La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 16 de octubre de 2011

Las cabezas parlantes y el desarrollo de la mecánica

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo



Las cabezas parlantes mecánicas (en inglés, the talking heads) que reproducían sonidos artificiales irrumpieron en el escenario de las cortes europeas desde el siglo X de nuestra era, causando en el público, espanto, curiosidad, interés y estupefacción. Se trataba de artilugios mecánicos construidos con el objeto de producir placer y diversión en las cortes medievales. Desde el papa Silvestre II (Gerberto de Aurillac) (945 – 1003), Alberto Magno (1193/1206 – 1280), Grosseteste (1175 - 1253) y hasta Roger Bacon (1214 - 1294) construyeron sendas cabezas parlantes mecánicas corriendo el riesgo de ser acusados de herejía por la Inquisición. Más allá de las toscas acusaciones propias de mentes muy proclives a ver brujas por todos lados, la verdad es que las cabezas parlantes no eran más que ingeniosos artefactos construidos con el propósito de entretener a los espectadores incapaces de notar, en principio, que detrás de aquellas fantásticas siluetas, se ocultaba un espléndido artefacto de relojería. Claro es que el truco no duraba mucho y en poco tiempo todos sabían de qué se trataba.



Sin embargo, la historia de los autómatas tiene raíces más profundas. En efecto, puede rastrearse esta clase de artilugios hasta la antigüedad. En el Anciano Egipto algunos dioses despedían fuego de sus ojos gracias a la incorporación de dispositivos diseñados para tal fin en las estatuas. Otras tenían brazos mecánicos que eran accionados por los sacerdotes del templo. Algunas hasta emitían sonidos guturales cuando el Sol las iluminaba.



Los griegos incorporaron en sus templos artilugios capaces de realizar distintos movimientos y efectos visuales gracias al uso de fluidos hidráulicos con el propósito de crear una atmósfera mística, para contagiar a los asistentes. Archytas (428 a.C.- 347 a.C.), famoso inventor del tornillo y la polea, había construido una paloma mecánica, capaz de volar gracias a vapor de aire en propulsión. Por su parte, Herón de Alejandría (10 d. C. –70 d. C.) escribió el que es considerado el primer libro sobre la temática autómata. En este trabajo desarrolla temáticas relacionadas con la construcción de artilugios mecánicos inspiradas en los descubrimientos de Arquímedes de Siracusa (287 a. C. – 212 a. C.). Estos artefactos, específicamente, eran construidos con el objeto de entretener a las masas. Se trataba de aves que gorjeaban, volaban y bebían, estatuas que vertían vino o puertas automáticas, todas producidas por el movimiento del agua, la gravedad o sistemas de palancas. Existió hasta un teatro en el que distintos muñecos representaban la Guerra de Troya.



Estos son algunos ejemplos, por supuesto hay muchos más. Como sea, este sobrevuelo histórico deja picando una pregunta de especial interés para todo aquel curioso, interesado en la historia de la ciencia y la tecnología y en la historia y las ciencias en general. Porque el tema de las cabezas parlantes y los autómatas antiguos actúa como un espléndido caso testigo a partir del cual emprender una interesante reflexión histórica y sociológica. Se trata de explicar por qué, con todos estos conocimientos de mecánica, los antiguos no fueron capaces de diseñar máquinas industriales, herramientas y artefactos cuyo propósito fuese la producción de bienes que mejoraran las condiciones de vidas de nuestros antepasados. Planteado de otra manera… ¿Por qué los antiguos conociendo la capacidad de los fluidos de ejercer fuerzas y realizar trabajo no hicieron una revolución industrial?



La respuesta no proviene del campo de la técnica, no viene de la mano de la historia de la tecnología o de la ciencia en sí mismas. Efectivamente, para entender qué es lo que ha pasado hay que correrse de dichos ejes, para ponderar cuestiones que ocupan un importante espacio en el contexto social, cultural y económico. En otras palabras, debemos emprender un estudio multidisciplinar.


Sin vueltas… Para que la revolución industrial tuviera lugar no sólo eran importantes los conocimientos específicos propios del campo de la mecánica o la ciencia en general sino que debían darse importantes desplazamientos en el orden de los social y económico. Muy sintéticamente puede comprobarse que los antiguos no necesitaban máquinas industriales que les permitieran fabricar bienes de subsistencia porque para eso contaban con un ejército de esclavos capaces de realizar las tareas bajo amenaza de muerte. Asimismo, los hombres del Medievo no eran proclives a promover la innovación científico-tecnológica porque un grupo de siervos de la gleba y campesinos trabajaban el principal medio de producción de la época, la tierra, bajo coacción. Ellos aseguraban, mediante su trabajo, no sólo su supervivencia sino la de los nobles y el clero, mediante el pago de impuestos o contribuciones en especies. A ningún señor feudal le interesaba innovar porque siempre, independientemente de las cambiantes condiciones, tenía asegurada la afluencia de grano y demás bienes por la vía de la coacción extraeconómica. Un fuerte anclaje en las tradiciones, posiciones conservadoras, un orden jerárquico (tanto en lo natural como en lo social) fundamentado teológicamente y una mirada teleológica de la naturaleza eran todas caracterísitcas de las formaciones sociales precapistalistas.



De aquí surgen algunas conclusiones interesantes. Porque desde la perspectiva que estoy planteando, no es únicamente la tecnología la que dicta los cambios que se dan en el orden de lo social y económico sino que se trata de una dialéctica entre las modificaciones que tienen lugar en el contexto sociocultural, económico y los desarrollos científico-tecnológicos los que imponen los adelantos en general. En efecto, la historia muestra que debemos esperar el ascenso, desarrollo y consolidación de la burguesía en el poder para que los artilugios, máquinas y herramientas utilizadas, en principio con propósitos estéticos, se conviertan en elementos para la fabricación de bienes industriales. Y esto porque de lo que se trata ya no es de extraer el excedente de la producción, mediante la fuerza, como se daba en el orden feudal sino de producir plusvalía a partir de la elaboración de bienes que puedan ser colocados en el mercado. Para ello debieron darse previamente una serie de transformaciones paralelas como de desarrollo del comercio, el auge que comienzan a tomar ciertos puntos neurálgicos geopolíticamente importantes y la demanda de nuevos desarrollos en el campo de la navegación y transporte de bienes impulsada por esa nueva clase de protagonistas más interesados en ganar fortunas mediante la compra y venta de bienes que por medio de la coacción física o por el sólo hecho de tener sangre azul o ser los elegidos de Dios. Y la ganancia aumenta con la productividad, siendo capaces de producir más a menor costo. Dicho de otro modo, de lo que se trata es de aumentar la capacidad de producir bienes más eficientemente mediante la innovación científico-tecnológica. Por eso la burguesía fomenta el desarrollo de las universidades, crea instituciones científicas y adhiere a cuanta filosofía apoye el progreso científico y tecnológico. Se trata de todo una serie de cuestiones que tratadas en detalle excederían ampliamente los límites del presente artículo y que se articulan para que con el tiempo una nueva clase dispute poder a la nobleza, la clase burguesa.1


Como quiera que sea y volviendo a las cabezas parlantes, resulta interesante marcar la diferencia que existe entre esas que eran utilizaban por los antiguos para entretener a las masas o crear efectos especiales en los templos y las que desarrollan los intelectuales propios de los albores de la modernidad también con el propósito de entretener a las cortes pero con el agregado de la curiosidad y el auge de la innovación. Porque en efecto, estos últimos desarrollos actúan como puente entre la antigüedad y la modernidad desarrollando la tecnología que permitirá articular una serie de conocimientos que llevarán al desarrollo de una serie de cabezas parlantes que actuaron como plataformas de investigación y experimentación que de algún modo que debe estudiarse más a fondo promovieron la realización de mejores mecanismos de relojería. En otras palabras, ya no se trata de crear mecanismos sólo para entretener sino que el objetivo es investigar.


1- Para ampliar puede consultarse Gómez Di Vincenzo, J., (2011): El ajedrecista y el relojero, Jorge Baudino Ediciones, Buenos Aires.

sábado, 1 de octubre de 2011

Las palabras, las cosas, la epistemología, la historia y Foucault. (Quinta parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

Algunas críticas a la propuesta foucaultiana



Tal vez, uno de los mayores problemas que deba afrontar el enfoque foucaultiano tiene que ver con una falta, una falencia. En efecto, no hay en él un salto teórico que permita ira hacia una praxis transformadora. El dispersar el poder por todas partes no hizo posible explicar cómo surge una resistencia y la oposición que vaya más allá que aquella que puede ejercer cada individuo por separado en cada punto donde el poder lo toca. Así, con el poder, se dispersa también la resistencia, cosa que no hace mella al poder centralizado el cual, como sabemos desde Marx, es ejercido por los representantes de la clase más revolucionaria de la historia. En definitiva, no nos quedarían más que espíritus libres, muchos de ellos todavía sometidos.


El enfoque del francés es importante pero debe complementarse con una mirada totalizadora que permita comprender las causas del surgimiento del capitalismo y las regularidades de su funcionamiento en las distintas etapas de su desarrollo. El cambio en las formas de poder debe abordarse considerándolo siempre en tránsito en paralelo con el desarrollo del modo en que se pauta el proceso de trabajo y su relación dialéctica con las relaciones de producción en el modo de producción capitalista. Como ya sugería Marx en los Grundrisse, es imprescindible articular la lógica de funcionamiento del sistema y la historia de las categorías; o como más recientemente sostuvo Poulantzas en Estado, Poder y Socialismo, la crítica de la teoría del Estado capitalista no puede aislarse del estudio de la historia de su constitución y su forma de reproducción.


Desde esta perspectiva, no puede perderse de vista que el poder se basa en la explotación que ejerce una clase propietaria de los medios de producción hacia otra de proletarios. El modo en que se complejizan las cosas, el hecho de que hasta los proletarios contribuyan a reproducir la lógica capitalista, que el poder se distribuya en microfibras y demás cuestiones claramente mostradas por el intelectual francés, se fundamentan en ese hecho. Pero por momentos, leyendo a Foucault (y ni qué hablar a algunos foucaultianos) parece que el poder, así sea entendido como relación, se fundamenta en sí mismo. Lo que debe emprenderse necesariamente para completar o complementar las concepciones foucaultianas es el análisis de las fuentes de poder. Lamentablemente, cuando hurgamos en la obra del gran intelectual francés, sólo encontramos ciertos atisbos de este tipo de emprendimiento en el monumental Vigilar y Castigar.


En síntesis, Foucault no nos dice como emprender una lucha contrahegemónica. Sólo indica, a mi juicio genialmente, los grandes rumbos. No es un tema menor. Tampoco es este el lugar para achacarle a Foucault las cosas que no hizo, para juzgarlo por no haber sido Gramsci. Tal vez deba ser nuestra tarea continuar profundizando sus análisis. Por otra parte, existe un costado de la propia producción foucaultiana que debe ponderarse. Ese costado aflora en algunas entrevistas o conferencias. En varias oportunidades, Foucault mismo da cuenta de la relación que existe entre el poder y la explotación económica.


No obstante, el gran problema que surge de la exageración del carácter omniabarcador del poder no es resuelto y trae, como decía, tremendas consecuencias para el enfoque. Como sostiene nuestro ya conocido Acanda en su excelente De Marx a Foucault: poder y revolución apelando al poder de síntesis de Poulantzas y citándolo,


“Si no se puede fundamentar el poder fuera del poder mismo, si no se devela la contelación compleja entre dominación y explotación, entre lo político y lo económico, el poder acaba por ser esencializado y absolutizado, se convierte en una ‘esencia fagocítica’ que todo lo devora, y no sólo la resistencia queda sin posibilidades de ser explicada, sino que queda también sin explicación la propia existencia de un sujeto capaz de entender la existencia de la dominación, de desmontarlo racionalmente y de exponerlo teóricamente.” [1]


Dicho en otros términos, la ontologización del poder y su carácter omniabarcador no posibilitan desnaturalizar la lógica mediante la cual se produce y reproduce el modo de producción capitalista y la dominación en él, no permite la lucha contrahegemónica.


En futuras entradas trataré de enfocar el análisis en la episteme del francés y las críticas que se le han formulado desde distintos ámbitos.


[1] Tomo la cita de Acanda (2000): “De Marx a Foucault: poder y revolución” en AA VV Inicios de partida. Coloquios sobre la obra de Michel Foucault, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana.