La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

jueves, 1 de mayo de 2014

El escenario filosófico previo al surgimiento del empirismo lógico en la década del 20 siglo XX (Primera parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Una serie de cuestiones contextuales o tangenciales son fundamentales y deben considerarse a la hora de comprender cabalmente las razones por las cuales se consolida la profesionalización de la filosofía de la ciencia en la década del 20 del siglo XX. Esta serie de apuntes busca describirlas no tan puntillosamente, yendo a los aspectos centrales y de interés para comprender el punto.

En rigor, el empirismo lógico no resulta del capricho ni de la falta de incentivos o ideas científicas innovadoras de un conjunto de intelectuales ajenos al mundo. Lo que se da más bien es un complejo proceso de intercambio de significados y debates interdisciplinarios que culmina cuando, en torno a la figura de Moritz Schlick (1882 – 1936), un conjunto de filósofos y científicos fundaron el Circulo de Viena y otros el Grupo de Berlín y sostuvieron las principales tesis del empirismo lógico, neopositivismo o positivismo lógico. Afirmaron que la tarea principal de la filosofía en relación con la ciencia no era otra que la de emprender una análisis lógico del lenguaje científico, la reconstrucción de la estructura lógica de las teorías mediante métodos meta-matemáticos y la búsqueda de las referencias empíricas, su verificación en la experiencia.

La cuestión tiene raíces que se hunden hasta los inicios de la modernidad con las discusiones gnoseológicas, ontológicas, éticas y políticas. Hay todo un escenario de discusiones filosóficas y de desarrollos científicos que ponderar, una ida y vuelta de influencias y planteos que obligan a retomes, reformulaciones y replanteos programáticos.

Por razones de espacio, en estos breves apuntes trataremos sólo las cuestiones que se dan dentro del ambiente filosófico. Para ello nos remontaremos en este primer recorrido hasta finales del siglo XVIII, retomando las tesis planteadas por Kant (1724 – 1804), para resolver las tensiones entre racionalismo y empirismo en teorías del conocimiento  y fundamentar las posibilidades de conocimiento humano. Más adelante, en nuestras futuras entregas, veremos cómo se refuerzan las tesis empiristas con el positivismo y su apuesta cientificista, daremos cuenta de los desarrollos de la lógica del número de Frege (1848 – 1925), plantearemos las tesis del neokantismo y confluiremos en los albores del siglo XX con el denominado giro lingüístico y las contribuciones de Russell (1872 – 1970) y Wittgenstein (1889 – 1951) con sus respectivas versiones del atomismo lógico sin eludir alguna mención de las reacciones neorrománticas que se dan a lo largo del siglo XIX o los aportes husserlianos desde la fenomenología. Pero comencemos, entonces, con las discusiones gnoseológicas del siglo XVIII.

En paralelo al desarrollo y profundización de los aportes científicos que venían acumulándose desde la revolución científica del siglo XVII, junto con la definitiva consagración de la física newtoniana, va a darse una serie de intentos por fundamentar el modo de construir conocimiento genuino y explicar cómo es posible la ciencia en general y la física newtoniana en particular. Dos tradiciones se disputaban la hegemonía intelectual dentro de la teoría del conocimiento a la hora de responder las preguntas sobre las condiciones de posibilidad del conocimiento humano: racionalismo y empirismo.

Desde la óptica racionalista se opinaba que el conocimiento genuino surge con la sola ayuda de la razón, sólo gracias a las actividades racionales que desarrolla el sujeto cognoscente. Proposiciones como “la suma de los ángulos interiores de un triángulo es igual a 180 grados” con su carácter de universal y necesario (vale para todos los casos y no puede darse de otra manera) representa un saber que tiene todas las condiciones para ganarse el mote de genuino.

Ahora bien… En la experiencia, los fenómenos, hechos o procesos que ocurren en eso que denominamos realidad no se dan de forma universal y necesaria sino como particular y contingente. Una piedra que cae es esa piedra cayendo en un momento dado. Nadie puede observar las leyes físicas que describen la caída ni los conceptos abstractos que ellas involucran en la realidad. La ciencia que aspira a la generalidad, necesita dar el salto lo particular a lo universal, de lo contingente que es lo que puede observar en la experiencia a lo general y necesario.  ¿Cómo hacerlo si con la razón podemos construir esos conocimientos pero manejándonos sólo en el ámbito de lo abstracto (haciendo matemática, geometría o lógica)?

El empirismo resuelve la cuestión sosteniendo que es posible pasar de lo particular a lo universal, construir leyes generales a partir de lo contingente mediante la utilización de inferencias inductivas y el método inductivo. Para el empirismo el único conocimiento legítimo es el que surge de la experiencia, el que proporcionan los sentidos. Ningún empirista va a negar el valor de la razón para el desarrollo de las ideas. Pero todo en última instancia proviene de los sentidos.

Tanto el racionalismo como el empirismo, enemigos acérrimos, en su compulsa comparten no obstante un suelo común: ambos representan formas de realismo, para las dos posiciones en el conocimiento lo determinante es el objeto. El sujeto es una especie de espejo en el que se refleja el objeto, se reproduce tal cual. Así tanto uno como otro caen en considerar al conocimiento no como una actividad sino como una actitud meramente contemplativa.

Kant se distanciará de esta postura destacando la actividad del sujeto en el acto de conocer. Es el primer idealista en instalar la idea de que el conocimiento es una acción, cuestión que más adelante despertará el reconocimiento de Marx (1818 – 1883), quien en la primera de sus famosas Tesis sobre Feuerbach de 1845, reconocerá el aporte de los idealistas al pensamiento filosófico al rescatar el costado activo del sujeto.
Kant adoptó el punto de vista empirista retomando la idea del que el conocimiento surge con la experiencia y termina con la experiencia, sosteniendo que la experiencia aporta la materia a los conceptos de la razón. El asunto es que según el genio de Königsberg, los empiristas no lograron demostrar que las ideas también tienen su origen en la experiencia. No sólo esto sino también, toda la propuesta empirista había caído en el escepticismo.

Es preciso recordar que Hume (1711 – 1776), el máximo exponente de la tradición empirista, sostenía que las ideas generales eran abstracciones de lo particular y sólo de lo particular y que surgían simplemente por el hábito. Si se acepta la propuesta humeana tal como está formulada tendría que rechazarse la idea de la razón como organizadora de la realidad, cuestión que afecta sobre todo la idea de que es posible apelar a ella para ordenar no sólo el mundo natural sino también, el mundo social, la política y las cuestiones éticas. Si no es la razón la que guía la vida sino la costumbre, el hábito, entonces el empirismo además de minar la metafísica ponía al hombre como esclavo de lo dado, dentro del orden existente de las cosas y sus limitaciones, algo intolerable para un espíritu revolucionario que pretende impugnar un estado de cosas para fundar un nuevo orden, desde sólidas bases racionales y universales. ¿Cómo podría ir el hombre más allá de lo dado para transformar el mundo natural y social? ¿Cómo hacer para someter lo dado al juicio de la razón si la razón resulta cuestionada? Como sostiene con suma claridad Marcuse en Razón y Revolución: “si la experiencia y la costumbre han de ser la única fuente del conocimiento y de la creencia, ¿cómo actuar en contra de la costumbre, cómo actuar de acuerdo con ideas y principios que no han sido todavía aceptados y establecidos? [De tener razón el empirista Hume, JAGD] La verdad no podía oponerse al orden dado ni la razón hablar en contra de él.” (Marcuse, 2003: 24)

Desde el punto de vista kantiano habría una abdicación a la razón como herramienta de transformación social. El empirismo atacaba el conocimiento anclado sólo en la razón, en las actividades racionales subjetivas. Esto era percibido como una forma de metafísica. Su ataque al racionalismo era también un ataque a la metafísica. Pero este ataque era también una afrenta a la libertad del hombre para transformar lo dado ya que el derecho de guiar la experiencia por la razón es fundamental para emprender cualquier revolución por parte de quienes querían derribar el antiguo régimen absolutista.

Kant encontrará una salida sin dejar en el arcón del olvido la propuesta empirista. Trata de demostrar que los principios de organización de la realidad son una posición genuina del entendimiento humano, que el sujeto a través de formas universales organizan los datos múltiples que aportan los sentidos. Las formas puras de la intuición (espacio y tiempo) y las formas del entendimiento (las categorías) son universales y a priori (independientes de la experiencia). Recibimos y ordenamos las impresiones gracias a estas formas a priori. Entonces, la experiencia tiene un orden universal, necesario gracias a las formas a priori que aporta el sujeto. El sujeto cognoscente como sujeto activo construye el marco donde el objeto adquiere su objetualidad, produce los fenómenos. Esta es la estructura de la consciencia trascendental constituida por las formas puras y formas del entendimiento que operan en el acto de aprehender y comprender el mundo. Como resume con suma claridad Marcuse en su introducción a Razón y Revolución describiendo el idealismo kantiano:

“Las formas trascendentales de la sensibilidad sintetizan los múltiples datos de los sentidos dentro de un orden espacio-temporal. En virtud de las categorías, los resultados de esta síntesis son incorporadas a las relaciones universales y necesarias de causa y efecto, sustancia, reciprocidad, etc. Y todo este complejo es unificado en la percepción trascendental que relaciona toda la experiencia con el ego pensante, dando así a la experiencia la continuidad de ser ‘mí’ experiencia.” (Marcuse, 2003: 27)

Estos procesos sintéticos a priori son comunes a todos los seres humanos. La conciencia trascendental depende de los datos que provienen de los sentidos pero la multitud de datos de la experiencia sólo logra convertirse en un mundo organizado con leyes y formas de organización gracias a las operaciones racionales de la conciencia. A continuación exponemos un ejemplo de juicio sintético a priori:

7 + 5 = 12. No cabe duda de su carácter a priori puesto que es independiente de la experiencia. Kant observa que 7 + 5 no contiene a 12, no hay identidad por lo que no es analítico. Al sumar debemos realizar una operación de síntesis añadiendo 5 a 7 y agregando significado a 7 + 5. Por lo tanto, no se obtiene el resultado de la suma por la vía del análisis. Esto resulta más ilustrativo si consideramos cantidades como 183.547 + 2.547.156. Aquí estamos obligados a operar sintéticamente.

El problema es que el idealismo trascendental kantiano deja afuera la posibilidad de conocer las cosas en sí. Las categorías del entendimiento no son aplicables fuera de la experiencia, no pueden ir más allá de lo puesto en el espacio y en el tiempo, de las formas puras de la intuición. Cómo las cosas son antes de ser interceptadas por las formas puras y las categorías es un gran misterio. En rigor, no deja de haber un elemento de escepticismo en la filosofía kantiana, específicamente luego de leer la Crítica de la Razón Pura de 1781. La distinción entre fenómeno (lo que surge gracias a la actividad productora del sujeto mediante las formas) y el noúmeno (la cosa en sí, antes de ser elaborado el fenómeno) introduce el problema del escepticismo ya que mientras la cosa en sí se mantenga incognoscible, fuera del alcance de la razón, esta seguiría estando en el ámbito de lo subjetivo, sin poder sobre la estructura objetiva. Se replicaba la dualidad entre subjetividad y objetividad, entendimiento y sensibilidad y pensamiento y existencia, algo que molestaba mucho a Hegel (1770 – 1831) quien resuelve la cuestión apelando a la plena identidad entre el sujeto y el objeto, problema y resolución que lamentablemente no podemos tratar aquí por exceder ampliamente nuestro asunto.

Volviendo a Kant… El genio de Königsberg va a sostener a partir de sus desarrollos ontológicos y gnoseológicos que la física moderna es posible gracias al uso de juicios sintéticos a priori. Va a argumentar que al fundar la ciencia moderna, los físicos dieron cuenta de que la razón no comprende sino que también, produce según su proyecto. Así, desde su visión, la razón obligaba a la naturaleza a responder sus preguntas.

Una caída de un objeto desde una altura x es la misma caída tanto para un aristotélico que para un newtoniano. La diferencia es que mientras el primero ve un ente que tiende a ocupar su lugar natural cumpliendo los propósitos según su esencia, para el segundo el ente es atraído por un fuerza, la fuerza de gravedad de la Tierra. El físico moderno traza el ser de los objetos empíricos con las formas puras y las categorías a priori del entendimiento al matematizar la realidad.

Sobre finales del siglo XVIII todo parecía indicar que con la apuesta kantiana la justificación y legitimación del proceder de la ciencia moderna estaba asegurado. No obstante, con el correr del siglo XIX y la aparición de nuevas teorías comenzarán a ser puestas en duda las principales tesis ontológicas y gnoseológicas formuladas por el de Königsberg. Finalmente, desde el punto de vista de los intelectuales enrolados en el empirismo lógico del siglo XX, todo el edificio kantiano se derrumbará debido a la resonancia de ciertos desarrollos científicos que terminaban demostrando errónea la postura de un sujeto que ordena la experiencia luego de hacerla posible. Entre ellos se destacan fundamentalmente los aportados por las geometrías no euclidianas y la física relativista.

Kant pensaba que la geometría euclidiana constituía una verdad necesaria sobre el mundo. Esto es refutado por la nueva física relativista basada en un espacio no euclídeo. En efecto, Lobatschueski (1792 – 1856), Bolyai (1802 – 1860) y Riemann (1826 – 1866) vienen a mostrar que no siempre es posible conocer el mundo sin recurrir a la experiencia y que el espacio euclidiano no es el único posible, no es universal.

Las denominadas geometrías no-euclidianas se desarrollaron en el siglo XIX. Ellas demuestran que es posible hablar de una manera significativa sobre la naturaleza del espacio en términos diferentes de los formulados por Kant, quien como forma pura de la intuición mantenía el espacio euclidiano. Las geometrías no euclidianas son geometrías cuyos postulados y propiedades varían en algún punto respecto a aquellos planteados por Euclides en sus Elementos. Hablamos de geometrías en plural porque en rigor no existe un solo tipo de geometría no euclídea. Hay muchos casos posibles. Si se restringe la discusión a espacios homogéneos (que son aquellos en los que la curvatura del espacio no varía en los diferentes puntos del espacio) pueden enumerarse tres tipos de geometrías:

La geometría euclidiana que satisface los cinco postulados planteados en los Elementos de Euclides y que es plana o tiene curvatura cero.

La geometría hiperbólica que satisface sólo los cuatro primeros postulados de Euclides y tiene curvatura negativa.

La geometría elíptica que satisface sólo los cuatro primeros postulados de Euclides y tiene curvatura positiva.

Pero cabe aclarar que todos estos son casos particulares de las geometrías de Riemann. En las geometrías elíptica e hiperbólica la curvatura es constante. Sin embargo, si se admite la posibilidad de que el coeficiente de la curvatura intrínseca varíe de un punto a otro se tielo que tenemos es un caso de geometría riemanniana general. Einstein (1879 – 1955) empleó la geometría no-euclidiana rieminiana como base de su Teoría General de la Relatividad. En la teoría de la relatividad general donde la gravedad causa una curvatura no homogénea en el espacio tiempo la curvatura varía punto a punto tal como planteara Riemann, siendo mayor la curvatura cerca de las concentraciones de masa, lo cual es percibido como un campo gravitatorio atractivo.


La filosofía kantiana trató de ser rescatada o retomada por una serie de intelectuales en la segunda mitad del siglo XIX. El neokantismo fue un movimiento intelectual eminentemente europeo y preferentemente alemán, que buscó como decíamos retomar los principios filosóficos de la doctrina kantiana frente a la entonces hegemónicas tesis del idealismo absoluto hegeliano. No obstante, el golpe certero de las geometrías y la nueva física relativista desbarataron definitivamente el programa kantiano.

Bibliografía:

Marcuse (2003), Razón y Revolución, Madrid: Alianza Editorial.

Para ampliar sobre las geometrías no euclidianas y Los Elementos puede consultarse la Breve Historia de la Geometría de Francisco Vera de Editorial Losada, trabajé con la edición de 1948, Buenos Aires o el famoso trabajo de Beppo Levi (2000), Leyendo a Euclides, Buenos Aires: Libros del Zorzal.

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