La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

martes, 16 de abril de 2013

Thomas Kuhn (1922 – 1996): Un papel para la historia

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Antes de adentrarnos en el estudio de la teoría del desarrollo histórico de la ciencia propuesta por Thomas Kuhn en su ya antológico y de culto La Estructura de las Revoluciones Científicas de 1962, repasaré las características generales de su propuesta epistemológica.
Como es sabido, a partir de la década del 60 del siglo pasado, una serie de intelectuales comenzaron a acentuar la relevancia epistémica del contexto de descubrimiento, esto es, todos aquellos aspectos relacionados con el contexto histórico, político, económico, social, cuestiones de índole psicológica, etc. en la producción de conocimiento científico, tomando la ciencia no sólo como producto sino atendiendo a los procesos de elaboración de conocimientos y el análisis de las prácticas concretas.
La propuesta kuhneana se destaca dentro de todo una pléyade de posiciones que naturalizan los abordajes epistemológicos por otorgarle un lugar destacado a la historia de la ciencia, revalorizándola dentro de la tradición anglosajona.
En efecto, Kuhn, y habría que agregar también a otros intelectuales como Feyerabend (1924 – 1994), Toulmin (1922 – 2009), Lakatos (1922 – 1974) o Hanson (1924 – 1967), lejos de caracterizarse como “enterradores” de la denominada Concepción Heredada pueden considerarse miembros legítimos de esta tradición. Porque si bien es cierto que dejan de lado ciertos temas o problemas (como el análisis lógico estructural, la búsqueda de un criterio de demarcación o las cuestiones metodológicas), profundizan y revalorizan otras cuestiones  (como ocurre con el tratamiento del lenguaje científico) e instalan nuevos tópicos (como el estudio de las prácticas concretas en la producción de ciencia y la relevancia epistémica del contexto de descubrimiento que ya he mencionado.
Lo cierto es que Kuhn se destaca dentro de esta constelación de nuevos filósofos de la ciencia tal vez no tanto por las rupturas que introduce su perspectiva - otros como Bachelard (1884 – 1962), Koyré (1892 – 1964) o Fleck (1896 – 1961) ya habían reclamado un lugar para la historia de la ciencia y otros como Quine (1908 – 2000) o el denominado segundo Wittgenstein (1889 – 1951) ya habían postulado cuestiones que rozan las tesis kuhneanas- sino por su enorme influencia en distintos campos y latitudes. Habría que recordar que La Estructura de las Revoluciones Científicas logro convertirse en el único best seller en el campo de la filosofía de la ciencia. Por otra parte, habría que tener presente que las interpretaciones erróneas de su propuesta son directamente proporcionales a su éxito editorial.
Como sea, por ahora simplemente recordemos que entre los principales puntos de su propuesta epistemológica se destacan:

En el abordaje epistemológico debe considerarse relevante el contexto de descubrimiento y los procesos de producción de conocimiento científico.
Es fundamental atender a los aspectos diacrónicos y llevar a cabo una descripción más que una prescripción, sea está semántica o metodológica.
Lejos de presentar una ciencia sin sujeto, Kuhn introduce una consideración especial por la comunidad científica.
Niega la neutralidad de la experiencia. El dato depende de la teoría, la observación está guiada por el marco teórico. Pero además, Kuhn va a ir más lejos postulando que los datos están construidos por las teorías.
También, los criterios de validación dependen de la teoría.
Kuhn va a sostener una concepción holista de los términos y los enunciados.
Va a introducir el concepto de paradigma para hacer referencia a marcos conceptuales más amplios que las leyes, hipótesis o teorías.

Más allá de lo imprecisa que resulta la noción de paradigma tal como Kuhn la presenta en 1962 podemos sostener en líneas generales que un paradigma es:

Una forma de ver el mundo.
Una concepción del mundo.
Un conjunto de principios que organizan la percepción.
Una forma de categorizar, clasificar, estructurar la realidad en función de ciertos valores y creencias.
Un modo de hallar situaciones problemáticas, plantearlas, pensar sus vías de resolución y las normas de validación de los resultados obtenidos.

Bien, hasta aquí el resumen de las principales características de la perspectiva kuhneana en lo que hace a las cuestiones teóricas. El lector interesado puede profundizar estos temas yendo directamente a las fuentes y adentrándose en la lectura de La Estructura de las Revoluciones Científicas.
A continuación prestaremos atención a las cuestiones diacrónicas. Veremos cómo Kuhn articula sus conceptualizaciones epistemológicas para llevar a cabo un abordaje del desarrollo histórico de la ciencia.
Efectivamente, hay en Kuhn un intento por elaborar una teoría del desarrollo histórico de la ciencia basada en dos conceptos básicos: ciencia normal y ciencia revolucionaria.
Sin embargo, el desarrollo de las disciplinas científicas comienza por una etapa denominada preparadigmática, la prehistoria de la ciencia. Esta fase es definida como una instancia de competencia entre distintas escuelas, subescuelas o tradiciones con diferentes conceptualizaciones acerca del mundo donde no hay acuerdo y ninguna logra imponerse por sobre las demás.
Un buen ejemplo para graficar la cuestión puede tomarse de la obra del propio Thomas Kuhn. Es el caso de la óptica prenewtoniana, aquella etapa en la que las teorías epicúrea, aristotélica y platónica competían entre sí para explicar los fenómenos ópticos. En términos de Kuhn:
“Uno de los grupos consideraba que la luz estaba compuesta de partículas que emanaban de cuerpos materiales, para otro era una modificación del medio existente entre el objeto y el ojo; (…) otro explicaba la luz en términos de interacción entre el medio y una emanación del ojo.” (Kuhn, 2004: 36 y s.)
En cada escuela se hacía fuerte una metafísica particular. Todos hacían énfasis en los fenómenos y observaciones que su propia teoría podía explicar mejor.
Otra particularidad de la etapa preparadigmática es que cada investigador debe comenzar desde el principio sus investigaciones ya que no cuenta con ningún marco donde afirmarse.
Esta libertad tiene como contrapartida la ausencia de una comunidad científica consolidada y una falta de progreso significativo.
Esta situación puede prevalecer hasta que una escuela se imponga por sobre las demás. A partir de aquí, el éxito aportado para la resolución de un conjunto significativo de problemas de parte de una escuela o tradición hará que ésta hegemonice el campo intelectual instalando sus conceptualizaciones en términos de paradigma. Entramos entonces, en una nueva fase del desarrollo histórico de la ciencia, la etapa de ciencia normal.
Kuhn sostiene que “para ser aceptada como paradigma una teoría debe parecer mejor que sus competidoras, pero no necesita explicar y, en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se pueden confrontar con ella.” (Kuhn, 2004:44)
El ejemplo de la teoría heliocéntrica copernicana resulta muy gráfico. Como claramente argumenta Burtt en su ya clásico Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna:
“… su concepción ponía los hechos de la astronomía en un orden matemático más sencillo y armónico. Era más sencillo puesto que en vez de ochenta epiciclos, más o menos, del sistema ptolemaico, Copérnico podía ‘salvar los fenómenos’ con solo treinta y cuatro, que eran todos los que se necesitaban si se abandonaba la suposición de que la Tierra permanece en reposo. Era más armonioso porque la mayor parte de los fenómenos planetarios se podían representar ahora bastante bien con una serie de círculos concéntricos alrededor del Sol con nuestra Luna como único intruso.” (Burtt, 1960: 38)
El paradigma es capaz de atraer a un grupo duradero de partidarios científicos porque es capaz de resolver eficazmente una serie de problemas significativos. Con él se conforma y consolida la comunidad científica.
Pero a la vez, el paradigma es capaz de generar nuevos problemas y dejar cuestiones sin resolver. Su éxito dependerá del justo balance entre la promesa y realización lograda por la ampliación de conocimientos, aumentando la explicación y acoplamiento de fenómenos.
Entonces, cuando los investigadores se alinean tras un paradigma se constituye una comunidad científica estable y se instaura un período de ciencia normal en el que se aplica y desarrolla el paradigma resolviendo enigmas. Aquí no se cuestiona el paradigma. El principal propósito de la producción de conocimientos en la etapa de ciencia normal consiste en resolver enigmas.
Los enigmas son situaciones problemáticas que en principio no tienen resolución pero que la comunidad científica considera relevantes y cree poder resolver. En términos de Kuhn un enigma es “aquella categoría especial de problemas que pueden servir para poner a prueba el ingenio o la habilidad para resolverlos” (Kuhn, 2004: 70)
De lo que se trata, entonces, durante el periodo de ciencia normal, es de resolver enigmas articulando los fenómenos y el paradigma.
La tarea es como la que se lleva a cabo cuando se resuelve un rompecabezas. Quien lo arma sabe a priori cómo va a quedar terminado. Lo sabe porque tiene una imagen que lo guía y porque sabe como encajar las piezas.
A la sazón, la tarea del científico dentro de esta etapa normal es resolver enigmas y la del estudiante o futuro científico formare en la adquisición y dominio del paradigma aprendiendo los ejemplares o realizaciones. De aquí la extensa literatura de manuales y guías de trabajos prácticos plagadas de “problemas tipo”.
A propósito, puede decirse que la formación del científico dentro de la comunidad y bajo la sombra del paradigma es tanta o más dogmática que la del clero en los seminarios.
Un ejemplo de la ampliación de conocimientos dentro del periodo de ciencia normal en física es el alcanzado gracias a la denominada Ley de Coulomb (1785). Ella explica y cuantifica la magnitud de una fuerza entre dos cargas eléctricas puntuales y funda la Electrostática como ciencia cuantitativa. Sostiene que,
“La magnitud de cada una de las fuerzas eléctricas con que interactúan dos cargas puntuales en reposo es directamente proporcional al producto de la magnitud de ambas cargas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa y tiene la dirección de la línea que las une.”
Coulomb, guiado por el paradigma newtoniano, explica la atracción de las cargas eléctricas del mismo modo que newton la de los cuerpos masivos. De este modo, un nuevo fenómeno se integra dentro del paradigma.
En cuanto a la modalidad de progreso de la ciencia dentro del periodo de ciencia normal puede afirmarse, siempre siguiendo a Kuhn, que es éste acumulativo y lineal.
Según Kuhn, la ciencia normal no tiende a producir novedades teóricas profundas o radicalmente importantes. Pero hemos afirmado que dentro de la propuesta kuhneana ocupa un lugar importante el desarrollo histórico y que en él además de etapas de acumulación de conocimiento encontramos periodos de crisis y rupturas revolucionarias. Debemos explicar pues, cómo de la ciencia normal y del progreso acumulativo que le es característico pasamos al advenimiento de una revolución científica tras una fase de crisis.
Kuhn sostiene en el capítulo VI de La Estructura de las Revoluciones Científicas que la investigación bajo un paradigma debe ser particularmente efectiva como método para producir cambios de paradigma. De alguna extraña manera, el paradigma mismo forma a los científicos capaces de comenzar a ver no sólo las cosas que encajan en él sino también las que no encajan, las anomalías.
El tránsito hacia un periodo de crisis comienza con lo que Kuhn va a denominar anomalías, una categoría central para comprender cómo se da el tránsito hacia la ciencia revolucionaria.
Una anomalía acontece cuando de algún modo la naturaleza, un fenómeno, no encaja. Es el reconocimiento de que en cierto modo la naturaleza ha violado las expectativas, provocadas por el paradigma, que rigen a la ciencia normal.
Veamos ejemplos históricos:
Tycho Brahe (1546 – 1601), el gran astrónomo danés que en su observatorio Uraniborg desarrollara los instrumentos de medición y sistematizara las medidas para la confección de lo que luego fueron las Tablas Rudolfinas completadas y utilizadas por Kepler (1571 – 1630) para sus investigaciones, registró en 1572 una Stella Nova en la constelación de Cassiopea. Las cada vez más precisas observaciones realizadas por Tycho permitían elaborar cada vez mejores mapas del cielo. La aparición de una nueva estrella allí donde nada se veía resultaba todo una novedad, contradiciendo el dogma aristotélico de la inmutabilidad de los cielos. Años más tarde, Kepler descubrió otra Stella Nova en la constelación de Ofiuco. Publicó sus descubrimientos en el año 1606, en Praga. Las mediciones realizadas por Kepler mostraron que la distancia de la nueva estrella (hoy sabemos que tanto la de Tycho como la de Kepler eran supernovas) respecto del punto de observación la ubicaban más allá de la Luna, en el sector supralunar del cosmos aristotélico. Quedaba demostrada pues la falsedad de la tesis de la inmutabilidad de los cielos. Como quiera que sea, el fenómeno más que refutar la tesis aristotélica representa una anomalía, una violación de las expectativas del científico que sigue el paradigma antiguo de cientificidad.
Pueden ocurrir dos cosas con las anomalías:
O bien se logran integrar articulándolas adecuadamente al paradigma. Es el caso del descubrimiento de Neptuno llevado a cabo por Urbain Le Verrier (1811 – 1877). Gracias a las leyes de la gravitación universal y el paradigma newtoniano sólidamente afianzado por las investigaciones llevadas a cabo por Laplace (1749 – 1827) y Lagrange (1736 – 1813) se pudo calcular precisamente la posición de Urano. No se conocían ni Neptuno ni Plutón. Pero la trayectoria de Urano resultaba irregular. Lejos de abandonar el paradigma newtoniano por tal cuestión, los astrónomos continuaron investigando dentro del paraguas que dicho paradigma aportaba. Así, Le Verrier supuso la existencia de otro planeta cuya masa provocaba la fluctuación en la órbita de Urano. Calculó a partir de este supuesto dicha masa, órbita y posición y dio instrucción por carta a Johann Gottfried Galle (1812 – 1910). El astrónomo alemán descubrió así Neptuno el septiembre de 1846.
O bien puede suceder que las anomalías persistan y se vayan cumulando nuevas con el tiempo. Esto llevará a la crisis. Será la comunidad científica la que fije los criterios a partir de los cuales la situación resiste. Serán las condiciones históricas y la influencia del contexto las que influyan de algún modo en la decisión de la comunidad científica. Comienzan en determinado momento a darse búsquedas heterodoxas, herejías, surgen nuevas escuelas y comienzan a darse las conversiones.
Hay un rol clave en este proceso, el que juegan los científicos jóvenes, no contaminados por los vicios de la tradición y capaces de patear el tablero innovando. Los que mejor manejen el paradigma vigente son aquellos capaces de ver las anomalías y son quienes estarían dispuestos a dar el paso adentrándose en el mundo de las herejías para proponer nuevas perspectivas teóricas y cambiar de paradigma.
Entramos entonces, en una etapa de revolución científica. Cuando una línea logra imponerse hegemonizando el campo se instaura un nuevo paradigma y un nuevo periodo de ciencia normal. Una revolución científica es pues el pasaje de un paradigma a otro.
Tras la crisis debe surgir un paradigma alternativo puesto que la comunidad científica no estaría dispuesta a dar un salto al vacío. Es interesante la analogía que Kuhn establece entre la revolución científica y la revolución política.
“Como la elección de instituciones políticas que compiten entre sí, la elección entre paradigmas en competencia resulta una elección entre modos incompatibles de vida en la comunidad” (Kuhn, 2004 151 y s.)
La revolución científica produce una ruptura radical en el desarrollo histórico de la ciencia.
Conviven en Kuhn, por lo tanto, dos formas de pensar el progreso científico:
Intraparadigmática: dentro del periodo de ciencia normal, lineal y acumulativa, se da por medio de la resolución de enigmas.
Interparadigmática: en la que tenemos una ruptura radical e inconmensurabilidad entre paradigmas.
Inconmensurabilidad que puede entenderse en tres sentidos.
Ontológico: paradigmas distintos, mundos distintos.
Metodológico: paradigmas diferentes, deferentes cánones para la elaboración y aceptación de teorías.
Semántico: distintos idiomas no traducibles.
Dejaremos para otra entrada un abordaje más pormenorizado del concepto de inconmensurabilidad y sobre todo el tratamiento de todas las dificultades y desafíos que éste dispara y el mismo Kuhn debe afrontar. La cuestión involucra una discusión acerca de la lógica del progreso, los criterios racionales para la elección del paradigma, además del relativismo que conlleva una defensa de la inconmensurabilidad en sentido fuerte.

Bibliografía

Burtt, E., (1960), Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna. Buenos Aires: Sudamericana.
Kuhn, Th., (2004), La Estructura de las Revoluciones Científicas. Mexico: Fondo de Cultura Económica.

viernes, 5 de abril de 2013

La interrogación filosófica


Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

¿Cuál es el sentido del preguntar filosóficamente hoy?

Preguntar filosóficamente implica emprender una reflexión, volver hacia lo pensado, repensar lo pensado. Es más un repreguntar insidioso, molesto, quisquilloso.
Que implica también, ir más allá de lo pensado, cuestionar, interpelar, preguntar-se sobre la posibilidad del pensar, sobre las condiciones que hacen posible el pensar, sobre el suelo en el cual el pensar se asienta.
En este sentido, resulta fundamental discutir las condiciones del pensar y su relación con el contexto en el que ese pensar se hace posible, ese suelo donde surge condicionado un pensamiento, una pregunta, el problema y su solución. Pero también, es un preguntar no ensimismado que se abre y en esa apertura busca al otro en su pensar, en su propia praxis.
Es esta una primera dimensión de la cuestión, dimensión sincrónica. Hay otra, la dimensión diacrónica, la que implica preguntar acerca de los sistemas de pensamiento, acerca de las capas de pensamiento. Es como un ir más allá – o mejor- más hacia lo profundo. Es un proceder que de ninguna manera consiste en una mera compilación o una historia de las ideas sino un procedimiento que involucra dilucidar los marcos que posibilitaron el surgimiento de tales respuestas y no otras.
Pensar la pregunta filosófica es preguntarse en situación, es efectuar un giro hiperbólico y si se quiere una espiral. Giro hacia el preocupar-se mismo, pero también, hacia el pensar en su relación dialéctica con la acción. Es interpelar la realidad para su transformación. Un demandar respuestas que hace crujir, que retuerce, contorsiona, busca nudos para deshacer embrollos, se aventura en los pliegues para hurgar en la trama. Preguntar es formular problemas concretos, esos que nos asaltan en la vida real y buscar vías de acción para su solución.
Por último, interrogar filosóficamente es preguntar por eso que hace posible la historia, la política, la ética, la economía, cualquier saber o filosofía como resultado de un preguntar suturado en otro tiempo pero revitalizado por tal o cual tradición. Y a la vez, es un preguntar en diálogo permanente con las disciplinas.
En definitiva, preguntar y pensar filosóficamente es más un filosofar vivo que un estudio de la filosofía, es ir más allá de una hermenéutica o una filología para asentarse en el extremo más duro y fértil del cuestionar mismo.
¿Y por qué preguntar filosóficamente? Porque paradógicamente parece que todas las respuestas fueron ya dadas.