La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

martes, 15 de febrero de 2011

Notas acerca de “El Leviathan y la bomba de vacío” (Segunda parte)

José Antonio Gómez Di Vincenzo
En la para mi gusto algo extensa primera entrada de esta saga estudiamos principalmente los aspectos meta-teóricos, el modo en el que Shapin y Schaffer abordan la cuestión. Y la cuestión precisamente consiste en centrarse en la disputa entre Robert Boyle (1627 – 1691) y Thomas Hobbes (1588 – 1679) en torno al modo en que debe hacerse filosofía natural. Veamos, entonces, en qué consistían precisamente las posiciones enfrentadas.

Para Boyle, el conocimiento genuino en filosofía natural surgía gracias al experimento. Dicho conocimiento se fundamentaba por los hechos que el experimento producía. La solución experimental era para Boyle y sus colegas experimentadores efectiva, adecuada y segura. Se establecía una frontera crucial alrededor de las prácticas experimentales desarrolladas como una nueva forma de vida en la que el disenso era seguro, fértil y más que necesario para la construcción de conocimiento. A diferencia, el disenso que violaba las fronteras establecidas por la vía del acuerdo previo entre los miembros del grupo era considerado fatal y claramente rechazado. La producción experimental llevaba implícita una aceptación de acuerdos, convenciones sociales y discursivas, todo consistía en un gran trabajo que dependía de un determinado modo de organización social. Hobbes no estaba para nada de acuerdo con esto. Para él, los procedimientos propuestos por Boyle jamás permitirían llegar al grado de certeza que la filosofía natural busca para su conocimiento. La empresa experimentalista era considerada por Hobbes como inválida desde el punto de vista filosófico. La aceptación al programa propuesto por Boyle para la filosofía natural implicaba de parte de Hobbes la paralela aceptación de un determinado modo de organización social el cual para el filósofo del Leviathan era inadmisible. Esto último es importante puesto que se relaciona con su posición política tal como veremos más adelante. Fue así que Hobbes argumentó que la frontera que Boyle proponía más que asegurar un orden conllevaba al desorden. Para él, el orden podía ser asegurado manteniendo un lenguaje filosófico adecuado y no descartando un lenguaje metafísico apropiado. Esta última cuestión tiene que ver con el hecho de que Boyle se reusaba a ponderar las cuestiones metafísicas que aparecían particularmente cuando se hablaba de vacío. Recordemos que su existencia o no dividía a los filósofos naturales desde la edad media. Para Hobbes, un vacío definido del modo en que Boyle lo definía (espacio carente de toda sustancia corporal) no podía existir en la naturaleza y tampoco, podía producirse en el espacio experimental a través de ningún mecanismo. En síntesis, según Hobbes, la máquina no era capaz de producir vacío porque el vacío no existe o no puede existir en la naturaleza.[1]

Es preciso aclarar que la lectura que Hobbes hace del trabajo de Boyle no tiene que ver con un no entendimiento, una mala comprensión o un impedimento cognitivo de algún orden. Las cosas no son tan simples cuando uno comienza a adentrarse en los pequeños pliegues de la historia y en sus particularidades. El salto del feudalismo al capitalismo se dio junto con una serie de mediaciones en las cuales intelectuales como Thomas Hobbes quedaron atrapados. En este sentido, la discusión que Hobbes tiene con Boyle no es la misma que tiene con los peripatéticos o los escolásticos. Lo que tenemos es una discusión entre representantes de la modernidad. En efecto, Hobbes era un moderno como Boyle sólo que, en primer lugar, y esto no es un dato menor estaba defendiendo una posición en el campo intelectual y defenderla implicaba defender el modo en que él mismo producía conocimiento. Pero también, en segundo lugar, para Hobbes su sistema aseguraba el orden y el orden era una preocupación central para este filósofo habida cuenta que, desde su punto de vista, la guerra civil que había tenido que afrontar Inglaterra y debida a las luchas contra la monarquía había sido ocasionada, justamente, por el desorden en que había caído la sociedad inglesa. Por último y en relación con lo anterior, había mucha sensibilidad en él frente a la cuestión del disenso que se extendía en algunos intelectuales durante el período de la Restauración posterior a la guerra civil. El hecho de que Hobbes no aceptara el vacío no puede leerse como una alineación con el pensamiento medieval ni mucho menos.

En el caso de Boyle, la propuesta consistía en que los hechos fuesen establecidos por el agregado de las creencias individuales. Era fundamental que los miembros de un colectivo intelectual (la comunidad científica alineada dentro de un paradigma como diríamos desde un punto de vista kuhneano) se aseguren unos a otros la creencia en que la experiencia empírica estaba garantizada y que cualquier objeción que viniera de afuera era puramente metafísica. Los hechos que surgían del experimento se garantizaban en sí mismos y garantizaban las bases de las creencias dentro del colectivo. Es por esto que no se consideraba valiosa una experiencia de la cual daba testimonio un solo sujeto por más bien planeada que estuviera. El hecho surge, entonces, no sólo como una categoría epistemológica sino también, y este es uno de los puntos más interesantes que traen nuestros autores sobre el tapete, sociológica. El conocimiento considerado genuino aparecía a partir de prácticas consideradas genuinas y como resultado de un artificio de comunicación y de un determinado modo de organización social. El establecimiento de los hechos dentro del programa experimental se realizaba mediante la aplicación de tres tecnologías[2]: una tecnología material expresada por la construcción y el uso de la bomba de vacío propiamente dicha para producir fenómenos; una tecnología literaria cuyo fin era dar a conocer dichos fenómenos producidos experimentalmente y convencer a aquellos sujetos que no habían sido testigos directos de los hechos haciéndolos partícipes de la creencia; por fin, un tecnología social que se da por las convenciones que debían ser puestas en práctica por los experimentalistas. Cada una de estas tecnologías involucra a la otra.

Hobbes, por su parte, consideraba que la experiencia no aseguraba el conocimiento legítimo. Para él, la seguridad venía dada por el uso del lenguaje filosófico apropiado elaborado sobre la base de las definiciones. Si tomamos como ejemplo la discusión en torno al problema del vacío, Hobbes sostuvo en varios lugares que tanto su existencia como su inexistencia no podía establecerse por medio de un discurso absurdo o el uso inapropiado de las palabras sino en argumentos sólidos. Así se distanciaba de la escolástica medieval. Para Hobbes, el conocimiento fáctico, basado en las percepciones sensoriales, no poseía una posición epistemológica privilegiada dado que no era capaz de asegurar la certeza y el valor universal. Hobbes no aceptaba dentro de su esquema la idea de agencia humana en relación al relevamiento de los hechos fácticos. Los hechos de la naturaleza eran independientes de los hombres. Así quedaba establecida una distinción tajante entre el conocimiento fáctico (llamado por Hobbes “historia natural”) y la filosofía que sí involucraba la agencia humana dado que eran los hombres quienes por la vía deductiva construían racionalmente un conocimiento de lo universal y necesario. No se pueden controlar los hechos de la naturaleza pero sí podemos controlar el establecimiento de definiciones. Acordando nociones inteligibles de causas podemos lograr un conocimiento genuino. Para Hobbes, como sostienen Shapin y Schaffer, la filosofía y la ciencia estaban constituidas por el conocimiento de las consecuencias y las causas, su modelo no podía ser otro que la geometría. El conocimiento, la ciencia y la filosofía iban por un lado, la creencia y la opinión, por otro. De este modo, la solidez del conocimiento estaba dada por la deducción y la buena filosofía. La creencia y la opinión eran variables, provisionales, intencionales, sesgadas por pasiones e intereses privados. La consecuencia de confundir creencia con conocimiento, eso que proponía Boyle, fundar el orden en el desorden, tenía para Hobbes, consecuencias nefastas y llevarían nuevamente a la guerra civil.

En un próximo encuentro continuaremos adentrándonos en la fascinante posición hobbesiana. Indagaremos un poco más en su física, en su ontología y gnoseología tratando de leer el Leviathan, como proponen Shapin y Schaffer, como un libro de filosofía natural. Veremos además cómo todo esto se relaciona con su filosofía política.

[1] En rigor, la posición de Hobbes respecto a la existencia o inexistencia de vacío, dicho de otro modo, qué postura adoptaba en el debate entre plenistas y vacuistas, fue variando desde 1640 a la publicación de De Corpore, su tratado de filosofía natural de 1655. Anteriormente había utilizado la teoría del vacío diseminado en sus tratados ópticos entre 1644 y 1646. Sostuvo que este podía producirse debido a dilataciones del sol. Es interesante, porque con este concepto, Hobbes atacaba el plenismo cartesiano. En la década del 40, hobbes había utilizado la distinción epicureana entre vacuum disseminatum (espacios vacíos microscópicos diseminados en la materia) y vacuum coacervatum (vacío macroscópico producido por la ausencia de toda sustancia material).

[2] Los autores se inspiran en el trabajo de Carl Mitcham, famoso filósofo de la tecnología, que en Philosophy and the History of Technology demuestra que Platón diferenciaba dos tipos de techné: una que consistía en el trabajo físico y otra asociada al discurso. Así tecnología puede ser usada no sólo en relación a las máquinas sino también a las prácticas sociales.

martes, 1 de febrero de 2011

Notas acerca de “El Leviathan y la bomba de vacío” (Primera parte)

En 1985, Steven Shapin (n. 1943) y Simon Schaffer (n. 1955) publican El Leviathan y la bomba de vacío[1] texto en el que examinan el debate entre Robert Boyle (1627 – 1691) y Thomas Hobbes (1588 – 1679) en torno a los experimentos llevados a cabo por el primero mediante el uso de la famosa máquina. El título hace referencia tanto a la más famosa obra de Hobbes, el Leviathan, un libro que pasó a la historia por contener su propuesta de teoría política y la estructura de la sociedad y al artefacto mediante el cual, los experimentadores provocaban el vacío e investigaban acerca del comportamiento mecánico de los gases. En el primero, los historiadores tendieron a ver sólo filosofía política mientras que Boyle pasaba a la historia como uno de los más destacados filósofos naturales del siglo XVII. Shapin y Schaffer rescatan del debate entre ambos el trasfondo filosófico relacionado con las diferentes ontologías y epistemes implícitas en las posiciones de los protagonistas mostrando que Hobbes no fue sólo un gran filósofo político sino también, un inteligente filósofo natural, que el Leviathan puede leerse en clave de filosofía natural y que dicha filosofía va de la mano con su posición acerca del fundamento de la política y la legitimación del orden social. Es a partir de aquí y de la lectura del contexto social y político en el que se da el debate que puede comprenderse la afrenta de Hobbes contra los experimentalistas[2].

El Leviathan y la bomba de vacío ocupa un lugar destacado dentro de lo que conocemos como Estudios acerca de la ciencia, tecnología y sociedad o los Estudios sociales acerca de la ciencia y la tecnología. Su aporte es fundamental tanto para la filosofía y la historia de las ciencias como para las ciencias políticas o la filosofía política. Esta serie de notas no tiene otro objetivo que el de acercar el libro al lector y plantear muy someramente algunos interrogantes. La idea es ir aproximándonos al libro progresivamente y en sucesivos encuentros.

Antes de comenzar, caben algunas aclaraciones. No es mi intención reproducir aquí una reseña. Las hay en muchos lugares y muy bien escritas. De lo que se trata es de apuntar a las cuestiones filosóficas e históricas centrales planteadas por los autores desde su posicionamiento teórico en el campo de estudio, mostrando si esto sale bien no sólo los interesantes temas sobre los cuales el libro echa luz sino también, la potencia de la perspectiva de los autores como historiadores y filósofos de la ciencia. Esto implica que, por una parte, tendremos que decir algo sobre la posición meta-teórica a partir de la cual Shapin y Schaffer tejen su obra; pero además, iremos desarmando el libro para dar cuenta de ciertos temas centrales. Finalmente, una cuestión más. Debo prevenir al lector que en el devenir de las entradas no respetaré el orden de los capítulos. Trataré de esbozar un orden más a fin a la necesidad didáctica que al de seguir fielmente la exposición de Shapin y Schaffer. Con lo cual tendrán que disculparme tanto los exégetas como aquellos colegas más preocupados por las exigencias formales que por los contenidos. En estas notas seguiremos la edición de la Universidad de Quilmes del 2005.

Pues bien, veamos. En principio lo que habría que decir es que los autores plantean la siguiente tesis: “las soluciones al problema del conocimiento están incorporadas a las soluciones prácticas dadas al problema del orden social, y que diferentes soluciones prácticas al problema del orden social involucran soluciones prácticas distintas al problema del conocimiento” y además “esto era aquello sobre lo cual versaba la controversia entre Hobbes y Boyle” (p. 44). Dicho de otro modo, la manera de concebir el modo de construir conocimiento se relaciona con el modo en que planteamos el fundamento de la política y el orden social pero a su vez estas últimas, las cuestiones prácticas, involucran un determinado modo de plantarse frente a los problemas gnoseológicos. Hobbes defendía un modo específico de gnoseología con la cual podía fundamentar sus posiciones políticas que era coherente con la manera de concebir el mundo ontológicamente hablando y el conocimiento mientras practicaba la filosofía natural. Esta posición se daba de bruces con la mantenida por Boyle y los experimentalistas. Pero no vayamos tan rápido. En esta entrada detengámonos sólo en el tratamiento del modo en que nuestros autores encaran su trabajo.

De entrada, los autores aclaran que su tema es el experimento, la práctica experimental, “comprender la naturaleza y el estatuto de las prácticas experimentales y sus productos intelectuales” (p. 29). Las respuestas que surjan de una serie de preguntas relacionadas con la temática, según los autores, no pueden considerarse ahistóricamente. Estudiar la práctica experimental implica comprender cómo es que el experimento surgió históricamente como un “medio sistemático para generar conocimiento sobre la naturaleza” y al mismo tiempo estudiar cómo “los hechos producidos experimentalmente devinieron en fundamentos de los que cuenta como conocimiento científico apropiado”. (p. 30) Según Shapin y Schaffer las experiencias neumáticas de Boyle con la máquina de vacío constituyen un “paradigma del procedimiento experimental”. Ahora bien, que el uso de la máquina de vacío para la experimentación constituye un ejemplo paradigmático de cómo se construye conocimiento científico y se enseña ciencias es un tema arto conocido y sobre el cual los autores reconocen no tener mucho más que agregar a la historiografía clásica. De hecho la historiografía no ha hecho más que reforzar la idea de que los experimentos llevados a cabo por los experimentadores del siglo XVII resultan el modelo a seguir cuando de construcción de conocimiento científico se trata y de fundamentación epistémica de dicho conocimiento se habla. No obstante, el tino de Shapin y Schaffer se encuentra en el hecho de que encaran el tema haciendo preguntas diferentes. Dichas preguntas todavía no formuladas desde la historiografía estándar pueden surgir porque nuestros autores adoptan una posición diferente frente a los documentos. Veamos cómo es esto.

Shapin y Schaffer tratan la diferencia que existe entre los llamados “relatos de los miembros” y los “relatos de los extranjeros”. (p. 31) Para los autores, comprender una cultura siendo miembro de la misma puede conllevar ciertos problemas, algo así como esos relacionados con “el método de la auto-evidencia”. Desde esta perspectiva, las prácticas ordinarias llevadas a cabo dentro de la cultura propia del investigador no son cuestionadas. Esto es precisamente lo que impidió a los historiadores plantear preguntas innovadoras frente a los mismos hechos históricos que nuestros investigadores se proponen estudiar y en relación a los experimentos llevados a cabo por los modernos ingleses mientras fundaban la Royal Society de Londres. Todos los historiadores, sostienen nuestros autores, “están ampliamente de acuerdo en identificar a Boyle como el fundador del mundo experimental en el cual los científicos viven y operan hoy”. (p. 32) Así, los historiadores se manifiestan compartiendo una misma cultura con el inglés Boyle. De este modo y sin más, las preguntas acerca de la naturaleza de los experimentos y su estatuto se borran o no son considerados como temas de estudio. Lo que harán Shapin y Schaffer lisa y llanamente es lo contrario. Buscarán aproximarse al tema como si fuesen extraños en la cultura experimental. “Si pretendemos ser extraños a la cultura experimental, podemos buscar apropiarnos de una gran ventaja que éste [el extraño] posee frente a los miembros de esa cultura, explicando creencias y prácticas de la cultura específica de la que se trata: el extraño está en una posición adecuada para saber que hay alternativas a esas creencias y prácticas.” (p. 33) Pero para hacer historia como extraños, los autores buscarán indagar en las controversias que se dieron en el pasado. Así surgirán desacuerdos ontológicos y metodológicos no vistos anteriormente por los investigadores, no tenidos en cuenta o, lisa y llanamente, sepultados en el olvido y considerados como extravíos metafísicos. La ventaja es que el historiador que asume el papel del extraño y analiza las controversias puede cuestionar a su vez aquello que se ha sedimentado en la cultura mostrando el carácter artificial y convencional de dichos acuerdos. Ahora bien, la idea no es validar la parte olvidada de la controversia ni invalidarla. “Sería un gran error para el historiador simplemente apropiarse y validar el análisis de una de las partes de la controversia científica”, más bien de lo que se trata es de rescatar como valiosas las “estrategias constructivas y deconstructivas” empleadas los contendientes no confundiéndolos con la propia interpretación de los hechos. (p. 34) De lo que se trata es de “jugar a ser extraños, no ser extraños”. (p. 33)

La controversia a la que los autores se refieren es la que tiene por protagonistas tanto a Boyle como a Hobbes. Boyle pasó a la historia como un acérrimo defensor de la práctica experimental sistemática. Hobbes asumió el rol de oponente buscando impugnar los enunciados de Boyle y sus interpretaciones de los hechos apelando a poderosos argumentos para explicar por qué el programa del experimentador inglés no permitía la construcción de un conocimiento legítimo en filosofía natural. En síntesis, la historia de la controversia entre Boyle y Hobbes llega a nosotros matizada por la historiografía Whig. Hobbes quien resulta vencido en la contienda es borrado de los anales de las investigaciones en mecánica a pesar de ser uno de los más destacados representantes del mecanicismo del siglo XVII. Ya hacia fines del siglo XVIII, Hobbes había sido excluido de la historia de las ciencias, aun habiendo sus trabajos sobre física formado parte de la currícula de la universidad durante comienzos del mismo período. Hobbes pasó entonces a ser recordado como un filósofo político preocupado por la ética, la psicología y la metafísica. La historia y quienes la escriben se alinearon automáticamente con el victorioso Boyle y dieron su espalda al molesto Hobbes quien no sólo es rechazado en sus propuestas sino puesto en el lugar de quien incurre ingenuamente en el error. De este modo, la racionalidad científica que triunfa en la disputa es la que se utiliza a la hora de la interpretación histórica. Para otros historiadores, mientras tanto, Hobbes lisa y llanamente no comprendía la posición de Boyle.

Como quiera que sea, Shapin y Schaffer toman distancia y proponen una nueva metodología de trabajo pretendiendo no realizar ninguna evaluación de los temas tratados sino una descripción y explicación. La idea es “inquirir por qué las prácticas experimentales fueron consideradas apropiadas y cómo estas prácticas fueron tomadas en cuenta para la producción de conocimiento confiable”. (p. 41) Así además de adoptar la “posición del extraño” por una parte, los autores reconocen también que se colocarán en el lugar de la “perspectiva de miembro” en aquello que se refiere al anti-experimentalismo hobbesiano. De esta manera, las objeciones al programa experimentalista se convierten en plausibles y cobran sentido. La idea es ofrecer una “interpretación caritativa” no para defender el lugar histórico que le correspondería a Hobbes ni reivindicar su filosofía natural sino para “romper el aura de autoevidencia que rodea a la vía experimental de producir conocimiento”. (p. 42) De algún modo, quedará claro que no existía ningún motivo evidente en el contexto para apoyar el experimentalismo y sepultar la posición hobbesiana. Por otra parte, los autores resaltan el papel fundamental que cumplió la convención y los acuerdos prácticos dentro de la comunidad científica-filosófica de la época a la hora de definir el hecho de que el experimentalismo fuese ampliamente aceptado. Shapin y Schaffer sostienen que intentarán “identificar aquellos rasgos de la situación histórica por los cuales las decisiones intelectuales que se tomaron se consideraron apropiadas (…) y el trabajo involucrado en la producción experimental era valioso y preferible a otras alternativas”. (p. 42) Desde esta perspectiva, los clásicos temas de la filosofía de la ciencia como método, objetividad, verdad, etc., cobran nuevos sentidos siendo tratados de un modo diferente a como lo hacía la tradición epistemológica estándar. A partir de aquí dichos temas serán abordados como productos históricos. En esta línea, el tema del método, por ejemplo, será abordado como “forma cristalizada de organización social y como medio de regular la interacción social dentro de la comunidad científica”. (p. 44) Los autores sostienen que considerarán al método como una parte integrante de ciertos “patrones de actividad”. Entonces los debates en torno al método como si fueran distintos modos de hacer las cosas y organizar a los hombres para fines prácticos. De aquí la tesis principal que expusimos más arriba. Cabe destacar la impronta del pensamiento de Ludwig Wittgenstein y sus Investigaciones Filosóficas y los Cuadernos Azul y Marrón con el famoso concepto de “juegos del lenguaje” en la postura de los autores; impronta reconocida por ellos mismos casi con veneración.

Para ir concluyendo esta primera aproximación al tremendo Leviathan y la bomba de vacío, y hablando de influencias metodológicas sería bueno decir algo acerca de dos de las mismas también reconocidas por Shapin y Schaffer y que resultan interesantes. En primer lugar, los autores hacen referencia a la obra de John Keegan (n. 1934) un reconocido historiador de la guerra. A pesar de ser uno de los más destacados investigadores en su campo, Keegan reconoce saber muy poco acerca de una verdadera batalla. Por otra parte, Keegan se aleja de la llamada “Historia del Estado Mayor” esa que se escribe considerando sólo las decisiones de los generales victoriosos y dejando de lado todas las mediaciones y complejidades y confusión propias de la acción bélica y que resulta análoga a la historiografía Whig en el ámbito de la historia de las ciencias aquella que está muy lejos de involucrarse en la práctica científica real “prefiriendo las idealizaciones y simplificaciones a las contingencias desordenadas, las referencias a los hechos no problemáticos de la naturaleza y los criterios trascendentes del método científico al trabajo histórico hecho por los actores científicos reales”. (p. 46) En segundo lugar, los autores rescatan la obra de Svetlana Alpers (n. 1936)fundamentalemente, The Art of Describing de 1983. Interesada en el arte descriptivo del siglo XVII, Alpers trata de entender el porqué de la preferencia holandesa por la pintura descriptiva y las convenciones empleadas para elaborar estas obras. Así descubre que “tanto la pintura descriptiva inglesa como la ciencia empírica inglesa involucraban una metáfora perceptiva del conocimiento” y que consiste en que el conocimiento es un “reflejo de la naturaleza”. (p. 47) Entonces, el arte del pintor y el trabajo del experimentalista consistían en hacer representaciones que imitaran de modo confiable y sin mediaciones lo que se ve.

Próximamente continuaremos adentrándonos en este excelente trabajo. Es posible que en una futura entrada trabajemos directamente una descripción de la posición hobbesiana, sus objeciones a la boyleana y cómo esta disputa no tenía que ver sólo con eso que llamamos filosofía natural sino, principalmente en el caso de Hobbes, con pruritos referidos a la política.


[1] El título original en inglés es Leviathan and the Air-Pump: Hobbes, Boyle, and the Experimental Life.
[2] Un grupo de investigadores conformado por el mismo Boyle junto con Robert Hooke (1635 – 1703), Henry Power (1623–1668) y John Wallis (1616 – 1703).

José Antonio Gómez Di Vincenzo