, por poner un ejemplo concreto, redefiniendo los lazos sociales destruidos por el neoliberalismo, con las metas puestas allá lejos y sabiendo que cuestiones coyunturales, como por ejemplo, la famosa “inseguridad” no responden a la falta de leyes fuertes o acciones del Estado sino a la pauperización y deshumanización a las que nos sometieron el capitalismo y el neoliberalismo. Pero fundamentalmente es un política que con acciones concretas busca producir transformaciones estructurales que disloquen el sistema.

A diferencia de ésta, llamo política virtual, a esa suerte de ficción o construcción que se realiza para ser puesta en escena en programas de televisión, radio o en las redes sociales y páginas de internet. Política transparente, liviana, no confrontativa, que apela al sentido común y al consenso, que anula los conflictos y contradicciones y procura llegar al ciudadano por su costado más superficial, menos racional, enagenado, más ligado a su rol de autómata que de transformador de lo dado. Y mientras pienso en ello, vienen a mí las imágenes de los spot publicitarios con que algunos de aquellos políticos que hicieron sapo en la tabla de guarismos en elecciones pasadas, pretendían instalarse como alternativa (por derecha e izquierda, del partido o cardumen que sea).

La política virtual no busca cambiar nada, sólo legitimar el poder real de las corporaciones; el poder por el poder en sí en su legitimación legal, como instrumento para el logro de fines muy mezquinos.

Igualmente, la política densa busca poder, por qué negarlo. Pero existe una diferencia: es el poder necesario para confrontar y transformar las circunstancias, es un poder que se construye desde acciones colectivas o desde ciertos espacios buscando convencer al colectivo. Es un contrapoder porque se desliza en acciones cuya meta es romper la hegemonía de las corporaciones económico-mediáticas.

Instalar el personaje es diferente de instalar una idea que surge de una posición clara dentro del esquema de contrapoder o estrategia contrahegemónica y que responde a la necesidad de cambiar las condiciones materiales para ir cortando el espiral reproductivo y profundizador de las diferencias sociales que se instaló en la región desde mucho antes de las dictaduras militares del 70 en Argentina o Chile.

Cuando no hay política que llegue materialmente a los ciudadanos, del pelaje que sea dicha política, la cosecha de votos sólo llega de parte de adherentes fieles al amo, de la derecha autóctona más rancia, también fiel a sus amos y reconocedora de sus títeres o de parte de resentidos electores que odian a la presidenta vaya a saber por qué motivo y otros que vía asociaciones de ideas con escasa ilación se instalan más cerca de lo desopilante que de una construcción de elección responsable. Minorías recalcitrantes habrá siempre, en estos parajes como en las más antiguas democracias. Alambradas no hacen daño. Gente que piensa que la política es un robo también y que de nada sirve pensar antes de ir a votar porque votando se puede cambiar lo dado, por suerte cada vez menos. Dicho sea de paso, el resurgimiento de la militancia juvenil y el nacimiento de agrupaciones políticas variopintas no debe llamar la atención si uno comienza a tener presente que dichos fenómenos van de la mano del resurgimiento de la política concreta a partir de los últimos años.

Entonces, como decía, la política virtual sin apoyo en lo concreto no remonta vuelo. No gana elecciones o al menos no logra instalarse definitivamente sin apoyo de los medios. Si las gana, no transforma nada. Es más proclive a reproducir ciertas condiciones funcionales al poder económico. O en los hechos implementar políticas intrascendentes o insustanciales pero funcionales a un discurso y a un núcleo de empresarios siempre ávidos de obtener pingües ganancias (poniendo cámaras de seguridad por doquier o llevando a cabo lavados de cara en plazas y aceras).

Y cuando hablo de apoyo en lo concreto no hago referencia sólo al trabajo en el territorio sino también al planteo y la concreción de transformaciones a nivel macro, desde estrategias que apuntan a la defensa de un proyecto nacional que toca intereses y es capaz de hacerle frente a las corporaciones. Lamentablemente, a veces, desde algunos espacios que vuelan bajo, la política se ha interpretado sólo como dádiva, como reparto de vituallas, no como el esfuerzo de la militancia por cambiarles las condiciones de vida a los semejantes en su totalidad como seres humanos dignificando su condición de trabajadores.

Fenómeno de los 90 es la diferenciación entre una política marketinera de la gestión para los eventuales ganadores del sistema y los que aún colgados se mantenían dentro de los espacios de consumo abyecto y morboso y una política de la dádiva para paliar (por un muy corto plazo y con muy poco alcance, puesto que no se planteaba como planes sociales para incluir y brindar herramientas para salir adelante) la miseria de aquellos que se caían del cuadro porque el sistema los dejaba afuera. Ganado dentro del shopping, ganado para arriar a los actos, nunca seres humanos libres capaces de ser incluidos en la economía y en el proyecto.

El panorama actual muestra que algunas cosas están cambiando. A pesar de ello, algunas preocupaciones asechan a este escriba desde los más oscuros rincones de su mente rumiante.  Porque el triunfo de la política densa y concreta debe sostenerse con más profundas y mayores transformaciones y porque frente a quienes buscan la igualdad se encuentra un poder resistente a los cambios, un poder que además de intereses económicos en sectores productivos cuenta aún con las corporaciones mediáticas; esas que instalaron a muchos de los personajes que se postulan como alternativa a los gobiernos populistas y que buscarán volver al ruedo en octubre. Pero también, las mismas que, yendo a tocar la fibra más elemental del ciudadano lograron imponer en Argentina hace poco tiempo nomás a papanatas y mercachifles, tanto en Santa Fe y como en la CABA.

¿Qué tan transformadora será la política densa como para ir logrando una transformación material que neutralice los efectos mediáticos y la resonancia de ideologías neoliberales? ¿Será así, se podrá neutralizar el efecto mediático sólo mediante la tan luchada Ley de Medios? Es una pregunta que queda picando. Una respuesta negativa derribaría el supuesto que sostiene tanto a la primera afirmación de esta nota como a la nota misma. Y entonces, la política densa no sería más que la nostalgia de un pasado feliz en la mente de algunos que todavía creemos que podemos ir hacia un mundo igualitario y no esa nefasta postal de las distopías o utopías negativas.

Por otra parte, un tema más. El lector atento notará que el artículo se plantea desde las más austeras generalidades. Pero el terruño tira, me hace caer en el chiquitaje de lo local. Me pregunto: ¿Por qué el ciudadano de la Ciudad de Buenos Aires (no ese que materialmente e ideológicamente se alinea automáticamente con el Pro o una derecha recalcitrante sino el trabajador del suburbio sureño, por poner un ejemplo) vota un personaje liviano e insulso en su territorio y al denso para la Presidencia de la Nación? Porque eso es lo que pasó en las últimas elecciones presidenciales en Argentina. ¿Es que de parte de todos los votantes tenemos el mismo nivel de percepción del carácter denso y virtual de las propuestas de los candidatos o algunos ciudadanos responden sólo a estímulos de orden económico u otro tipo, y con su voto a los oficialismos entienden que puede quedar todo como está?

Porque en honor a la verdad y en rigor, lo que tenemos hoy en Argentina, que puede constituirse en un buen ejemplo, es una mixtura de acciones. La política densa se mostró capaz de conseguir adhesiones masivas favorables en niveles ejecutivos pero es preciso tener presente que hace apenas poco tiempo en distritos como la Ciudad de Buenos Aires y en Santa Fe ganaron u obtuvieron buenos resultados los personajes livianos, impuestos desde los medios hegemónicos. Un dato más para complejizar las cosas. En San Luis, la única provincia donde el Frente por la Victoria no triunfó, la gente prefirió a Alberto Rodríguez Saá, uno de los políticos que menos presencia tuvo en los medios durante la campaña electoral. ¿Es Rodríguez Saá un exponente de la política densa? Puede ser.  Porque faltó aclarar que cuando hablamos de política densa versus política virtual no se está haciendo una distinción que apunte a qué lugar del espectro ideológico ocupa cada agrupación, partido, frente o propuesta.

En efecto, puede haber política densa de izquierda o de derecha, progresista o no, liberal o conservadora. Por demás y yendo a la cuestión de los medios específicamente:

¿Cuánto daño pueden hacer los medios de comunicación y en general las nuevas tecnologías de la información y comunicación a una construcción de opinión autónoma, libre, crítica? ¿Pueden hacer ganar elecciones a ciertos candidatos o sólo darles entidad, instalarlos sin más?

Entiendo que hasta ahora no han logrado mucho. Pero el filósofo y el científico social saben que no puede quedarse con las primeras impresiones. Sabido es, desde los aportes de grandes intelectuales del 70, que los medios pueden influir en las tomas de posición y pueden hacerlo de diversas formas. Por mi parte, creo que el tema debe retomarse habida cuenta de que los medios de hoy, no son los de aquella época, las estructuras que los sustentan son diferentes y el capitalismo mismo se ha reformulado. El sistema impone lógicas económicas para la vida cotidiana, la economía penetra las acciones, el homo economicus postulado en abstracto se ha hecho carne como el hijo de dios e impera de la mano de la política neoliberal aún en muchos espacios por más discurso progre que pretenda contrarrestar sus efectos. Esto no debe perderse de vista. Los efectos de años de neoliberalismo no se sienten sólo en la devastación concreta de la capacidad productiva de un país sino también en el orden de la moral, de la cultura, de la construcción de significados.
A partir de lo expuesto propongo dos niveles de análisis: uno superficial, que apunta al mensaje en sí, a su contenido; otro, profundo, que apunta a la forma, a la economía mediante la cual el mensaje es emitido. Hay que ponderar la manera en que los medios y las nuevas tecnologías actúan sobre las subjetividades. Pero ese trabajo demanda tiempo y un espacio que excede los límites de esta nota. Sólo puedo conjeturar y decir que en el nivel más superficial, el medio no puede lograr que un discurso vacío adquiera vuelo. Me parece que el daño se nota cuando vamos a lo profundo, cuando comenzamos a ponderar ciertas formas de construcción de sentido y subjetividades. Habrá que estudiarlo.




[1]  Como en todos los casos, habría una sábana de críticas por hacer pero también, aplausos y elogios para reconocer ciertos logros.