La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

martes, 12 de abril de 2011

Las revoluciones en la ciencia

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo



De un tiempo a esta parte, una metáfora ha cobrado un carácter predominante, sobre todo en el campo de la historia de la ciencia, pero también, en el de la filosofía de la ciencia: la metáfora de las “revoluciones científicas”. No caben dudas de que fue gracias al particular influjo de Thomas Kuhn y su formidable trabajo denominado La estructura de las revoluciones científicas, publicado primero como monográfico en la Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada y después, en 1962, como libro, por la Editorial de la Universidad de Chicago, que el concepto de revolución se extendió rápidamente en la academia. Kuhn ha desarrollado el concepto de revoluciones científicas mostrando dichos procesos como cambios radicales que se producen en determinados momentos de crisis dando lugar a un cambio de paradigma. Dichas revoluciones acontecerían entre períodos relativamente estables en los que los científicos resuelven el rompecabezas de teorías que darían respuestas a los enigmas que el paradigma deja planteados. Tras la aparición de un conjunto de anomalías, el paradigma vigente entraría en crisis; siendo los científicos nóveles quienes romperían los lazos proponiendo un nuevo paradigma.


Como quiera que sea, el concepto de “revolución” no se mantuvo fijo e inalterable a lo largo del tiempo. En efecto, dicho término puede servir como ejemplo de lo lábil y cambiante que una metáfora puede ser, la agilidad y movilidad que las caracteriza, de cómo los sentidos se articulan con el contexto en el que los conceptos son empleados.


Durante la Edad Media, revolución era un término que hacía referencia a los cambios diarios que podían observarse en las estrellas, el Sol, la Luna y los planetas. Por entonces, y gracias a la influencia de doctrinas como el estoicismo y la filosofía aristotélica, se creía que dichas revoluciones celestes influían en los asuntos del Estado y en las personas. De aquí el auge de la astrología y la astronomía; saberes que lejos de estar escindidos, iban de la mano.


En el Renacimiento, particularmente a lo largo del siglo XVII, el concepto fue adquiriendo distintos matices, básicamente dos: Además de designar sucesos periódicos y cualquier fenómeno que pudiera analizarse según un conjunto de etapas que se suceden hasta completar un ciclo determinado (como las fases de la Luna); también pasó a ser usado frecuentemente para designar asuntos propios de la vida humana, o un proceso de flujo y reflujo que no necesariamente culmina donde empezó. Así, surgió muy lentamente la idea de revolución como cambio de gran magnitud y no como un cambio de fases o ciclos que retornan a su punto inicial.


Efectivamente, el concepto de revolución soporta una gran transformación cuando es utilizado para dar cuenta de los sucesos políticos en el marco de las revoluciones modernas, en particular, a lo largo del siglo XVIII y XIX. Aparece definitivamente la idea de revolución como ruptura e inauguración de procesos que son incompatibles con el estado de cosas anterior.


I. Bernard Cohen, por su parte, en su espléndido Revolución en la ciencia, analiza los matices que diferencia a las revoluciones científicas de cómo la humanidad las percibió. Allí se plantea cómo fue que “revolución”, un concepto que en física hace referencia a permanencia y recurrencias, se transformó en un sinónimo de cambio drástico en el campo de la política y las ciencias sociales en general. Por otra parte, se pregunta cómo fue que las revoluciones políticas y las fuerzas intelectuales que significaron una ruptura radical con el pasado influyeron para modificar la clásica visión acerca del desarrollo lineal y acumulativo de la ciencia. Por demás, analiza qué es lo que nos enseña cada una de las revoluciones científicas acerca del contexto histórico, de las prácticas llevadas a cabo por la comunidad científica en cada período y las representaciones que la comunidad científica tiene de sí misma.


Bernard Cohen sostiene que existen cuatro etapas sucesivas que integran una secuencia característica a todas las revoluciones científicas. La primera estaría dada por la aparición de una solución novedosa para un problema, un nuevo método de resolución, un nuevo modo de utilización de la información existente y la aparición de nuevos conceptos y teorías propuestas por un científico en forma individual. Estos aportes serían registrados en un diario o cuaderno personal poniéndose en marcha la segunda de las etapas de la revolución. La tercera estaría dada por el paso del ámbito privado al público. Se daría conocimiento a los nuevos descubrimientos mediante la publicación en revistas especializadas, coloquios, ponencias en congresos, etc. La cuarta y última etapa se daría cuando toda la comunidad científica se alinea tras la nueva teoría. Ahora bien, el concepto de revolución científica y su uso a la hora de dar inteligibilidad a los procesos históricos es propio de los análisis rupturistas. No abordaremos aquí la cuestión o el problema de la continuidad, un debate persistente dentro del campo de la filosofía y la historia de la ciencia. Más allá de la posición que cada uno tome al respecto, si continuidad o ruptura es lo que predomina en el desarrollo de la ciencia, lo cierto es que si hablamos de revoluciones científicas, nos acercamos a posiciones rupturistas tales como las del ya mencionado Thomas Kuhn. De Kuhn algo se ha dicho más arriba así que no volveremos sobre él. Sería interesante presentar a otro de los historiadores rupturistas que por cierto influye en su obra, Alexandre Koyré, aunque más no sea para mostrar otro ejemplo.


Koyré sostiene que la revolución científica del siglo XVI y XVII implicó la disolución de la visión del mundo medieval. Así, en The Origins of Modern Science: A New Interpretation, Koyré argumenta que los fundadores de la ciencia moderna “tenían que destruir un mundo y reemplazarlo por otro. Tenían que configurar de nuevo el marco de nuestro propio intelecto, reafirmar y reformar sus conceptos, desarrollar una nueva aproximación al ser, un nuevo concepto del conocimiento, un nuevo concepto de ciencia”. Existen otros importantes historiadores rupturistas cuyos aportes escapan a los límites fijados para esta entrada como Ludwik Fleck o A. R. Hall. Lo interesante es que todos ven en el desarrollo histórico de la ciencia, la existencia de períodos de ruptura respecto al estado anterior sucedidos por nuevas formas o marcos conceptuales a partir de los cuales se desarrolla la práctica científica.

3 comentarios:

knd dijo...

gracias exelente tema!!! :)

knd dijo...

gracias un tema de excelente calidad :)

martinjaramillo dijo...

Estamos en una crisis científica porque los actuales paradigmas no pueden explicar el 95% del Universo. Es hora de que se produzca una revolución científica, es hora de que escuchemos y analicemos las nuevas teorías y que tratemos de encontrar respuestas al 95% del Universo Oscuro. Si quieres conocer una nueva teoría que explica los actuales misterios de la ciencia, solicítala gratuitamente a: martinjaramilloperez@gmail.com