La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

viernes, 17 de enero de 2014

El hospital medieval: del hospicio a la institución especializada en el cuidado y la medicalización.



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

El hospital es, según acuerdan muchos historiadores, uno de los principales logros de la medicina medieval. En efecto, es durante este período cuando, según muchos estudiosos, se opera el tránsito desde el hospicio, una institución que ofrecía comida y techo a los peregrinos o desposeídos (incluyendo enfermos), a aquellas especializadas en el cuidado médico experto.[1]
Todo parece indicar que los hospitales nacieron en el Imperio Bizantino durante - o incluso antes- del S. VI, cuando comienza a registrarse el establecimiento de centros dedicados al cuidado experto de enfermos, siguiendo los ideales cristianos de caridad.
El hospital de Sampson en Constantinopla se destacaba entre otros que siguieron su forma de organización. Su responde al de su fundador, Sampson o Sansón de Constantinopla (fallecido en 530 dC.), un santo cristiano nacido en Roma que había estudiado medicina y se había instalado en la ciudad bizantina, ofreciendo sus saberes gratuitamente a la comunidad. También en Constantinopla funcionó el hospital de Pantokrator que contaba con espacio para atender a cincuenta pacientes con cuarenta y siete empleados.[2]
El modo de organización de la práctica médica hospitalaria bizantina llegó a interactuar con la cultura islámica y más tarde, a través de ella, con la occidental. Sin embargo, esta no es la única vía de transición del hospital bizantino al occidental. Por ejemplo, tras la caída de Jerusalén en 1099, durante la primera cruzada, los Hospitalarios, ex Hermanos Laicos, reorganizaron el hospital de San Juan de Jerusalén siguiendo el modelo bizantino y llegando a alojar a mil pacientes o más. La experiencia obtenida allí llevo a los Hospitalarios a fundar centros de atención en Italia y el sur de Francia. Lo más importante fue que mediante una serie de estatutos y protocolos, estos médicos lograron institucionalizar pautas de cuidado y administración hospitalaria a la vez que difundieron el modelo de Jerusalén en todo Occidente.
Como quiera que sea, quedan muchos puntos sin esclarecer acerca de la transición operada en la práctica hospitalaria durante la Baja Edad Media. No obstante, sí resulta evidente que durante los siglos XII y XIII el hospital se reprodujo rápidamente por diferentes ciudades y pueblos europeos.[3]
Para finalizar, tomo de Lindberg, Los Inicios de la Ciencia Occidental, una extensa cita en la que se describe con suma claridad las instalaciones médicas en Milán hacia 1288:

En la ciudad, incluidos los suburbios (…) hay diez hospitales para los enfermos (…) El principal es el Hospital del Brolo, muy rico en posesiones y fundado por Godofredo de Bussero en 1145. En él (…) se encuentran, especialmente en los malos tiempos, más de quinientos pacientes de lecho y muchos más que no están encamados. Todos reciben comida a costa del propio hospital. Además de éstos, hay 250 niños o más, puestos con enfermeras individuales después de su nacimiento, al cuidado del hospital. Toda clase de pobres, excepto leprosos, para los que hay un hospital reservado, son recibidos allí, y sanados amable y bondadosamente, provistos de cama y comida. También todos los pobres que necesitan atención quirúrgica son diligentemente cuidados por los tres cirujanos que están asignados a esta tarea específica.

La descripción que se cita puede ser algo condescendiente pero aún así aleja al lector de aquella mirada clásica sobre la Edad Media, una época oscura y caótica. Me detengo aquí, creo que con lo expuesto tenemos un buen pantallazo de la cuestión, al menos en sus más lejanos inicios.
Hay, sin embargo, una serie de cuestiones más interesantes que podrían agregarse sobre todo si uno centra su mirada hacia los albores de la modernidad, cuando en el S. XVII nace lo que Michel Foucault denomina la policía médica y su interacción con el hospital. Como sostiene el francés, opera allí una normalización de la práctica y del saber médico que deja a la Universidad y a la corporación médica la responsabilidad por la formación y certificación, normalización de la práctica y de la medicina que se da curiosamente antes que la normalización del enfermo y la enfermedad. Pero claro, esto queda  fuera de los límites de este artículo.



[1] Hay un excelente trabajo sobre los orígenes más lejanos del hospital elaborado por Tymothy Miller, The Birth of the Hospital in the Byzantine Empire, Baltimore, John Hopkins University Press, 1985.
[2] Para ampliar el lector puede consultar también de Miller, “The Knights of Saint John and the Hospitals of the Latin West”, Speculum,nº 53, 1978, 709 – 733.
[3] Acerca de los hospitales en Occidente puede consultarse Talbot, Medicine in Medieval England, Oldbourne, 1967.

sábado, 4 de enero de 2014

La discusión del siglo XX en epistemología: la historia de la ciencia y la metáfora evolucionista

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Consideración previas

¿Qué lugar ocupa el sujeto, la comunidad científica y el contexto socio histórico en la producción y legitimación del conocimiento científico? ¿Cuál es el estatus de las afirmaciones y leyes científicas? ¿Cómo se desarrolla la ciencia, si es que lo hace, a lo largo de la historia? ¿Cómo o mediante qué tipo de herramientas se puede pensar y explicar dicho desarrollo? ¿Lo es progresivo, continuo o discontinuo, es evolutivo?
En este breve artículo, trataré de recorrer los distintos argumentos esbozados por algunos de los más destacados exponentes de la tradición anglosajona de la filosofía de la ciencia con objeto de responder aquellas preguntas que presentáramos más arriba.

Historia lineal y acumulativa

La filosofía de las ciencias, en tanto disciplina filosófica relativamente autónoma, surge en las primeras décadas del siglo XX, con el Círculo de Viena. Esto no significa que no hubiese existido antes ninguna reflexión filosófica sobre la ciencia. Tanto los filósofos clásicos griegos como Descartes, Kant, Hegel o Marx por nombrar alguno de los más representativos pensadores modernos, desarrollaron estudios acerca del conocimiento científico. Sin embargo, hay una característica que diferencia a la filosofía de las ciencias del siglo XX de las reflexiones realizadas con anterioridad: a partir del aporte realizado por el Círculo de Viena ya no tenemos estudios elaborados por autores aislados, sino una tarea conjunta llevada a cabo por un grupo de lógicos, filósofos y científicos que comparten cierta base común consensuada o supuestos previos, a partir de los cuales, se comprende qué es la ciencia, cómo se construye el conocimiento científico y cuál es el criterio para distinguir a la ciencia de otros modos del saber.

Las primeras formas de análisis epistemológico cuyo objetivo es explicar el status de las teorías y el progreso científico derivan de los debates que se iniciaron hacia fines del siglo XIX y principios del XX con la llamada ‘Concepción Heredada’ (CH), expresión acuñada posteriormente por Putnam para agrupar a los integrantes del Círculo de Viena y a otros intelectuales, que adherían a sus principales supuestos básicos y sirven de marco para la discusión sobre la tercera. Las ideas básicas de la CH fueron llevadas a su máximo desarrollo a partir de los años veinte por los científicos y filósofos del Círculo de Viena, Moritz Schlick, Hans Hahn Rudolph Carnap y Otto Neurath y autores como H. Reichenbach y K. Hempel en Berlín, entre muchos otros, que aun sin pertenecer estrictamente al Círculo, compartían gran parte de sus supuestos iniciales.

La CH surgió en el marco de dos supuestos básicos que buena parte de la filosofía europea adoptó entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX. Por un lado, la filosofía comenzó a ser considerada como una mera reflexión acerca de ese lenguaje especial que son las teorías científicas. Por otro lado, esta filosofía de la ciencia tendría un carácter eminentemente prescriptivo al tiempo que fundacionalista, puesto que  buscaba establecer las condiciones necesarias y suficientes para que un determinado conocimiento pudiera ser considerado científico. Desde esta perspectiva se adoptó como criterio de demarcación el Principio Verificacionista del Significado. Dicho principio puede enunciarse de la siguiente manera: el significado de una proposición es el método de su verificación. Entonces, aquellas proposiciones que no pueden verificarse empíricamente carecen de significado en sentido estricto y sólo tienen sentido emotivo. Las proposiciones significativas se restringen, entonces, a las constituidas por términos formales y a las proposiciones fácticas con verificación empírica.

Las teorías científicas expresadas como un conjunto de enunciados pueden contener conexiones oscuras entre enunciados, sentidos equívocos o poco precisos que no se definen rigurosamente. Surge entonces, la necesidad de depurar el lenguaje científico obteniendo uno formalizado, lo más transparente posible. Se distinguen los términos o enunciados, fundados en la experiencia o con contenido empírico, de los términos metafísicos carentes de dicha relación. Lo que sigue es que todos los enunciados que contienen términos provistos de contenidos empíricos pueden ser controlados en la experiencia. Aquellos no controlables empíricamente no serían considerados científicos, a excepción de los enunciados lógico matemáticos puesto que por su estructura implican consecuencias surgidas de un grupo de axiomas.

El empirismo lógico de la CH se preocupa, entonces, por la correcta utilización del método inductivo y del análisis lógico de los enunciados teóricos y observacionales. De esta forma, la tarea queda reducida a atender el conocimiento científico  como producto; esto es, el contexto de justificación, mientras que el contexto de descubrimiento queda reservado a la historia, la sociología o la psicología. Al primero corresponden los aspectos lógicos y empíricos de las teorías, la tarea de la filosofía de la ciencia en suma, mientras que al segundo pertenecen los aspectos históricos, sociales y aun psicológicos que rodean la actividad de los científicos.

Desde esta perspectiva, la historia de la ciencia es vista como una acumulación lineal y progresiva de las teorías triunfantes. La CH concibe el desarrollo del conocimiento científico como un proceso de progreso caracterizado por un reduccionismo entre teorías. Esto significa que cualquier teoría consolidada se conserva a lo largo de la historia de la ciencia, o bien por subsunción en las teorías posteriores, o bien porque lo que afirma puede derivarse de ellas apelando al reduccionismo. Como vemos, desde esta postura, la historia de la ciencia es vista como una continuidad lineal, como la historia de las teorías triunfantes cuyo éxito radica en su status legitimado de ciencia. Todos aquellos intentos por dar respuesta a las problemáticas surgidas de la naturaleza que no correspondan con el criterio de demarcación establecido por es empirismo lógico quedan fuera del campo de la investigación histórica y no juegan ningún rol en la construcción de conocimiento científico. Desde esta perspectiva, no tiene sentido apelar a ninguna metáfora (ni evolucionista ni de ninguna especie) que dé cuenta del desarrollo histórico puesto que el mismo se explica por las características que asumiría la racionalidad propia de la forma de construcción del conocimiento científico. Dicho de otro modo, la historia de la ciencia es la recapitulación del proceso mediante el cual, aquellas teorías consolidadas[1] al momento de escribir la historia pudieron ser  posibles.

Críticas, las novedosas historiografías evolucionistasde Popper y Kuhn y las críticas a las críticas

Si bien las posturas fueron variando y en cierta forma perdiendo rigidez con el tiempo, a partir de estas tesis fuertes sostenidas por el empirismo lógico comenzaron a proliferar las críticas y objeciones de distinto alcance, provenientes de diferentes tradiciones teóricas con dispares derivaciones, pero también al interior mismo de la CH.

El empirismo lógico no pudo resolver el problema de inducción, su justificación lógica, ni mucho menos explicar cuál es el proceso mediante el cual surgen las teorías científicas al no poder justificar lógicamente la inducción. Si bien Carnap, Russell y otros trataron de justificarla apelando a la tesis instrumentalista, sosteniendo que las leyes de la ciencia son simples instrumentos para predecir sucesos observacionales y como tal, no puede decirse que sean verdaderas ni falsas, lo cierto es que el programa fracasa al mismo tiempo que deja abierta la puerta para el inicio de uno nuevo que contemple los aspectos creativos, imaginativos o intuitivos que se juegan en la producción de teorías y busque la reconstrucción del progreso de la ciencia desde otra perspectiva.

Los trabajos de Popper y sus críticas al punto de vista empirista y al método inductivo, desarrollados sobre la base de la “carga teórica de la observación” y una postura “falsacionista” que pudiese superar como criterio de demarcación al verificacionismo, permitieron ampliar el panorama para que se produjeran nuevos aportes a la reflexión epistemológica. Fue Popper quien, de alguna manera, desde el Racionalismo Crítico reinstaló al sujeto en la producción científica. A la inversa del inductivismo que sostiene que las teorías se construyen a partir de la observación de los hechos, el hipotético deductivismo sostiene que el proceso va desde la teorías a los hechos, que la observación está guiada por la teoría y que la puesta a prueba de las hipótesis mediante el testeo de las consecuencias observables que surgen vía deductiva a partir de la hipótesis fundamental no constituye la verificación de la misma sino a penas una corroboración.
Popper fundamenta el método apelando a la validez de la lógica deductiva. Pero este método expone al científico a una constante necesidad de encontrar refutaciones para sus hipótesis y a tener que someterse a una exigencia de creatividad para elaborar conjeturas novedosas. De aquí, que una lectura popperiana del desarrollo científico lleve, considerando el método de las conjeturas y refutaciones, a una serie de rupturas permanentes. En este sentido, si la ciencia avanza hacia la verdad, gracias a rupturas permanentes, no vemos cuál pueda ser la racionalidad, el relato meta teórico que permita dar cuerpo a una serie de cuestiones a tener en cuenta para guiar el progreso objetivo.

Popper busca salir del brete apelando a la metáfora evolucionista pero desde una óptica particular: desde su perspectiva, la evolución natural responde al mismo esquema de las conjeturas y refutaciones, las especies evolucionan a través de la solución de problemas vía ensayo, prueba y error. Desde esta postura, Popper logra establecer una distinción entre las revoluciones científicas y las sociales argumentando que las primeras, se dan dentro de un esquema de racionalidad dada por el proceso de conjeturas y refutaciones, como en el caso de la evolución natural; y en las segundas, en el campo de lo social y político, los procesos de cambio revolucionario son ideológicos y no siguen ningún esquema racional. Para Sir Karl, el progreso científico consistiría en el examen racional de las conjeturas al mismo tiempo que la objetividad de la actividad se funda en la criticidad de dicho examen.

La salida popperiana constituye un buen intento por resolver la cuestión de la racionalidad del progreso científico pero un intento que fuerza mucho las cosas puesto que al trasladar el esquema racional aportado por el racionalismo crítico a la naturaleza nos exige que compremos la tesis de que existe una continuidad entre el mundo natural y lo social; una continuidad que no puede justificarse empíricamente y debe aceptarse a partir de la especulación metafísica.

En la década del 60, surge una nueva perspectiva epistemológica que, aún dentro de la tradición anglosajona, pretende mostrarnos la ciencia como proceso dinámico de producción de conocimientos y ya no como un producto terminado. Los análisis de Quine sobre la “indeterminación de la traducción” y “la infradeterminación de la teoría por los datos”, debilitaron la creencia en la intersubjetividad y la objetividad, además de mostrar la dificultad de sostener que la evidencia empírica de por sí permite una verificación de las teorías científicas. Desde esta perspectiva nos alejamos del esquema logicista y de las posturas fuertes, incluyendo una mirada que apunta más a naturalizar la producción científica que a considerarla como un producto terminado.

A esta línea crítica, habría que agregar las objeciones puestas por Kuhn a la neutralidad de la experiencia, el hecho de poner en consideración el papel fundamental que ocupa la comunidad científica como sujeto involucrado en el desarrollo cognitivo y el lugar que ocupa la historia de las ciencias en la epistemología. Estas críticas dieron lugar al surgimiento de distintos puntos de vista. En “La estructura de las revoluciones científicas”, Kuhn expone la evolución de las ciencias naturales de una manera radicalmente distinta a la que es propia de la visión precedente. Para este epistemólogo, las ciencias no progresan siguiendo un proceso uniforme lineal sino que podemos notar que existen en su evolución rupturas y cambios revolucionarios en los que se pasa de un paradigma a otro.

Siguiendo a Kuhn, un paradigma es una “concepción del mundo”; es decir, un conjunto de valores, creencias y técnicas compartidas por la comunidad cinética a partir de las cuales, se producen las formas de clasificación del mundo. El paradigma determina cuáles son los problemas, los entes, y las reglas que deben seguirse para su resolución. El período de “ciencia normal” es un período de resolución de “enigmas” dentro de un paradigma determinado.  La actividad de la comunidad científica dentro del período de “ciencia normal” tiene por objeto lejos de producir novedades, abordar la resolución de los problemas que el paradigma deja sin resolver. Ahora bien, existe o mejor dicho aparece otro tipo de problemas más complejos que no pueden resolverse desde el paradigma vigente. Estas “anomalías” pueden llevar a los científicos a tomar distintas actitudes. Puede ocurrir que no se perciban como tales o que la comunidad científica pueda convivir con éstas por un tiempo. Pero también,  puede ser que estas “anomalías” se acumulen y produzcan una crisis del paradigma. Esta crisis rompe la unidad en la comunidad científica dándose una pérdida de confianza en la capacidad de respuesta del paradigma hasta allí vigente. Comienzan a proliferar distintas herejías que pretenden instalarse como un nuevo paradigma hasta que una triunfa y se abre un nuevo período de “ciencia normal”. El paso de uno a otro paradigma constituye una revolución científica. El concepto de paradigma implica una “visión del mundo” y el cambio de uno a otro paradigma, un cambio de mundos. Los paradigmas, desde esta perspetiva, son “inconmensurables” quedando anulada toda posibilidad de comparación.

El concepto de inconmensurabilidad fue sumamente criticado por el campo intelectual llevando a Kuhn a reformularlo de otro modo: comparando el proceso de cambio paradigmático con el de la traducción de un idioma a otro. También tuvo que dejar de lado la noción de paradigma debido a la ambigüedad del término y reemplazarla por la de “matriz disciplinar”.

Sobre el final de su carrera, Kuhn se esforzó por reconstruir su punto de vista tomando a las revoluciones científicas como cambios que se dan a nivel del lenguaje. En “El camino desde la estructura”, Kuhn expone su proyecto de retomar algunas preguntas planteadas en su obra principal con el objeto de resolver ciertas problemáticas pendientes como la cuestión de la racionalidad del cambio paradigmático, el compromiso con la verdad y principalmente el problema que planteaba el concepto de inconmensurabilidad. Desde su punto de vista, sostiene que el concepto de inconmensurabilidad, en realidad, no representa una amenaza a la evaluación racional de la verdad. En una clara discusión con Popper, va a sostener que el concepto constituye un eje central para comprender el desarrollo histórico de las ciencias.

Ahora bien, en este famoso artículo, Kuhn plantea la inconmensurabilidad como intraducibilidad. Viendo que el aparente sinsentido de textos o producciones científicas antiguas puede ser eliminado restaurando significados diferentes a los utilizados al momento de ser producida la evaluación histórica de los mismos, Kuhn advierte que es el léxico el que debe tomarse como eje de análisis para evaluar cuáles son los aspectos que cambian al pasar de un paradigma a otro. Así, los conceptos adquieren un significado específico dentro de ciertas taxonomías léxicas. Una taxonomía léxica debe estar dada antes de que empiece la descripción del mundo. Kuhn postula el “principio de no intersección de referentes” para dar cuenta de que existen ciertos conceptos cuyo significado funciona en una taxonomía de manera distinta al que adquieren en otra taxonomía. El cambio revolucionario estaría dado, entonces, por el paso de unas a otras categorías taxonómicas pudiendo existir historiadores bilingües capaces de distinguir los distintos significados que asumen los conceptos en cada una de ellas.

Las taxonomías léxicas o esquemas conceptuales no constituyen una creencia sino más bien un prerrequisito para tenerlas, proveyendo y limitando también el modo en que se las tiene. Estos esquemas conceptuales evolucionaron a partir de un mecanismo fundamental que posibilita a los seres vivos para identificar sustancias escudriñando trayectorias espacio-temporales.

Kuhn vuelve así a la metáfora evolucionista que planteara en “La estructura”, sosteniendo que ciencia progresa desde y no hacia la verdad y sugiriendo, a la vez, eliminar la noción teleológica de progreso. Propone entonces, un paralelo entre la evolución natural y el desarrollo del conocimiento científico; paralelo que debe ser abordado desde un corte sincrónico y otro corte diacrónico. El primero daría cuenta del surgimiento de nuevas especialidades cada vez que se produce un cambio revolucionario. Cada una de ellas se construiría a partir de nuevos esquemas conceptuales. El segundo corte hablaría del tránsito de un período a otro de ciencia normal mediado por una revolución científica.

Al cuestionar el desarrollo hacia la verdad, Kuhn cuestiona también el principio de verdad por correspondencia proponiendo que la verdad o falsedad se definen en el contexto histórico. La historia de las ciencias es leída, entonces, en clave evolucionista como un tránsito a sucesivas formas de especialización.
Sobre el final del artículo, Kuhn compara el léxico con las categorías kantianas sosteniendo que el mismo proporciona precondiciones para la experiencia. Pero a diferencia de sus antecesoras kantianas estas cambian dado el paso del tiempo como el de una comunidad a otra.

Más allá de las críticas que puedan caberle a la comparación, surgen una serie de problemas que la postura no puede resolver. No queda claro cómo se da la relación del léxico con el mundo, existiendo una distancia entre el mundo percibido y el mundo construido por el ser humano. Tampoco queda clara cuál deba ser la unidad de análisis o especiación: si la misma apunta a los grupos, estos no tienen mente. El concepto de adaptación a los cambios que a partir del cual, surgirían desde la óptica de Kuhn los distintos campos de especialización en las ciencias, implica una lectura teleológica; teleología que el mismo Kuhn había echado por la ventana y que ahora se le cuela por la ventana.

En síntesis, existen dos problemas que la postura epistemológica evolucionista kuhneana no permite resolver. Al igual que Popper, Kuhn no puede dar cuenta de cómo se daría la continuidad entre la naturaleza y la cultura que permitiera a su vez, legitimar el salto de la evolución biológica a una explicación evolucionista del desarrollo científico que se verifique en los hechos. Por otro lado, parecería que la ciencia es una empresa cargada de propósito en la que la metáfora biológica no tendría cabida dado su alto compromiso con una forma de cambio azaroso. Si bien la tesis kuhneana incluye al proceso revolucionario como verdadero motor de la historia científica, considerando los aspectos sociopolíticos dados por el contexto de descubrimiento, por no poder tomar al grupo social o a la comunidad científica como unidad de especiación a partir de la cual explicar la evolución por carecer ésta de mente, pierde la posibilidad de fundamentar racionalmente el cambio.

Bibliografía

Kuhn, Th., (2004): La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica, México.
Kuhn, Th., (1994): “El camino recorrido desde la estructura”, Montevideo, Galileo, Nº9, (1994)
Palma, H., (2008): Filosofía de las ciencias. Temas y problemas. UNSAM Edit, Buenos Aires.
Palma, H., (2007): Metáforas en la evolución de las ciencias. Baudino Ediciones, Buenos Aires.
Popper, K., (1985): “La racionalidad de las revoluciones científicas”, en Hacking, I., (1985)
Popper, K., (1935-58): La lógica de la investigación científica. Tecnos , Madrid.
Richards, R., (1997): “El modelo de la selección natural y otros modelos en la historia de las ciencias”, en Martinez, S. y Olivé, L. (1997)



[1] Por teorías consolidadas, entiéndase aquellas que cumplen con los cánones de ciencia formulados desde la perspectiva del empirismo lógico.