La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

sábado, 1 de febrero de 2014

La tensión apariencia y realidad



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

¿Son las cosas tal como se nos presentan o la realidad (natural o social) exige de nosotros una vuelta de tuerca, un esfuerzo, que pongamos algo de nosotros para poder dilucidar los fenómenos? ¿Basta con recolectar buenos datos para conocer? ¿Podemos conocer las cosas tal como son?

Fue Marx (1818–1883) el que alguna vez dijo con suma claridad “la manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría”. Por cierto, si dogmáticos defensores de un empirismo duro pero ramplón hubiesen dominado la escena del S. XVII, nada novedoso hubiese pasado en ciencias y la famosa Revolución Científica jamás hubiese tenido lugar. Porque si uno se deja llevar por lo que ve y valora sólo lo que observa como punto de partida para la construcción de conocimiento, pues lo que aparece en la experiencia es que la Tierra no se mueve y por lo tanto, toda teoría que ponga al Sol en el centro del sistema y a nuestro planeta en movimiento a su alrededor constituye un error o un delirio místico.

Bertrand Russell (1872 – 1970), gran defensor del empirismo, sólo que un poco más refinado que muchos de sus contemporáneos acólitos acríticos, plantea bien la cuestión en su trabajo titulado Los Problemas de la Filosofía, un texto de 1912, editado en español recién en 1928. Allí se pregunta si existe en el mundo, algún conocimiento sólido, alguno tal que ningún hombre pueda dudar de él.  La pregunta del viejo Descartes (1596 – 1650) vuelve en el siglo XX en la mente del anglosajón Russell.

Cualquiera, en su vida cotidiana, desde el sentido común, acepta que hay un mundo allí, que las cosas pasan, que estamos rodeados de hechos, procesos, objetos. Pero… ¿Creemos o sabemos?

De un tiempo a esta parte, un grupo de físicos inquietos se ha estado ocupando de resolver el problema de la gravedad, de encontrar un hilo conductor que explique tanto los fenómenos macro como aquellos que ocurren a nivel atómico. Transitando una frontera sinuosa, la que separa la ciencia de la filosofía ramplona y el delirio new age, algunos han planteado con mayor o menor solidez (manteniéndose en la frontera o desbarrancando) que tal vez, nuestro universo no sea más que una matriz holográfica, una simulación. La cosa se ha disparado por los aires. A tal punto, que hasta los laboriosos defensores de la materia, de la solidez de los concreto, desde la irrupción de la física cuántica vienen experimentando un mareo, sus pies parecen ya no posarse sobre la firmeza del suelo firme y a medida que avanzan las investigaciones ven cómo las inconsistencias y lo aparentemente irreal se apoderan de la escena. Agujeros negros, agujeros de gusano, agujero de conejo, Alicia en el País de las Maravillas, junto a la cromodinámica cuántica, cuerdas y quarks, partículas con spin positivo y negativo alejadas años luz, patrones que se parecen más a ficción que a ciencia.

Pero no vayamos tan lejos. Cualquiera puede cuestionar, poner en duda razonablemente cualquier conocimiento que se pretende instalar como legítimo, evidente. La mesa sobre la que se encuentra el teclado de mi computadora, el teclado mismo, aparecen ante mí tan reales en la experiencia de mis sentidos que no me atrevo a dudar de su existencia. Pero dichos objetos… ¿Son tal como los experimento?

Bertrand Russell introduce en el trabajo arriba mencionado, la distinción entre el objeto real y el que es experimentado por los sentidos. Sostiene que ese objeto real no es inmediatamente conocido pero que podemos conocerlo mediante una inferencia de lo que nos es inmediatamente conocido. Debemos hacer algo para inferirlo de lo que nos llega por la vía de los sentidos, los datos de los sentidos en la sensación. Por ejemplo: el color mismo es un dato del sentido y siempre que vemos un color tenemos una sensación de color.

Pero esto lleva a un problema ya tratado por otro grande de la filosofía. ¿Existe el objeto real, la cosa en sí de Kant? ¿Puede ser conocido dicho objeto?

El objeto que conocemos, va a argumentar el filósofo inglés, es conocido por medio de los datos de los sentidos pero no podemos sostener que dicho objeto sea esos datos o que dichos datos sean propiedades del objeto. Ese objeto, en definitiva, es un objeto físico, materia.

Entonces, las preguntas antes mencionadas pueden ser reformuladas de la siguiente manera: ¿Existe realmente la materia? ¿Cuál es su naturaleza?

Berkeley (1685 – 1753) fue uno de los primeros intelectuales en resaltar la dependencia de los objetos de nuestros sentidos y nosotros mismos. En sus Tres Diálogos de Helas y Filonous, contra los escépticos y ateos, se plantea el problema intentando demostrar que no hay nada que pueda denominarse materia. El mundo de Berkeley es un mundo de espíritus e ideas. Anticipando años a muchos de nuestros inquietos relativistas, este filósofo británico demostró que puede negarse la existencia de la materia sin incurrir en la incoherencia. El objeto real es una idea en el espíritu de dios.

Muchos filósofos denominados idealistas, Leibniz (1646 – 1716) por ejemplo, siguen de algún modo la misma linea de Berkeley, planteando que debe haber alguna entidad metafísica capaz de hacer que las cosas existan con independencia de quien las mira o toque. Todos estos intelectuales creen firmemente que nada puede ser real salvo las ideas o los espíritus. Sólo puede ser cognoscible lo que existe en tanto ideas en el espíritu de la persona, nada puede ser pensado salvo las ideas, entonces cualquier otra cosa es incognoscible y lo incognoscible no puede existir.

Como quiera que sea, todos estos filósofos, por más idealistas que fueran creen y defienden la existencia del objeto real. A la primera de las preguntas que nos planteábamos más arriba responden sin dudar afirmativamente: existe tal o cual objeto real. La divergencia viene luego, cuando se trata de responder acerca de su naturaleza.

Bertrand Russell introduce la distinción apariencia y realidad para dar cuenta de la distancia que existe entre lo que vemos o tocamos y la realidad. Eso que vemos y tocamos creemos que es un signo de algo que está detrás, lo real. El problema es que si la realidad no es lo que aparenta entonces se abre todo una serie de cuestiones; entre ellas, resolver la pregunta por los medios mediante los cuales podemos acceder a esa realidad y descubrir en qué consiste.

El genial inglés se detiene allí. El capítulo sobre apariencia y realidad de Los Problemas de la Filosofía, como no puede ser de otra manera, culmina sin respuestas. En efecto, sabemos que hay apariencias. Ante las desconcertantes preguntas acerca de la realidad de los objetos, lo único que tenemos son hipótesis. De este modo, esa insignificante cosa que tenemos ante nuestra vista dispara toda una serie de posibilidades. Es obra de una idea puesta por el espíritu divino, es la obra de una comunidad de espíritus o como nos demuestra la física contemporánea, un conjunto de partículas en agitación permanente. Lo único que podemos sostener con firmeza es que hay allí una apariencia.


Russell rescata así, al final de su capítulo, el valor de la filosofía como un saber crítico que más que responder contundentemente a las preguntas fundamentales, instala cuestiones radicales, problemas que acrecienten el interés humano por el descubrimiento.

4 comentarios:

Analia Gonzalia dijo...

Entonces ¿Conocemos el mundo o nos conocemos a nosotros mismos? Tenemos posibilidad de conocer? El mundo esta afuera o dentro de mi?
Muy bueno Jose. Me gusto mucho. Saludos :)

Dr. José A. Gómez Di Vincenzo dijo...

En rigor, la pregunta por la existencia de un mundo anterior o existente independientemente del ser humano es una pregunta sin sentido. Hay mundo porque hay hombre para transformarlo.

D. dijo...

En qué texto aparece esa cita de Marx?

Saludos

Dr. José A. Gómez Di Vincenzo dijo...

Ahora no recuerdo, me la tendría que poner a buscar. Pero rápidamente me viene a la cabeza que puede estar en alguna de las cartas a los marxistas continentales o en algún pasaje de El Capital. La frase es muy conocida y la repetimos casi de memoria en varios espacios. En rigor, hay muchos pasajes de la obra marxiana con referencias epistemológicas, gnoseológicas o metodológicas. Las hay en los Manuscritos del 44, en La Ideología Alemana, en Los Grundrisse (en la famosa introducción)o en el apartado sobre método de Miseria de la Filosofía. Sobre ciencia concretamente Marx dice en uno de los prólogos de El Capital "En la ciencia no hay caminos reales y solo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosas aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados". La cita es muy bella. También hay otra referencia parecida a la de la frase en el post en el tomo III. Dice "toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coinciden directamente".Éstas dos que menciono aquí las tengo a mano porque las he utilizado como citas en textos académicos. La que uso en el posteo de divulgación sobre la tensión entre apariencia y realidad siempre es utilizada como epígrafe en varios trabajos. Habrá que buscarla entre esos pasajes que decía con tiempo o tendré que desempolvar mis viejos apuntes. Abrazo y gracias por los comentarios.