La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

martes, 1 de julio de 2014

Política densa versus política virtual o la política en la era de las corporaciones mediáticas masivas




Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Una serie de avatares vienen poniendo de manifiesto la diferencia que existe entre lo que podemos caracterizar como una política densa y una virtual. Veamos…

Más allá de todo tipo de considerando acerca las iniciativas y concreciones esgrimidas o llevadas a cabo por los gobiernos populistas latinoamericanos[1], por cierto existe una suerte de discurso y prácticas que, desde lo concreto, se elevan al plano de las formulaciones abstractas, pero siempre para volver a lo concreto para cambiarle la vida a la gente, implementando acciones verdaderamente transformadoras (ley de medios, tema jubilatorio, asignación universal, ampliación de derechos, etc.). Este tipo de acciones va dejando muy lejos a la construcción mediática que más que proponer una estrategia trastocadora de lo dado, o bien destila rencores y odios, o bien desglosa un rosario de consignas impracticables, o bien se esgrime como una catequesis para un futuro ideal, en el que no es posible detectar más que lo mismo y un poco riguroso análisis de la coyuntura global, regional y local.

Antes de proseguir, es preciso ahondar en las categorías expuestas en el título de esta nota para que el lector comprenda el alcance de la proposición con la que empezara este desarrollo. En rigor, defino la política densa como una política anclada en lo concreto, que se construye sobre el barro de la historia, que busca transformar, lenta pero insistentemente, los condicionamientos materiales y las percepciones y sentimientos que afloran en el nivel de las ideas. Es una política que vuelve a reclamar la profundidad y el alcance del sentido mismo de la palabra para interpelar lo dado, el sentido común, el pathos individualista, exitista que impone el sistema. Es esa que se hace en el Poder Ejecutivo pero también, en los parlamentos y en los barrios, en las asociaciones, clubes, en la gramsciana y politizada sociedad civil, para ir, por poner un ejemplo concreto, redefiniendo los lazos sociales destruidos por el neoliberalismo, con las metas puestas allá lejos y sabiendo que cuestiones coyunturales, como por ejemplo, la famosa “inseguridad” no responden a la falta de leyes fuertes o acciones del Estado sino a la pauperización y deshumanización a las que nos sometieron el capitalismo y el neoliberalismo. Pero fundamentalmente es un política que con acciones concretas busca producir transformaciones estructurales que disloquen el sistema.

A diferencia de ésta, llamo política virtual, a esa suerte de ficción o construcción que se realiza para ser puesta en escena en programas de televisión, radio o en las redes sociales y páginas de internet. Política transparente, liviana, no confrontativa, que apela al sentido común y al consenso, que anula los conflictos y contradicciones y procura llegar al ciudadano por su costado más superficial, menos racional, enagenado, más ligado a su rol de autómata que de transformador de lo dado. Y mientras pienso en ello, vienen a mí las imágenes de los spot publicitarios con que algunos de aquellos políticos que hicieron sapo en la tabla de guarismos en elecciones pasadas, pretendían instalarse como alternativa (por derecha e izquierda, del partido o cardumen que sea).

La política virtual no busca cambiar nada, sólo legitimar el poder real de las corporaciones; el poder por el poder en sí en su legitimación legal, como instrumento para el logro de fines muy mezquinos.

Igualmente, la política densa busca poder, por qué negarlo. Pero existe una diferencia: es el poder necesario para confrontar y transformar las circunstancias, es un poder que se construye desde acciones colectivas o desde ciertos espacios buscando convencer al colectivo. Es un contrapoder porque se desliza en acciones cuya meta es romper la hegemonía de las corporaciones económico-mediáticas.

Instalar el personaje es diferente de instalar una idea que surge de una posición clara dentro del esquema de contrapoder o estrategia contrahegemónica y que responde a la necesidad de cambiar las condiciones materiales para ir cortando el espiral reproductivo y profundizador de las diferencias sociales que se instaló en la región desde mucho antes de las dictaduras militares del 70 en Argentina o Chile.

Cuando no hay política que llegue materialmente a los ciudadanos, del pelaje que sea dicha política, la cosecha de votos sólo llega de parte de adherentes fieles al amo, de la derecha autóctona más rancia, también fiel a sus amos y reconocedora de sus títeres o de parte de resentidos electores que odian a la presidenta vaya a saber por qué motivo y otros que vía asociaciones de ideas con escasa ilación se instalan más cerca de lo desopilante que de una construcción de elección responsable. Minorías recalcitrantes habrá siempre, en estos parajes como en las más antiguas democracias. Alambradas no hacen daño. Gente que piensa que la política es un robo también y que de nada sirve pensar antes de ir a votar porque votando se puede cambiar lo dado, por suerte cada vez menos. Dicho sea de paso, el resurgimiento de la militancia juvenil y el nacimiento de agrupaciones políticas variopintas no debe llamar la atención si uno comienza a tener presente que dichos fenómenos van de la mano del resurgimiento de la política concreta a partir de los últimos años.

Entonces, como decía, la política virtual sin apoyo en lo concreto no remonta vuelo. No gana elecciones o al menos no logra instalarse definitivamente sin apoyo de los medios. Si las gana, no transforma nada. Es más proclive a reproducir ciertas condiciones funcionales al poder económico. O en los hechos implementar políticas intrascendentes o insustanciales pero funcionales a un discurso y a un núcleo de empresarios siempre ávidos de obtener pingües ganancias (poniendo cámaras de seguridad por doquier o llevando a cabo lavados de cara en plazas y aceras).

Y cuando hablo de apoyo en lo concreto no hago referencia sólo al trabajo en el territorio sino también al planteo y la concreción de transformaciones a nivel macro, desde estrategias que apuntan a la defensa de un proyecto nacional que toca intereses y es capaz de hacerle frente a las corporaciones. Lamentablemente, a veces, desde algunos espacios que vuelan bajo, la política se ha interpretado sólo como dádiva, como reparto de vituallas, no como el esfuerzo de la militancia por cambiarles las condiciones de vida a los semejantes en su totalidad como seres humanos dignificando su condición de trabajadores.

Fenómeno de los 90 es la diferenciación entre una política marketinera de la gestión para los eventuales ganadores del sistema y los que aún colgados se mantenían dentro de los espacios de consumo abyecto y morboso y una política de la dádiva para paliar (por un muy corto plazo y con muy poco alcance, puesto que no se planteaba como planes sociales para incluir y brindar herramientas para salir adelante) la miseria de aquellos que se caían del cuadro porque el sistema los dejaba afuera. Ganado dentro del shopping, ganado para arriar a los actos, nunca seres humanos libres capaces de ser incluidos en la economía y en el proyecto.

El panorama actual muestra que algunas cosas están cambiando. A pesar de ello, algunas preocupaciones asechan a este escriba desde los más oscuros rincones de su mente rumiante.  Porque el triunfo de la política densa y concreta debe sostenerse con más profundas y mayores transformaciones y porque frente a quienes buscan la igualdad se encuentra un poder resistente a los cambios, un poder que además de intereses económicos en sectores productivos cuenta aún con las corporaciones mediáticas; esas que instalaron a muchos de los personajes que se postulan como alternativa a los gobiernos populistas y que buscarán volver al ruedo en octubre. Pero también, las mismas que, yendo a tocar la fibra más elemental del ciudadano lograron imponer en Argentina hace poco tiempo nomás a papanatas y mercachifles, tanto en Santa Fe y como en la CABA.

¿Qué tan transformadora será la política densa como para ir logrando una transformación material que neutralice los efectos mediáticos y la resonancia de ideologías neoliberales? ¿Será así, se podrá neutralizar el efecto mediático sólo mediante la tan luchada Ley de Medios? Es una pregunta que queda picando. Una respuesta negativa derribaría el supuesto que sostiene tanto a la primera afirmación de esta nota como a la nota misma. Y entonces, la política densa no sería más que la nostalgia de un pasado feliz en la mente de algunos que todavía creemos que podemos ir hacia un mundo igualitario y no esa nefasta postal de las distopías o utopías negativas.

Por otra parte, un tema más. El lector atento notará que el artículo se plantea desde las más austeras generalidades. Pero el terruño tira, me hace caer en el chiquitaje de lo local. Me pregunto: ¿Por qué el ciudadano de la Ciudad de Buenos Aires (no ese que materialmente e ideológicamente se alinea automáticamente con el Pro o una derecha recalcitrante sino el trabajador del suburbio sureño, por poner un ejemplo) vota un personaje liviano e insulso en su territorio y al denso para la Presidencia de la Nación? Porque eso es lo que pasó en las últimas elecciones presidenciales en Argentina. ¿Es que de parte de todos los votantes tenemos el mismo nivel de percepción del carácter denso y virtual de las propuestas de los candidatos o algunos ciudadanos responden sólo a estímulos de orden económico u otro tipo, y con su voto a los oficialismos entienden que puede quedar todo como está?

Porque en honor a la verdad y en rigor, lo que tenemos hoy en Argentina, que puede constituirse en un buen ejemplo, es una mixtura de acciones. La política densa se mostró capaz de conseguir adhesiones masivas favorables en niveles ejecutivos pero es preciso tener presente que hace apenas poco tiempo en distritos como la Ciudad de Buenos Aires y en Santa Fe ganaron u obtuvieron buenos resultados los personajes livianos, impuestos desde los medios hegemónicos. Un dato más para complejizar las cosas. En San Luis, la única provincia donde el Frente por la Victoria no triunfó, la gente prefirió a Alberto Rodríguez Saá, uno de los políticos que menos presencia tuvo en los medios durante la campaña electoral. ¿Es Rodríguez Saá un exponente de la política densa? Puede ser.  Porque faltó aclarar que cuando hablamos de política densa versus política virtual no se está haciendo una distinción que apunte a qué lugar del espectro ideológico ocupa cada agrupación, partido, frente o propuesta.

En efecto, puede haber política densa de izquierda o de derecha, progresista o no, liberal o conservadora. Por demás y yendo a la cuestión de los medios específicamente:

¿Cuánto daño pueden hacer los medios de comunicación y en general las nuevas tecnologías de la información y comunicación a una construcción de opinión autónoma, libre, crítica? ¿Pueden hacer ganar elecciones a ciertos candidatos o sólo darles entidad, instalarlos sin más?

Entiendo que hasta ahora no han logrado mucho. Pero el filósofo y el científico social saben que no puede quedarse con las primeras impresiones. Sabido es, desde los aportes de grandes intelectuales del 70, que los medios pueden influir en las tomas de posición y pueden hacerlo de diversas formas. Por mi parte, creo que el tema debe retomarse habida cuenta de que los medios de hoy, no son los de aquella época, las estructuras que los sustentan son diferentes y el capitalismo mismo se ha reformulado. El sistema impone lógicas económicas para la vida cotidiana, la economía penetra las acciones, el homo economicus postulado en abstracto se ha hecho carne como el hijo de dios e impera de la mano de la política neoliberal aún en muchos espacios por más discurso progre que pretenda contrarrestar sus efectos. Esto no debe perderse de vista. Los efectos de años de neoliberalismo no se sienten sólo en la devastación concreta de la capacidad productiva de un país sino también en el orden de la moral, de la cultura, de la construcción de significados.
A partir de lo expuesto propongo dos niveles de análisis: uno superficial, que apunta al mensaje en sí, a su contenido; otro, profundo, que apunta a la forma, a la economía mediante la cual el mensaje es emitido. Hay que ponderar la manera en que los medios y las nuevas tecnologías actúan sobre las subjetividades. Pero ese trabajo demanda tiempo y un espacio que excede los límites de esta nota. Sólo puedo conjeturar y decir que en el nivel más superficial, el medio no puede lograr que un discurso vacío adquiera vuelo. Me parece que el daño se nota cuando vamos a lo profundo, cuando comenzamos a ponderar ciertas formas de construcción de sentido y subjetividades. Habrá que estudiarlo.




[1]  Como en todos los casos, habría una sábana de críticas por hacer pero también, aplausos y elogios para reconocer ciertos logros.

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