La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

martes, 1 de febrero de 2011

Notas acerca de “El Leviathan y la bomba de vacío” (Primera parte)

En 1985, Steven Shapin (n. 1943) y Simon Schaffer (n. 1955) publican El Leviathan y la bomba de vacío[1] texto en el que examinan el debate entre Robert Boyle (1627 – 1691) y Thomas Hobbes (1588 – 1679) en torno a los experimentos llevados a cabo por el primero mediante el uso de la famosa máquina. El título hace referencia tanto a la más famosa obra de Hobbes, el Leviathan, un libro que pasó a la historia por contener su propuesta de teoría política y la estructura de la sociedad y al artefacto mediante el cual, los experimentadores provocaban el vacío e investigaban acerca del comportamiento mecánico de los gases. En el primero, los historiadores tendieron a ver sólo filosofía política mientras que Boyle pasaba a la historia como uno de los más destacados filósofos naturales del siglo XVII. Shapin y Schaffer rescatan del debate entre ambos el trasfondo filosófico relacionado con las diferentes ontologías y epistemes implícitas en las posiciones de los protagonistas mostrando que Hobbes no fue sólo un gran filósofo político sino también, un inteligente filósofo natural, que el Leviathan puede leerse en clave de filosofía natural y que dicha filosofía va de la mano con su posición acerca del fundamento de la política y la legitimación del orden social. Es a partir de aquí y de la lectura del contexto social y político en el que se da el debate que puede comprenderse la afrenta de Hobbes contra los experimentalistas[2].

El Leviathan y la bomba de vacío ocupa un lugar destacado dentro de lo que conocemos como Estudios acerca de la ciencia, tecnología y sociedad o los Estudios sociales acerca de la ciencia y la tecnología. Su aporte es fundamental tanto para la filosofía y la historia de las ciencias como para las ciencias políticas o la filosofía política. Esta serie de notas no tiene otro objetivo que el de acercar el libro al lector y plantear muy someramente algunos interrogantes. La idea es ir aproximándonos al libro progresivamente y en sucesivos encuentros.

Antes de comenzar, caben algunas aclaraciones. No es mi intención reproducir aquí una reseña. Las hay en muchos lugares y muy bien escritas. De lo que se trata es de apuntar a las cuestiones filosóficas e históricas centrales planteadas por los autores desde su posicionamiento teórico en el campo de estudio, mostrando si esto sale bien no sólo los interesantes temas sobre los cuales el libro echa luz sino también, la potencia de la perspectiva de los autores como historiadores y filósofos de la ciencia. Esto implica que, por una parte, tendremos que decir algo sobre la posición meta-teórica a partir de la cual Shapin y Schaffer tejen su obra; pero además, iremos desarmando el libro para dar cuenta de ciertos temas centrales. Finalmente, una cuestión más. Debo prevenir al lector que en el devenir de las entradas no respetaré el orden de los capítulos. Trataré de esbozar un orden más a fin a la necesidad didáctica que al de seguir fielmente la exposición de Shapin y Schaffer. Con lo cual tendrán que disculparme tanto los exégetas como aquellos colegas más preocupados por las exigencias formales que por los contenidos. En estas notas seguiremos la edición de la Universidad de Quilmes del 2005.

Pues bien, veamos. En principio lo que habría que decir es que los autores plantean la siguiente tesis: “las soluciones al problema del conocimiento están incorporadas a las soluciones prácticas dadas al problema del orden social, y que diferentes soluciones prácticas al problema del orden social involucran soluciones prácticas distintas al problema del conocimiento” y además “esto era aquello sobre lo cual versaba la controversia entre Hobbes y Boyle” (p. 44). Dicho de otro modo, la manera de concebir el modo de construir conocimiento se relaciona con el modo en que planteamos el fundamento de la política y el orden social pero a su vez estas últimas, las cuestiones prácticas, involucran un determinado modo de plantarse frente a los problemas gnoseológicos. Hobbes defendía un modo específico de gnoseología con la cual podía fundamentar sus posiciones políticas que era coherente con la manera de concebir el mundo ontológicamente hablando y el conocimiento mientras practicaba la filosofía natural. Esta posición se daba de bruces con la mantenida por Boyle y los experimentalistas. Pero no vayamos tan rápido. En esta entrada detengámonos sólo en el tratamiento del modo en que nuestros autores encaran su trabajo.

De entrada, los autores aclaran que su tema es el experimento, la práctica experimental, “comprender la naturaleza y el estatuto de las prácticas experimentales y sus productos intelectuales” (p. 29). Las respuestas que surjan de una serie de preguntas relacionadas con la temática, según los autores, no pueden considerarse ahistóricamente. Estudiar la práctica experimental implica comprender cómo es que el experimento surgió históricamente como un “medio sistemático para generar conocimiento sobre la naturaleza” y al mismo tiempo estudiar cómo “los hechos producidos experimentalmente devinieron en fundamentos de los que cuenta como conocimiento científico apropiado”. (p. 30) Según Shapin y Schaffer las experiencias neumáticas de Boyle con la máquina de vacío constituyen un “paradigma del procedimiento experimental”. Ahora bien, que el uso de la máquina de vacío para la experimentación constituye un ejemplo paradigmático de cómo se construye conocimiento científico y se enseña ciencias es un tema arto conocido y sobre el cual los autores reconocen no tener mucho más que agregar a la historiografía clásica. De hecho la historiografía no ha hecho más que reforzar la idea de que los experimentos llevados a cabo por los experimentadores del siglo XVII resultan el modelo a seguir cuando de construcción de conocimiento científico se trata y de fundamentación epistémica de dicho conocimiento se habla. No obstante, el tino de Shapin y Schaffer se encuentra en el hecho de que encaran el tema haciendo preguntas diferentes. Dichas preguntas todavía no formuladas desde la historiografía estándar pueden surgir porque nuestros autores adoptan una posición diferente frente a los documentos. Veamos cómo es esto.

Shapin y Schaffer tratan la diferencia que existe entre los llamados “relatos de los miembros” y los “relatos de los extranjeros”. (p. 31) Para los autores, comprender una cultura siendo miembro de la misma puede conllevar ciertos problemas, algo así como esos relacionados con “el método de la auto-evidencia”. Desde esta perspectiva, las prácticas ordinarias llevadas a cabo dentro de la cultura propia del investigador no son cuestionadas. Esto es precisamente lo que impidió a los historiadores plantear preguntas innovadoras frente a los mismos hechos históricos que nuestros investigadores se proponen estudiar y en relación a los experimentos llevados a cabo por los modernos ingleses mientras fundaban la Royal Society de Londres. Todos los historiadores, sostienen nuestros autores, “están ampliamente de acuerdo en identificar a Boyle como el fundador del mundo experimental en el cual los científicos viven y operan hoy”. (p. 32) Así, los historiadores se manifiestan compartiendo una misma cultura con el inglés Boyle. De este modo y sin más, las preguntas acerca de la naturaleza de los experimentos y su estatuto se borran o no son considerados como temas de estudio. Lo que harán Shapin y Schaffer lisa y llanamente es lo contrario. Buscarán aproximarse al tema como si fuesen extraños en la cultura experimental. “Si pretendemos ser extraños a la cultura experimental, podemos buscar apropiarnos de una gran ventaja que éste [el extraño] posee frente a los miembros de esa cultura, explicando creencias y prácticas de la cultura específica de la que se trata: el extraño está en una posición adecuada para saber que hay alternativas a esas creencias y prácticas.” (p. 33) Pero para hacer historia como extraños, los autores buscarán indagar en las controversias que se dieron en el pasado. Así surgirán desacuerdos ontológicos y metodológicos no vistos anteriormente por los investigadores, no tenidos en cuenta o, lisa y llanamente, sepultados en el olvido y considerados como extravíos metafísicos. La ventaja es que el historiador que asume el papel del extraño y analiza las controversias puede cuestionar a su vez aquello que se ha sedimentado en la cultura mostrando el carácter artificial y convencional de dichos acuerdos. Ahora bien, la idea no es validar la parte olvidada de la controversia ni invalidarla. “Sería un gran error para el historiador simplemente apropiarse y validar el análisis de una de las partes de la controversia científica”, más bien de lo que se trata es de rescatar como valiosas las “estrategias constructivas y deconstructivas” empleadas los contendientes no confundiéndolos con la propia interpretación de los hechos. (p. 34) De lo que se trata es de “jugar a ser extraños, no ser extraños”. (p. 33)

La controversia a la que los autores se refieren es la que tiene por protagonistas tanto a Boyle como a Hobbes. Boyle pasó a la historia como un acérrimo defensor de la práctica experimental sistemática. Hobbes asumió el rol de oponente buscando impugnar los enunciados de Boyle y sus interpretaciones de los hechos apelando a poderosos argumentos para explicar por qué el programa del experimentador inglés no permitía la construcción de un conocimiento legítimo en filosofía natural. En síntesis, la historia de la controversia entre Boyle y Hobbes llega a nosotros matizada por la historiografía Whig. Hobbes quien resulta vencido en la contienda es borrado de los anales de las investigaciones en mecánica a pesar de ser uno de los más destacados representantes del mecanicismo del siglo XVII. Ya hacia fines del siglo XVIII, Hobbes había sido excluido de la historia de las ciencias, aun habiendo sus trabajos sobre física formado parte de la currícula de la universidad durante comienzos del mismo período. Hobbes pasó entonces a ser recordado como un filósofo político preocupado por la ética, la psicología y la metafísica. La historia y quienes la escriben se alinearon automáticamente con el victorioso Boyle y dieron su espalda al molesto Hobbes quien no sólo es rechazado en sus propuestas sino puesto en el lugar de quien incurre ingenuamente en el error. De este modo, la racionalidad científica que triunfa en la disputa es la que se utiliza a la hora de la interpretación histórica. Para otros historiadores, mientras tanto, Hobbes lisa y llanamente no comprendía la posición de Boyle.

Como quiera que sea, Shapin y Schaffer toman distancia y proponen una nueva metodología de trabajo pretendiendo no realizar ninguna evaluación de los temas tratados sino una descripción y explicación. La idea es “inquirir por qué las prácticas experimentales fueron consideradas apropiadas y cómo estas prácticas fueron tomadas en cuenta para la producción de conocimiento confiable”. (p. 41) Así además de adoptar la “posición del extraño” por una parte, los autores reconocen también que se colocarán en el lugar de la “perspectiva de miembro” en aquello que se refiere al anti-experimentalismo hobbesiano. De esta manera, las objeciones al programa experimentalista se convierten en plausibles y cobran sentido. La idea es ofrecer una “interpretación caritativa” no para defender el lugar histórico que le correspondería a Hobbes ni reivindicar su filosofía natural sino para “romper el aura de autoevidencia que rodea a la vía experimental de producir conocimiento”. (p. 42) De algún modo, quedará claro que no existía ningún motivo evidente en el contexto para apoyar el experimentalismo y sepultar la posición hobbesiana. Por otra parte, los autores resaltan el papel fundamental que cumplió la convención y los acuerdos prácticos dentro de la comunidad científica-filosófica de la época a la hora de definir el hecho de que el experimentalismo fuese ampliamente aceptado. Shapin y Schaffer sostienen que intentarán “identificar aquellos rasgos de la situación histórica por los cuales las decisiones intelectuales que se tomaron se consideraron apropiadas (…) y el trabajo involucrado en la producción experimental era valioso y preferible a otras alternativas”. (p. 42) Desde esta perspectiva, los clásicos temas de la filosofía de la ciencia como método, objetividad, verdad, etc., cobran nuevos sentidos siendo tratados de un modo diferente a como lo hacía la tradición epistemológica estándar. A partir de aquí dichos temas serán abordados como productos históricos. En esta línea, el tema del método, por ejemplo, será abordado como “forma cristalizada de organización social y como medio de regular la interacción social dentro de la comunidad científica”. (p. 44) Los autores sostienen que considerarán al método como una parte integrante de ciertos “patrones de actividad”. Entonces los debates en torno al método como si fueran distintos modos de hacer las cosas y organizar a los hombres para fines prácticos. De aquí la tesis principal que expusimos más arriba. Cabe destacar la impronta del pensamiento de Ludwig Wittgenstein y sus Investigaciones Filosóficas y los Cuadernos Azul y Marrón con el famoso concepto de “juegos del lenguaje” en la postura de los autores; impronta reconocida por ellos mismos casi con veneración.

Para ir concluyendo esta primera aproximación al tremendo Leviathan y la bomba de vacío, y hablando de influencias metodológicas sería bueno decir algo acerca de dos de las mismas también reconocidas por Shapin y Schaffer y que resultan interesantes. En primer lugar, los autores hacen referencia a la obra de John Keegan (n. 1934) un reconocido historiador de la guerra. A pesar de ser uno de los más destacados investigadores en su campo, Keegan reconoce saber muy poco acerca de una verdadera batalla. Por otra parte, Keegan se aleja de la llamada “Historia del Estado Mayor” esa que se escribe considerando sólo las decisiones de los generales victoriosos y dejando de lado todas las mediaciones y complejidades y confusión propias de la acción bélica y que resulta análoga a la historiografía Whig en el ámbito de la historia de las ciencias aquella que está muy lejos de involucrarse en la práctica científica real “prefiriendo las idealizaciones y simplificaciones a las contingencias desordenadas, las referencias a los hechos no problemáticos de la naturaleza y los criterios trascendentes del método científico al trabajo histórico hecho por los actores científicos reales”. (p. 46) En segundo lugar, los autores rescatan la obra de Svetlana Alpers (n. 1936)fundamentalemente, The Art of Describing de 1983. Interesada en el arte descriptivo del siglo XVII, Alpers trata de entender el porqué de la preferencia holandesa por la pintura descriptiva y las convenciones empleadas para elaborar estas obras. Así descubre que “tanto la pintura descriptiva inglesa como la ciencia empírica inglesa involucraban una metáfora perceptiva del conocimiento” y que consiste en que el conocimiento es un “reflejo de la naturaleza”. (p. 47) Entonces, el arte del pintor y el trabajo del experimentalista consistían en hacer representaciones que imitaran de modo confiable y sin mediaciones lo que se ve.

Próximamente continuaremos adentrándonos en este excelente trabajo. Es posible que en una futura entrada trabajemos directamente una descripción de la posición hobbesiana, sus objeciones a la boyleana y cómo esta disputa no tenía que ver sólo con eso que llamamos filosofía natural sino, principalmente en el caso de Hobbes, con pruritos referidos a la política.


[1] El título original en inglés es Leviathan and the Air-Pump: Hobbes, Boyle, and the Experimental Life.
[2] Un grupo de investigadores conformado por el mismo Boyle junto con Robert Hooke (1635 – 1703), Henry Power (1623–1668) y John Wallis (1616 – 1703).

José Antonio Gómez Di Vincenzo

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