La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 15 de junio de 2014

El escorpión, la rana y el determinismo que clausura toda posible transformación



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Hay dando vuelta, tanto en manuales y textos escolares como en las compilaciones de mayor o menor costo financiero o neurológico para adultos, una famosa fábula: El escorpión y la rana. Dicen que su origen es desconocido y que como ocurre con muchos otros textos que vienen de los confines del pasado, alguien la plasmó, la fijó escribiéndola y que ese escriba fue un griego, el tal Esopo de quien sabemos poco o casi nada, ni siquiera si es verdad que existió allá por el 600 aC.

Es una historia simple. En ella un escorpión implora a una rana que le ayude a cruzar el río puesto que vaya a saber por qué razón tenía que ir hacia el otro lado. No sabía nadar, la rana sí. No era un bicho acuático, no estaba adaptado al medio. La rana sí.

Pero la rana teme que el escorpión, de puro escorpión la pique y la mate. Entonces duda. El insecto promete a la rana una y otra vez no hacerle ningún daño.  Sería tonto hacerlo puesto que los dos se perjudicarían pretende hacerle entender. Apela, entonces, a la solidaridad de la rana que nada necesitaba del arácnido.
Como sea la cosa, la rana accede al pedido del escorpión. Se lo monta sobre la espalda y empieza a nadar para cruzarlo de orilla. La cuestión es que cuando están a mitad del trayecto el escorpión pica a la rana.

El batracio no puede creer lo que pasó. “¿Cómo me pudiste hacer algo así? ¿No te das cuenta que si yo me muero vos también porque no sabés nadar? ¿Sos tonto o qué?” cuestiona. A lo que el insecto, sin vueltas, responde: “no tuve otra elección, es mi naturaleza”.

Estas historias denominadas en el mundillo académico o escolar fábulas siempre tienen una moraleja. La idea es siempre bajar línea.

Habría muchas maneras de interpretar la cosa. Me interesa una forma de entrarle a la cuestión que es hegemónica y pulula por aulas y contextos de enseñanza, lamentablemente. La wiki pedía la expone con suma claridad. Dice: “La moraleja de la historia es que no trates de engañarte con los demás al creer que son o pueden ser otros y menos engañarte a ti mismo acerca de quién eres.”

Dicho de otra forma: las apariencias engañan, lo que define la cosa es la esencia de la cosa. ¡Cuidado porque tal o cual pueden parecer lo que no son!

Hay todo un rebote interesante de la cosa que puede explotarse y que lamentablemente no tenemos espacio para tratar aquí puesto que es a otro puerto al que queremos arribar. Se trata de la trillada historia de los infiltrados, los que aparentan ser algo y no son, los enemigos internos, plasmados con mayor o menor astucia interpretativa y calidad artística en cuanta película o serie de espionaje o de invasiones extraterrestres yanquis sesentosas o setentosas, como Los Invasores con David Vincent a la cabeza. Todo un mundo para meterse a estudiar, lejano pero también tangente a la cuestión que vamos a tratar. No vamos por ahí. Vamos a intentar sacarle jugo a esto de que hay una esencia que define lo que uno es.

Durante años se pensó que esa esencia, como tal, es inmutable. Se apeló a ella para fundamentar discursos teóricos y acciones desde la política y la ética. Esencia humana, malo o bueno por naturaleza, esclavo por naturaleza, noble por naturaleza, rico, capitalista, proletario, etc. Esencia ahistorica, trascendente sin ninguna vinculación con los avatares contextuales, previa a las relaciones sociales y al proceso de producción y reproducción de la existencia material.

Pero la wiki sigue interpretando la cosa de este modo: “Aunque el sentido común dicte lo contrario y acabes perjudicando a los que quieres o incluso a ti mismo, no puedes dejar de ser quien eres.”

¿Cómo es esto de que “no puedes dejar de ser quien eres”? ¿Acaso no puede alguien cambiar de parecer? ¿Se nace malo, degenerado, imberbe, bobo, ruin y se vive como tal hasta la muerte? ¿Se nace como algo definido para siempre? ¿Y eso define para siempre el ser?

Parece que hay un conjunto de problemas filosóficos que subyacen allí. Cuestiones que pueden ser traducidas de diferentes modos en el sentido común y el pathos cotidiano. Es como que hay gentes que son como son por más que aparenten otra cosa. Son esos que tienen la capacidad del camaleón. Si bien aparentan, el buen observador puede interpretar la esencia porque existe cierta relación (vaya a saber cuál, aunque metafísicamente los discursos son incontables) que atan una y otra dimensión. Otros por más que se esfuercen no pueden aparentar demasiado y su esencia se refleja al golpe de mirada. Desafortunados anormales clasificados para el fracaso.

En el drama cotidiano aparece esto de muchas maneras plasmado en lenguajes y vociferaciones de lo más impiadosas. “Y… ¿Qué querés que haga? ¡Si no ves que no queda otra! Es así… Son negros cabeza, negros de mente” o “¡Qué querés con estos negros grasas, no les da!”, frases que ametrallan el silencio argumental una y otra vez en el folclore local penetrado de sentido común del más ramplón. “A ellos no les da, ellos nunca serán como nosotros, no tienen con qué” parece decir una supuesta élite que en otros tiempos contaba con el poder y estaba en el lugar justo como para dirigir los destinos de la nación. Elite vivita y coleando, afortunadamente hoy no tan poderosa en lo institucional, desafortunadamente sí en su capacidad de infiltrar instituciones y corporaciones contando billetes.

Lo cierto es que este estilo de pensamiento, lejos de menguar, ha ido adquiriendo distintas formas, ha ido penetrando el imaginario hasta de los sectores populares casi siempre, víctimas de los prejuicios de los tocados por la cultura divina, la cultura legítima legitimada. Y hoy capaz que amontonados en el Ferrocarril San Martín escuchamos a los mismos proletarios agredirse mutuamente esgrimiendo prejuicios etnicistas (ya no tiene sentido hablar de racistas puesto que la categoría además de haber caído en desuso es incorrecta cuando nos referimos al ser humano).

“El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los oprimidos”, la frase de Simone de Beauvoir, tal vez un poco cruzada por una visión complotista de la historia de la que no podemos culpar a la genia francesa, es oportuna para lo que queremos tratar aquí si le damos una vuelta interpretativa.  El cómplice, y esto es lo más duro para un pensamiento libertario, puede ser cómplice del opresor sin saberlo. Lo puede ser repitiendo prácticas a partir de una visión plagada de sentidos hegemónicos hegemonizados por el pensamiento dominante.

No vamos a poder agotarnos aquí en el desarrollo de toda la historia de la teoría de la ideología y mucho menos saldar la cuestión. Este escriba deja muchas cosas afuera, apela a la curiosidad del lector por ir a buscar y espera que sepa perdonar. Estemos al corriente al menos que eso es lo que penetra y circunda todo esta cuestión de la referencia a lo determinado biológicamente como forma de legitimación de un lugar en la sociedad, el tema que nos convoca. Y llegamos al punto: sujeto determinado biológicamente, lo constitucional como determinante, determinismo biológico.

En efecto, apelar a una determinada naturaleza humana ha sido desde la época clásica una de las maneras de fundamentar cierto orden y legitimar el lugar que cada individuo ocupa en el entramado social. Lo hicieron desde los filósofos griegos, los latinos, los más sacrosantos medievalistas hasta los contractualistas modernos. No vamos a entrar en ese fantástico mundo de la apelación a la esencia inmutable del hombre para fundar la política o la ética. Los grandes ya hablaron y lo hicieron con precisión. Léase La República platónica, La Política del estagirita, los textos agustinianos, a Tomas el de Aquino o a los modernos contractualistas con sus reconstrucciones racionales para superar el estado de naturaleza: Hobbes, Locke o Rousseau.

Lo interesante es que a partir de la impronta de la ciencia moderna, de su carácter transformador de la realidad como ningún otro modo del saber humano, sobre todo después de la denominada Revolución Científica del S XVII con la física newtoniana y de la Revolución Industrial Inglesa o peor, del Positivismo decimonónico y luego, el darwinismo, dicha apelación a una esencia ya no es (no puede ser) filosófica especulativa sino que debe ser científica. La objetividad de la ciencia adicionaba al discurso legitimador el halo de neutralidad que le permitía correr al sujeto interesado de sus intereses y avanzar por sobre todo. El “no queda otra”  especulativo es mucho menos potente al científico “es así y punto, está científicamente probado, es como la gravedad, la inercia y la conservación de la energía... ¿Se atreve usted a ir contra la gravedad?”.

En la Titanic de Cameron, la de 1997, Caledon Cal Hockley, el malo adinerado de la película, frente al reclamo de uno de sus esbirros y su lamento de que “todos moriremos”, mientras todo está perdido y el agua les llega a los tobillos dice “no [morirá, JAGD] lo mejor de nosotros”. Los mejores no. Los que se tienen que morir son los proletarios y su prole, los de las bodegas que van con las ratas inmundas como ratas inmundas y la tercera clase, un poco más arriba pero en igualdad de condiciones. La élite tiene algo, un qué se yo que la hace mejor. Ese algo está como diría Eugenio Cambaceres está en la sangre. En la biológica y en la historio genealógica. Es una realidad concreta, natural, constitucional diferente al orden simbólico cultural, diferente al peso de la otra realidad: la de las relaciones sociales capitalistas, la ignominia y el peso del capital económico y cultural de quien dice yo sí, ellos no.

Ese algo salda la tensión entre igualdad ante la ley, eso de que somos todos iguales en las repúblicas democráticas y liberales modernas y la necesidad de distinción en los roles que es típica de la economía capitalista. Todos iguales pero algunos a la línea de montaje vendiendo su fuerza de trabajo, otros a la administración, también vendiendo su fuerza de trabajo pero un poco más cara, otros a controlar los medios de producción y extraer plusvalía, los capitalistas.

El determinismo biológico vino a afirmar que tanto las normas de conducta compartidas como las diferencias sociales y económicas que existen entre los miembros de una sociedad equis derivan de ciertas condiciones heredadas o innatas que las relaciones sociales no hacen más que reflejar. La teoría biológica presta apoyo al telón de fondo evolucionista. Los autores toman el tema de la lucha por la vida planteado por Darwin en su teoría y le agregan un fuerte componente gladiatorio o de guerra entre los distintos grupos sociales. (Idea que ya estaba presente antes de la teoría darwiniana de la evolución). Los triunfadores son los más fuertes y los mejores. Nuevamente hay aquí, un marco social que actúa como tierra fértil donde cae la semilla. Inglaterra liberal, imperialista. Se justifica la agresividad liberal con la explicación científica que legitima las diferencias. El laissez faire liberal y la idea de progreso cargada de valores burgueses actúa como uno de los pilares del darwinismo social. Las justificaciones científicas llevan a desarrollar tecnologías sociales. La apuesta al progreso justifica la práctica coactiva llevada a cabo por la burguesía desde el poder.

Entre las derivas más tremendas del determinismo biológico del S XIX, durante casi todo el XX encontramos a la eugenesia que básicamente consiste en promover la reproducción de los individuos o grupos de individuos considerados mejores e inhibir la reproducción de los considerados peores. La cosa adquirió distintos ribetes según el contexto. Pero básicamente en todos lados se apuntaba a prescribir roles sociales y manejar la descendencia apelando a una serie de caracteres constitucionales, con mayor o menor influencia de lo adquirido o ambiental.[1]

Como sea, lo más estremecedor del determinismo implícito en la fábula de Esopo es que todo parecería indicar que no queda otra. Que los lazos de solidaridad, hermandad, los proyectos colectivos se anulan por lo que está dado de una vez y para siempre. El argumento es inquietante porque anula toda posibilidad de trazar un recorrido donde lo supuestamente dado (si es que existe tal cosa nunca es, desde nuestro punto de vista, trascendental sino producto de una construcción social, humana) pueda ser revolucionado. Y entonces, lo biológico, el orden de la naturaleza se impone y anula todo lo que es más propio de la humanidad, su capacidad de hacer un mundo propio muy lejos de lo natural y en relación dialéctica con la naturaleza.

El determinismo duro en rigor persiste asechando en un imaginario o sentido común cruzado por el miedo a lo diferente, a lo amenazante. Basta leer las barbaridades que emanan del pensamiento hegemónico conservador europeo, lenguas que siempre chasquean en pos de cortar la raíz de todos los males de la especie eliminando a todo aquel que no sea digno de llamarse europeo. Etnicismo genocida solapado, agasapado, siempre atento a dar el zarpazo.

Habrá que, desde estos lugares y desde otros enfoques ligados a la praxis contrahegemónica, que seguir desarticulando este tipo de discursos. Todavía no vaya a ser cosa que nos la creamos.



[1] El lector que lo desee puede profundizar sobre la temática consultando mi “Biotipificar al Soberano” de Editorial Rhesis.

domingo, 1 de junio de 2014

Los Lemmings y “hasta la victoria, siempre” recargado 2014

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

En 1971, Van der Graaf Generator, la mítica banda de rock progresivo inglés que toma su nombre del de aquel inventor del fantástico generador de electricidad estática, edita su famoso Pawn Hearts, disco antológico y de culto y paradigma del sonido del grupo. Cuando la púa comienza a rasgar el vinilo no sólo se emprende una aventura sónica sino el derrotero por una serie de rompecabezas filosóficos. Lemmings (Lemures) es el tema con que se abre el disco y es tal vez el que más desarrolla algunos de los tópicos y problemáticas vinculadas con eso que llamamos en el ámbito intelectual, filosofía política o teoría política.

Varias aclaraciones antes de comenzar. Me veo obligado a reproducir la letra del tema en inglés. Dejo en manos del lector su traducción dado que prefiero que dicha tarea corra bajo su responsabilidad antes que destruir el tema volcando aquí una redacción pobre (de esas que abundan en internet) alejando al interesado de los sentidos de las palabras y de una profunda hermenéutica. Por otra parte, delego al lector interesado la tarea de ir a internet y buscar el tema (puede escucharse en distintos sitios). Permanentemente apelaré a la responsabilidad y compromiso del interlocutor por interiorizarse en el tema. Sin embargo, me veo obligado a ser solidario con quienes no tienen una herramienta de traducción y hacer por lo menos dos cosas. Primero, decir algo acerca de los lémures. Segundo, al ir desarrollando las temáticas que nos convocan tratando plantear un ida y vuelta a la letra de la canción siguiendo de cerca los sentidos que allí se desarrollan.

En este breve artículo, en resumidas cuentas este epistemólogo devenido crítico de arte pretende al menos lograr dos objetivos: en principio, acercar al lector la obra de una banda en gran medida olvidada (al menos a uno de sus más destacados temas), una banda de culto en la década del 70 que despertó el interés tanto de los hippies al darles un par de bofetadas para ver si reaccionaban y de los jóvenes punks (Johnny Rotten fue y es uno de sus más comprometidos fans) a ver si además de estar despiertos hacían algo; por otra parte, discutir algunas cuestiones que se tratan en la canción y que me parecen apropiadas para ser desempolvadas y utilizadas para la reflexión sobre algunas temáticas vigentes.

Pues bien, veamos entonces en primer lugar qué dice el famoso tema, conocido en el medio como Lemmings (en el disco aparece con su nombre completo: Lemmings (Including Cog)); después, hablemos de los lemmings y analicemos qué nos quiere decir el autor.

I stood alone upon the highest cliff-top,
looked down, around, and all that I could see
were those that I would dearly love to share with
crashing on quite blindly to the sea:
I tried to ask what game this was, but knew I might not play it...
the voice, as one, as no-one, came to me...

"We have looked upon the heroes, and they are found wanting;
we have looked hard across the land, but we can see no dawn;
we have now dared to sear the sky, but we are still bleeding;
we are drawing near to the cliff, now we can hear the call.
And the clouds are piled in mountain shapes
There is no escape except to go forward.
Don't ask us for an answer now
It's far too late to bow to that convention
What course is there left but to die?

We have looked upon the high kings, found them less than mortals;
their names are dust before the just march of our young, new law.
Minds surging strong we hurtle on into the dark portal
no-one can halt our final vault into the unknown maw.
And as the Elders beat their brows
They know that it's really far too late now to stop us
For if the sky is seeded death
What is the point in catching breath - EXPEL IT!
What cause is there left but to die
in search of something we're not quite sure of?"

What cause is there left but to die?
What cause is there left but to die?
What cause is there left but to die?
I really don't know why ...

I know our ends may be soon but why do you make them sooner?
Time may finally prove only the living move her and
no life lies in the quicksand...

Yes, I know it's
Out of control, out of control:
Greasy machinery slides on the rails
Young minds and bodies on steel spokes impaled.
Cogs tearing bones, cogs tearing bones
Iron-throated monsters are forcing the screams
Mind and machinery box-press the dreams.
... but there still is time ...

Cowards are they who run today, the fight is beginning -
no war with knives, fight with our lives, lemmings can teach nothing
Death offers no hope, we must grope for the unknown answer
unite our blood, abate the flood, avert the disaster.
There's other ways than screaming in the mob,
that makes us merely cogs of hatred.
Look to the why and where we are
look to yourselves and the stars and in the end
What choice is there left but to live
in the hope of saving our children's children's little ones?

What choice is there left but to live?
What choice is there left but to live?
What choice is there left but to live to save the little ones?

What choice is there left but to try?
What choice is there left but to try?
What choice is there left but to TRY?

Además de los graciosos personajes de los dibujos animados, los lemmings son unos pequeños roedores herbívoros que habitan la tundra en Escandinavia y las regiones árticas y que se caracterizan desde el imaginario popular por tener una marcada tendencia al suicidio en masa. Eso que se interpreta como un suicidio se relaciona con la migración. Un observador maltusiano diría que el fenómeno tiene que ver con la necesidad de mantener el equilibrio poblacional. Como sea, cada cuatro o cinco años aproximadamente se da un pico poblacional dada la taza reproductiva del roedor, hecho que trae como consecuencia la escases de alimento y la necesidad de emigrar en busca de nuevas hábitat. Cuando ya no existe la posibilidad de que todos los individuos de la población puedan conseguir sus fuentes de nutrición, los lemmings deciden inmolarse para que otros vivan. En búsqueda de alimento, saltan al mar para nadar hacia otros parajes. En la acción muchos mueren ahogados.

Peter Hammill (n. 1948), autor de la letra de la canción, toma el hecho de los suicidios colectivos que protagonizan los lemmings arrojándose desde lo alto de los acantilados como metáfora y a partir de aquí desarrollará todo una serie de reflexiones más políticas que naturalistas. Veamos…

Para el individuo aislado, solitario, aquel que se abstrae del grupo, la imagen de los lemmings saltando al mar desde lo alto del acantilado, la imagen de aquellos seres queridos, amigos o vecinos que desesperados se adentran en el océano, resulta incomprensible en principio. Sin embargo, en el individuo lemming aparece según reza la letra una voz desde las profundidades de su ser. Es un llamado a ser uno con los demás, el sentirse responsable por el destino del grupo, el compromiso con los semejantes, ser solidario. No es un perder el yo en el nosotros sino una resignificación de la personalidad que incluye lo individual pero rescata el ser social y supera lo dado. Mas, en el ínterin, dice la letra: no hay escape, sólo resta avanzar. Ya no hay lugar para las deliberaciones. La analogía con el proceso revolucionario es maravillosa. El salto al mar del lemming representa el ir al frente del pueblo en armas. En un punto no queda otra chance más que morir arrojándose al océano y ser uno más jugándose el todo por el todo. Hammill, genialmente, en principio lo plantea como una pregunta, lo hace justamente porque quiere dar vuelta la cuestión para un lado y para el otro. Esto tiene que ver con el hecho de que siempre es posible esquivarle al bulto, mirar para otro lado, plantear una filosofía del escape, del no jugarse. Perderse en el todo es una forma de alienación.

Así, puede buscarse un dios que nos salve o un Leviatán señor absoluto, que nos de las leyes y nos diga cómo proceder para mantener el orden. Desde esta perspectiva la cosa viene de arriba y se desenvuelve como una serie de verdades que surgen por la vía deductiva desde una gran verdad que aparece como axioma, verdad esgrimida desde el señor o desde el economista neoliberal y su apelación al homo economicus.

El devenir de la historia ha logrado que el absolutismo quede muy lejos. Hace tiempo, con el advenimiento de la modernidad, la autoridad como fundamento del poder y el orden se han convertido en polvo frente a la nueva ley, la que se construye por la vía racional. Más cerca, el estruendo que produjo la caída del neoliberalismo y sus principales dogmas han demostrado que el discurso de los gurúes mediáticos hace agua por todos lados.

Pero la necesidad de parar la pelota y plantear la cuestión de la legitimidad del poder, la soberanía y la lucha por el cambio presentes en la canción tiene que ver también con que nunca las cuestiones se agotan y siempre es posible repensar las acciones teniendo en cuenta los cambios de coyuntura. Entonces, la pregunta que se planteaba vuelve a aparecer en el tema: qué camino queda salvo morir, morir en busca de algo de lo cual no estamos seguros. No lo estamos porque eso que buscamos es algo que deviene como deviene la historia, que está en permanente proceso de construcción, que se hace y deshace por la negación y superación dialéctica.

Más allá de la pregunta en sí misma surge la necesidad de encontrar un fundamento, un por qué, de darle vuelta a la cuestión hasta que dé todos sus frutos para entonces sí encaminarse hacia la acción. Bien… Uno podría decir, es una interesante salida, que es loable el hecho de que muchos se inmolen para que otros vivan. La cuestión además de romántica plantea un hecho trascendental. ¡Qué más puede pedirse al sujeto revolucionario! La negación de su vida es la afirmación de la de sus semejantes, la del grupo, la del proyecto. Morir para que otros vivan en mejores condiciones. Morir por el proyecto. Pues bien, es una lectura posible. Existe una contrapartida, la negación de la vida del que se considera oponente al proyecto, la muerte del individuo enemigo y contrincante es la muerte del proyecto colectivo que representa. De la persecución a la quema de brujas, del fusilamiento y el campo de concentración a la quema de libros en los totalitarismos, un sólo paso. Dicho sea de paso, todavía hay quienes creen que por quemar un libro se niega al autor. Se trata de un accionar que niega pero nunca procura la superación.

Sea como sea, es interesante volver sobre el punto puesto que todo esto va de la mano con una coyuntura histórica. Tomemos un ejemplo, el de las luchas armadas que se planteaban como salidas para transformar lo dado. Desde los grupos revolucionarios en América Latina a los jóvenes y las jóvenes peronistas que en Evita Capitana afirman sin dudar que pueden entregar sus vidas por Eva y Perón, pasando por Jesucristo y los mártires tenemos una muestra cabal de una manera de plantear el paso trascendental hacia el futuro mejor. No es morir para que el alma vaya al paraíso eterno sino para que los cuerpos sufrientes de nuestros hijos dejen de ser amancillados. Frente a esto, resta sacarse el sombrero y admirar a aquellos que pensaron que dando su vida lograrían mejorar la de sus semejantes. De eso no hay duda, no se trata aquí de enjuiciar dicho accionar. El mismo, como decía, encuentra su justificación en la coyuntura histórica. De lo que se trata es de pensar una praxis para el presente, hoy, en otro momento histórico, sin que nos atrase la hora.

Pues bien, la canción de Van der Graaf en un punto vuelve sobre el tema y aporta un giro más a la cuestión. Peter Hammill plantea allí que todavía hay tiempo para volver sobre las preguntas: ¿vale la pena morir? ¿o más bien de lo que se trata es de vivir con la esperanza de poder hacer algo en vida por nuestros hijos? Hammill sostiene que la muerte no aporta ninguna esperanza. En este sentido, Hammill desde una postura existencialista considera la muerte como el fin de todos los proyectos. En esta línea, el proyecto revolucionario es un proyecto que se nutre de los proyectos de quienes viven y no de los muertos. Así la revolución más que mártires demanda sujetos vivos capaces de llevar a cabo una praxis. Es por esto que la canción culmina con el lapidario “qué otra chace queda salvo intentarlo”. Hay un desplazamiento hacia la acción, intento seguir vivo y cambiar las circunstancias. Es más, el muerto, el mártir se resignifica como sujeto de la praxis y pasa a ser algo más que una figura, una forma en el frío mármol para transformarse en una referencia viviente. Pensemos en el Che, en Cháves, en Kirchner y la figura del Eternauta, o tantos otros líderes americanos.


Los tiempos ya no son los mismos que en los 70. Como es sabido, la historia es otra. En el medio el fracaso de la lucha armada, el haber sufrido la pérdida de tantos valiosos compañeros, familiares y amigos. ¿Cuál es la chance o el camino que nos queda por recorrer hoy? Es algo que debemos reflexionar. Seguro no es el de las décadas del 60 o 70. La coyuntura actual nos demanda afinar la reflexión volviendo a desempolvar temas olvidados. Por más que para muchos el camino sea sencillo, que algunos desde una postura dogmatica y ramplona le pasen con una aplanadora a la complejidad de la cuestión esgrimiendo sus clásicos slogans vacíos de contenido convirtiendo a la revolución en un ideal que se les escapa como agua en un colador, por más que otros, los más pensantes, incurran en el reduccionismo, el mecanicismo propio de la tradición dogmática o la sobredeterminación de alguna categoría conceptual negándose obstinadamente a revisar la teoría para mejorar la praxis, por más que todo eso y mucho más, debemos seguir pensando y actuando y para pensar y actuar debemos vivir.