La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 15 de junio de 2014

El escorpión, la rana y el determinismo que clausura toda posible transformación



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Hay dando vuelta, tanto en manuales y textos escolares como en las compilaciones de mayor o menor costo financiero o neurológico para adultos, una famosa fábula: El escorpión y la rana. Dicen que su origen es desconocido y que como ocurre con muchos otros textos que vienen de los confines del pasado, alguien la plasmó, la fijó escribiéndola y que ese escriba fue un griego, el tal Esopo de quien sabemos poco o casi nada, ni siquiera si es verdad que existió allá por el 600 aC.

Es una historia simple. En ella un escorpión implora a una rana que le ayude a cruzar el río puesto que vaya a saber por qué razón tenía que ir hacia el otro lado. No sabía nadar, la rana sí. No era un bicho acuático, no estaba adaptado al medio. La rana sí.

Pero la rana teme que el escorpión, de puro escorpión la pique y la mate. Entonces duda. El insecto promete a la rana una y otra vez no hacerle ningún daño.  Sería tonto hacerlo puesto que los dos se perjudicarían pretende hacerle entender. Apela, entonces, a la solidaridad de la rana que nada necesitaba del arácnido.
Como sea la cosa, la rana accede al pedido del escorpión. Se lo monta sobre la espalda y empieza a nadar para cruzarlo de orilla. La cuestión es que cuando están a mitad del trayecto el escorpión pica a la rana.

El batracio no puede creer lo que pasó. “¿Cómo me pudiste hacer algo así? ¿No te das cuenta que si yo me muero vos también porque no sabés nadar? ¿Sos tonto o qué?” cuestiona. A lo que el insecto, sin vueltas, responde: “no tuve otra elección, es mi naturaleza”.

Estas historias denominadas en el mundillo académico o escolar fábulas siempre tienen una moraleja. La idea es siempre bajar línea.

Habría muchas maneras de interpretar la cosa. Me interesa una forma de entrarle a la cuestión que es hegemónica y pulula por aulas y contextos de enseñanza, lamentablemente. La wiki pedía la expone con suma claridad. Dice: “La moraleja de la historia es que no trates de engañarte con los demás al creer que son o pueden ser otros y menos engañarte a ti mismo acerca de quién eres.”

Dicho de otra forma: las apariencias engañan, lo que define la cosa es la esencia de la cosa. ¡Cuidado porque tal o cual pueden parecer lo que no son!

Hay todo un rebote interesante de la cosa que puede explotarse y que lamentablemente no tenemos espacio para tratar aquí puesto que es a otro puerto al que queremos arribar. Se trata de la trillada historia de los infiltrados, los que aparentan ser algo y no son, los enemigos internos, plasmados con mayor o menor astucia interpretativa y calidad artística en cuanta película o serie de espionaje o de invasiones extraterrestres yanquis sesentosas o setentosas, como Los Invasores con David Vincent a la cabeza. Todo un mundo para meterse a estudiar, lejano pero también tangente a la cuestión que vamos a tratar. No vamos por ahí. Vamos a intentar sacarle jugo a esto de que hay una esencia que define lo que uno es.

Durante años se pensó que esa esencia, como tal, es inmutable. Se apeló a ella para fundamentar discursos teóricos y acciones desde la política y la ética. Esencia humana, malo o bueno por naturaleza, esclavo por naturaleza, noble por naturaleza, rico, capitalista, proletario, etc. Esencia ahistorica, trascendente sin ninguna vinculación con los avatares contextuales, previa a las relaciones sociales y al proceso de producción y reproducción de la existencia material.

Pero la wiki sigue interpretando la cosa de este modo: “Aunque el sentido común dicte lo contrario y acabes perjudicando a los que quieres o incluso a ti mismo, no puedes dejar de ser quien eres.”

¿Cómo es esto de que “no puedes dejar de ser quien eres”? ¿Acaso no puede alguien cambiar de parecer? ¿Se nace malo, degenerado, imberbe, bobo, ruin y se vive como tal hasta la muerte? ¿Se nace como algo definido para siempre? ¿Y eso define para siempre el ser?

Parece que hay un conjunto de problemas filosóficos que subyacen allí. Cuestiones que pueden ser traducidas de diferentes modos en el sentido común y el pathos cotidiano. Es como que hay gentes que son como son por más que aparenten otra cosa. Son esos que tienen la capacidad del camaleón. Si bien aparentan, el buen observador puede interpretar la esencia porque existe cierta relación (vaya a saber cuál, aunque metafísicamente los discursos son incontables) que atan una y otra dimensión. Otros por más que se esfuercen no pueden aparentar demasiado y su esencia se refleja al golpe de mirada. Desafortunados anormales clasificados para el fracaso.

En el drama cotidiano aparece esto de muchas maneras plasmado en lenguajes y vociferaciones de lo más impiadosas. “Y… ¿Qué querés que haga? ¡Si no ves que no queda otra! Es así… Son negros cabeza, negros de mente” o “¡Qué querés con estos negros grasas, no les da!”, frases que ametrallan el silencio argumental una y otra vez en el folclore local penetrado de sentido común del más ramplón. “A ellos no les da, ellos nunca serán como nosotros, no tienen con qué” parece decir una supuesta élite que en otros tiempos contaba con el poder y estaba en el lugar justo como para dirigir los destinos de la nación. Elite vivita y coleando, afortunadamente hoy no tan poderosa en lo institucional, desafortunadamente sí en su capacidad de infiltrar instituciones y corporaciones contando billetes.

Lo cierto es que este estilo de pensamiento, lejos de menguar, ha ido adquiriendo distintas formas, ha ido penetrando el imaginario hasta de los sectores populares casi siempre, víctimas de los prejuicios de los tocados por la cultura divina, la cultura legítima legitimada. Y hoy capaz que amontonados en el Ferrocarril San Martín escuchamos a los mismos proletarios agredirse mutuamente esgrimiendo prejuicios etnicistas (ya no tiene sentido hablar de racistas puesto que la categoría además de haber caído en desuso es incorrecta cuando nos referimos al ser humano).

“El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los oprimidos”, la frase de Simone de Beauvoir, tal vez un poco cruzada por una visión complotista de la historia de la que no podemos culpar a la genia francesa, es oportuna para lo que queremos tratar aquí si le damos una vuelta interpretativa.  El cómplice, y esto es lo más duro para un pensamiento libertario, puede ser cómplice del opresor sin saberlo. Lo puede ser repitiendo prácticas a partir de una visión plagada de sentidos hegemónicos hegemonizados por el pensamiento dominante.

No vamos a poder agotarnos aquí en el desarrollo de toda la historia de la teoría de la ideología y mucho menos saldar la cuestión. Este escriba deja muchas cosas afuera, apela a la curiosidad del lector por ir a buscar y espera que sepa perdonar. Estemos al corriente al menos que eso es lo que penetra y circunda todo esta cuestión de la referencia a lo determinado biológicamente como forma de legitimación de un lugar en la sociedad, el tema que nos convoca. Y llegamos al punto: sujeto determinado biológicamente, lo constitucional como determinante, determinismo biológico.

En efecto, apelar a una determinada naturaleza humana ha sido desde la época clásica una de las maneras de fundamentar cierto orden y legitimar el lugar que cada individuo ocupa en el entramado social. Lo hicieron desde los filósofos griegos, los latinos, los más sacrosantos medievalistas hasta los contractualistas modernos. No vamos a entrar en ese fantástico mundo de la apelación a la esencia inmutable del hombre para fundar la política o la ética. Los grandes ya hablaron y lo hicieron con precisión. Léase La República platónica, La Política del estagirita, los textos agustinianos, a Tomas el de Aquino o a los modernos contractualistas con sus reconstrucciones racionales para superar el estado de naturaleza: Hobbes, Locke o Rousseau.

Lo interesante es que a partir de la impronta de la ciencia moderna, de su carácter transformador de la realidad como ningún otro modo del saber humano, sobre todo después de la denominada Revolución Científica del S XVII con la física newtoniana y de la Revolución Industrial Inglesa o peor, del Positivismo decimonónico y luego, el darwinismo, dicha apelación a una esencia ya no es (no puede ser) filosófica especulativa sino que debe ser científica. La objetividad de la ciencia adicionaba al discurso legitimador el halo de neutralidad que le permitía correr al sujeto interesado de sus intereses y avanzar por sobre todo. El “no queda otra”  especulativo es mucho menos potente al científico “es así y punto, está científicamente probado, es como la gravedad, la inercia y la conservación de la energía... ¿Se atreve usted a ir contra la gravedad?”.

En la Titanic de Cameron, la de 1997, Caledon Cal Hockley, el malo adinerado de la película, frente al reclamo de uno de sus esbirros y su lamento de que “todos moriremos”, mientras todo está perdido y el agua les llega a los tobillos dice “no [morirá, JAGD] lo mejor de nosotros”. Los mejores no. Los que se tienen que morir son los proletarios y su prole, los de las bodegas que van con las ratas inmundas como ratas inmundas y la tercera clase, un poco más arriba pero en igualdad de condiciones. La élite tiene algo, un qué se yo que la hace mejor. Ese algo está como diría Eugenio Cambaceres está en la sangre. En la biológica y en la historio genealógica. Es una realidad concreta, natural, constitucional diferente al orden simbólico cultural, diferente al peso de la otra realidad: la de las relaciones sociales capitalistas, la ignominia y el peso del capital económico y cultural de quien dice yo sí, ellos no.

Ese algo salda la tensión entre igualdad ante la ley, eso de que somos todos iguales en las repúblicas democráticas y liberales modernas y la necesidad de distinción en los roles que es típica de la economía capitalista. Todos iguales pero algunos a la línea de montaje vendiendo su fuerza de trabajo, otros a la administración, también vendiendo su fuerza de trabajo pero un poco más cara, otros a controlar los medios de producción y extraer plusvalía, los capitalistas.

El determinismo biológico vino a afirmar que tanto las normas de conducta compartidas como las diferencias sociales y económicas que existen entre los miembros de una sociedad equis derivan de ciertas condiciones heredadas o innatas que las relaciones sociales no hacen más que reflejar. La teoría biológica presta apoyo al telón de fondo evolucionista. Los autores toman el tema de la lucha por la vida planteado por Darwin en su teoría y le agregan un fuerte componente gladiatorio o de guerra entre los distintos grupos sociales. (Idea que ya estaba presente antes de la teoría darwiniana de la evolución). Los triunfadores son los más fuertes y los mejores. Nuevamente hay aquí, un marco social que actúa como tierra fértil donde cae la semilla. Inglaterra liberal, imperialista. Se justifica la agresividad liberal con la explicación científica que legitima las diferencias. El laissez faire liberal y la idea de progreso cargada de valores burgueses actúa como uno de los pilares del darwinismo social. Las justificaciones científicas llevan a desarrollar tecnologías sociales. La apuesta al progreso justifica la práctica coactiva llevada a cabo por la burguesía desde el poder.

Entre las derivas más tremendas del determinismo biológico del S XIX, durante casi todo el XX encontramos a la eugenesia que básicamente consiste en promover la reproducción de los individuos o grupos de individuos considerados mejores e inhibir la reproducción de los considerados peores. La cosa adquirió distintos ribetes según el contexto. Pero básicamente en todos lados se apuntaba a prescribir roles sociales y manejar la descendencia apelando a una serie de caracteres constitucionales, con mayor o menor influencia de lo adquirido o ambiental.[1]

Como sea, lo más estremecedor del determinismo implícito en la fábula de Esopo es que todo parecería indicar que no queda otra. Que los lazos de solidaridad, hermandad, los proyectos colectivos se anulan por lo que está dado de una vez y para siempre. El argumento es inquietante porque anula toda posibilidad de trazar un recorrido donde lo supuestamente dado (si es que existe tal cosa nunca es, desde nuestro punto de vista, trascendental sino producto de una construcción social, humana) pueda ser revolucionado. Y entonces, lo biológico, el orden de la naturaleza se impone y anula todo lo que es más propio de la humanidad, su capacidad de hacer un mundo propio muy lejos de lo natural y en relación dialéctica con la naturaleza.

El determinismo duro en rigor persiste asechando en un imaginario o sentido común cruzado por el miedo a lo diferente, a lo amenazante. Basta leer las barbaridades que emanan del pensamiento hegemónico conservador europeo, lenguas que siempre chasquean en pos de cortar la raíz de todos los males de la especie eliminando a todo aquel que no sea digno de llamarse europeo. Etnicismo genocida solapado, agasapado, siempre atento a dar el zarpazo.

Habrá que, desde estos lugares y desde otros enfoques ligados a la praxis contrahegemónica, que seguir desarticulando este tipo de discursos. Todavía no vaya a ser cosa que nos la creamos.



[1] El lector que lo desee puede profundizar sobre la temática consultando mi “Biotipificar al Soberano” de Editorial Rhesis.

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