La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

viernes, 15 de julio de 2011

Las palabras, las cosas, la epistemología, la historia y Foucault. (Segunda parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo


En esta oportunidad, nos enfocaremos en el desarrollo teórico foucaultiano de los conceptos de anatomopoder y biopoder para acercarnos progresivamente al de control, vigilancia y medicalización de las relaciones sociales. Trabajaremos básicamente con el capítulo 5 de "La voluntad del saber", 1º tomo de la Historia de la sexualidad; específicamente la edición 2009 de Siglo XXI.


Michael Foucault (2009) analiza la profunda transformación que se opera sobre los mecanismos de poder en Occidente en el tránsito que va desde antiguo régimen hacia la modernidad. El poder soberano basado en el derecho sobre la vida y muerte de los sujetos como forma atenuada de la patria potestas romana constituyó, durante mucho tiempo, una forma específica de gobernar sobre los súbditos. Cuando la vida del soberano se encontraba expuesta por un enemigo externo, éste podía disponer de sus súbditos sin proponérselo directamente. De este modo, el soberano ejercía un derecho indirecto sobre la vida y la muerte de los individuos. Ahora bien, si la amenaza era directa, si uno de sus súbditos se levantaba contra él y lo traicionaba, entonces, podía disponer directamente de la vida y ejecutar al traidor. Como quiera que sea, el derecho sobre la vida y la muerte se encontraba aquí condicionado por la defensa del soberano, por su propia supervivencia. Foucault (2009) sostiene que en esta forma relativa y moderada, a comparación con la antigua forma absoluta, el derecho sobre la vida y la muerte es un derecho disimétrico. Efectivamente, no es un derecho de hacer morir o hacer vivir, tampoco es un derecho de dejar vivir o dejar morir, sino de hacer morir o dejar vivir.

El soberano no ejerce su derecho sobre la vida sino poniendo en acción su derecho de matar, o reteniéndolo; no indica su poder sobre la vida sino en virtud de la muerte que pueda exigir. El derecho que se formula como “de vida y muerte” es en realidad el derecho de hacer morir o de dejar vivir. Después de todo, era simbolizado por la espada. Y quizá haya que referir esa forma jurídica a un tipo histórico de sociedad en donde el poder se ejercía esencialmente como instancia de deducción, mecanismo de sustracción, derecho de apropiarse de una parte de las riquezas, extorsión de productos, de bienes, de servicios, de trabajo y de sangre, impuesto a los súbditos. El poder era ante todo derecho de captación: de las cosas, del tiempo, de los cuerpos y finalmente de la vida; culminaba en el privilegio de apoderarse de ésta para suprimirla. (Foucault, 2009: 128)


Estos mecanismos de poder sufrieron una profunda transformación en Occidente a partir de la modernidad. En efecto, el poder como mecanismo de sustracción correspondiente y funcional a la extracción del excedente por parte de la nobleza en el modo de producción feudal y a la coacción extraeconómica a partir de la cual, el orden feudal se sostenía, sufrió una serie de transformaciones a partir del surgimiento, ascenso y consolidación de la burguesía y el tránsito hacia la modernidad y el sistema capitalista.


A partir de entonces, las deducciones son sólo una pieza más entre otras en la forma en que actúa el poder. Es preciso tener en cuenta que, a partir de los cambios operados en las relaciones de producción dadas a partir de la modernidad, dicho poder comienza a ejercerse aplicando nuevas piezas; piezas que poseen funciones de vigilancia, control, incitación, reforzamiento. Se trata de un poder destinado a producir, ordenar y organizar las fuerzas, no de trabar su desarrollo y obstaculizarlas. En este sentido, el poder ya no es un poder sobre la muerte sino un poder que se desplaza hacia las exigencias de administración de vida. (Foucault, 2009)


Durante el siglo XIX, puntualmente, el poder sobre la muerte parece un complemento del poder que actúa positivamente sobre la vida y procura aumentarla, organizarla, administrarla y en definitiva, regularla. A partir de entonces, el poder reside y se ejerce en el nivel de la vida, la especie, la raza y los fenómenos masivos para administrarla y ponerla en orden. En efecto, si bien el nuevo derecho político no sustituyó a este derecho soberano, tampoco lo canceló. En cierto sentido, lo que operó fue una transformación, una modificación que hizo que el nuevo poder sea exactamente el contrario del anterior: el poder de hacer vivir o dejar morir.


Podría decirse que el viejo derecho de hacer morir o dejar vivir fue remplazado por el poder de hacer vivir o de arrojar hacia la muerte. […] Ahora es en la vida y a lo largo de su desarrollo donde el poder establece su fuerza; la muerte es su límite, el momento que no puede apresar; se torna el punto más secreto de la existencia; el más privado. (Foucault, 2009: 130 y ss.)


El viejo derecho de hacer morir y dejar vivir es remplazado, entonces, por el nuevo derecho de hacer vivir y arrojar a la muerte. Ese poder sobre la vida, cuya génesis podemos encontrar en el siglo XVII, se desarrolló en dos formas fuertemente enlazadas, dos polos que actúan en paralelo. La primera de ellas, centrada en el cuerpo considerado como máquina, una anatomopolítica del cuerpo humano, que es también la primera en aparecer históricamente. Posteriormente, a mediados del siglo XVIII, surge otra forma centrada en el cuerpo-especie que sirve como soporte para el desarrollo de los procesos biológicos, la biopolítica de la población.


El primero de los polos, al considerar el cuerpo como máquina, procura administrarlo; procura su educación, el aumento de sus aptitudes, el arrancamiento de sus fuerzas, el crecimiento paralelo de su utilidad y docilidad, su integración a los sistemas de controles eficaces y económicos. A partir de lo expuesto, concluimos que se trata de un poder que actúa sobre el cuerpo, una técnica disciplinaria centrada en el cuerpo que individualiza y lo manipula para producir fuerzas útiles y dóciles. Se busca tornar más eficiente el aprovechamiento de las fuerzas las capacidades orgánicas individuales. El segundo de los polos, al considerar al cuerpo como soporte de los procesos biológicos, - considerando como tales a la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, el nivel de salud, la duración de la vida, la longevidad, con todas las condiciones para hacerlos variar- procura una eficiente gestión administradora de la vida. Esta tecnología centrada en la vida intenta controlar y modificar las posibles fallas en los procesos biológicos en su conjunto. Siempre siguiendo a Foucault (2009),
Las disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la población constituyen los dos polos alrededor de los cuales se desarrolló la organización del poder sobre la vida. El establecimiento, durante la edad clásica, de esa gran tecnología de doble faz – anatómica y biológica, individualizante y específicamente, vuelta hacia las realizaciones del cuerpo y atenta a los procesos de la vida- caracteriza un poder cuya más alta función no es ya matar sino invadir la vida enteramente. (Foucault, 2009: 132)


De este modo, tenemos el surgimiento del biopoder. Si bien los dos polos en los que el mismo se desarrolla, aparecerán separados hasta el siglo XVIII, ambos pasarán a operar conjuntamente a partir de los cambios estructurales producidos a fines de siglo pero fundamentalmente, a partir del siglo XIX, cuando su articulación no se dará sólo en el nivel del discurso abstracto sino en nivel de lo concreto. Efectivamente, a partir del siglo XVIII, los dispositivos del poder y del saber se centran más sobre los procesos de la vida que sobre la muerte y procurando encontrar la manera más eficiente de administrarlos y controlarlos. Como expresa Michel Foucault,


Ese bio-poder fue, a no dudarlo, un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo; éste no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos. Pero exigió más; necesitó el crecimiento de unos y otros, su reforzamiento al mismo tiempo que su utilizabilidad y docilidad; requirió métodos de poder capaces de aumentar las fuerzas, las aptitudes y la vida en general, sin por ello tornarlas más difíciles de dominar; si el desarrollo de los grandes aparatos de Estado, como instituciones de poder, aseguraron el mantenimiento de las relaciones de producción, los rudimentos de anátomo y biopolítica, inventados en el siglo XVIII como técnicas de poder presentes en todos los niveles del cuerpo social y utilizadas por instituciones muy diversas (la familia, el ejército, la escuela, la policía, la medicina individual o la administración de colectividades), actuaron en el terreno de los procesos económicos, de su desarrollo, de las fuerzas involucradas en ellos y que los sostienen; operaron también como factores de segregación y jerarquización sociales, incidiendo en las fuerzas respectivas de unos y otros, garantizando relaciones de dominación y efectos de hegemonía; el ajuste ente la acumulación de los hombres y la del capital, la articulación entre el crecimiento de los grupos humanos y la expansión de las fuerzas productivas y la repartición diferencial de la ganancia, en parte fueron posibles gracias al ejercicio del bio-poder en sus formas y procedimientos múltiples. La invasión del cuerpo viviente, su valorización y la gestión distributiva de sus fuerzas fueron en ese momento indispensables. (Foucault, 2009: 133)


Hasta aquí por el momento. En una próxima entrada nos centraremos en temas como el control, la vigilancia y las instituciones de encierro.

No hay comentarios: