La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

viernes, 1 de julio de 2011

Las palabras, las cosas, la epistemología, la historia y Foucault. (Primera parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo

El siguiente trabajo constituye un esfuerzo por apropiarse de las categorías conceptuales aportadas por Michel Foucault (1926 – 1984) con el objeto de hacerlas jugar en un eventual proyecto de investigación por ahora no concluido, cuya meta era la crítica. El tiempo, ciertos episodios y profundizaciones teóricas; pero sobre todo, una toma de posición meta-teórica en la que la perspectiva foucaultiana no tenía cabida alguna, hizo a quien esto escribe, abandonar la prolija y pormenorizada elaboración y exposición de las críticas que le caben al inteligente francés, para abocarse a recorrer otros rumbos.

Fue así que un conjunto de notas que constituyen las primeras aproximaciones al trabajo de Foucault, la lectura de sus trabajos y de algunos foucaultianos y los apuntes respectivos que fueron conformando el primer material con el cual, se emprendería un trabajo de análisis y crítica; todo eso quedó en cuadernos olvidados en algunas cajas por allí.

Del más oscuro antro del armario y de lo más recóndito del árbol de archivos de la computadora surge este irrespetuoso flirteo con las categorías de anatomopoder, biopoder, medicalización y demás signos propios de la señalética focoultiana. Sepan los cultores del pensador francés disculpar todas las herejías aquí postuladas, entiendan que de lo que se trata es de criticar más que deificar. La aparente irreverencia que se podrá deslizar en algún tramo del escrito surge a partir de la lectura del francés de un intruso en su feudo intelectual, un intruso que sabe reconocer la genialidad del filósofo francés pero que no coincide en absoluto con su toma de posición filosófica. Hoy, con más tiempo y nuevos proyectos, este inquieto estudiante tiene la esperanza de volver sobre Michel para apropiarse lo más a fondo posible de su obra y hacerle la crítica que merece.

Cabe una aclaración más y perdón por la extensa entrada al tema. Este intruso promete no dar tantas vueltas cuando llegue la hora de criticar. Como el tema da para largo, he decidido dividir la exposición en varios tramos. Los primeros pueden resultar menos entretenidos pues consisten en una exposición de algunas categorías o conceptos importantes por lo tanto habrá que apechugar. Voy exponiendo mientras trabajo en la crítica. Para la redacción de las mismas habrá que esperar el final. Sepan los lectores disculpar las discontinuidades que puedan darse en el devenir de las entradas. Prometo retomar este y otros temas ya comenzados, asumiendo el compromiso de no dejar nada inconcluso.

Hecha esta última aclaración, comencemos con el primer apartado de la serie.

A partir del siglo XIX, ha ocurrido un cambio fundamental en la forma de sostener lo político. Ya no serán la filosofía, la religión o el mito, por ellos mismos, aquellos que tengan en sus manos tal empresa; a partir de entonces, la ciencia contribuirá a la construcción del discurso político o dispositivo ideológico. En efecto, desde hace aproximadamente dos siglos, la ciencia se ha convertido uno de los referentes teóricos para la elaboración de dichos discursos político sociales y la implementación de prácticas. El positivismo y su fuerte influencia en el mundo académico tuvieron mucho que ver en esto dado el valor que concedía a la razón y al conocimiento científico como la única forma válida para la construcción de conocimiento que asegurara el progreso y el orden social. Más adelante, profundizaremos este tema.

La apelación a la ciencia como conocimiento objetivo a salvo de cualquier contaminación de tipo ideológico vino a legitimar el discurso de aquellos que, mostrándose a sí mismos como portadores de la verdad, buscaron sostener el lugar privilegiado que ocupaban dentro de la escala social y fundamentar el orden dado. La fuerte influencia en el mundo académico de la teoría darwiniana de la evolución, la teoría celular, la antropología y el éxito de la física newtoniana marcaron, en el siglo XIX, una fuerte impronta en las ciencias sociales. A partir de la segunda mitad de siglo, tenemos un importante desarrollo de teorías sociales y políticas que apelan a metáforas propias de la biología y a la medicina para fundamentar sus argumentos.

Por aquel entonces, comienza a perfilarse en los discursos un sesgo ideológico constituido por una lectura un tanto particular de la evolución darwiniana a partir de la cual, se sostiene que los triunfadores son los más fuertes o los mejores individuos o grupos (sesgo que no aparece en el concepto darwiniano de selección natural). Dicha perspectiva es utilizada por algunos intelectuales para legitimar el sometimiento operado desde determinados grupos hacia otros, en la economía imperial propio de la Inglaterra Victoriana. Dicho en otros términos, las relaciones sociales se naturalizan mediante la apelación a un discurso elaborado a partir del uso de metáforas tomadas de la biología (más adelante, veremos que también de la medicina, por lo que deberemos introducir el concepto de medicalización). La naturalización de las relaciones sociales anularía -o por lo menos debilitaría- el conflicto generado por la tensión entre la igualdad legal entre los ciudadanos que es propia del modelo contractualista moderno y el sometimiento de una clase poderosa hacia los más desfavorecidos. De este modo, se tendía a justificar científicamente la división social del trabajo no sólo en lo particular sino también a nivel mundial. Con estos argumentos se podía afirmar que los “exitosos en la sociedad” habían logrado tal estatus porque además, eran mejores, más inteligentes, especialmente dotados y más astutos que los pobres.

Pero no vayamos tan rápido. Es necesario realizar un rodeo para comprender cómo llegamos a la naturalización y medicalización de las relaciones sociales como discurso legitimador del orden social. Necesitamos estudiar detenidamente los cambios operados en la manera de ejercer el poder en el tránsito desde el antiguo régimen a la modernidad, - específicamente las trasformaciones que se dieron a partir del siglo XIX- y el concepto de biopolítica.

De un tiempo a esta parte, el término biopolítica es utilizado en las ciencias sociales para dar cuenta de distintas problemáticas relacionadas con la naturalización de las relaciones sociales. No cabe duda, que se ha convertido en un término de moda, sobre todo a partir de la lectura que muchos intelectuales autóctonos han realizado de la obra de Michel Foucault y sus estudios de los procesos de subjetivación y objetivación del sujeto. Sin embargo, es un término algo ambiguo que necesita ser precisado antes de utilizarse como herramienta de análisis de lo social. En efecto, podemos decir que existen al menos dos conceptos distintos que el término biopolítica expresa. Uno de los sentidos en los que el término puede ser empleado se refiere a una concepción de sociedad, de estado y de política planteada en términos biológicos, apelando a la metáfora organicista. Desde esta perspectiva, el Estado y la sociedad son abordados como una realidad biológica, como un organismo vivo. El conflicto y desorden social es visto como una patología, una enfermedad del organismo. Entonces, lo social como un cuerpo enfermo requiere de la atención y el cuidado y la política debe basarse en la patología.[1] Otro de los sentidos en el que el término biopolítica es utilizado da cuenta de cómo el Estado y la política se hacen cargo de la vida biológica de los hombres, cómo se administra el poder-saber sobre los cuerpos y los procesos biológicos en instituciones de secuestro. Este es el sentido con el que Foucault se refiere a la biopolítica, y uno de los sentidos que nos interesará rescatar como herramienta para comprender en qué consiste, específicamente, la medicalización de las relaciones sociales.

Junto con los dos conceptos distintos de biopolítica, tenemos dos períodos diferentes en los que el término es utilizado. Podemos considerar el trabajo de Foucault como punto de inflexión entre ambos.

No obstante, las cosas parecen aún más complejas si nos concentramos en el primer período puesto que el término también aquí adquiere distintos usos y referencias. En un primer momento, sobre todo en Alemania, durante el primer tercio del siglo XX, el término es sinónimo de organicismo, se piensa la sociedad como un organismo viviente. Posteriormente, en Francia, encontramos una etapa humanista en la que se busca explicar la historia de la humanidad partiendo de lo viviente, sin que esto implique una reducción de la historia a la evolución de la naturaleza. Finalmente, en Inglaterra, sobre todo durante la segunda mitad de la década del 60, tenemos una etapa naturalista en la que la naturaleza aparece como el único referente de la política. El concepto biopolítica evoca a aquellos intelectuales de las ciencias políticas que utilizan los conceptos biológicos y los métodos de la biología para abordar el estudio del comportamiento de lo político.

Este breve recorrido, se torna más complejo si consideramos que Auguste Comte, en su Système de politique positive ou traité de sociologie instituant la Religion de l’Humanité, un trabajo de cuatro volúmenes publicado entre 1851 y 1854, ya había empleado un término similar: “biocrasia”. La biocracia sería, según Comte, el orden natural e inmanente de los animales disciplinables. Las ciencias de la vida permiten establecer las leyes que rigen el funcionamiento de los seres vivientes y a la vez, funcionan como principio auxiliar de la sociología porque suministran las bases de la subjetividad positiva. Desde luego, no debemos olvidar, tampoco, la fuerte influencia de esta perspectiva positivista en la obra de Emile Durkheim (1858-1917), creador del modelo funcionalista, y su apelación a la metáfora organicista de la cual hemos dado cuenta más arriba.

Sea como sea, en las próximas entradas, nos enfocaremos en el desarrollo teórico foucaultiano para acercarnos progresivamente a las categorías por él desarrolladas.

[1] El modelo epistemológico funcionalista tiene como principal base teórica los aportes de Emile Durkheim quien intenta elaborar una teoría social que permita el desarrollo ordenado de la sociedad desde una sociología científica alejada de la metafísica de las prenociones. Para ello recoge de la tradición empirista la necesidad de fundar la ciencia en la verificación de los hechos en datos observables. De la misma manera que no puede explicarse el funcionamiento de una célula a partir de los átomos que la componen, Durkheim plantea que no es posible entender el funcionamiento de la sociedad cayendo en la reducción al individuo. Para construir su teoría social, Durkheim toma el par organismo-función de la biología y la fisiología para construir una totalidad abstracta en la que lo normal se define estadísticamente por aparecer en mayor número de casos. El resto de los fenómenos tomados como anormales son considerados menos valiosos y tratados como patológicos. De esta manera, Durkheim naturaliza la sociedad y construye una sociología que pretende compartir sus métodos con los de las ciencias naturales. Durkheim concibe un modelo de objetividad en términos de sensaciones accesibles por la vía de la experiencia del investigador. De este modo, reconoce que la realidad social forma parte de un continuo con la realidad física y debe analizarse de la misma manera. Al recurrir a puntos de referencia abstractos, se pretende crear la posibilidad de formular un discurso no ideológico y así legitimarlo como objetivo. Si bien Durkheim construye una totalidad, la misma queda en el plano abstracto.

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