La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 18 de noviembre de 2013

Ciencia, mapas y rigor

Por Alicia M. Busquets

Cuando Suárez Miranda terminó de escribir su  cuento “Del  rigor en la ciencia” corría el año 1658. No hay datos de sus libros anteriores, dado que este texto aparece en el número cuatro, ni tampoco de los capítulos que anteceden al XLV donde describe cómo los cartógrafos hicieron un mapa del tamaño del Imperio y luego lo entregaron a las inclemencias del tiempo, pues comprendieron que era inútil. Ni el Colegio de Cartógrafos estuvo satisfecho con el trabajo terminado, que plasmaba y coincidía puntualmente con el territorio. Trozos sueltos perduran  en el desierto y han quedado como única reliquia de las disciplinas geográficas.

Antes que Jorge Luis Borges imaginara este relato y quedara a disposición del  público lector para ser  analizado, disfrutado o criticado, otras personas  se plantearon  la necesidad de representar  el espacio habitado, recorrido y navegado. El primer mapa del mundo conocido en la época fue hecho por los griegos y debe reconocerse que Heródoto (484 a. C.- 420 a. C.) estuvo entre quienes elevaron la Geografía a la categoría de ciencia.

Claudio Ptolomeo (100-170) notable matemático griego, se ocupó de describir los métodos de proyección que se utilizan en la cartografía, pero sus ideas no coincidían con la realidad: debieron pasar  siglos para  superar que la Tierra estaba en el centro del Universo y que el sol, la luna y las estrellas  giraban a su alrededor.  A Abu Abd Alah Muhammad al (1100-1166) geógrafo árabe, hay que agradecerle el mapamundi donde señaló siete zonas de latitud o climas y donde determinó  la posición de los continentes y océanos. Muchos más, entre ellos cosmógrafos, navegantes y cartógrafos contribuyeron a hacer más comprensible el mundo. Proyectar sobre él los meridianos como rectas paralelas equidistantes y los paralelos como rectas perpendiculares a los meridianos fue tarea de Gerhard Mercator, (1512 -1594) matemático y geógrafo  flamenco; desde entonces el sistema lleva su nombre.

Casi con certeza los imaginarios cartógrafos de Suárez Miranda no se detuvieron a considerar conceptos como verdad, objetividad, realidad y justificación. Estos términos  sí habrán sido motivo de análisis para los otros, los reales, que se habrán inquietado al comprender que no es lo mismo doxa que episteme. Para decirlo con más precisión, la doxa es todo aquel conocimiento vulgar, ordinario, no sometido a una rigurosa reflexión. Y la epistemología estudia cómo se genera y se valida el conocimiento de las ciencias, centrándose en el conocimiento científico.

La Epistemología resulta entonces útil a la ciencia, pues se ocupa de problemas filosóficos que de hecho se presentan en el curso de la investigación científica, o en  la reflexión acerca de los problemas, métodos y teorías de la ciencia. También propone soluciones claras a tales problemas, particularmente aportando teorías rigurosas e inteligibles, que son además adecuadas a la realidad de la investigación científica, descartando teorías confusas o inadecuadas. Es preciso destacar que la Epistemología es capaz de criticar programas y resultados erróneos, sugiriendo nuevos enfoques de mayor adecuación.

Un epistemólogo atento a la ciencia de su tiempo, puede participar del desarrollo científico, aunque sea indirectamente: está en sus manos contribuir a cambiar positivamente el trasfondo filosófico de la investigación y la política de la ciencia. Sus aportes pueden contribuir a dilucidar y sistematizar conceptos filosóficos que se usan en diversas ciencias, como son los de objeto físico, sistema químico, sistema social, tiempo, causalidad, azar, prueba, confirmación y explicación.

“La ciencia… es un viaje, nunca una llegada” K. Popper

Vale preguntarse si los hacedores del mapa desmesurado habrán tenido,  durante sus trabajos, ideas opuestas, roces y disputas y si todo eso contribuyó a descartar la obra en medio del desierto. No aparece la respuesta en el cuento. Pero sabemos que notables epistemólogos, salidos de los más estrictos ámbitos científicos, se han enfrentado en controvertidas discusiones sobre el concepto de verdad, sobre la  posibilidad o no del avance científico y acerca de las características que debe reunir el lenguaje científico. Una de las confrontaciones que ha pasado a la historia es la que sostuvieron en 1965, Karl Popper y Thomas S. Kuhn, durante un coloquio internacional sobre Filosofía de la Ciencia celebrado en Londres.

Para Popper, el desarrollo de la ciencia es algo innegable y además es independiente de los sujetos cognescentes, lo cual implica que el conocimiento científico no es la acumulación de observaciones, sino el derrocamiento de teorías científicas y su reemplazo por otras mejores o más satisfactorias. Propone un método alternativo al inductivismo, el llamado interpretación deductivista o falsación. Como método, entiende, sirve no sólo como criterio de demarcación, sino también como mecanismo para poner a prueba nuevas teorías, buscándoles falsadores potenciales y facilitar así el crecimiento de la ciencia. Para llegar a una nueva teoría, Popper proponía un método que partía de la investigación de problemas que se esperaba resolver. Frente a ellos, se ofrecía una solución tentativa, a partir de formular teorías, hipótesis y conjeturas. Sometidas a discusión crítica para detectar sus deficiencias, debían surgir los resultados. La idea que se desprende, es que Popper consideraba la ciencia como un conocimiento hipotético y conjetural.

Por su parte, Kuhn, físico teórico e historiador de la ciencia, incluyó en su tesis los conceptos de enigma, anomalía y revolución científica; éstos dependen, para su aceptación, de los componentes psicológicos y sociológicos propios de la comunidad científica. En su propuesta señalaba diferencias entre Ciencia Normal y  Ciencia Extraordinaria y el concepto de paradigma. Se trataba entonces de presentar la Ciencia Normal como aquella dedicada a la resolución de enigmas instrumentales, conceptuales y matemáticos. Los científicos de la Ciencia Normal, apoyados por el paradigma, buscan determinar los hechos significativos, acoplar los hechos con la teoría y articular la teoría. Cuando se acepta un paradigma, el científico normal procura encuadrar la naturaleza dentro de los moldes  que el paradigma impone. Cuando hay una serie de fenómenos que no se dejan asimilar por los paradigmas existentes y pueden ser reconocidos como anomalías, se abre paso a la Ciencia Extraordinaria o Ciencia en Crisis. Kuhn sostenía que hasta tanto no se dispusiera de un sustituto, el paradigma en crisis debía ser sostenido. Este planteo le hacía expresar que el paso de un paradigma a otro no se da de forma gradual: son verdaderas revoluciones. En tiempo de revolución, es preciso que el científico normal reeduque su percepción y  aprenda a mirar de una manera nueva. Si la ciencia nueva debe redefinirse, cuando cambian los problemas cambian las normas.

En clara oposición al falsacionismo, el hecho de rechazar un paradigma es aceptar que otro lo reemplaza, y si no se acepta tal reemplazo, se está rechazando la ciencia misma.

Al señalar que el término Ciencia Normal es impreciso, Popper argumentó que si existían los científicos normales, era porque su entrenamiento se basó en aprender un paradigma, sus leyes y sus maneras de resolver los problemas o enigmas, a partir de modelos. Al expresarlo en otros términos, llegó a decir que tales científicos habían aprendido a armar rompecabezas. Estaría faltándoles  el pensamiento crítico.

“Usted está aquí”

Para que no aparezcan nuevos mapas gigantes, es preciso adherir al pensamiento de Kuhn y reconocer que las comunidades científicas se agrupan en torno a paradigmas difíciles de abandonar, ya que todo paradigma implica seguridad y alto grado de certeza y que las revoluciones científicas nacen de mentes que no están conformes con las respuestas admitidas. Los revolucionarios buscan nuevas formas de explicar los hechos. También acordar con las ideas de Popper y entender que los sistemas teóricos son escalones, no fines en sí mismos. Su concepto de la verdad nos dice que no enfrentamos algo absoluto e incontrovertible, sino que estamos frente a una verdad que es aproximada. Cada una de las etapas por la que ha transcurrido el conocimiento científico son importantes, pues conducen a un saber más testable y amplio.

No se ha anunciado ningún Congreso de Cartógrafos – reales o imaginarios – en los próximos años. Sí se han publicado las bases, condiciones y expositores para el Congreso Colombiano de Lógica, Epistemología y Filosofía de la Ciencia en Bogotá, Colombia, en el mes de febrero de 2014. Sería prudente, antes de iniciar el viaje, mirar un mapa.

martes, 12 de noviembre de 2013

Fragmentos del mundo. Un abordaje posible al texto “Del rigor en la ciencia” de Jorge Luis Borges


Por Analía Gonzalía[1]

¿Es  posible para el hombre conocer mas allá de aquello que le muestran sus ojos? Para los cartógrafos del Imperio del que nos habla Borges no.
En el cuento “Del rigor en la ciencia” [2] de Jorge Luis Borges la rigurosidad por la reproducción perfecta del Imperio llevó a un mapa totalmente inútil pues el último realizado fue destruido. Esto nos hace reflexionar sobre el rigor en las disciplinas. La obsesión por conocer exhaustivamente una cosa llevó a estos hombres a una mera reproducción de lo visto. Conocer no tiene porque significar reproducir. El solo reproducir termina siendo una copia y no implica un proceso de conocimiento. El conocimiento así concebido es un producto y no un proceso productivo complejo. Un niño copia las letras de su nombre en un papel y el padre orgulloso comenta a los familiares que el niño “sabe” escribir su nombre. Pues el niño ni “sabe” escribir su nombre ni “conoce” las letras, solo copio lo que vio. Hizo una reproducción, una réplica, una líneas que dieron por producto final un nombre pero no hubo en el medio ningún proceso mental para llegar a tal fin. Así, los hombres del cuento han reproducido lo visto. En un primer intento seguramente el mapa fue menos detallado que en el último y final intento por conocer. La búsqueda obsesiva por la perfección llevó cada vez más a copiar lo visto con exactitud. La representación llevo a la copia sin búsqueda de interpretación y sin un nuevo enfoque. Y la misma búsqueda de perfección llevo a la imperfección pues la copia nunca será igual a la versión original. Buscar la perfección por medio del razonamiento intelectual quizás sea una utopía, como la copia es una tarea vacía. ¿Cuál es el fin de la reproducción? ¿Para qué un hombre copia algo que existe? ¿Solo por copiarlo o lo hace para entenderlo?
El primer mapa fue hecho a escala y con esto hago un paralelismo con el conocimiento de la ciencia, ya que a ella hace referencia el título. En épocas anteriores la ciencia seguramente no tenía el mismo grado de exactitud y de comprobación empírica que tiene ahora. Eso me lleva a pensar que los resultados no eran muy precisos, tal como supongo que sería el mapa a una escala menor en el cuento. A mayor avance en el tiempo, los resultados se van complejizando y por lo tanto son más precisos en sus detalles. Así imagino al mapa que de tan detallado era tan grande como el Imperio mismo. Después de haber llegado a tan alto grado de complejidad y supuesta exactitud, las nuevas generaciones cambian el paradigma científico y así el mapa es considerado ahora inútil, y lo rompen, tirando sus fragmentos a un lugar desierto. Esa imagen da una idea de inutilidad total pues no solo los pedazos del mapa están lejos y destruidos por las inclemencias del tiempo sino que están rotas la manera de conocer también. ¿Cuáles eran los nuevos paradigmas científicos que los jóvenes descubrieron? Cuáles los nuevos objetos de estudio?
El hombre tiene curiosidad por conocer. Ahora cabe preguntarse cuanto es lo que el hombre es capaz de conocer. La copia, en el caso del mapa del Imperio, era la manera que tenían estos  hombres estudiosos de la cartografía. El Imperio como copia. El mundo como copia Abordando la teoría platónica de las ideas entonces el mundo es una copia del mundo ideal que no es el fenomenológico, pues este mundo es solo una sombra del ideal. Este mundo es mutante, ilusorio e imperfecto. Así, al igual que este mundo, el mapa es una copia degradada del Imperio ideal. Incluso en el texto de Borges la cartografía es nombrada como un arte. La palabra arte nos da una idea de una representación, de algo aprendido por el hombre y de una mimesis de algo ya existente en la mente del artista o en el mundo como tal. Platón consideraba a las artes como peligrosas pues engañaban a los que no podían distinguir este proceso de representación y tomaban a una copia como lo real.  Entonces, para escapar de la ilusión del conocer tendríamos que tener un atisbo de duda acerca del mundo fenoménico para darnos cuenta de que existe otro mundo y a partir de ahí intentar aprender de una manera distinta a la que veníamos aprendiendo. En esa duda es que aparece el cambio de perspectiva de lo visto, cambia la mirada sobre lo que miramos. Allí es donde tengo la posibilidad de conocer, en ese destello de despertar que nos indica otro camino de conocimiento y nos abre una puerta nueva a la búsqueda. Siguiendo este recorrido, al hacer una copia en mayor o menor o igual escala de algo que ya existe no se hace más que reproducir en mayor o menor o igual escala lo que se ve pero de ninguna manera se está accediendo al conocimiento del objeto.
De todas maneras, aunque el final del relato parezca desgraciado, veo en las nuevas generaciones que se atrevieron a romper el mapa en pedazos una oportunidad de volver a agudizar la vista y ver algo más que solo lo que se ve. Se adivina en ese ímpetu de cambio un cambio de paradigma y de mirada sobre el Imperio. Así como el esclavo en la “Alegoría de la Caverna” suelta sus cadenas y se anima a subir a la superficie y ve algo diferente aunque al principio no pueda distinguirlo, pero sabe que está ahí, y que es nuevo para él. Que es una experiencia nueva y como tal el primer impacto es shockeante. La mera observación no alcanza para conocer, es necesario algo más. La observación estaría bien para una etapa inicial pero debe ser superada para poder conocer.
Al romperse el mapa del Imperio en fragmentos, el Imperio quizás ya tampoco sigue existiendo como tal pues un cambio en la mirada hace desaparecer al objeto de estudio original y ya no es lo que era, sino que con la nueva mirada ya se ha transformado el también en otra cosa. El mapa exacto legitimaba al Imperio como tal, así como un relato histórico legitima un momento pasado y lo construye. Al fragmentarse el mapa quizás el Imperio ya no es posible de ser visto como lo que era y dejo de existir.
Copiar la versión original no solo no es conocer sino que es una tarea imposible. La realidad no es estática, va cambiando continuamente por lo que al copiar la geografía del Imperio este ya esta modificándose y el mapa entonces iría convirtiéndose en obsoleto mientras va siendo construido. Es imposible volcar la realidad en una copia y que esta copia sea certera, como es imposible mantener el momento presente aunque mas no sea un segundo porque rápidamente se convierte en pasado y no sabemos del instante previamente porque todavía está en el futuro. Solo podemos suponerlo, y es comprobable recién cuando sucede.
¿Es posible ver otra cosa más que lo que podemos ver? Nuestra mirada es realmente una mirada original y única o es una mirada que es copia de las anteriores miradas y esa de las anteriores? Y si así fuera, es posible mirar de otra manera diferente a la que ya ha moldeado nuestro razonamiento y estructura mental? Recordemos que según Platón nuestros ojos mortales no son confiables para conocer pues son imperfectos. Cuando miramos un objeto bien podríamos preguntarnos si realmente podemos verlo tal cual es o si lo que vemos es la propia representación mental que ya tenemos del objeto. Por eso enfrentarnos a un objeto desconocido nos interpela así como una situación, la cual nos ocurre por primera vez, nos descoloca. El conocimiento previo nos remonta a una representación mental, a un lugar seguro y conocido y la novedad nos pone en situación de alerta y enseguida intentamos ubicar el evento dentro de las categorías que tenemos preasignadas. Y así el momento novedoso rápidamente pasa. Quizás sea posible aprender a mirar de una forma diferente, quizás podamos aprender a conocer el mundo con otros ojos. Ahora, si esto fuera posible, el proceso de producción de ese conocimiento sería intelectual o sería perceptivo?
Pensemos en cuanto hay a nuestro alrededor que nos afecta y que nuestro ojo humano no puede captar. Pensemos en la cantidad de ondas, producto de la invasión de la tecnología, que nos afectan pero que no vemos. Pensemos en cuantas cosas habrá que escapan de nuestro alcance cognitivo y racional. Sin embargo muchas veces podemos percibir situaciones aunque sean inexplicables y hasta incomprobables por medio de la razón. Podemos tener cierta percepción de que este mundo en el que estamos y que vemos no puede ser todo lo que existe. Quizás existan diferentes posibilidades de conocimiento, algunas comprobables y algunas otras no. Quizás existan tantos mundos como individuos preparados para conocerlo. Quizás no es posible llegar a una forma completa y única.de conocimiento. La posibilidad de conocimiento finito es racional pues hay una decodificación del mundo que si tenemos la intención de expresarlo se sujeta al lenguaje. La posibilidad de conocer escapando de los mecanismos de la mente es más amplia, pero la comunicación de este conocimiento se sintetiza si queremos expresarlo verbalmente. Este conocimiento es trascendental e inexpresable. Es un conocimiento contemplativo, en donde la observación es el disparador pero no el límite.
Queda preguntarnos si el hombre con sus limitaciones puede conocer la realidad. Pensando en una realidad amplia e ilimitada esto parece imposible. Cabe ahondar en la pregunta ¿cuál es la realidad?, ¿la que esta fuera o dentro de nosotros? Podemos interrogarnos sobre nuestras propias limitaciones para conocer, sobre nuestros esquemas de conocimiento, sobre nuestra voluntad por conocer y sobre la amplitud  que desarrollemos para incorporar nuevas maneras de aprender. Quizás debamos conformarnos con ver solo fragmentos de la realidad. Quizás fragmentos ajados y deslucidos es todo lo que podamos ver con nuestros ojos mortales. Fragmentos que solo son la copia de un mundo.


[1] Alumna de la carrera de Humanidades de la UNSAM.
[2] Publicado en Una historia universal de la infamia por Emecé en 1958.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Filosofía a los ponchazos: aprender a vivir desde el sinsentido para la construcción de sentidos transformadores.

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

¿Y si el sentido de la vida es un sinsentido? No insinúo que en todo momento, la vida no tenga ningún sentido. Digo que su sentido, si lo hay, desde el principio y en gran parte de su transcurso, es el sinsentido. Vida permanentemente asediada por el sinsentido. No por eso de que el hombre es un ser que no elige nacer, un ser para la muerte, ser que va para la nada, cuyo sentido es la nada. Es más que eso pues si bien la nada postmortem es inexorable, esa nada vista como una finalidad se constituye como, es cierto, un sentido. Nacemos para, subrayo el “para”, morir, “para” la nada. Y sí… No cabe en mi pensamiento ningún invento que pueda convertirse en una realidad para después de la muerte: no hay paraíso ni más allá.
Por ahora no sé si puedo decir algo distinto o inconmensurable con  respecto al punto de vista de cierto existencialismo. En cierto sentido me abro al pensar y empiezo a rumiar algo más para reforzar ciertas tomas de posición, a hurgar en los resquicios de la literatura sobre la vida, buscando también un punto de partida para la reflexión que procure dejar de lado la inevitabilidad de la muerte para ver si mientras tanto puede haber algún otro sentido. Algún otro sentido que por supuesto no tenga un cariz fabuloso, fantástico.
Quiero apartarme por un momento, y sin dejar de coincidir con dicha mirada, de ese modo de pensar el sentido como una tendencia hacia un fin inevitable; sentido en sentido teleológico. Por supuesto también de todo sucedáneo postmortem como la promesa de un cielo, paraíso o espiritualidad en un mundo etéreo.
Juguemos por un momento. Vayamos por un carril tangencial. Supongamos que no hay telos, no hay finalidades. Hay contingencia, azar, irrupciones, hay luchas, combates en los que aparece el quiebre de lo que aparenta ser tendencial. Uno no planea cuándo morir si es que el sentido de la vida es ir hacia la nada de la muerte. La muerte llega con la pura contingencia. Uno puede planearlo todo, puede vivir pensando que o bien da sentido a su propia existencia o bien se deja penetrar de un sentido que viene de otro lado, del más allá. Pero no puede planear cuándo morir si es que quiere vivir. Dejo el caso de los suicidas para otro momento.
Uno no puede tener todo listo antes de empezar una lucha. Ninguna estrategia asegura un triunfo. Ningún plan boxístico asegura el knock out. Aparece el otro, su plan, su acción. Aparece lo imprevisto, el cambio, la irrupción de lo nuevo.
En todo caso me gusta pensar que el sentido es el sinsentido de la pura contingencia irrumpiendo, quebrando, desarticulando lo tendencial. Que el sentido sólo puede adquirir su plenitud una vez leído en la huella del tiempo, del transcurrir de la vida misma, en el “diario del lunes”. Y entonces, ese itinerario que se construye a partir de la plena contingencia exige, pide, llama a, la construcción permanente de nuevos y revolucionarios sentidos. Y reclama también un nuevo actor, el revolucionario, el transformador, el político, el estratega, el creador. Lo opuesto al dogmático, al mecanicista, al sujeto que surfea, que transita, que transcurre, que se deja llevar.
En la pura praxis, el sentido de la vida quiere colarse como algo que viene de afuera. Pero la vida que busca un sentido, que se cree que hay uno prefabricado, que no se lo inventa y asume lo dado como algo existente que penetra su ser, no es una vida plena. Asimismo un proyecto que se cristaliza y busca tornarse dogma para hegemonizar a pesar de lograr su objeto puede morir en la inacción e incapacidad de transformación. Sólo una vida que no es vivida puede tener un sentido que viene de afuera. Sólo un proyecto que rehace permanentemente puede trascender a la petrificación.
Porque en definitiva, prefiero pensar que hay dos alternativas para el sinsentido de la vida – y ya sería el momento de agregar también. de la historia-: o bien como un catalizador de sentidos impuestos desde afuera o bien como una oportunidad para vivir plenamente, construyendo sentidos; como el hecho de tener que vivir sin pensar que hay un sentido impuesto antes que la plena contingencia, como algo que obliga como un imperativo a actuar en la contingencia para convertirnos en verdaderos actores del drama de la vida. Es la idea de sentido como algo inmutable y trascendente la que quiero desterrar de mi pensamiento para instalar la del sujeto político, transformador, que opera en la contingencia para edificar todo el tiempo nuevos sentidos. Y sus productos pueden adquirir un estatus universal y trascender en una fase histórica pero siempre sujetos al cambio y renovación. Ninguna ley de los hombres será eterna e inmutable. Universales surgidos de una construcción colectiva, de una lucha, de la tensión y la búsqueda de transformar que se transforman a sí mismos en distintos pliegues porque no son inmutables.
Prefiero partir del sinsentido, de la contingencia y de la permanente búsqueda y transformación, de los planes que no están nunca acabados, que siempre cambian y se acomodan a las contingencias y avatares de la vida misma. Sin esencias transcendentes, sin arquetipos, sin sustancia ni formas puras, todo devenir y cambio, lucha y tensión. Con una sola constante, la de reconocernos como los únicos capaces de decidir en libertad qué hacer, hacia dónde virar para hacer nuestra libertad y justicia social.
Empecemos entonces por el sinsentido para asumir que nada ni nadie va a venir a aportarnos respuestas. Que ningún dios puede salvarnos. Que los ídolos están petrificados y sus estatuas enmohecidas. Y entonces, seamos creadores de sentidos, revisionistas y correctores de sentidos. Nada antes, nada después. Todo, vida y transformación. Seamos nuestros propios dioses y demonios.
Porque sólo hay algo peor que perder espacios y dejar de ser protagonistas de las transformaciones: volver al pasado o convertirse en aquello que nunca quisimos ser, aquello que negamos.