La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 15 de diciembre de 2013

“Larga vida al gen”. Sociobiología, reduccionismo, determinismo genético y eugenesia en el siglo XX.

Introducción

  Sendos intentos por fundamentar o impugnar un orden social vigente a partir de una supuesta, imaginaria, o biológica naturaleza humana han sido esbozados a partir de la antigüedad desde la filosofía y más recientemente, desde la biología y las ciencias biomédicas. Efectivamente, la búsqueda de una esencia humana universal cuyo correlato sería la organización social lleva una larga historia en Occidente.

  Parece insólito hablar de la historia de una esencia o de una naturaleza humana porque como tal, dicha esencia debería mantenerse invariable, inmutable con el correr de los siglos, siempre indemne a las transformaciones que fueran operándose en las sociedades humanas. Sin embargo, lejos de la inmutabilidad, al recorrer la historia, encontramos distintas versiones acerca de la esencia humana, disímiles formas de postularla.

Como quiera que sea, lo cierto es que a partir del siglo XIX, ha ocurrido un cambio fundamental en la forma de sostener lo político. A partir de entonces, no será la filosofía quien tenga en sus manos la empresa sino la ciencia, que contribuirá brindando elementos teóricos para la construcción del discurso político. En efecto, desde hace dos siglos, la ciencia se ha convertido en uno de los espacios fundamentales para la elaboración de dichos discursos político sociales y la implementación de prácticas de control social y prescripción de roles. (Palma, 2001)

El recurrir a la ciencia como conocimiento objetivo y a salvo de cualquier contaminación de tipo ideológica contribuyó a legitimar, de algún modo, el relato de aquellos que, mostrándose a sí mismos como portadores de la verdad, buscaron defender y fundamentar el lugar de privilegio que ocupaban dentro de la sociedad, a la vez que naturalizar el orden dado. El fuerte ascendiente en el contexto académico de la teoría darwiniana de la evolución, la teoría celular, la antropología y el éxito de la física newtoniana marcaron, en el siglo XIX, una fuerte impronta en las ciencias sociales. A partir de la segunda mitad de siglo, existe un importante desarrollo de teorías sociales y políticas que apelan a metáforas propias de la biología y a la Medicina para obtener teorías e hipótesis que actuaran como apoyatura para la defensa de sus argumentos.  (Foucault, 2002)

Desde la biología, todo un corpus teórico arribó para afirmar que las relaciones que se dan entre individuos y grupos humanos derivan de ciertas condiciones constitucionales, heredadas o innatas. En definitiva, se sostenía que la estructura de las relaciones sociales no hace más que reflejar un hecho biológico. Efectivamente, el determinismo biológico consiste en afirmar que las normas de conducta compartidas por los miembros de una sociedad y también, las diferencias socioculturales y económicas que existen entre grupos humanos o clases sociales derivan de un conjunto de condiciones heredadas o innatas. La sociedad, su estructura y las relaciones que en ella se dan, entonces, serían un reflejo de la biología y los roles sociocultural y económico de los sujetos, un reflejo de su constitución biológica innata. (Gould, 1988)

Una gran cantidad de trabajos realizados sobre la eugenesia y sus implicancias, una forma de saber dentro de lo que se ha denominado naturalización y/o medicalización de las relaciones sociales, se han emprendido desde las perspectivas histórica, filosófica, política y ética, tomando como eje aquellas instituciones fundadas a lo largo de la primera mitad del siglo XX en Argentina o en América Latina.[1] Todos ellos ahondan en el análisis de las relaciones entre un contexto social, un ideal científico, un “espíritu de época” y el nutrido imaginario eugenésico que intentara plasmar sendas prácticas de control social, mediante un concierto de tecnologías sociales ligadas al programa eugenésico (por ejemplo: aborto eugenésico, control de la inmigración, fichas eugénicas, certificado médico prenupcial, castración eugénica o fichados biotipológicos).

No obstante, es escasa, en nuestro país, la reflexión acerca de la impronta de las teorías biológicas que sostendrían ciertos dispositivos eugénicos o discursos y saberes disciplinares que promuevan el uso de tecnologías sociales pasibles de ser asociadas a ciertas prácticas de control o prescripción de roles sociales en la actualidad o la implementación de una eugenesia actual. Concretamente, salvo honrosas excepciones, en nuestro contexto[2], es muy poco aún lo que se ha dicho sobre la apelación a la genética, en particular, sobre reduccionismo, determinismo genético y sociobiología y eugenesia actual. A esto se agregaría una problemática más, vinculada con los efectos que produciría en el imaginario social una ingenua, poco profunda y de escaso rigor crítico-conceptual presentación de los alcances y posibilidades concretas de las investigaciones en estas áreas, llevada a cabo por el denominado “periodismo científico”.[3]

Tal vez, esto pueda tener que ver con cierta visión hegemónica sobre la neutralidad del conocimiento científico imperante aún en los espacios de producción de saber médico y biológico, siempre dispuestos a barrer debajo de las alfombras sus más eminentes fracasos o los intentos de llevar a cabo prácticas de control social. Una mirada que se reproduce en diferentes ámbitos de producción científico-tecnológica o periféricos como el “periodismo científico”.

Pero muy a pesar de la hegemonía que las posiciones estándar ostentan todavía en vastos espacios académicos, y no tanto, con su liviana historia de los éxitos y los personajes ilustres sumada a una epistemología ingénua o cuanto menos, sesgada de prescripciones y cánones, desde hace años, la epistemología crítica, descriptiva, naturalizada y los estudios sobre la ciencia, tecnología y sociedad han remarcado la inocultable relación que existe entre el contexto de estricta producción científico-tecnológica con la cultura y el espacio social en el que dicha producción tiene lugar, resaltando las transferencias de sentido y la complejidad de interacciones que se dan entre uno y otro ámbito.

Este imbricado conjunto de relaciones se pone de manifiesto, por ejemplo, en la biología molecular. En concreto, tanto la genética clásica como la genética molecular - una a nivel cromosómico, la otra a nivel bioquímico- vinieron a sustentar que era posible establecer relaciones directas entre lo biológico y lo psíquico y sociocultural, requisito teórico fundamental para sustentar prácticas de intervención que postulen soluciones biomédicas a problemáticas psicosociales.

En el presente trabajo, intentaremos reflexionar acerca del modo en el que desde el discurso biológico, se intenta dar cuenta de los fenómenos sociales no sólo para explicarlos sino también, con la expresa pretensión de naturalizar cierto orden y fundamentar una política determinada. En resumidas cuentas, el objetivo de este artículo es analizar concretamente una de las principales formas que ha adquirido el determinismo, la sociobiología, y sus posibles consecuencias, entre ellas las vinculadas con su posible uso para legitimar prácticas eugénicas o las relacionadas con una información liviana o acrítica de las prácticas científico-tecnológicas. En definitiva, nos proponemos mostrar cómo desde este discurso académico se pretende legitimar científicamente la desigualdad (una cuestión social, económica y política) a partir de la diversidad (una cuestión de índole biológica).


2. Un poco de historia

  La biología se constituyó como disciplina científica a principios del siglo XIX al darse una suerte de integración entre la taxonomía de Linneo, los estudios de Cuvier y Buffon y la concepción de la historia de las especies aportada por Lamarck. Hacia la mitad del siglo, con la Teoría Darwiniana de la Evolución y la Teoría Celular se termina de consolidar el marco teórico para la nueva ciencia de la vida.

A principios del siglo XX, a partir del rescate de un trabajo de Mendel publicado en 1865 sobre la producción de híbridos, se establecen las bases para una nueva aproximación al mundo biológico, la genética. Los primeros genetistas disputaron la hegemonía con los evolucionistas a la hora de explicar el cambio biológico intentando mostrar que la mutación en sí misma y no la selección natural era la principal promotora de las transformaciones de las especies. En la década del 40, se consolidó el neodarwinismo con la teoría sintética de la evolución, ya no disputando un lugar hegemónico sino formulando modelos poblacionales compatibles con los del darwinismo original. Es a partir de entonces que la biología, que era considerada en el siglo XIX y todavía a principios del XX como la más blanda de las ciencias duras, comienza a cambiar de perfil, orientándose a posturas más deterministas. Físicos y químicos comienzan a tener la palabra a la hora de explicar ciertas cuestiones propias del ámbito de la biología. En efecto, en pocos años, dichos científicos se convertirán en los fundadores de la biología molecular cuyo objetivo central era proponer y revelar las bases moleculares de la vida. En 1953, aparece un modelo de estructura tridimensional de la molécula de ADN y con ella se inaugura la genética molecular.

Durante su primera etapa de investigaciones, la genética molecular expresó lo que se conoce como “el dogma central”. Se trata de una metáfora que supone un flujo lineal y unidireccional de información desde el ADN a las proteínas previo paso por el ARN. Dicho modelo recupera o recuerda, muy patentemente, las concepciones preformistas propias del siglo XVIII en las que lo biológico era resultado del despliegue de organismos diminutos contenidos dentro de otros organismos presentes desde la creación en la pareja original de cada una de las especies. (Lewontin, 1998)

Esta aproximación de la genética resultó sumamente exitosa para la comprensión de los procesos celulares, sustentando diferentes tecnologías y prácticas, como así también aplicaciones biotecnológicas. Poco a poco, el enfoque fue creciendo en popularidad, no sólo en el campo de la investigación científica sino también, en el de la divulgación, reproduciendo y profundizando la metáfora de que en los genes se encuentra la clave para comprender los procesos biológicos: la información contenida en ellos. Así, se refuerza la idea de que todo lo que se espera comprender acerca de lo biológico y la salud humana está en los genes. (Fox Keller, 2000)

De este modo, comienzan a asentarse en el imaginario ideas tales como que ningún problema biológico, biomédico – pero también, psicológico o sociológico- escapa a la fuerza analítica de los genetistas.  (Liascovich y Massarini, 2007: 547)

 Como quiera que sea, la nueva forma de ver el mundo biológico que se dispara a partir del éxito de la genética aporta nuevas herramientas intelectuales a aquellos que pretenden tender un puente entre lo biológico y la cultura. Es en este sentido que surgen propuestas de legitimación del orden social a partir de las causas biológicas. En el próximo apartado, veremos en detalle, el caso de la sociobiología.


3. La sociobiología como herramienta de legitimación del orden social

  Actualmente, tenemos una fuerte tendencia a creer en cierta omnipotencia del conocimiento genético. Dicha creencia consiste en la esperanza de que con el desciframiento de los códigos genéticos tengamos la oportunidad de dar a la humanidad el conocimiento de las causas de todos nuestros rasgos psicológicos y el control tecnológico suficiente para modificar las conductas no deseadas. Esta creencia, reforzada por algunos logros parciales en diversas áreas y alimentada en buena medida desde medios de comunicación y de divulgación, puede ser denominada “determinismo genético”. (Palma, 2002)

Entendemos que las fórmulas "todo lo que somos y seremos ya está previsto en nuestros genes"  o “en el nombre del gen” resumen en gran medida la idea determinista y reduccionista a partir de las cuales, se tejen los discursos que buscan saldar la distancia entre lo biológico, lo ambiental y la cultura.

Si bien existen enormes diferencias entre el discurso de la genética moderna y la filosofía clásica, como anticipáramos en la introducción a este trabajo, a partir de ambas, se ha intentado construir la misma estructura argumental apuntando a la consecución de los mismos fines; esto es: indagar en una determinada forma de naturaleza humana las causas de lo social y cultural.

Los aportes de la genética clásica y la genética molecular luego, el neodarwinismo y la teoría sintética fueron modificando – y al mismo tiempo, reforzando- el darwinismo inicial aportando nuevos argumentos a las causas deterministas. De entre un conjunto de prácticas enmarcadas dentro de lo que hemos denominado “determinismo biológico” (la frenología, la antropología criminal, las tecnologías sociales asociadas a la eugenesia, la biotipología o la eugenesia misma son algunas de ellas) surge en el siglo XX, la sociobiología como una forma más de explicar las conductas y jerarquías sociales sobre la base de diferencias biológicas.

En rigor, la sociobiología es la última versión del determinismo construida desde la biología por lo que puede sostenerse que es una forma de determinismo biológico. Sin embargo, desarrollada a partir de la década del 70, esta disciplina debería encuadrarse desde nuestro punto de vista, específicamente, dentro del “determinismo genético” puesto que, como afirmábamos más arriba, se basa en los éxitos de la genética y la biología molecular.

El libro de E. O. Wilson, Sociobiology: the new Synthesis, publicado en 1975, es considerado el puntapié inicial de la sociobiología moderna. En el último capítulo del libro, Wilson expone una serie de tesis e ideas acerca de la aplicación de la sociobiología al estudio de la mente y la cultura.

Pero… ¿Qué es concretamente la sociobiología? ¿Cómo opera para fundamentar sus argumentos?

Como sostiene Sober (1996), se trata de un programa de investigación que pretende utilizar argumentos tomados de la teoría de la evolución para explicar ciertas características significativas del campo de lo social, cultural y del comportamiento en distintas especies. Es un discurso teórico acerca del origen y la conservación de las conductas adaptativas por selección natural. No es sólo un programa de investigación centrado en la conducta sino también, un programa que se caracteriza fundamentalmente por el adaptacionismo, con un fuerte énfasis en la hipótesis de la adaptación individual.

La sociobiología intenta profundizar en las bases biológicas del comportamiento social partiendo de la selección natural y del concepto de eficacia inclusiva. La hipótesis central es que el comportamiento social de cualquier animal, incluido el hombre, expresa la tendencia a maximizar dicha eficacia; es decir, a dejar el máximo número posible de descendientes, tomando en consideración las alternativas que ofrece la situación y los costos a afrontar. Como la selección natural no puede funcionar si no hay variación genética, entonces estas conductas sociales deben tener alguna base genética. Resulta significativo el parentesco que se da en el uso de algunos términos con categorías empleadas en el campo de la teoría marginalista en economía. Lamentablemente, en este trabajo no tenemos espacio para indagar acerca de cómo en la construcción de la racionalidad misma de las teorías se da un tráfico de metáforas y una influencia del contexto de descubrimiento y el espíritu de época.

Como quiera que sea, desde la sociobiología se señalan ciertas similitudes y continuidades entre la conducta animal y la conducta humana. Muchas veces, se lo hace antropomorfizando las conductas animales. Sober (1996) en el capítulo 7 de Filosofía de la Biología, da cuenta del ejemplo de la utilización del término “violación” que diseñado para aplicarse a conductas humanas se extiende a otras especies.

La evolución por selección natural necesita que las diferencias fenotípicas sean heredables a las futuras generaciones. Por ejemplo, la selección de cierto rasgo que evite ser cazado por el depredador. La teoría de la evolución sostiene que las diferencias genéticas entre los progenitores explican las diferencias de los descendientes en la medida en que éstos heredan los genes de aquellos. Como sostiene Palma (2002), la cuestión es que este esquema básico se mantiene cuando la sociobiología intenta explicar alguna característica más compleja como por ejemplo, el odio, la infidelidad, la xenofobia, la homosexualidad, etc.

No todos los sociobiólogos comparten los mismos puntos de vista. Existen diferentes matices a la hora de exponer sus fundamentos. Algunos sociobiólogos, por un lado, sostienen que existen genes individuales o grupos de genes responsables de ciertos comportamientos sociales. Despectivamente se llama “genética de saco de judías” a esta manera de pensar. Para muchos científicos, incluido Gould, por ejemplo, por citar una figura prominente del campo de la paleontología y el darwinismo, la correspondencia uno a uno entre genes y fenotipo es falsa.

Esta es la postura que mayor fuerza ha tomado en los medios de comunicación. Dentro de este esquema, dado que la sociobiología pretende basarse en la teoría sintética que considera que la variación genotípica está en relación con la fenotípica encontramos a quienes sostienen que las variaciones culturales son una función de la variación que encontramos en la distribución de genotipos.

Wilson definía a la sociobiología como “(…) el estudio de la base biológica del comportamiento social (…) que lleva la teoría de la evolución al campo antes no darwinizado de la psicología y las ciencias sociales”. (Wilson y Lumsden, 1975: 235)  La definición da cuenta del sentido reduccionista de la propuesta. En efecto, se trata de una tesis profundamente reduccionista que da pie a toda suerte de práctica o planteamientos racistas. Si bien Wilson reconocía la complejidad de la mente humana y la diversidad producto de la cultura, al mismo tiempo sostuvo tesis fuertemente reduccionistas argumentando que “todos los dominios de la mente humana, incluso la ética, tienen una base física en el cerebro y forma parte de la biología humana” y por lo tanto, “ninguno está exento de análisis al modo de las ciencias naturales”. (Wilson y Lumsden, 1975: 235)

Por otro lado, tenemos también en el campo mismo de la sociobiología,  posiciones interaccionistas desde las cuales, se sostiene que los comportamientos humanos son una respuesta diferenciada a presiones tanto genéticas como ambientales. Desde esta perspectiva, el trabajo de la sociobiología y lo que ésta pueda decir adquiere una posición más débil que la anteriormente citada.

Por último, tenemos aquellos que sostienen que la maximización de la eficacia inclusiva (dejar mayor número de descendientes) no se vincula con comportamientos concretos determinados o controlados por genes sino con la capacidad de los seres humanos de elaborar herramientas culturales. Esto es así debido al desarrollo que ha adquirido el cerebro humano a lo largo de la filogénesis dadas las ventajas diferenciales que este hecho brindaba. Desde esta perspectiva, los genes no serían los encargados de producir comportamientos que aseguren su duplicación sino un potencial susceptible de utilizar cualquier material para lograr dicho resultado. Se trata de una corriente radicalmente opuesta a la primera.

Sober (1996) considera que la sociobiología es un programa que todavía puede desarrollarse aunque aún no exista evidencia empírica que lo sostenga. Como sostiene el autor, lo cierto es que algunas formulaciones populares de las ideas sociobiológicas han llegado a grandiosas conclusiones a partir de pruebas muy débiles. Se trata de las posiciones anteriormente mencionadas. Aún así, según el autor, debe darse una oportunidad al programa pues algunas posiciones debilitadas de la sociobiología - aquellas en las que tienen en cuenta los caracteres genotípicos tanto como los ambientales y se evalúa en qué medida están presentes en determinadas situaciones-  pueden prosperar, rendir sus frutos y ampliar nuestros conocimientos.

Más allá de las discrepancias que puedan tenerse respecto a la perspectiva epistemológica de Sober en lo que se refiere a la utilización, para nada ingenua, de la categoría lakatosiana de programa de investigación, lo cierto es que aún cuando reconozcamos que ciertas versiones debilitadas de la sociobiología puedan obtener algunos éxitos o impulsar estudios novedosos, existen consecuencias prácticas de sus desarrollos por fuera de la racionalidad misma de la ciencia, a nivel social e ideológico. Las posibles repercusiones en el imaginario social pueden fomentar ciertas prácticas fundadas en el determinismo genético.

A propósito de este último punto, hay una cuestión formal que debería aclararse. El procedimiento por el cual, se pretende concluir lo que debe ser (el mundo propiamente humano, ético y social) a partir de lo que es (el mundo natural) está viciado de un error lógico, falacia ya señalada claramente por David Hume en el siglo XVIII y retomada por el mismo Sober, en Filosofía de la Biología. (Sober, 1996) Como la diversidad (genética o fenotípica) es asunto biológico y la desigualdad es asunto ético-político, se trata de ámbitos inconmensurables. Caen en la falacia, no siempre ingenuamente, tanto aquellos que defienden la desigualdad sobre la base de la diversidad biológica como así también los que intentan, forzando las cosas, desconocer la diversidad para fundar la igualdad. Aún así, parece que en la vertiginosidad de la praxis no hay tiempo para la reflexión formal basada en la lógica. En efecto, esta notable crítica no ha evitado que se cometiera la falacia sino que por el contrario, la historia nos muestra que en repetidas oportunidades se ha operado para la legitimación del orden social a través de la apelación a la naturaleza humana de orden biológico.

Muchos intelectuales se han planteado el tema de la función ideológica en la sociobiología. De hecho, la cuestión que ronda las críticas es, lisa y llanamente, si la sociobiología es una ideología. Sober (1996) trata la cuestión con gran profundidad y rigurosidad, así que no nos detendremos demasiado en el desarrollo de sus puntos de vista. Diremos, solamente, que para el autor es necesario mostrar pruebas empíricas que demuestren que existe cierto sesgo en alguna parte del proceso de producción, difusión y aceptación de las teorías sociobiológicas. En este sentido, Sober sostiene - cosa que compartimos- que puede haber razones ideológicas en la persistencia del programa como también científicas.

Como quiera que sea, lo cierto es que la complejidad que se presenta a la hora de abordar los intercambios de significados entre el contexto de justificación y de descubrimiento hace que debamos ser cautos a la hora de extraer conclusiones. Ni todo es ideología, ni nada lo es. Sería mucho más interesante poner las cosas en términos complejos y ver qué parte de la racionalidad misma de las teorías sociobiológicas se nutre de significados provenientes del contexto de descubrimiento, que parte de dicho contexto resuena gracias a los aportes objetivos de la biología y promueve el desarrollo del programa no sólo desde el punto de vista racional sino también económico. Se trata de una tarea arto compleja que no podemos emprender en este artículo.


Conclusiones

  Si bien los sociobiólogos enrolados en las tendencias más fuertes nunca aceptaron compartir la idea de un gen un comportamiento, en el fondo de la cuestión, parece haber un pensamiento que reproduce la idea de que existen genes específicos. El proceder reduccionista opera epistémicamente como punta de lanza como marco desde el cual, apelando a la objetividad de las ciencias, se construye un discurso determinista desde el que se procuran establecer los ejes desde los cuales debe explicarse lo social y cultural.

Sea como sea, esta es la posición que mayor influencia y mayor efecto ha provocado en el resbaloso ámbito del periodismo científico, reproduciendo una mirada, por lo menos, poco seria y para nada rigurosa de lo que la ciencia y, específicamente, la genética molecular pueden aportar al conocimiento humano. Volveremos luego sobre el tema.

No nos detendremos demasiado en las críticas que le caben a la posición más fuerte dentro del campo de la sociobiología. El tema está más que trillado y a esta altura, consideramos que continuar apuntado las flechas hacia estas perspectivas no resulta tan interesante y fecundo como dedicarse a reflexionar acerca del impacto que otros discursos más sutiles puedan tener.

Como expresábamos en el punto anterior, la posición extrema, profundamente reduccionista, ha caído en desgracia tras un sinnúmero de críticas. Por otra parte, la tercera postura, aquella desde la cual, se sostiene que la maximización de la eficacia inclusiva no está vinculada con comportamientos concretos controlados por genes sino con la capacidad de los seres humanos de generar cultura, deja a los genetistas con un margen acotado como para decir algo desde la biología en sí misma y sus aportes se desplegarían sólo en el plano de las metáforas. Nos interesan más las posturas interaccionistas que sostienen que el comportamiento humano representa una respuesta diferenciadas a las presiones tanto del genotipo como del ambiente y el análisis de las posibles repercusiones en el ámbito de la divulgación.

Si bien las posturas interaccionistas que buscarían determinar las predisposiciones adquiridas a través de la evolución teniendo en cuenta la carga genética y la influencia del ambiente – esto es: que el mismo genotipo provocaría conductas diferentes en ambientes diferentes o genotipos diferentes podrían generarse por comportamientos semejantes a causa de presiones ambientales similares- debilitan las tesis más exageradas de la sociobiología, entendemos que no cuentan con una herramienta teórica potente para establecer dónde se encuentran, exactamente, los límites de incumbencia entre lo genético y lo ambiental. Así, decir que cierto rasgo está determinado en un tanto por ciento por la carga genética y otro tanto, por el ambiente no agrega mucho a lo que ya sabemos. Por otra parte, si llegara a poder anticiparse a partir de un genotipo, un determinado comportamiento o característica sociocultural en un ambiente específico, esto no implica que el genotipo sea el causante del fenotipo o que el medio lo sea en una proporción X. Además de la dificultad de precisar esa X tenemos un conjunto de problemas relacionados a la complejidad de los fenómenos que pretenden explicarse. A pesar de permitir al ambiente jugar un rol importante, los interaccionistas siguen teniendo el problema de la causación a la hora de demostrar cómo puede una determinada carga genética influir en un comportamiento social o cómo un ambiente determinado puede modificar la genética. La complejidad de los fenómenos y la dificultad de aislar o recortar casos de estudio en los que sólo jueguen algunos factores y no otros, hacen que sea muy difícil extraer conclusiones precisas acerca de qué grado de implicancia le corresponde tanto al gen como al ambiente.

 Para ir finalizando, nos parece interesante, ahora sí, retomar la idea del “peligro” que se encuentra inmerso cuando el flujo de información escapa del contexto interno de la ciencia al externo, tomando la forma de información, reproduciendo ciertas metáforas o representaciones, muchas veces, sin que medie una evaluación crítica. La semilla puede caer en tierra fértil y brotar en la forma determinista haciendo que se reproduzcan discursos sesgados. Albornoz el al (2006) advertían con suma claridad acerca del impacto que puede producir en los lectores la imagen ingenua y liviana de las prácticas científico-tecnológicas que reproducen dichos textos. Cuando en los diarios se publican artículos acerca del “gen de la fidelidad” o el “gen de la infidelidad” (hay para todos los gustos), se reproduce la idea de que existe un gen para un comportamiento.[4] En el imaginario y en el sentido común, se instala la idea de que también existirán genes para la violencia, la inteligencia, profundizándose así la mirada reduccionista y determinista y reforzando una construcción social de la mirada acerca del ser humano mismo, representaciones acerca de la salud y la enfermedad, lo normal y lo anormal, que pueden llevar a la reinstalación de prácticas eugenésicas en la forma de los ya tristemente conocidos “programas de mejoramiento genético”.

En correspondencia con la preponderancia de la lógica neoliberal y sus secuelas en el sentido común aún presente, el modelo reduccionista y determinista de la sociobiología puede promover ya no medidas para la puesta en marcha de tecnologías sociales asociadas a la eugenesia tomadas por parte del Estado como ocurrió en la primera mitad del siglo XX sino lo que Cabral y otros (2003) llaman una “neoeugenesia de mercado” en la que sobre la base de la información genética obtenida por cualquier individuo con los recursos económicos apropiados y la mediación del especialista se tomarían decisiones respecto a la descendencia. Por supuesto, esto dejaría excluida a la mayor parte de la población la cual, podría verse afectada por el manejo discrecional de la información por parte de los grupos de poder.

Como quiera que sea, el llamado de atención viene dado por el hecho de que con los productos del periodismo científico, la escasa reflexión en ámbitos académicos y dado el escaso nivel de crítica, se dan por sentadas ciertas cuestiones y así “en el nombre del gen”, puede sostenerse livianamente una vez más que los actos y conductas, las diferencias sociales y culturales lejos de estar dadas por cuestiones políticas y económicas surgen a partir de determinados caracteres genéticos.

Finalmente, una cuestión que no debemos perder de vista. Tal vez, la evolución biológica haya hecho que determinadas cuestiones orgánicas promovieran en los seres humanos el desarrollo de la mente y la cultura pero una vez logrado ese salto la filogenia transita nuevos rumbos inconmensurables con los derroteros genéticos y biológicos en general.


5. Bibliografía


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[1] En Argentina pueden citarse los aportes de Palma (2002), Miranda & Vallejo (2005), Vallejo & Miranda (2007), Miranda & Vallejo (2013) Gómez Di Vincenzo (2013). En las últimas décadas han aparecido también numerosos estudios sobre el movimiento eugenésico en distintos países. Véase, entre otros: Álvarez Peláez (1985, 1988, 1999); Chorover (1979); Glick, Th., Puig-Samper, M. & Ruiz, R. (edit) (2001); Kevles (1995); Romeo Casabona (edit.) (1999); Stepan (1991) o Suárez & López Guazo (2005). y otros.
[2] Son destacables los aportes de Liascovich y Masarini (2001) o (2007).
[3] No emplearemos en este artículo categorías como “divulgación” o “comunicación social de la ciencia” mucho más amplias que la de “periodismo científico”, una subárea de aquellas, muy  presente en diferentes medios de comunicación como los diarios, la radio y la televisión. Espacios en los que se pretende informar sobre las prácticas científico-tecnológicas y a lo sumo, se consigue a partir del uso de metáforas y analogías poco felices y equívocas como el “gen gay” o “infidelidad genética”, confundir a la opinión pública. Para un panorama más amplio en lo que se refiere a los aspectos más problemáticos de la divulgación científica, el lector puede consultar Palma (2012). El autor analiza más de 300 artículos aparecidos en los diarios de mayor circulación en Argentina en los últimos 10 años.
[4] Para profundizar, ver Palma (2012).

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