La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

miércoles, 19 de enero de 2011

Está claro pero no me copa

José Antonio Gómez Di Vincenzo
El verano, como suele venir ocurriendo estos últimos años, además de los torneos de fútbol cortos en los que los equipos en plena pretemporada juegan a cualquier cosa - o mejor dicho no juegan a nada- con tal de ganar unos mangos para el club, trae un aluvión de publicidades de bienes y servicios varios entre las cuales siempre se destaca aquella en la que los publicistas exprimieron un poco más sus neuronas para captar la atención del público. En ocasiones los creativos expresan sin darse cuenta del todo aquello que forma parte del pensamiento común del término medio de la población, eso que por algún motivo se piensa y se hace y no sabe decirse desde un punto de vista analítico pero puede expresarse de algún modo a través de ciertas manifestaciones como la propaganda o el spot publicitario. La campaña del verano 2011 de la empresa de telefonía celular Claro es un rotundo ejemplo de ello. En la publicidad, algo así como el Intendente de Claromecó, presenta en un club social a la consideración de los vecinos una serie de propuestas. La cuestión es interesante porque parece que no existe un concejo deliberante, se trata de una democracia directa en la que la cosa funciona al estilo de una asamblea. La gente decide acompañar o no una propuesta tomando una decisión en tiempo real y manifestándose directamente. La primera propuesta aprobada fue la construcción de bicisendas. Algo bastante llamativo para una ciudad en la que todo el mundo puede andar tranquilamente en bici por la calle sin joder ni ser jodido por nadie. La bicisenda tiene toda la pinta de la obra estilo promacri, no tiene ninguna utilidad en el contexto en que se implanta pero es tan llamativa como un cambio de peluca en la cabeza vetusta o de alfombra en el departamento decrépito. Es la obra pública que permite dar laburo a la empresa constructora amiga, que se torna visible para el vecino paquete pero que funcionalmente o estratégicamente no resuelve ningún problema serio. La gente común aprueba directamente en asamblea. Todos contentos. A continuación, el vejete intendente convoca a su hijo para que explique la genial idea que acababa de ocurrírsele y que según su viejo resultaba interesante. El joven innovador aparece en escena como cualquier hijo de vecino al que también se le ocurren ideas creativas para mejorar el modo de vida de sus conciudadanos, es el pibe de la cuadra, el hijo de cualquier buen vecino del lugar. Pero al mocoso no se le ocurre otra cosa que cambiar el nombre de la ciudad. Defecándose en la historia y en la tradición popular, el pibe propone que Claromecó pase a llamarse “Claromecopa” y sus habitantes “Claromecopantes o Claromecopados”. La cosa es interesante porque no se trata de un propuesta digna de un delirante hijo del poder, no tiene pinta de ser un capricho ni una ocurrencia propia de ciertos señores feudales algunos de los cuales todavía pululan en algunos rincones profundos de nuestro territorio, la idea es la idea del pibe común que se manifiesta frete a la gente común que en breve deberá decidir. Ahora bien, el nene, según él mismo aclara en su discurso, antes de lanzar su propuesta había negociado con la empresa de telecomunicaciones, había ido a plantear la idea a la empresa para obtener además de la aprobación vaya a saber qué beneficio. Nunca queda claro. Entonces, la cuestión no consiste en un mero cambio de nombre. La idea es poner al pueblo todo en función de una publicidad. Porque en ningún momento se llega a explicar qué beneficios concretos traería para Claromecó esta cosa, no se dice si la empresa pagaría un monto de dinero o se encargaría de financiar obra pública o velar por el buen estado de las plazas del pueblo. Simplemente se trata de que el pueblo cambie de nombre para hacerle el caldo gordo a la empresa. Todo tiene un tufillo a década del noventa y neoliberalismo que no deja de impactar. Además esto de la publicidad en todos lados da cuenta de una característica propia del capitalismo en su etapa de consumo. Gente común haciéndole el caldo gordo a las empresas privadas de servicios. Algo que no deja de sorprender sobre todo cuando dichas empresas no dejan de vejar una y otra vez a sus consumidores violando sus derechos. El rezongo por los malos servicios y las puteadas individuales suelen tornarse en incondicionales apoyos y beneplácitos a la hora de consumir altas dosis de publicidad banal. Como sea, siempre puede ocurrir que alguien se oponga. En este caso también se trata también de un joven. Un pibe barbado salta desde las filas del fondo. “¡Los revoltosos siempre están al fondo del aula y si son barbados más que revoltosos parecen revolucionarios!”reza el slogan del profe facho. Toda la facha del personaje remite al pibe que promediando el año hizo despelote en las escuelas porteñas metiéndose en política y jodiendo al pulcro gobierno pro más preocupado por enrejar plazas que en educar al soberano. En fin, el pibe ofuscado presenta una serie de objeciones e irónicamente deja entrever que de seguir esa línea de propuestas se terminaría instalando un “faro multimedia en el medio de la playa”. Enseguida la imagen salta y muestra que la propuesta de cambio de nombre se había hecho realidad. Pero hay más. Además del cambio de nombre se había instalado el “faro multimedia”. ¡Tremendo! Porque no termina ahí la cosa. El pibe crítico que había objetado la medida no sólo sin querer había aportado la idea con la cual la cosa pasa a mayores convirtiéndose en el colmo de la estupidez publicitaria consumista sino que él mismo es cooptado. La imagen refuerza y machaca sobre la idea del pibe revoltoso que se aburguesa. La publicidad termina con la imagen de este joven con una remera que dice “I love Claromecopa” emocionado al ver el faro cambiando de colores. Como quiera que sea, la publicidad da para mucho más. Podría seguir deshilachando y tirando del piolín para ver qué otras cuestiones se esconden en el inocente spot que no tiene otro objeto que vender líneas de teléfonos celulares y apartitos para hablar todo el tiempo casi siempre sin tener nada que decir. Dicho sea de paso el celular es un instrumento de control funcional al propósito de todo amante celoso por saber dónde se encuentra su pareja. Y si no…. ¿Cuál es la justificación para la pregunta “donde estás” que surge siempre que uno contesta un llamado? Sea como sea y volviendo al tema. No vamos a negar aquí la capacidad creativa del los tipos que pensaron el spot publicitario. En una publicidad no se trata de ir a fondo en detalles. Por otra parte cuántos sujetos notaron que el arreglo que el hijo del intendente sostiene haber hecho con la empresa nunca se explicita o que sólo parece ser un pedido de aprobación cual nene que mira el gesto del papá antes de hacer una. No se trata de hacer una análisis político de lo que dice una publicidad, no se trata de filosofía política ni de sociología, de lo que se trata es de consumir, bailar la danza al compas que nos tocan y callarse la boca. Y para mí está claro pero no me copa.

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