La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 2 de diciembre de 2013

Sinsentido, contingencia y praxis (recargado)



Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

¿Y si el sentido de la vida es una ilusión? ¿Y si la vida no tiene ningún sentido? ¿Y si la historia tampoco tiene sentido? ¿Y si el sentido del tiempo histórico o el sentido de la vida aparecen como resultado de un centelleo, un fulgor, en la colisión, en la confrontación, en la antipatía entre el relato de nuestra procedencia y el de nuestro destino, entre lo que hicieron y harán de nosotros?
No insinúo que, en todo momento, la vida o la historia no tengan sentido. Digo que su impronta, desde el comienzo y en gran parte de su transcurso, es el sinsentido. Vida e historia permanentemente asediadas por la pura contingencia inexplicable, por el más incontrolable azar. Sin principios guía, sin sentido ni determinaciones. Es cuando aparentemente la vida tiene sentido que irrumpe el sinsentido de lo inesperado, lo no planificado.
Y todo lo dicho, no sólo se dice por eso de que el hombre es un ser que no elige nacer, ser arrojado al mundo, eyectado, un ser para la muerte, ser que va hacia la nada, cuyo sentido es la nada. Es más que eso pues si bien, la nada postmortem es inexorable, esa nada al ser considerada como una finalidad se constituye como un sentido: vamos hacia la nada. Nacemos para, subrayo el “para”, morir, “para” la nada.
Por ahora intento (no sé si puedo) decir algo distinto (no sé si inconmensurable) respecto al punto de vista de cierto existencialismo. De cierto modo, me abro al pensar y empiezo a rumiar algo más para reforzar cierta toma de posición. Comienzo a tantear, buscando también, un punto de partida para la reflexión que procure dejar de lado el tema de la inevitabilidad de la muerte para ver si, mientras tanto, mientras se vive, puede haber, efectivamente, algún sentido. Algún otro sentido que, por supuesto, no tenga un cariz fabuloso, fantástico. O si, por el contrario a ambos puntos de vista, lo único que queda es aceptar la completa carencia de sentido, de determinaciones, de libretos.
Y sí… No cabe en mi pensamiento ningún relato que pueda convertirse por arte de magia en una realidad para después de la muerte: no hay paraíso ni más allá. Asumo como punto de partida la idea de que no hay nada después de la muerte, ni nada antes de nacer. No hay un tiempo que trascienda la vida de un hombre. Me aparto de todo sucedáneo postmortem como la promesa de un cielo, paraíso o espiritualidad en un mundo etéreo, fabuloso.
Asimismo, quiero rechazar, por un momento, ese modo existencialista de pensar el sentido como tendencia, como una propensión hacia un fin inevitable; la nada, sentido en sentido teleológico. Pues creo que la nada no está allí al final del recorrido sino acechando todo el tiempo.
Vayamos por un carril tangencial entonces. Supongamos que no hay telos, no hay finalidades. Hay contingencia, azar, irrupciones, hay luchas, combates en los que aparece el quiebre de lo que aparenta, al menos por un momento, ser tendencial.
No se planea cuándo morir si es que el sentido de la vida es ir hacia la nada de la muerte. La muerte llega con la pura contingencia. Uno puede planearlo todo, puede vivir pensando que o bien da sentido a su propia existencia o bien se deja penetrar de un sentido que viene de otro lado, del más allá. Pero no puede planear cuándo morir si es que quiere vivir. Dejo el caso de los suicidas para otro momento.
No se puede tener todo definido antes de empezar una lucha. Ninguna estrategia, táctica o método aseguran un triunfo. Ningún plan boxístico, por citar un ejemplo, asegura el knock out. Aparece el otro, su plan, su acción. Aparece lo imprevisto, el cambio, la irrupción de lo nuevo. No hay mecanismo, no hay método, no hay estrategia ni táctica que pueda abstraerse al impacto de lo contingente para lograr una finalidad.
¿Qué significa estar vivo en ese contexto? ¿Y vivir? ¿Cómo pensar al hombre en este paisaje?
La vida del hombre quedaría enmarcada entonces en un cruce de tensiones: entre lo necesario y lo contingente, lo universal y lo particular, lo esperado, lo inesperado, lo que es y lo que no es, lo que es y lo que debe ser, continuidad y ruptura, lo inmanente y lo trascendente, interior-exterior, lo lleno y la falta, lo mismo y lo otro…
Vivir es vincularse con la propia existencia que es actividad. Esta existencia puede presentarse, también, como absoluta pasividad e inercia. Pero, para una vida comprometida, la realidad, el mundo, no puede manifestarse como un conjunto de leyes objetivas (al estilo de las leyes en las ciencias modernas naturales o sociales) al cual el sujeto está subordinado. Las leyes, relaciones entre cosas o propiedades de las cosas no están en las cosas mismas sino que son producidas por el hombre vivo. Cuando ellas se depositan en las cosas, cuando las cosas del hombre danzan al son de leyes hipostasiadas, el hombre deviene objeto en el mundo sometiéndose a esas leyes que el mismo profesó perdiendo de vista su carácter de creador. Nada queda de libertad cuando la actitud del hombre es meramente contemplativa.
En rigor, entiendo vida como actividad práctico-crítica, vida como intervención; y mundo, como mundo que se deja penetrar por un sentido del hombre activo cuya vida está comprometida. Así el mundo es un mundo humanizado creado desde el compromiso. Se disuelve, entonces, la distinción tajante entre hombre y mundo para instalar la idea de un mundo-humanizado y del un hombre-mundano.
El hombre-mundano es un extraño para los hombres extrañados de sí. Hombres que mientras viven esperan el correcto devenir de sus planes anclados en fuertes sentidos y tendencias. Vida mecánica la del hombre enajenado que ve extraño a quien se dispone a vivir en la entropía, en el puro cambio de planes, en la ausencia de mecanismos ni apoyaturas externas para dar sentido a la libertad.
El hombre-mundano se mantiene aferrado a una única constante, operar en el cambio. Me tienta pensar que lo que caracteriza la vida humana mundana es el sinsentido de la pura contingencia irrumpiendo, quebrando, desarticulando lo tendencial. Pero obligando a la construcción permanente de rearticulaciones de la praxis. Prefiero entender la subjetividad saliendo siempre fuera de sí, tendiendo a alguna cosa y sobrepasando siempre la pura subjetividad. Me gusta mentar que si hay transcendencia o superación del hombre ésta se da por su propia actividad que lo hace ir más allá de su subjetividad e individualidad. Sin sentidos hipostasiados, fosilizados, cristalizados. El sentido así concebido sólo puede adquirir su plenitud una vez leído en la huella del tiempo, del transcurrir de la vida misma, en el “diario del lunes”. Lo que está vivo termina siendo tratado, entonces, como una cosa inerte o abstracción. Se trata de un cambio de los acontecimientos que se experimenta como natural, normal, inmutable.
Pero una acción que intenta lograr el propósito x, mientras se construye, nace de la lucha, del conflicto entre lo dado y lo por hacer. Y entonces, ese itinerario que se construye a partir de la plena contingencia exige, pide, llama a, la construcción permanente de nuevas y transformadoras acciones que se re-articulen y penetren el mundo. Y reclama también un nuevo actor, el sujeto transformador, el político, el estratega, el creativo. Lo opuesto al dogmático, al mecanicista, al sujeto enajenado que surfea, que transita, que transcurre, que se deja llevar.
El individuo enajenado se mueve cual mecanismo en una máquina que el mismo se ocupa en mantener en funcionamiento perdiendo la conciencia de que dicho mundo es una creación humana. Y la máquina se presenta al individuo como un producto ajeno al hombre, ya acabado y mistificado, con detalles y caracteres irracionales. Mundo acabado que el hombre cree manipular cuando en rigor es él el manipulado. Lejos de un accionar creador, el hombre manipula creyendo que con dicha manipulación se empeña, que dicha manipulación del mundo consiste en una actividad transformadora. Y en la manipulación, el mundo aparece como un mundo utilitario. Hombre y cosas son artefactos, aparatos, instrumentos cuyo sentido es la mera utilidad. Sentido utilitario que se sobrepone o se solapa, históricamente, al sentido teológico-mistificado deviniendo sentido teológico secularizado. Como sostiene Karel Kosík marcando un contrapunto “el mundo de la praxis humana es la realidad objetiva humana en su nacimiento, su producción y reproducción”. Lejos queda dicho mundo del mundo de la manipulación y los aparatos a la mano.
En el contexto fetichizado de la vida que manipula, el futuro se construye a partir de un presente que no es preocupación y compromiso por la autenticidad de la existencia sino una escapada hacia delante. Futuro como fuga enajenada de la enajenación presente. Se niega lo que existe y se anticipa lo que no existe. El resultado: una vida inauténtica.
Así, historia es el nombre que recibe cada cambio que se produce en la humanidad, en su organización, en su cultura/civilización, como consecuencia de los cambios introducidos en la praxis humana. La historia es creación humana porque es el nombre que recibe la creación de nuevos modos de organizar el mundo social humano, la concatenación de transformaciones realizadas a partir de la voluntad.
En la pura práctica enajenada, el sentido de la vida quiere colarse como algo que viene de afuera. Pero la vida que busca un sentido, que se cree que hay uno prefabricado allí fuera, que no se lo crea sino lo asume como algo dado, como algo existente que penetra su ser, no es una vida auténtica.
Asimismo un proyecto que se cristaliza se torna un dogma para hegemonizar y a pesar de lograr en una primera instancia su objeto fijado puede morir en la inacción e incapacidad de transformación. Sólo una vida que no es vivida puede tener un sentido que viene de afuera. Sólo un proyecto que rehace permanentemente puede trascender a la petrificación. Un proyecto asumido como concluido y transcendente a la propia praxis es como un fósil.
La experiencia de vida que percibimos es consecuencia de un mundo no determinado y natural, sino que es un mundo cuyos creadores somos nosotros mediante nuestra praxis, por ello debemos organizarnos y generar nueva praxis permanentemente. El filosofar, en este contexto, renuncia conscientemente a tratar de proponer programas y objetivos a priori, pues es imposible pronosticar las capacidades y experiencias desarrolladas por el movimiento práxico sin cuya existencia nada nuevo emancipador puede llegar a existir.
Vida autentica es la vida vivida. Vivida y vivificada por la lucha, el poder y la voluntad de transformación. Vida auténtica, vivida y comprometida se opone a inauténtica o cosificada. No hay redención sin sacrificio, ni un mundo mejor sin pasión.
En definitiva, prefiero pensar que hay dos alternativas para contraponer a una vida comprendida desde el sinsentido y la contingencia – y habría que agregar también para la historia-: o bien vida como un catalizador de sentidos impuestos desde afuera o bien como una oportunidad para vivir auténticamente vivificando, construyendo caminos; como el hecho de tener que vivir sin pensar que hay un sentido impuesto antes que la plena contingencia. Entonces, algo nos obliga a actuar para convertirnos en verdaderos actores del drama de la vida: nuestro impulso a salir de nosotros mismos y proyectarnos al mundo mediante el poder, pasión, sacrificio y voluntad.
Es la idea de sentido como algo inmutable y trascendente la que quiero desterrar de mi pensamiento para instalar la del sujeto político, transformador, que opera en la contingencia para edificar todo el tiempo nuevos sentidos. Y sus productos pueden adquirir un estatus universal y trascender el acontecimiento - o una fase histórica-, pero siempre sujetos al cambio y renovación. Ninguna obra de los hombres será eterna e inmutable. Ni los clásicos, pues siempre serán pasibles de ser interpretados. Ningún mundo a la mano es un mundo humano si no existe conciencia de su creación y capacidad de una verdadera transformación.
Me entusiasma pensar, desde un enfoque sincrónico, en universales surgidos de una construcción colectiva, de una lucha, de la tensión y la búsqueda de transformar, que diacrónicamente se transforman a sí mismos en distintos pliegues porque no son inmutables.
Prefiero partir en mi pensar del sinsentido, de la contingencia y de la permanente búsqueda y transformación, de los planes – habría que decir también de las políticas- que no están nunca acabados, que siempre cambian y se acomodan a las contingencias y avatares de la vida misma. Sin esencias transcendentes, sin arquetipos, sin sustancia ni formas puras, todo devenir y cambio, lucha y tensión. Con una sola constante, la de reconocernos como los únicos responsables del qué hacer, capaces de decidir en libertad hacia dónde virar para realizar nuestra libertad y justicia.
Empezar entonces por el sinsentido para asumir que nada ni nadie va a venir a aportarnos respuestas. Que ningún dios puede salvarnos. Que los ídolos están petrificados y sus estatuas enmohecidas. Y entonces, seamos libres (y retomo aquí lo dicho por Kladakis acerca de la libertad cuando hacía referencia al pasaje de Cristo y el Inquisidor). Seamos creadores, revisionistas o  correctores de sentidos. Nada antes, nada después. Todo, vida y transformación. Seamos nuestros propios dioses, Cristos y redentores. Seamos pura voluntad, poder y esperanza.
Así que no más promesas vacías y amenazas ociosas; no más “si entonces”, no más "sin embargo", no más deseos impuestos desde el exterior hacia el futuro, no más negativas o límites fijados desde el pasado: ser libre al fin, estar perdido y a la vez, encontrado.
Porque sólo hay algo peor que ceder espacios y dejar de ser protagonistas de las transformaciones para dejarse cooptar por interpretaciones prefabricadas: convertirnos en aquello que nunca quisimos ser, aquello que negamos.

Están sin ser nombrados:

Kosik Dialéctica de lo concreto.
Lukács “La cosificación y la conciencia del proletariado” en Historia y conciencia de clase.
Weber Economía y sociedad.

Sartre El existencialismo es un humanismo.

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