La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

viernes, 16 de septiembre de 2011

Las palabras, las cosas, la epistemología, la historia y Foucault. (Cuarta parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo


Marx y Foucault mejor que Marx o Foucault



“Es imposible, en el presente, escribir historia sin utilizar un conjunto de conceptos vinculados directa o indirectamente con el pensamiento de Marx y sin situarse uno mismo dentro de un horizonte de pensamiento que ha sido definido y descrito por Marx. Se debe incluso preguntar qué diferencia puede haber, en última instancia, entre ser un historiador y ser un marxista”.



Michel Foucault (1926 – 1984) sostuvo este argumento en una charla mantenida con Brochier, publicada en junio de 1975, en la revista Magazine Littèraire. Para muchos trasnochados foucaultianos y para muchos marxistas ortodoxos, la cita puede parecer tramposa, un invento borgiano de este epistemólogo devenido historiador de las ideas o al menos, un descuido del genial francés, sumido en una persistente resaca. Menos propensos a juntar lo que consideran como el agua y el aceite, los acartonados discípulos ampulosos reniegan de toda línea de pensamiento que no respete a rajatabla todas las enseñanzas de sus respectivos maestros, esas que como buenos y disciplinados alumnos creen haber podido interpretar a la perfección. Para los seguidores del francés, la cosa no es tan complicada. Se trata de tomar del andamiaje teórico que el gran Michel nos aporta, categorías como biopoder o gubernamentalidad, tal como salen de los libros y aplicarlas por todos lados. Desde la relación médico-paciente a la del referí con el dos de tu equipo. Todo es biopoder, acá y en la China. Así, cual infante a quien se le regala un martillo, nuestros amigos salen a la palestra del debate a querer martillarlo todo. Los marxistas dogmáticos no pueden dejar de repetir un conjunto de fórmulas y consignas vacías de contenido, haciendo del arsenal teórico que el gran cabezón dejó, una triste caricatura. Fieles hasta el precipicio se empecinan en hacer una lectura mecanicista y teleológica de la historia. Entonces, el conjuro truena: el capitalismo caerá cuando se den la condiciones materiales.



El marxismo más ramplón y dogmático, ese que encarnaba el derechizado Partido Comunista Francés, los burócratas de la URSS y las repúblicas populares, había hecho una momia del aporte del gran pensador de Tréveris, convirtiéndose, entonces, en el centro de la crítica de muchos pensadores revolucionarios de la década del 60. Entre ellos, Foucault. No obstante, el francés se cuidó siempre de diferenciar el marxismo de las corrientes dogmáticas que “pagaron por su fidelidad al viejo positivismo” al precio de una sordera radical a todos los cuestionamientos que surgían en un contexto cambiante y que requerían de nuevas respuestas. Jamás dejó de considerarse deudor del genio de Tréveris y de reconocer su influencia. Sostuvo que “un análisis teórico riguroso del modo de funcionamiento de las estructuras económicas, políticas e ideológicas es una de las condiciones necesarias de la acción política, en la medida en que la acción política constituye una manera de manipular y eventualmente de cambiar, de trastornar y de transformar una estructuras”. Así, lejos del marxismo más dogmático y mecanicista, Foucault se acerca en algunos pasajes de su producción a intelectuales de la talla de Gramsci (1891 – 1937), Lukács (1885 – 1971), Kosík (1926 – 2003) y en parte, porque no, a Poulantzas (1936 – 1979), a pesar de sus críticas.



En esta y en la próxima entrada de la saga me propongo rescatar una mirada distinta del aporte foucaultiano. Mi idea es suspender todo juicio (más bien prejuicio)acerca de su posición para centrarme en el análisis de sus aportes conceptuales. Y como prometí en la primera de estas entradas referidas al pensador francés, hacerlo desde una posición herética. Quiero ponerme el saco de Foucault que a mí me convenga.



Nada nuevo bajo el Sol. Muchos intelectuales marxistas, entre ellos tal vez el más destacado sea el cubano Jorge Luis Acanda (n. 1954), han rescatado el aporte foucaultiano para la praxis transformadora. Queda para mí, la tranquilidad (y la alegría) de no haber sido el único que, mientras iba sumergiéndose en la obra del pensador francés, encontraba en ella no sólo categorías y citas textuales de Marx sin entrecomillar sino también, material teórico de sumo interés para complejizar el estudio de la complejidad social desde el materialismo histórico.



Así, trabajaré desde una perspectiva en la cual, en lugar de repetir como loro un rosario de frases predigeridas se prefiere tomar la obra de Foucault como una serie de puntapiés, de incitaciones a la discusión, asumiendo más el rol de un reformulador crítico que el de un sumiso y fiel discípulo. Para hacerlo, habrá que considerar el contexto en el cual Foucault actúa, ponderar su propia praxis revolucionaria y articular su obra con la teoría crítica.



Junto con Acanda (2000), pienso que debe emprenderse una tarea hermenéutica que rescate a Foucault de sí mismo y de sus seguidores apasionados. Que ponga en su justa medida, la crítica que le cabe sin negar sus aportes para la praxis. Sostendré yo también aquí que los aportes del pensador francés no sólo son compatibles con los de Marx sino también, que los mismos deben ser comprendidos a partir de las tesis marxianas, convirtiéndose de este modo en un complemento de las mismas.



Para nada se entienda que lo que se pretende es bautizar a Foucault con el agua bendita del marxismo. Nada más lejano. Acanda (2000) es muy claro cuando se aparta de esta posición. El objetivo es apropiarme del legado del autor haciendo una lectura que reconstruya su obra, que le saque jugo a sus aportes. Todo un desafío sobre todo si se tiene en cuenta que al hacerlo se abren dos frentes: el del dogmatismo marxista dispuesto enseguida a tildar de idealista a todo lo que esté a su izquierda y el de cierto sector de la derecha que tomó la obra del filósofo francés, con una lectura que intentó sacar de su obra, sólo sus notas más anticipadoras de la ideología postmoderna para difundir, como sugiere Acanda (2000), un mensaje paralizante y desmovilizador. Desde la vereda opuesta, prefiero ver la obra foucaultiana como un monumento sin terminar.



Una de las tantas ideas, sino la principal reflexión elaborada por Foucault, gira en torno al papel del poder en la conformación y el despliegue de lo social. No existe, desde el punto de vista de este intelectual, una instancia puntual donde se dé el poder. No existe poder en sentido substantivo. No hay nada situado en un punto fijo sino una red de relaciones más o menos organizada, jerarquizada y organizada. El poder no es un ente sino un conjunto de relaciones, relaciones de fuerza. Como sostiene Acanda (2000) “no surge después que se ha estructurado el todo social, sino que es elemento de su conformación”. Así, es desde el poder que se construye el todo social. Toda relación social que se cristaliza en un fenómeno concreto es una relación de poder que se encuentra en múltiples puntos, siendo los aparatos o instituciones sólo aquellos lugares en donde el poder se da con especial densidad.



Esta reflexión se inspira en un conjunto de tesis contenidas en el trabajo de Marx. Veamos a continuación cuáles son.[1]



1- Foucault asume un enfoque relacional de la sociedad, siguiendo en esto no sólo al genio de Tréveris sino también, a su maestro Hegel. La sociedad estaría lejos de estar constituida por un conjunto de objetos. Más bien, lo que tenemos en ella son relaciones que se cristalizan en fenómenos sociales como una mercancía, como los hombres, como las herramientas de producción, el capital y el poder mismo. Ya Gramsci, en sus famosos Cuadernos de la Cárcel, había visto que el poder debe entenderse como producto de las relaciones sociales.


2- El francés parte de una interpretación de la producción como producción ampliada como herramienta para el abordaje de la complejidad social. La producción no lo es sólo de mercancías objetuales sino también, de ideas, cultura, ciencia, tecnología. Así, Foucault puede entender los productos de la subjetivación como algo en proceso histórico y no como fantasmagorías ahistóricas.



3- Foucault asume con suma inteligencia que la revolución no puede hacerse simplemente tomando el poder, cambiando los personajes en el gobierno sino modificando profundamente la cultura.



De la mano de la reflexión acerca del poder transita la que tiene que ver con el concepto de verdad. Ésta ya no es una mera reproducción del objeto en el pensamiento (mucha agua corrió bajo el puente, mucho cambió en la gnoseología tras los aportes de Kant, Hegel y el mismo Marx) sino un producto social en el cual, juega un rol central el condicionamiento, las posición e intereses del sujeto que produce saber y verdad. Desde esta perspectiva, la verdad tiene que ser entendida como un sistema ordenado de procedimientos para la producción, regulación, distribución, circulación y operación de juicios y vinculada con los sistemas de poder que la producen y reproducen. De este modo, el poder se ejerce mediante la producción de un saber, de la verdad, por el engaño, el ocultamiento y la organización de los discursos que circulan en la sociedad. Se trata de un poder “pastoral” un poder que establece los modos de construcción de subjetividades, un “régimen de verdad”.



En cada formación social tenemos como condición para su surgimiento y reproducción un “régimen de verdad” específico. Desnaturalizar el que es propio del capitalismo constituye una manera de comprender cómo éste contribuye a su reproducción y la manera de eliminarlo para instalar otro diferente y liberarnos de la opresión.



De lo que se trata, entonces, es no sólo de cuestionar todos los aparatos represivos sino también, de transformar los mecanismos de construcción de subjetividad que ocupan un lugar central en la elaboración del modo en que los sujetos leen la realidad en el capitalismo, incorporan las pautas de pastoreo y contribuyen a reproducir las condiciones de explotación.



El régimen de verdad no es ideológico o superestructural solamente. Es una condición de formación del capitalismo. Es producción y producto. Según Foucault es el mismo que opera en los países socialistas. Por lo tanto, no se trata de cambiar el contenido de lo que la gente tiene en la cabeza instalando un nuevo catecismo en lugar del viejo y desvencijado propio del católico o el protestante para “enchufarle” una nueva doctrina. Hay que transformar el régimen político, económico e institucional de producción de verdad. Dicho en otros términos, hay que cambiar la estructura y la superestructura por estructuras animadas de una lógica de funcionamiento diferente con un objetivo emancipador.


Como sostiene Acanda (2000), “al igual que Gramsci treinta años antes, Foucault alertó sobre el carácter difuso de las redes de relaciones que afianzan la dominación, e instó en que el poder de la burguesía no se apoya tan sólo, ni esencialmente, en el control de las estructuras públicas institucionalizadas de coerción y violencia (…) sino en su capacidad de regular los procesos de producción cultural.”



En una próxima entrada veremos que, a pesar de que las tesis foucaultianas leídas bajo el paraguas marxista pueden constituir un importante aporte a la praxis transformadora, ellas deben ser tomadas con cuidado, no sin cierta precaución. Veremos, entonces, las críticas que pueden formularse a algunos de los conceptos formulados por el intelectual francés.



[1] Como el lector habrá notado, sigo todo el tiempo el excelente trabajo de Acanda (2000): “De Marx a Foucault: poder y revolución” en AA VV Inicios de partida. Coloquios sobre la obra de Michel Foucault, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana; un material más que recomendable para aquellos que deseen ampliar la temática.

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