La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 13 de octubre de 2013

La medicina en la Alta Edad Media



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

La práctica médica propia de la Alta Edad Media o Edad Media Inicial se dio como una prolongación de la tradición médica antigua. Las teorías médicas acerca de la salud, la enfermedad, las tecnologías utilizadas para la elaboración de diagnósticos y la terapéutica no hacen más que continuar los mismos saberes que encontramos en la antigua Grecia y Roma.
Un aspecto se destacaba y grafica claramente cómo era la práctica médica del período: su carácter artesanal. Se preparaban remedios y se los distribuía en las pequeñas comunidades, se trataban heridas y dolores comunes y se reparaban quebraduras de huesos. Se trataba de un saber práctico llevado a cabo por artesanos de la salud, sujetos más o menos hábiles, curadores regionales.
Pero hay otra característica que no puede pasarse por alto cuando se evalúa esta fase de la historia. Con la caída del Imperio Romano y la pérdida de contacto con Oriente en poder de los turcos otomanos, el componente más abstracto o culto, teórico o filosófico propio de la medicina griega, sufre también un colapso, decae gradualmente, haciendo que el número de expertos sobre temas médicos baje considerablemente.
Lindberg, en su trabajo acerca de los inicios de la ciencia occidental, aclara, no obstante, que no todo el saber médico quedó perdido tras la caída del Imperio Romano de Occidente. Sostiene que muchos de los legados de la medicina griega aparecen en las primeras enciclopedias latinas: la de Celso, Plinio e Isidoro de Sevilla. Por otra parte, durante el siglo VI d. C. se encontraba a disposición de quienes se interesaran por la medicina un tratado médico griego traducido al latín.
La medicina griega era muy basta, abarcaba tratados teóricos y prácticos incluyendo los trabajos de Galeno e Hipócrates, un tratado escrito por Oribasios a finales del siglo IV d. C. que reunía, a modo de antología, diferentes saberes médicos griegos. Había también, un manual para las comadronas escrito por Sorano a fines del siglo I d. C. y muchas recetas para la preparación de medicamentos.
Hay un texto que ilustra las características de la práctica médica en la Alta Edad Media. Se trata del tratado De materia medica escrito por Dioscórides en el primer siglo de nuestra era. En este libro pueden hallarse descripciones de plantas, animales y minerales útiles para ser empleados en la terapéutica. El trabajo fue traducido al latín durante el siglo VI pero nunca pudo convertirse en un texto muy difundido dada su exhaustividad y complejidad. Más utilizado fue el más sencillo, menos extenso e ilustrado herbario basado en la obra de Dioscórides Ex herbis feminis. Allí se describían sólo sesenta y una recetas extraídas de plantas presentes en la Europa Occidental.
La medicina era practicada, sobre todo en Italia donde persistía el modelo romano de medicina secular, por expertos médicos pagos con fondos públicos. Pero lentamente, las instituciones médicas fueron adquiriendo carácter religioso. Los monasterios comenzaron a tomar en sus manos la responsabilidad de hacerse cargo de los enfermos y dolientes de las comunidades. Se destacaron los centros monásticos como Monte Cassino y Reichenau.
Hay durante el período una suerte de encuentro-desencuentro entre la práctica secular y la religiosa. En efecto, el contacto planteó una serie de problemáticas a resolver. Por ejemplo, cómo conciliar el naturalismo propio de la medicina secular romana con los componentes mágicos milagrosos del cristianismo. Para la religión católica, la enfermedad era o bien producto de la intervención divina para castigar los pecados de la carne o bien, al menos, un elemento más para incitar el crecimiento del espíritu. Aunque la tensión nunca fue obstáculo para que los enfermos se acercaran a los médicos pues eran pocos los que podían notarla, aquellos que fueron capaces de ver el problema trataron de lidiar con él y resolverlo de algún modo para privilegiar los aspectos prácticos. Algunos médicos, apoyándose en Hipócrates, sostenían que podía pensarse que había en las enfermedades causas sobrenaturales y naturales, que dios emplea elementos de la naturaleza para provocar la dolencia.
Como sea, muchos referentes del cristianismo vieron los legados de la tradición grecorromana como un regalo de dios, entendiendo en tal sentido que su uso era más que apropiado o inclusive obligatorio. En otras palabras, la religión en general no fue ni enemiga ni defendió a ultranza de la medicina secular.
David Lindberg cuestiona el estilo de evaluación que pretende acceder a la problemática utilizando categorías como positivo o negativo, oposición o apoyo. Sostiene que el enfoque más adecuado para echar luz sobre la cuestión es ver a la Iglesia como una fuente de interacción cultural que interactúa con la tradición médica secular introduciendo transformaciones y permitiendo continuidades.

Para ampliar el lector puede consultar el citado texto de Lindberg Los Inicios de la ciencia occidental o también, Siraisi, Medieval and Early Renaissance Medicine: An Introduction to Knowledge and Practice y el capítulo de Talbot titulado “Medicine” en la compilación de Lindberg, Science in de Middle Eges.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Del engañoso mundo de la experiencia y la traición de los sentidos a la razón como camino al conocimiento legítimo



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Galileo había distinguido con suma claridad aquello que en el mundo era mutable, relativo, subjetivo y sensible de lo que era absoluto, objetivo, inmutable y matemático. Lo primero es ilusión, lo segundo, divino y humano. Las cualidades reales de las cosas son las primarias: el número, la figura, la magnitud, posición y movimiento. Estas cualidades pueden expresarse matemáticamente, pueden abordarse gracias a la razón. Por su parte, las denominadas cualidades secundarias son, siempre desde la mirada galileana, subjetivas. De allí concluyó el gran astrónomo que para conseguir el conocimiento legítimo de las cosas sea necesario matematizar el mundo de los objetos sensibles.
Galileo siguió de cerca la posición platónica de la división entre lo cambiante del reino sensible y lo inmutable del mundo de las ideas, heredando, también, la perspectiva atomista, considerando que la materia se resuelve en átomos indivisibles e infinitamente pequeños. Creyó que los elementos confusos propios de la imagen sensible del mundo natural resultaban como efecto de los sentidos mismos. Por lo tanto, la experiencia poseía rasgos confusos tras haber pasado a través de los sentidos humanos. Lo real era ofrecido a la mente gracias al abordaje de las cualidades primarias. En resumen: el conocimiento falaz del mundo (pensar que la Tierra no se mueve y ocupa el centro del cosmos) se da porque el abordaje de los hechos está mediado por los sentidos y ocurre un engaño propio del acceso a las cualidades secundarias. El calor de un cuerpo es mera ilusión y no una cualidad verdadera que se encuentra realmente presente en el objeto caliente. Calor, color, gusto de las cosas son simples nombres, cualidades secundarias de las cosas.
El atomismo permitió a Galileo mostrar como todas las cualidades secundarias que perturban nuestro acceso a un conocimiento legítimo del universo se dan por obra del movimiento y el obrar sobre los sentidos de los átomos que constituyen la materia y que sólo poseen cualidades primarias.[1]
Toda esta extensa introducción acerca del tratamiento que Galileo da a la distinción entre cualidades primarias y secundarias cumple el propósito de acercar al lector tal distinción y mostrar cómo el astrónomo italiano influenció en el pensamiento moderno.
Al introducir la distinción entre las cualidades y sugerir que la verdadera interpretación de la naturaleza debía ser matemática, Galileo marca una clara diferencia entre reino primario y reino secundario. La vida del hombre está hecha de sensaciones, colores, sonidos, aromas. Lo único común entre el mundo real de las cualidades primarias y el mundo cambiante y engañoso de los hombres era su capacidad de descubrir el primero por la matematización de la naturaleza. El hombre es concebido pues como un haz de cualidades secundarias que puede acceder a lo real si utiliza la razón. Deviene así en mero observador e intérprete del gran sistema matemático que constituye la sustancia de la realidad. Esto anticipa el dualismo cartesiano, el reino de lo matemático y el reino humano.
En una próxima entrada reseñaremos cómo retoma Descartes este pensamiento para terminar de cerrar el círculo racionalista. En efecto, en Galileo la imbricación entre matematización y experimentalismo habían dejado a los sentidos en una posición poco clara. Los sentidos nos permiten comprobar aquello que se da como resultado del uso de la razón y  sin embargo, ellos nos engañan mostrándonos propiedades secundarias de las cosas, propiedades tramposas, engañosas. Por demás, en ciertos casos es fundamental rechazar el dictado de los sentidos, cuestión fácilmente constatable al hacer astronomía: según los sentidos, la Tierra permanece inmóvil en el centro de todo. Lo que Descartes buscará responder, entonces, es qué lugar deben ocupar los sentidos y cómo ordenar las cualidades secundarias.


[1] Sobre el atomismo en Galileo hay todo una biblioteca de debates que no podemos reproducir aquí por una cuestión de espacio. Lo cierto es que dicho atomismo no jugó un papel central en su obra. Para ampliar el lector puede consultar el clásico texto de Lövenheim, Der Einfluss Demokrits auf Galilei, un clásico de 1894.