La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 15 de septiembre de 2013

Misticismo, fantasías geométricas más experimentación y cálculo: el modelo de Johannes Képler



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

En la entrada anterior nos habíamos centrado más que nada en la figura de Copérnico para señalar la interacción entre la observación y la experimentación con las partes metafísicas que guían, de algún modo, la elaboración de su modelo astronómico, prometiendo retomar luego, la reflexión acerca de los presupuestos presentes en la obra de Képler.

Fue el astrónomo alemán quien tal vez más temerariamente defendió las tesis y corolarios copernicanos a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Pocos antes que él hubieran levantado los estandartes de la nueva ciencia astronómica tan audazmente. Salvo el matemático Rheticus y el radical y polifacético Giordano Bruno, nadie hubiera sido tan valiente como para dar la cara y defender un modelo tan revolucionario y contrario tanto al dogma como a la ciencia ptolemaica.

Képler, sin lugar a dudas, se dejó influenciar por las tesis copernicanas; no sólo por sus aspectos técnicos sino también, por las partes metafísicas del modelo. El mismo Copérnico aseguraba en De Revolutionibus que el Sol debía hallarse en el centro de todo para así, en el “templo más bello”, dar luz por doquier. Aseveración que impregnó y signó notablemente el pensamiento kepleriano.

Indudablemente, la armonía y sencillez junto a una estética que resaltaba la belleza de las formas que caracterizaban al modelo copernicano atrajeron la atención del joven astrónomo en la época de Tubinga. Así se refería Képler a la teoría de Copérnico:

“Sé, ciertamente, que tengo con ella este deber: como la he confirmado en lo más profundo de mi alma, y como contemplo su belleza con deleite increíble y embriagador, también debo defenderla públicamente ante mis lectores con toda la fuerza de que sea capaz”. [1]

Entonces, el arsenal racional se ponía al servicio de una toma de posición basada en la creencia, el deleite y el amor por lo bello.

Como sea, una de las principales razones que llevaron a Képler a aceptar y defender el copernicanismo fue su creencia y exaltación de la figura del Sol. En efecto, el joven astrónomo seguía y ponía en práctica el “culto al Sol”. Había sostenido, en varias oportunidades, la excelencia del astro aseverando que su esencia es “la luz más pura” y que sólo él es “productor, conservador y calentador de todas las cosas” o que “sólo a él deberíamos juzgar digno del Altísimo dios, si Dios quisiera un domicilio material donde morar con los santos ángeles”.

De este modo, en Képler, la alegoría conectaba lo natural con lo teológico. Al sostener figurativamente que el Sol representaba al Padre, la esfera de las estrellas fijas al Hijo y el medio etéreo al Espíritu Santo, el astrónomo alemán lograba adherir la naturaleza a la Trinidad y hacerse escuchar en el ambiente teológico hegemónico. Por demás, el uso de alegorías naturalistas era muy común en esa época.

En definitiva, como sostiene Burtt en Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna, “la conexión entre Képler, el hombre que rinde culto al Sol, y el Képler que busca un conocimiento matemático exacto de naturaleza astronómica, es muy próxima”.[2]

Képler llevó las cosas mucho más lejos. Su amor por las armonías y las matemáticas y la influencia en su pensamiento del neopitagorismo operaron en su mente llevándolo a pensar que debían existir muchas más relaciones armónicas en el sistema y que todas ellas pueden sacarse a la luz mediante el estudio de los datos que los astrónomos disponen en las tablas. De aquí, la necesidad de trabajar con registros lo más precisos posibles.

Képler se acercó a la figura de Tycho Brahe un año antes de la muerte del genial observador astronómico de Escania, para trabajar con él y finalizar la confección de las tablas que utilizaría para realizar los cálculos que lo llevarían a formular sus famosas tres leyes.

Fue de este modo que el moderno astrónomo ligó la especulación y la superstición  con las armonías matemáticas y su intención de formular leyes precisas que explicaran el movimiento de los astros. Y fue así que especulación, metafísica y experimentación se unieron para dar cuenta de los fenómenos observables. Y si bien Képler insistía en la precisa explicación matemática de lo observado, sus datos siempre se enfocaban desde una teoría y desde una serie de presupuestos metafísicos acerca del funcionamiento del cosmos. Por estas y otras razones, tanto él como su antecesor Copérnico no fueron ni tan empiristas, ni tan delirantes.





[1] Esta y las demás citas textuales de Képler están tomadas de su Astronomi Opera Omnia.
[2] El autor presenta extensas citas dando cuenta del pensamiento del joven Képler en los años de estadía en Tubinga.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Ni tan empiristas, ni tan delirantes: la nueva astronomía de Copérnico y Képler


  

 Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

De una cosa el lector puede estar seguro: de haber sido Copérnico y Képler, los padres de la moderna astronomía, tan irredentos empiristas como la epistemología estándar les hubiese exigido para que sus aportes puedan ser caratulados como ciencia legítima, jamás habrían estado dispuestos a introducir la tesis de que la Tierra es un simple planeta que gira en torno del Sol y a su vez, describe una rotación diaria sobre su eje. Toda la experiencia demostraría que tal hipótesis o mera especulación carecía de apoyo. Cualquier mortal puede constatar gracias al aporte de sus sentidos que las estrellas están fijas en el firmamento, que giran de este a oeste lo mismo que el Sol que es quien se mueve y no la Tierra.

Este breve artículo retoma la pregunta que con tanta claridad planteara Edwin Burtt en su ya antológico y de culto Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna[1]:
¿Por qué Copérnico y Képler, antes de cualquier confirmación empírica de la nueva hipótesis de que la Tierra es un planeta que gira sobre su eje y da vueltas alrededor del Sol, mientras las estrellas fijas permanecen quietas, creyeron que era una verdadera imagen del universo astronómico?

Resultaba difícil, si uno piensa en el contexto de época, no caratular como apriorístico y especulativo al argumento heliocéntrico. Más allá de las consecuencias teológicas que tal posición representaba y todo el ruido que hacía para quien se aferraba al dogma, cualquier científico más o menos dispuesto a fundar sus conocimientos en la experiencia hubiese interpuesto cuantiosas objeciones a las tesis de los modernos astrónomos.

Por demás, los astrónomos de la época, hablamos del S XVI, contaban con sólidos instrumentos matemáticos como para realizar eficientes predicciones gracias al aporte de Ptolomeo. En principio, el novedoso sistema no brindaba tantas ventajas como para persuadir al investigador clásico a abandonar la visión aceptada por entonces. Como sostiene Burtt, los movimientos de los astros podían seguirse tan correctamente con el modelo ptolemaico como con el copernicano.

Como sea, retomando lo que anticipara más arriba, lo más importante era que los sentidos parecían ser lo suficientemente contundentes a la hora de dilucidar la cuestión. Todo el mundo sentía que la Tierra no se movía. Es más: sólidos argumentos se elevaban para contradecir el argumento de la rotación. Se afirmaba que ella provocaría vértigo a los habitantes terrestres y cosas por el estilo. Por demás, sin telescopio para observar manchas en el Sol, satélites naturales en los planetas gigantes o las fases de Venus, era difícil constatar que aquellos astros estaban formados con iguales compuestos que la Tierra.

Además, todo un cuerpo filosófico daba apoyatura a la concepción geocéntrica. La metafísica aristotélica actuaba como fuente de argumentos capaces de armonizar la cosmología clásica con la totalidad de la experiencia humana.

Finalmente, la mecánica de la época no aportaba elementos como para constatar la legitimidad de las tesis modernas. Había que esperar que Galileo edificara la suya como para encontrar argumentos sólidos que contrarrestaran y derribaran la objeción típica interpuesta por los mecánicos aristotélicos a la posición copernicana: aquello de que un cuerpo lanzado verticalmente debería caer a una distancia x al oeste del lugar desde donde fuera lanzado si la Tierra, en efecto, rota hacia el este.

Resumiendo: más allá de cualquier recato religioso u obstáculo dogmático, cualquier intelectual progresista sensato y empirista hubiese dudado antes de lanzarse sin más tras la propuesta innovadora de los defensores del heliocentrismo. Burtt tiene toda la razón al afirmar que “los empiristas actuales hubieran sido los primeros en desechar la nueva filosofía del universo si hubieran vivido en el siglo S XVI”. Como decimos en el Río de la Plata: “con el diario del lunes todos somos Gardel”.

Pero entonces: ¿Por qué Copérnico se animo a presentar tan osada teoría y Kepler a seguirlo? ¿Qué hizo que el primero ellos instalara definitivamente la idea y luego otros intelectuales lo siguieran?

Uno de los principales razonamientos que pudieron actuar como apoyatura del heliocentrismo era que dicho modelo hacía de los hechos astronómicos algo mucho más sencillo y armónico.
Como sostiene Burtt:

“… su concepción [la de Copérnico] ponía los hechos de la astronomía en un orden matemático más sencillo y armónico. Era más sencillo puesto que en vez de ochenta epiciclos, más o menos, del sistema ptolemaico, Copérnico podía ‘salvar los fenómenos’ con solo treinta y cuatro, que eran todos los que se necesitaban si se abandonaba la suposición de que la Tierra permanece en reposo. Era más armonioso porque la mayor parte de los fenómenos planetarios se podían representar ahora bastante bien con una serie de círculos concéntricos alrededor del Sol con nuestra Luna como único intruso.”

El principio de sencillez, que había sido ya notado por muchos antes que Copérnico, actuaba, entonces, como una base sólida para sostener el heliocentrismo. El axioma “natura semper agit per vías brevissimas” o el que decía “natura nihil facit frustra”[2] se apoyaban en observaciones frecuentes de los fenómenos cercanos a la experiencia cotidiana. En el caso de la astronomía copernicana, la sencillez se reflejaba al contener menos complicaciones geométricas y no poseer las irregularidades que marcaba la de Ptolomeo y sus ecuantes y la incapacidad de atribuir movimientos uniformes a los planetas.

Además del razonamiento de la sencillez, otras cuestiones metafísicas daban apoyatura al modelo moderno. El cambio del centro de referencia de la Tierra a las estrellas y el Sol no hubiese sido tolerado de no mediar transformaciones más profundas en el espíritu de época como la influencia que ejerció en las mentes la revolución comercial y su avidez por la búsqueda de nuevas fuentes de materias primas y mercancías, el cambio de interés humano que trajo el Renacimiento. El horizonte se hacía cada vez más amplio, el mundo dejaba de finalizar en Europa, su centro dejaba de ser el viejo continente. A esto se sumó la hecatombe religiosa provocada por la Reforma, la cual además de promover el libre pensamiento y la búsqueda de una nueva interpretación de los textos sagrados, cuestionó el centro religioso romano. El mismo Copérnico reconoce en De revolutionibus orbium coelestium[3] el efecto que produjo en sus concepciones esta ampliación de los horizontes y la idea de nuevos centros de interés, factores que considera esenciales para el cambio de visión.

Aún no he dicho nada de Képler, que entusiasta se impregnó de las tesis copernicanas sin dudarlo. Quedará para una próxima oportunidad, tratar más detalladamente las bases metafísicas que llevaron al astrónomo alemán a aceptar el heliocentrismo.




[1] Texto que seguiré en el desarrollo del presente aporte y que por supuesto recomiendo al lector interesado en estas cuestiones históricas y epistemológicas. Hay una excelente versión en castellano editada por Editorial Sudamericana.
[2] La naturaleza siempre obra por el camino más corto o la naturaleza no hace nada en vano.
[3] Acerca de las revoluciones de las esferas celestes publicado en 1543, libro que actuó como piedra de toque en la astronomía e inauguró el heliocentrismo.