La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

miércoles, 14 de mayo de 2014

El escenario filosófico previo al surgimiento del empirismo lógico en la década del 20 siglo XX (Segunda parte, el positivismo)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

La tradición filosófica posivista es una heredera directa de la Ilustración y del empirismo humeano del siglo XVIII. Ella surge en Francia a comienzos del siglo XIX como resultado de la combinación de distintos afluentes: defensores acérrimos de la ciencia como única forma legítima de conocimiento (o cientificistas), tutores de la idea de que la ciencia debe validarse gracias a la potencia de su método.

Sus progenitores en el país galo son Henri de Saint Simón (1760 – 1825) y su secretario Auguste Comte (1798-1857). En Inglaterra, se destacan John Stuart Mill (1806 – 1873) y Helbert Spencer (1820 – 1903). La chispa del positivismo incendió toda Europa en el trascurso de la segunda mitad del siglo XIX y derivó en posiciones más extremas como el empiriocriticismo, alternativas que dialogan con sus interlocutores y sendas críticas por parte de diferentes tradiciones.
En este posteo describiré muy escuetamente en qué consiste esta corriente y cómo la misma ha tratado de resolver diversos problemas epistemológicos.

Pero antes, a modo de anticipo, intentaré resumir sus principales características:

Naturalismo: No hay otra cosa que la naturaleza. Ella puede ser la única fuente del conocimiento. Todos los procesos que se dan en niveles superiores, como la mente, la interacción social, la cultura, hacen referencia a pueden y deben ser reducidos a entidades, hechos y fenómenos naturales.
Monismo metodológico y sobredimensionamiento del método de las ciencias naturales en sintonía con la posición naturalista.
De lo arriba expuesto, el marcado reduccionismo.
Consideraba la razón como única y fundamental herramienta para la elaboración de leyes generales.
Cientificismo: La razón científica como razón suficiente para explicar todas las problemáticas humanas.
Además es característico del positivismo decimonónico un marcado evolucionismo, la defensa del orden capitalista, la confianza en la objetividad científica tomada del modelo newtoniano y el método experimental.

Es a partir de la fuerte influencia que el positivismo ha tenido en la constitución de los Estado-Nación modernos que se ha convertido en un lugar común considerar que es prioritario elaborar experimentos y remitirse a objetos naturales para que algo o algún modo del saber sea considerado ciencia estricta o pretenda legitimarse como tal. El cientificismo que viene envuelto en el manto positivista rompe el capullo tras haber impregnado los programas escolares, e influido las instituciones del Estado desde fines del siglo XIX.

En efecto, la huella del positivismo en Europa y en América Latina fue sumamente intensa. Para constatar el poder de seducción que la corriente tuvo en las mentes de quienes llevaron (mal que mal, a los tumbos y apelando al genocidio) a nuestras naciones a convertirse en Estados Modernos alcanza solamente con observar, por ejemplo, como se imprime explícitamente la idea de orden y progreso en la bandera de Brasil, leer algunos de los fundamentos teóricos a partir de los cuales, se elaboraron las constituciones de algunos nuevos países de América Latina o estudiar algunas de las más importantes obras elaboradas por nuestros intelectuales de la Generación del 80.

Ahora bien, a pesar del éxito que tesis positivistas adquirieron durante el despliegue del siglo XIX, la corriente ha caído actualmente en una situación de desprestigio. Tal vez esto se daba en gran medida a la mala prensa y críticas que la transforman eventualmente en hombre de paja, sobre todo a partir de la década de 1970 y, especialmente, en el ámbito de la pedagogía este último especialmente virulento contra el positivismo, no sin justa razón. Pero más allá de las justas críticas que la tradición positivista merece, a veces la antipatía con que se juzgan las principales tesis positivistas pueden deberse a que cuando se habla de positivismo no se tiene en cuenta el contexto histórico social en el que surge tal corriente y a que no se conoce en profundidad y con el rigor necesario dicha filosofía.

Trataré de aportar algunas notas características del contexto además de adentrarnos en la ampliación de las características conceptuales pero siempre teniendo en cuenta que el posteo no tiene otro objetivo que el de aportar al lector algunos mojones imprescindibles para navegar el camino que nos llevará al neopositivismo, positivismo lógico o empirismo lógico.

Auguste Comte entiende que se puede mejorar el conocimiento acerca de lo social y la eficiente organización y funcionamiento de las sociedades (es decir, evitar el conflicto social) aplicando a las ciencias sociales el exitoso método de las naturales. Ésta claramente puede ser la idea central de todo este apunte. El proyecto comteano consiste en que las ciencias sociales adquieran los métodos de las ciencias naturales como instrumentos válidos para diagnosticar problemas y aportar soluciones. Es fundamental tenerla presente para comprender el núcleo de la propuesta positivista.

Luego del triunfo de la revolución burguesa y la derrota de la monarquía y la nobleza, tras liberar las trabas impuestas por la legislación feudal y con la burguesía ejerciendo el poder, se extiende rápidamente por Francia el capitalismo y con él las trasformaciones que dicho sistema provoca en la producción, distribución, acumulación y consumo.

La Revolución Francesa produjo trasformaciones radicales en todos los niveles de la sociedad (político, social, legal, económico) y engendró diversas protestas desde distintos sectores, lo que obligó a una reelaboración de las concepciones políticas y sociales.

Intelectuales y políticos conservadores como Louis de Bonald (1754-1840) y Joseph de Maistre (1753-1821) no adherían al individualismo de la filosofía de la Ilustración y plantearon retomar los valores comunitarios propios del Antiguo Régimen. Desde otra vereda, la que transitaba el socialismo utópico[1], muchos se oponen a la agudización del conflicto entre capitalistas y obreros provocados por el desarrollo industrial. Estos intelectuales empiezan a tejer una teoría social propia, en la que se expresa la preocupación por mantener el orden y evitar el conflicto social.

No obstante, y a diferencia del punto de vista conservador, los socialistas y progresistas reconocen la irreversibilidad de los cambios político-sociales instaurados tras la Revolución considerando que el industrialismo puede empujar la historia hacia adelante. Estos pensadores buscarán la manera de formular una serie de propuestas para el logro de la estabilidad política asegurando el progreso social. Entre ellos sobresalía Saint Simon y su secretario Comte. Ninguno de estos intelectuales negaba que el orden social capitalista pudiese traer aparejada la posibilidad de progreso.
Comte se destacó entre esta pléyade de pensadores por ser el primero en empelar la palabra sociología para designar el estudio de los fenómenos sociales. Lo hizo en la Lección XLVII de su Curso de filosofía positiva, un texto publicado en 1838.

Como decía más arriba, Comte entendió que la sociología debía adquirir su cientificidad mediante la utilización de los métodos de las ciencias naturales. En particular creía que debía hacerlo basándose en la física newtoniana, ideal de cientificidad por entonces. De este modo, la sociología podría superar la metafísica de los preconceptos o ideas sin anclaje en la experiencia que impedían su desarrollo como ciencia. De hecho, su sociología devenía en una “física social”.

Comte consideraba que había una brecha muy amplia entre los avances de las ciencias naturales y los que eran propios de los estudios sociales o las ciencias del espíritu (como los contemporáneos llamaban a estas últimas en la época del surgimiento del positivismo). Este desfasaje, lisa y llanamente, resulta de la superioridad explicativa y predictiva de las ciencias naturales.

 Comte busca equilibrar esta situación porque necesita que las ciencias sociales, mediante el estudio de los hechos, puedan aportar leyes generales de lo social que a su vez permitan anticipar resultados y encausar los conflictos mediante tecnologías sociales que compensen los efectos negativos del desarrollo capitalista y del industrialismo.

La apuesta comteana resulta sumamente atractiva para los intelectuales burgueses preocupados por solucionar el conflicto social en una época de crisis. Siguiendo la idea comteana resulta posible sostener el progreso social ordenado sin cuestionar el capitalismo. El positivismo comteano dominó la escena social francesa hasta la década de 1880. Tras lo cual tendremos sendas reformulaciones y profundizaciones de sus propuestas (por ejemplo, en manos del empiriocriticismo de Avenarius y Mach).

Dejaremos el desarrollo de estos aportes para una próxima entrada. Pero antes de terminar habría que aclarar que existen dos corrientes positivistas que si bien, comparten puntos en común, también, se diferencian significativamente en cuento a sus principios epistemológicos. En efecto, es posible distinguir el positivismo comteano francés del positivismo inglés de Spencer.

El positivismo comteano no parte del individualismo metodológico sino de una mirada que pretende mirar a la sociedad como un todo ordenado. En cambio la corriente inglesa representada por Herbert Spencer (1820-1903) además de ser una variante del empirismo británico, va postular que hay que indagar las explicaciones de los fenómenos sociales en el individuo, puesto que es sujeto individual el punto de partida natural del conocimiento de lo social.

Entonces, en resumen, la propuesta positivista consiste básicamente en deshacerse de todo tipo de presupuestos o enfoques de carácter metafísico por medio del dato positivo. El dato positivo es una información que el investigador elabora despojándome de presupuestos y especulaciones metafísicas. Este dato positivo surge gracias a la aplicación del método experimental.

Aquí es importante hacer una salvedad: lo antes expuesto no hace referencia a que necesariamente este dato positivo sea observable o sólo percibido por los sentidos. Comte o ningún otro positivista negarían la teoría, ni los términos y enunciados teóricos, o las construcciones conceptuales. Nunca propuso un ‘’inductivismo salvaje’’, ni tampoco un realismo ingenuo.







[1] El uso del término se extendió en el campo intelectual tras la publicación del aporte de Engels, Del socialismo utópico al socialismo científico (1877). Engels sostiene que hay características comunes en las obras de por ejemplo Saint-Simon, Fourier (1772-1837) y Owen (1771-1859): son trabajos que no hacen más que reflejar el estado incipiente de la producción capitalista, desde una mirada burguesa. Para los socialistas utópicos la sociedad no encerraba más que los males que la razón debía remediar. Lo que había que hacer era indagar por la vía racional la manera de diseñar un sistema nuevo y más perfecto para implantarlo en la sociedad desde fuera, por medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo, mediante experimentos que sirviesen de modelo. Desde la mirada de Engels, al no basarse en un sólido estudio de las características estructurales del capitalismo, estos nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en el reino de la utopía y no serían capaces de generar más que puras fantasías.

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