La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

sábado, 16 de agosto de 2014

Y no… Para pavadas no estoy.

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo
Globos y papelitos de colores, unos volantes a todo color con muchos rostros que no dicen nada, que sólo ríen y vaya a saber por qué.  Y todo arrojado en la cara del transeúnte en la esquina de Santa Fe y Juan B. Justo, corazón de Palermo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para interpelar desde la derecha más recalcitrante, marketinera y berreta de la Argentina a un transeúnte desprevenido.
Pasó ya más de un año, es tiempo de reflexionar. Y más cuando lo que tenemos es un redoblamiento de la apuesta por la política mediatizada, una vuelta de tuerca de la virtualidad, la escases de densidad conceptual, hablar desde ninguna parte y para el uno heideggeriano, ese que es uno pero también es todos, que puede ser cualquiera, sentido común es su estado más puro. Hoy el político se deja bastardear por el arlequín televisivo y pone su cuerpo para bailar al son del rating.
Pepelitos de colores que se arrojan a la cara de quien está en tránsito. Estar en tránsito es como no estar. El estar en su forma más densa precisa de la quietud. El estar va da la mano con el tiempo que sí transcurre pero no ligado al correr, al movimiento, al estar hiperactivo que es propio de nuestros tiempos.
Jóvenes sonrientes repartían cotillón Pro, el partido político que a mi juicio mejor maneja las formas de interpelación de lo que he llamado en otra parte “la política virtual” con su escasa solidez, su hablar desde lo neutro, su ir a ninguna parte en cuanto a lo estrictamente ideológico.
No había allí intercambio de ideas, convocatoria al debate, planteos de programas, críticas, argumentos ni slogans con algún sustento. Todo era prefabricado. Los globos y los volantitos de colores expresaban lo que los mudos personajes sólo podían esbozar con un ademán de bondad misterioso, artificial, aparatoso, actuado.
“Porque me quiero comprometer con el cambio yo estoy”, y la “o” del “estoy”, un globo como los globos que encierran las imágenes de esos rostros sonrientes de los cuales no emana ninguna tensión, ninguna historia más que la del eterno presente de la foto familiar. Fotos de rostro sin contexto, sin marco más que el globo de cotillón.
Sólo al ver el conjunto, el lector advierte que lo que se pretende presentar es una multiplicidad etaria y de roles sociales. Pero cierta uniformidad cubre la imagen. Todos los personajes englobados son de la misma clase social. Porque hasta los obreros que se pretenden mostrar como tales, sonrientes, presentan atuendos ingenieriles rara vez visibles en las obras de construcción. Nada hay de espesor en sus rostros, ningún pesar por el rigor de la tarea. Actores en un rol más que personajes en carne propia.
La avanzada marketinera Pro se daba justo después de una serie de traspiés gubernamentales para capitalizar la impronta anti K de cierta parte de la clase media y alta argenta. “Porque me quiero comprometer con el cambio” parecen decir las caras felices de los sujetos englobados, encerrados en el cotillón Pro. ¿El cambio de qué? ¿Qué cambio? ¿Qué tipo de cambio? Nada de eso puede verse a través del volante.
El “Yo estoy” sin más que procura reproducir ese “contá conmigo” en realidad es un estar en un no lugar, es un estoy pero no estoy. Estoy sin la densidad del estar. Un compromiso con el cambio para que otros sean los que cambien, para que otros cambien. Un compromiso que no es ningún compromiso. Estoy en una foto. Sonriendo en una foto. En un presente que se hace eterno, el presente de la foto de la fiesta familiar.
La foto se aleja de la historia, la foto está en otra dimensión. La foto es la instantánea. La instantánea de ir un día y votar u otro día y cacerolear, esperando que otros atiendan mis demandas (o rezongos), que el estado se convierta en la empresa de servicios que debe atender a sus clientes ciudadanos. Democracia sin responsabilidad, democracia liviana. Votar y cacerolear, después cada uno a seguir acumulando y consumiendo.
Democracia en sintonía con una forma de producción que desplaza sus núcleos más densos en la dialéctica producción-consumo-acumulación-distribución hacia el consumo. Consumir es la proclama que cruza la política en general. Aportar al consumo. Y en un mundo donde el sujeto es interpelado desde el consumo, lo denso deja de tener centralidad. Aflora el permanente deseo de llenarse y para eso el ir en búsqueda de algo que complete el vacío. Vacío que no se llena nunca, que nunca deja de ser vacío. Vacío que es el hueco del sujeto aislado, individual, individualista, que no puede ver el cruce de relaciones en un mundo donde nunca como antes se dependió del otro, donde nunca como antes el otro es permanentemente borrado, difuminado, objetivado.
“Yo estoy” reza el volante y seis razones para estar. Aunque nunca aclara dónde se está, para qué, haciendo qué. Veamos:
Estoy “porque quiero sumar y ayudar”. Nunca se dice cómo o qué implica sumar o ayudar. El vacío de argumentos, lo no dicho, se llena de una suerte de buenas expresiones que surgen de la mente de cada uno de los sujetos interpelados por el volante. Entonces para algunos, estar para sumar podría significar ser uno más en una masa informe histérica y sin un programa común y ayudar resuena con la dádiva, la colecta descomprometida y ascética.
“Estoy porque quiero que se respeten las diferencias”, porque soy el que tiene un amigo boliviano y come comida china demostrando amar la diversidad. A ver… Si el nazi fascista es diferente desde el punto de vista político, si el golpista es mi diferente, pues lamento, no me merece ningún respeto y por ende no estoy. ¿Cuáles son las diferencias que se pretenden que deben ser respetadas? ¿Todas? ¿Desde dónde se construye la igualdad que se sobrepondría a la diferencia?
“Estoy porque el cambio empieza en cada uno”, vaya consigna liberal por excelencia. El ser individual, el que debe esforzarse por cambiar, el que debe hacer mérito, el que debe amoldarse, cambiar la mentalidad, pero siempre como una célula, un átomo (depende la metáfora que se prefiera) en la sociedad, en una sociedad que me es ajena sobre todo cuando se trata de pensar en el modo en que puedo llegar a depender de ella.
Y como no podría ser de otra manera, el lugar común: “quiero un país en el que no haya pobreza ni desigualdad” (confusa manera de utilizar las categorías, sobre todo pensando en que para estos tipos las jerarquías siempre están naturalizadas); quiero ayudar a que la Argentina tenga un gran futuro. ¿Quién no?
El volante de colores finaliza pidiendo al distraído transeúnte sumarse para trabajar por el país que podemos tener. Y manteniendo una rígida coherencia, jamás explica qué o cómo es ese país. Más allá del chiste de rigor, achacarle a Mauricio Macri, Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lo injusto de pedir al ciudadano que trabaje mientras él hace gala de una tremenda incapacidad para ponerse a hacer algo y hacerlo bien, resulta gracioso esto de terminar interpelando al ciudadano para que trabaje, utilizar semejante categoría para simplemente esperar que se sume, sea uno más, uno en la masa, un sujeto ajeno.
Porque del volante del Pro no se traduce ninguna apuesta a la militancia política en el terreno concreto con la vista puesta a transformar estructuralmente la sociedad. El volante convoca al ciudadano a comprometerse con cambios en lo más superficial de la política, lo institucional y los sujetos que ocupan los lugares, pero para que nada cambie.
Como decía, no hay espesor en la interpelación, no hay argumentos, no hay cómo, por qué, de qué modo se construye ese futuro mejor, ese país mejor.
Es curioso esto de convocar desde el compromiso. Toda una novedad desde el punto de vista semántico, que distorsiona el verdadero compromiso militante político convirtiendo la cuestión en una estrategia marketing, en una frase vacía. Anti política que es igual a sustitución de la política por el marketing empresarial. Y justo en el día del militante.

Hay una historia de sujetos verdaderamente comprometidos en carne y hueso que hasta dieron la vida por sus ideales, por el proyecto de país, por el semejante. Muchos partidos políticos, instituciones, sectores también tienen sus héroes de carne y hueso. Seguro comprenden la profundidad de la categoría, del compromiso social. Una cuestión mucho más cercana a las transformaciones concretas en las vidas de los hombres y mujeres, algo que resuena con el dar sin pedir nada a cambio. Algo que está muy lejos de los globos y papelitos de colores, del rosario de consignas vacías, de sumarse a la masa. Una actitud que siempre tuvo más que ver con dignificar y multiplicar que con ser uno más adicionado al montón.

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