La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 16 de abril de 2012

Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Quinta parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

En esta oportunidad examinaremos dos cuestiones: el modo en que Gramsci discute el tratamiento que en el Ensayo Popular Bujarin da a la filosofía y cómo evalúa el concepto de ciencia implícito en el manual.

Gramsci sostiene que a Bujarin en el Ensayo Popular se le escapa el concepto mismo de metafísica porque se le escapan también los de devenir, movimiento histórico y la dialéctica misma. Esta última ocupa un lugar central si se quiere realizar una evaluación de cualquier propuesta o afirmación filosófica sin caer en el relativismo o en el escepticismo. Gramsci sostiene que comprender que una determinada filosofía surge en un contexto histórico social específico o dicho de otro modo evaluar una afirmación filosófica como verdadera en un período determinado, comprenderla como una expresión necesaria producto de una determinada praxis que supera toda la filosofía anterior pero que al mismo tiempo será superada y hacer todo esto sin caer en el relativismo o en cierta forma de escepticismo es un tarea muy difícil desde el punto de vista intelectual. En lugar de utilizar la dialéctica como una herramienta gnoseológica (basada, por supuesto, en una determinada ontología) Bujarin cae en el dogmatismo y “en una forma ingenua de metafísica”. (p. 26) El marxista italiano dice que esto es claramente visible cuando su camarada ruso pretende hacer del materialismo histórico una sociología sustentada sobre la base del materialismo vulgar. En vez de hacer del materialismo histórico, de la filosofía de la praxis una metodología histórica construye una metafísica ingenua basada en el materialismo clásico. En palabras de Gramsci: “En vez de una metodología histórica, de una filosofía, construye una casuística de cuestiones particulares, concebidas y resueltas dogmáticamente, cuando no verbalmente, con paralogismos tan ingenuos como pretenciosos.” (p. 26) Según Gramsci, lo que tenemos en el manual es una sociología basada en el materialismo metafísico. Así, en el Ensayo Popular, metafísica es solamente la filosofía especulativa idealista y no toda forma de especulación sistemática presentada ahistóricamente.

A continuación, Gramsci va más lejos en la crítica y califica la filosofía implícita en el Ensayo Popular como una forma de “aristotelismo positivista”. (p. 27) Por una lado, es positivista porque acepta acríticamente la lógica formal propia de los métodos de las ciencias naturales, porque la ley de causalidad, la búsqueda de regularidades, de la normalidad y de la uniformidad, en definitiva porque los presupuestos metafísicos y la gnoseología propios del mecanicismo sustituyen a la dialéctica. “Desde el punto de vista mecanicista, el efecto no puede superar nunca la causa o el sistema de causas; en consecuencia, no puede existir otro desarrollo que el achatado y vulgar evolucionismo”. (p. 27) En efecto, si lo que prevalece es la mirada mecanicista entonces los hombres deben contentarse con ser títeres movidos por los hilos de la historia, engranajes de una máquina cuyas leyes son externas y sobre las cuales no pueden operar. Esto traba toda posibilidad de transformación de lo dado. Por otro lado, es una forma de aristotelismo porque la filosofía del manual de Bujarin busca reducirlo todo a una causa final. Así toda la historia puede comprenderse como desarrollándose desde un punto, desde una causa y hacia un fin. Desde esta perspectiva se desemboca directamente en una mirada teleológica. Gramsci vuelve aquí a sugerir la lectura de las dos cartas de Engels publicadas en el Sozial Akademiker de las cuales, ya hemos hablado anteriormente.

En definitiva lo que tenemos según el marxista italiano en el manual de Bujarin es una suerte de “idealismo al revés, en el sentido de que los conceptos y las clasificaciones empíricas sustituyen las categorías especulativas, tan abstractas y antihistóricas como aquéllos.” (p. 27)

La cuestión lleva directamente al concepto de ciencia y en concreto, al de ciencia histórica. Parece que de lo que se trata a la hora de invocar a la historia es de encontrar allí las leyes que nos permitan prever los acontecimientos. Si uno se propone hacer la revolución entonces de lo que se trata es de brindar al militante la seguridad de que la historia está de su lado (algo muy notorio en el Manifiesto Comunista) y si la revolución ya está hecha, una buena forma de legitimar la situación dada es sosteniendo que era inexorable que suceda de tal modo desde el punto de vista del desarrollo histórico presentándola a su vez como el punto culminante de la historia (algo que ya se le había ocurrido a Hegel). En el manual de Bujarin, “el planteamiento del problema como una búsqueda de leyes, de líneas constantes, regulares, uniformes, [leyes en el sentido positivista, mecanicista, JAGD] va ligado a una exigencia, concebida de modo un poco pueril e ingenuo, de resolver perentoriamente el problema práctico de la previsibilidad de los acontecimientos históricos.” (p. 27 y ss.) Es por esto que se toma como referencia a las ciencias naturales para la historia, ellas permiten anticipar resultados. Basta con ver lo eficiente que resulta la física newtoniana a la hora de anticipar dónde caerá una bala de mortero realizando una serie de cálculos. Como en el positivismo, ella es invocada para servir de modelo de cientificidad. De lo que se trata es, como hemos visto, de buscar una causa, una causa final al estilo aristotélico para fundar y legitimar que la historia haya llegado donde llegó y anticipar hacia dónde va. Gramsci introduce a continuación una serie de proposiciones lapidarias un poco amparándose una vez más en el espléndido paraguas que le brindan las famosos Tesis sobre Feuerbach:

“En realidad, sólo se puede prever ‘científicamente’ la lucha pero no los momentos concretos de ésta, que son forzosamente el resultado de fuerzas opuestas en continuo movimiento, irreductibles a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se transforma en cualidad [el paso de la cantidad a la cualidad es una de las leyes de la dialéctica, JAGD]. En realidad se prevé en la medida en que se actúa, en que se aplica un esfuerzo voluntario y, por consiguiente, en que se contribuye concretamente a crear el resultado ‘previsto’. Por tanto, la previsión no se revela como un acto científico de conocimiento sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se hace, el modo práctico de crear una voluntad colectiva.” (p. 28)

El lector sabrá disculpar lo extenso de la cita. Creo que ella da cuenta claramente del posicionamiento político gramsciano en relación al modo en el que debe darse la lucha contra el capitalismo. De lo que se trata es de hacer (subrayo hacer) la revolución desde la lucha contra-hegemónica, buscando permanentemente evitar que la teoría se corra de la práctica, comprendiendo que las leyes son tendenciales y que somos los hombres los que hacemos la historia. Para Gramsci, es imposible conocer lo que será. Resuena aquí aquella fantástica frase de Groucho Marx (el otro gran Marx), esa que decía que lo único que no se puede predecir es el futuro. Según Gramsci, “Se conoce lo que ha sido o es, no lo que será porque es un ‘no existente’.” (p. 28)

Gramsci va a sostener que hay que “destruir el concepto mismo de ciencia” tal como está expuesto en el manual de Bujarin porque se ha tomado allí como modelo de cientificidad a las ciencias naturales del modo como lo establecía el positivismo. En el Ensayo Popular, Bujarin utiliza el concepto ciencia en muchos sentidos. A veces, como un determinado campo de investigaciones como la física o la química; a veces, como método. En entonces cuando el marxista italiano anticipa una serie de discusiones propias del campo de la epistemología, discusiones que se dieron a partir de la llamada revuelta historicista operada en la década del 60 y de la cual son algunos de los más renombrados referentes Thomas Khun (1922 – 1996), Paul Feyerabend (1924 – 1994) o Toulmin (1922 – 2009). En efecto, Gramsci sostiene que el método debe comprenderse históricamente y en función de un determinado contexto hostórico-social. No existe un único método a seguir para todas las ciencias. “Creer que se puede hacer avanzar una investigación científica aplicándole un método tipo, elegido porque ha dado buenos resultados en otra investigación, a la que se adaptaba naturalmente, es una extraña alucinación que tiene muy poco que ver con la ciencia.” (p. 29) Existen criterios generales, tampoco se trata de caer en el relativismo absoluto. Aun así estos criterios generales, estos acuerdos mutuos y valores compartidos surgen históricamente. Pero, como quiera que sea, no existe un método único.

Más adelante, Gramsci vuelve sobre la cuestión de cómo elegir a los oponentes cuando se trata de debatir en el plano ideológico (algo que ya hemos tratado en puntos anteriores) e introduce una perspectiva sobre cómo formar a los intelectuales orgánicos del proletariado para la lucha contra-hegemónica. Si lo que se pretende es elevar el nivel de la discusión de lo que se trata es de brindar a nuestros seguidores todos los elementos para que pueda juzgar lo mejor posible nuestra posición y así poder sostener nuestro punto contra los adversarios más inteligentes y capaces. Esta guerra de posiciones en el plano intelectual permite según Gramsci: “a) mantener y (…) reforzar en el bando propio el espíritu de diferenciación y de escisión; b) (…) crear el terreno para que el bando propio absorba y vivifique una doctrina original y propia, correspondiente a sus condiciones de vida.” (p. 30)

Más adelante estudiaremos cómo se ocupa Gramsci de la cuestión de “la realidad objetiva del mundo exterior” y la discusión con el subjetivismo y el solipsismo. Allí Gramsci no sólo criticará al Bujarin del Ensayo Popular sino también al de la ponencia “Teoría y práctica desde el punto de vista del materialismo dialéctico” presentada en el II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología de Londres. A modo de anticipo, para el marxista italiano, esta cuestión es menor dado que la gente común, el público al cual se dedica el manual, lejos está de plantearse tales problemáticas. La exposición del problema de la existencia o no del mundo exterior responde para Gramsci “más a un prurito de pedantería intelectual que a necesidades lógicas (…) Basta enunciar el problema de este modo para oír en seguida una carcajada irrefrenable y estruendosa.” (p. 31) La gente cree en la existencia del mundo exterior y ya.


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