La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 27 de septiembre de 2010

Conexiones: Ciencia, Tecnología y Sociedad (Quinta y última parte)

La Revolución Científica del siglo XVII. El paso del modelo antiguo al modelo mecanicista de cientificidad.





Una vez comprendido el lugar central que ocupa el fundamento y legitimación del conocimiento para los pensadores modernos vayamos a ver cómo gracias al mismo y a partir de una mirada y una forma de pensar radicalmente distinta, los modernos hacen la Revolución Científica al mismo tiempo que la misma hace a los modernos. En definitiva, ¿A qué llamamos específicamente Revolución Científica del siglo XVII? ¿Es algo que ocurre de un día para el otro o se trata más bien de un proceso en el que tenemos una especie de tránsito de un modelo de cientificidad antiguo a otro moderno?
En efecto, llamamos Revolución Científica del siglo XVII al período que se extiende entre el año 1543 y 1687. Una buena manera de presentar el tema es destacando los principales textos publicados en dicho período dando cuenta de lo significativo de los aportes propios de cada uno de ellos. Veamos, a continuación, un listado consignando las fechas y nombres de las publicaciones más importantes del período, sus autores y un breve resumen de los temas allí tratados.
En 1543, se publica De Revolutionibus Orbium Coelestium o Sobre las Revoluciones de las Esferas Celestes de Nicolás Copérnico (1473 – 1543). En esta obra de astronomía, Copernico presenta el modelo eliocéntrico. También en ese año se publica De Humani Corporis Fabrica o Sobre la Estructura del Cuerpo Humano de Andrés Vesalio (1514 – 1564). Se trata de un tratado de anatomía. Vesalio presenta las láminas de anatomía elaboradas a partir de la disección de cadáveres. En 1573, Tycho Brahe (1546 – 1601) publica De Nova Stella o Sobre la Nueva Estrella, una de las más interesantes obras del astrónomo danés. En ella, Brahe da cuenta de lo que hoy conocemos como supernova, fenómeno desconocido para la época que dispara una serie de cuestionamientos al modelo de astronomía vigente. Por su parte, en 1609, Johannes Kepler (1571 – 1630) pública Astronomía Nova o Nueva Astronomía. En este volumen aparecen los resultados de sus investigaciones sobre el movimiento de los planetas y en particular sobre el movimiento aparente de Marte. En este libro se presentan las dos primeras leyes de Kepler del movimiento planetario, lo que supuso un cambio trascendental en la astronomía, rompiendo con una tradición de 2000 años. En el año 1628, William Harvey (1578 – 1657) presenta su Exercitatio Anatomica de Motu Cordis o Ejercicio de Anatomía. El libro describe correctamente las propiedades de la circulación de la sangre al ser distribuida por todo el cuerpo a través del bombeo del corazón. Más adelante, en 1637, René Descartes (1596 – 1650) publica su famoso Discurso del Método en el cual presenta su metodología para la construcción de conocimientos científicos siguiendo un camino seguro para según el mismo título completo de la obra indica hallar la verdad en las ciencias. Finalmente, en 1687, Sir Isaac Newton (1643 – 1727) presenta su brillante y revolucionaria Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, libro en que el genial científico inglés despliega la mecánica clásica revolucionando la física.
Como es de notar, se trata de un período que comienza en el siglo XVI y se extiende hasta muy avanzado el siglo XVII: un período repleto de descubrimientos y aportes significativos para el conocimiento. Pero, como habíamos sostenido anteriormente, se trata de mucho más que eso. Específicamente, decíamos que lo que tenemos es un cambio en los modelos de cientificidad; cambio que hace posible el surgimiento de todas estas nuevas teorías. Por demás, dicho cambio se asienta sobre otro más profundo, el cambio en la imagen metafísica de la naturaleza, en la cosmovisión. En efecto, lo que tenemos son nuevas estructuras conceptuales, nuevas formas de ver el mundo, nuevos y más potentes mecanismos y herramientas para construir conocimiento. Estas cuestiones que acabamos de introducir nos llevan a tener que presentar por fin las características del nuevo modelo de cientificidad, el modelo moderno. Ellas resultarán más visibles si primero mostramos cómo era la ciencia en la antigüedad y en la edad media. Veamos, entonces, en primer lugar las características del modelo antiguo, el modelo aristotélico para luego, desarrollar las del modelo mecanicista.
En realidad eso que llamamos modelo aristotélico está constituido por una mezcla de elementos propios del aristotelismo y del platonismo. En rigor, Platón(427 a.C. – 347 a.C.) dominó el campo intelectual hasta la reintroducción de los textos aristotélicos operada en Europa Occidental a partir del siglo XIII. Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) provoca una fascinación especial en los intelectuales de la época dado su importante aporte al conocimiento de la naturaleza.[1]Ahora bien, existen ciertas coincidencias entre ambas posturas como la creencia en la esfericidad del cosmos con la Tierra ocupando el centro del universo, la creencia en que había existido un comienzo del tiempo o la creencia en la unicidad del cosmos.[2] Pero junto a estas coincidencias tenemos diferencias profundas. Para el platonismo el cosmos es homogéneo, es decir, tiene la misma estructura en todas partes. Por el contrario, para el aristotelismo, el cosmos se dividía en dos regiones, la supra-lunar y la sub-lunar, presentando una estructura heterogénea. Aristóteles sostenía que los movimientos celestes producen la generación y la corrupción terrestre, que era responsable del cambio en el sector sublunar. Como veremos esta posición respecto a la cosmología definirá la ciencia aristotélica. Estudiemos, entonces, cómo eran la astronomía, la física y la química (por utilizar una terminología actual) aristotélicas.
La filosofía aristotélica puede considerarse una verdadera cosmología en la cual todos los objetos y sucesos del cosmos cobran sentido. La astronomía aristotélica, tal como hemos señalado, dividía el universo en dos sectores claramente diferenciados: el sector supra-lunar que se extiende desde la Luna hacia la esfera de las estrellas fijas y que contiene a la Luna misma junto con el Sol, los planetas y las estrellas y el sector sub-lunar, que se extiende desde la Luna (exceptuándola pues forma parte del sector supraslunar) hacia la Tierra. El sector sub-lunar es el sector del cambio, de lo corruptible, de la mutación constante, en el que las cosas nacen, viven y mueren mientras que el sector supra-lunar es el lugar de lo eterno, lo inmutable. Es interesante notar que los cometas, por su comportamiento aparentemente caótico e irregular, durante siglos fueron considerados fenómenos atmosféricos que ocurren en el mundo sub-lunar. En cuanto a la composición química los objetos del mundo sub-lunar, los mismos están constituidos por los cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, mezclados en distintas proporciones. A su vez, según su proporción de cada uno de ellos el lugar que las cosas ocupan en el cosmos. Así, por ejemplo, la tierra que es “naturalmente” pesada ocupa el centro del universo mientras que el fuego, “naturalemente” liviano, el mundo supra-lunar. El agua y el aire, por su parte, ocupan posiciones intermedias. En esta línea, las diferencias de peso entre las cosas se explican según la proporción en que se combinan los distintos elementos en dicho objeto. Los objetos mayormente constituidos por tierra tenderán a ocupar el centro del universo mientras que aquellos en los que predomina el aire y el fuego, el sector supra-lunar. En otro orden de cosas, el movimiento natural en el mundo sub-lunar es el movimiento rectilíneo no uniforme mientras que en el mundo supra-lunar la geometría del movimiento es aquella que en la antigüedad clásica era considerada como la más perfecta. En efecto, en el sector supra-lunar los objetos se mueven describiendo círculos a una velocidad uniforme.
Si nos han venido siguiendo detenidamente, habrán notado que hay una categoría que aparece frecuentemente: la de “lugar natural”. Esto tiene que ver con el hecho de que en la cosmología aristotélica, todos los objetos ocupan su lugar según su naturaleza o características esenciales, el lugar que les corresponde según su constitución y finalidad. En esta línea, como decíamos, los objetos de tierra tienden a ocupar el centro del universo mientras que los objetos de fuego tienden a escapar hacia la región de las estrellas fijas. El movimiento en el mundo aristotélico responde a la naturaleza que le es inherente a cada uno de los objetos que se mueve. Así, si tomamos una piedra en nuestras manos y la dejamos caer, ella se desplazara en línea recta hacia el centro del universo. Es por ello que las piedras caen cuando las soltamos hasta el suelo y lo hacen describiendo un movimiento rectilíneo variando su velocidad. Los movimientos tales como arrojar piedras, flechas o lanzas son considerados artificiales o violentos por los aristotélicos, esto es, contrarios a la naturaleza de las cosas en sí. Nos interesa destacar, más allá de estas notas específicas, los rasgos fundamentales que por su parte impregnan no sólo la filosofía de la naturaleza sino también su concepción de la política. Veremos que también esta última toma las características que asumen sus reflexiones sobre la naturaleza.
En primer lugar, tenemos una ontología jerarquizada. Las cosas ocupan un lugar y así como hay objetos superiores más perfectos como los cuerpos celestes, tenemos objetos inferiores. En las sociedades también tenemos hombres mejores que ocuparán lugares privilegiados como el rey y los nobles y hombres que se ubicarán en los estratos inferiores como los campesinos o esclavos. El fundamento político del orden social se construye apelando a las mismas categorías que lo relativo al orden natural.
En segundo lugar, tenemos el carácter teleológico de la naturaleza: las cosas tienden a ocupar el lugar que les es natural y les corresponde según la jerarquía en cumplimiento de una finalidad que les es propia y esencial. Entonces, así como hay lugares naturales para los objetos, los hay para los hombres. Cada hombre ocupará su lugar natural en la estructura social siendo esta no una creación de los mismos seres humanos sino que una que responde al movimiento y conformación natural de lo real. Entonces, para defender y reproducir el orden feudal, la nobleza contaba con una teoría social en la que se legitimaba el hecho de que el rey era rey porque era mejor que los demás hombres, porque había sido elegido por Dios o porque era su representante en la Tierra.
En tercer lugar, a la hora de abordar el estudio de la naturaleza y de la sociedad será prioritario estudiar las relaciones cualitativas entre las cosas, es decir, comprender las cualidades de las cosas, dado que es su naturaleza la que determina cómo se comportarán y el lugar que ocuparán.
Por último, en cuarto lugar, tenemos como hemos visto, un fundamento teológico del orden natural y social. Este fundamento está presente en el principio de autoridad y en las permanentes referencias a los textos sagrados.
A continuación veremos cómo un conjunto de “anomalías” comienzan a poner en problemas los supuestos básicos del modelo aristotélico y los conocimientos propios de la ciencia tal como era concebida hasta entonces. Estas “anomalías” comienzan a ser vistas o tenidas en cuenta por una serie de intelectuales preocupados por construir nuevos conocimientos. Los cambios que vienen operándose en el mundo, cambios de los cuales ya hemos hablado en nuestro anterior encuentro, hacen que algunos intelectuales comiencen a advertir ciertos problemas hasta entonces no considerados y plantear nuevos problemas y desafíos intelectuales. Veamos, a continuación, algunos de ellos a modo de ejemplo para luego sí adentrarnos en el modelo moderno de cientificidad.
Tomemos, por ejemplo, la “estrella nueva” que Tycho Brahe describe en su tratado De Nova Stella o la medición que el astrónomo danés realizara de un cometa visible en 1573. Tycho advierte, gracias a un complejo dominio de la geometría y la elaboración de tablas a partir de cada vez más precisar y complejas observaciones, que tanto uno como otro fenómeno ocurren en el sector que se encuentra más allá de la Luna, es decir, en el sector supra-lunar en el que, según los aristotélicos, nada de esto podía suceder puesto que era su naturaleza ser invariante, inmutable y perfecto. Otro ejemplo interesante es el que nos aportan los escritos de Galileo. En Siderious Nuncius o El mensajero Sideral, Galileo describe - gracias a mejores y más detalladas observaciones de los astros producto del uso de un nuevo invento tecnológico, el telescopio- los cráteres de la Luna, las manchas solares, las fases de Venus y las lunas de Júpiter. Todos estos cuerpos celestes debían ser esferas perfectas según la descripción del cosmos aristotélico puesto que se encuentran en el sector supra-lunar y por lo tanto, no tener cráteres ni fases. Sin embargo, nada de eso es lo que Galileo ve con su telescopio.
En fin, como quiera que sea, una serie de fenómenos comienzan a presentarse como anómalos para un enfoque aristotélico y disparan una serie de estudios que desembocarán en nuevos aportes pero fundamentalmente en el cambio de modelo de cientificidad.
El nuevo modelo, el mecanicismo, tendrá tres notas o características fundamentales:
En primer lugar, los mecanicistas sostendrán que el movimiento nunca se inicia espontáneamente. Las cosas por sí mismas no pueden comenzar a moverse. El origen del movimiento es externo.
En segundo término, el movimiento se transmite por choque o por contacto, nunca a distancia. Se niega la influencia de fuerzas cósmicas, astrales, fluidos de cierto tipo, simpatías y antipatías.[3]
En tercer lugar, ninguna máquina se mueve para alcanzar finalidades preestablecidas. El mundo está regido por una causalidad desprovista de sentido, ciega. No hay jerarquías sino igualdad entre las partes del todo. Las tesis mecanicistas constituyen una reacción a las posiciones de la escolástica y contra concepciones mágicas muy presentes en la época.
A las características anteriores tendríamos que agregar la matematización de la naturaleza y la predominancia de los análisis de las relaciones cuantitativas como herramientas para la construcción de conocimientos del cosmos. En efecto, el pensamiento se basa en el álgebra y el cálculo más que en la geometría. Ya no se trata de indagar acerca de las cualidades de los objetos sino de establecer un estudio de las variables y constantes que se dan por ejemplo en el caso de un sistema de partículas o cuerpos que se mueven para elaborar un modelo matemático que explique lo que está sucediendo.
Con todo, como vemos, más que la introducción de nuevos experimentos y teorías lo que tenemos es la aparición de nuevos conceptos o la redefinición de otros operados dentro de una nueva forma de ver el mundo y de concebir el lugar que el hombre ocupa en el cosmos. Los pensadores modernos buscarán nuevas herramientas para acceder al conocimiento de la naturaleza desarrollando una nueva y más potente lógica, apelando a la metáfora mecanicista desde una fuerte secularización. La realidad natural tiene una estructura comparable con una máquina. Si el mundo es una máquina o al menos puede pensarse como si lo fuera, entonces de lo que se trata es de abrir la máquina y ver cómo funciona. Esto es precisamente lo que hacen intelectuales como Vesalio, quien diseca cadáveres para ver qué es lo que hay en su interior, algo impensado para la medicina hipocrática o galénica. Por otra parte, a lo natural se contrapone lo artificial o hecho por el arte del hombre. El orden social ya no será una reproducción en la Tierra del orden de la naturaleza sino una construcción artificial realizada por los hombres mediante una reconstrucción racional. La antigua filosofía política fue reemplazada por una nueva filosofía plasmada en la obra de los contractualistas, quienes construyeron sus teorías a partir de una concepción individualista, de las ideas de contrato y de progreso, de la confianza en la capacidad de la razón para comprender el mundo y transformarlo. En efecto, son los filósofos contractualistas modernos quienes rompen definitivamente con la tradición clásica, al considerar que la sociedad y el Estado eran entes artificiales construidos por el hombre a través de un contrato.[4]
Antes de terminar nos gustaría esbozar algunas reflexiones sobre la herencia moderna y capitalista en ciencia y tecnología y las mutaciones propias del contexto actual. La ciencia moderna, como hemos visto, surge preñada por el cuerpo y el espíritu del capitalismo y lleva en su sangre, el pecado original de ser funcional para el incremento de la productividad y la consecuente obtención de ganancias al tiempo que configura y reproduce una suerte de imaginario que refuerza la idea de progreso propia del iluminismo, luego del positivismo, y de todas sus secuelas. Ahora bien, la cosa no es estática y va siguiendo los derroteros propios de la burguesía y la necesidad de aggiornarse y revolucionar permanentemente la historia para mantenerse en el poder reproduciendo las relaciones de sociales. Para ello, se van introduciendo modificaciones en el balance de fuerzas dentro de dichas relaciones sociales siendo un punto central ciertos cambios que se dan en la producción y en el consumo.[5] Es en dichas modificaciones donde la ciencia y la tecnología juegan un rol central. Ahora bien, para nada queremos decir que a partir de lo dicho debemos abandonar la producción de ciencia y el desarrollo tecnológico dedicándonos a vivir en un mundo cuasi feudal. Por el contrario creemos que los desarrollos llevados a cabo desde la modernidad hasta nuestros días son más que importantes. No se trata de negar el desarrollo de las herramientas y artefactos que hacen mucho más vivible nuestras vidas sino de entender el marco en el cual dicho desarrollo se da para criticar algunas de las consecuencias que de ello se desprenden; por ejemplo, el hecho de que nunca como antes somos capaces de crear nuevas y más eficaces formas de tecnología y al mismo tiempo ponerlas en manos de cada vez menos afortunados que tienen el dinero para adquirirla. Tenemos la capacidad tecnológica de producir alimentos para desterrar el hambre en el mundo y sin embargo, siguen muriendo millones de personas por inanición. Al mismo tiempo que transformamos el mundo a una velocidad vertiginosa, el sistema capitalista produce una gigantesca cantidad de pobres y depreda como nunca el medio ambiente. Los límites propios del dictado de una clase en este contexto hacen que sea imposible avanzar sobre estas y otras cuestiones propias de la filosofía de la ciencia y la tecnología, la ética y demás disciplinas dentro de los Estudios acerca de la Ciencia, Tecnología y Sociedad. Sólo se trata de dejar algunas preguntas planteadas o algunas inquietudes esbozadas para que los lectores continúen pensando.
Como sea, en ocasiones para bien pero también para mal, la ciencia actual se nutre de ciertas características surgidas en el tránsito del feudalismo al capitalismo. Precisamente fue durante la Revolución Científica del siglo XVII que las ciencias comienzan a adquirir las características con las que hoy las conocemos.
[1] Habría que aclarar que hubo también grandes desacuerdos con las teorías planteadas por Aristóteles sobre todo por parte de la Iglesia. En 1277, se dan una serie de prohibiciones (219 artículos de Teología y Filosofía) elaboradas por Etienne Tempier, obispo de París, quien por mandato del Papa, revisa la obra del Estagirita para condenar algunos de sus aportes como heréticos. Por ejemplo, a diferencia de los atomistas presocráticos, Aristóteles había sostenido la inexistencia del vacío cuestión que presentaba mucha resistencia por parte de la Iglesia para quien Dios todopoderoso bien podría crearlo. Antes, en 1270 hubo otra serie de prohibiciones a la filosofía aristotélica. En el siglo XIV tenemos una serie de intentos por armonizar las tesis aristotélicas a la fe católica de los cuales el más destacado es el que lleva a cabo Tomás de Aquino.
[2] Aunque, por cierto, también se aceptaba que Dios podría haber creado otros universos gracias a su omnipotencia divina.
[3] Tomamos aquí las características del mecanicismo cartesiano. En rigor, en Newton la fuerza de gravedad sí actúa a distancia.
[4] Entre los más destacados pensadores contractualistas tenemos a Thomas Hobbes (1588 – 1679), John Locke (1632 – 1704) y Jean-Jaques Rousseau (1712 – 1778)
[5] Para profundizar, el lector puede consultar Mandel El capitalismo tardío. México: Ediciones Era, 1972/1979.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Conexiones: Ciencia, Tecnología y Sociedad (Cuarta parte)

La Revolución Científica del siglo XVII. El cambio en el fundamento del conocimiento.


Antes de comenzar a desarrollar los contenidos de esta entrada convendría realizar un repaso de los temas que hemos estudiado en nuestro primer encuentro. Hemos emprendido una crítica de algunos asuntos vinculados con los mitos circundantes acerca de la ciencia y la tecnología y hemos hecho hincapié en la necesidad de estudiar el contexto socio-histórico en el cual se producen los desarrollos y las innovaciones científico-tecnológicas para desnaturalizar nuestra mirada acerca de los asuntos que nos convocan. De aquí que desde nuestro punto de vista sea fundamental considerar a la ciencia y la tecnología como hechos históricos y no como productos dados de una vez y sin más. Siguiendo esta línea de análisis y para defender una de nuestras tesis centrales – aquella desde la cual sosteníamos que la ciencia moderna surge a caballo de los cambios que se dan en el modo de pautar el proceso productivo a lo largo del tránsito del feudalismo al capitalismo- hemos tenido que presentar las características propias de las sociedades precapitalistas y las del capitalismo, mostrando específicamente cómo, en las primeras no se da un ambiente propicio para el desarrollo de la innovación científico-tecnológica mientras que en las segundas, dichos adelantos son centrales a la hora de incrementar la producción y en consecuencia la ganancia.
A esta altura es importante rescatar una de nuestras tesis más importantes y recordar que desde nuestra perspectiva, la ciencia y la tecnología deben considerarse como factores importantes para comprender el desarrollo capitalista y al mismo tiempo, el surgimiento y consolidación del capitalismo es central para entender las características propias del desarrollo científico-tecnológico moderno. Lo que tenemos entonces es una suerte de relación dialéctica a lo largo del desarrollo histórico en el que, por un lado, la burguesía triunfa imponiendo el capitalismo como forma de sociedad superadora del feudalismo y permitiendo un mayor despliegue de las potencialidades humanas entre las cuales las ciencias y la tecnología ocuparán un lugar central; por otra parte, encontramos desarrollos científico-tecnológicos que impulsan hacia delante la historia actuando como soporte de la consolidación de la burguesía y funcionales a sus principales objetivos.
Pues bien, hasta aquí el resumen. En este encuentro deberemos presentar las características de la ciencia antigua y las propias de la ciencia moderna. Concretamente veremos que la ciencia moderna surge en el siglo XVII obteniendo, a partir de allí, ciertos rasgos distintivos que no la abandonarán y que los encontramos hasta el presente. En efecto, si nuestro encuentro tuviese un título éste debería ser “La revolución científica del siglo XVII: el surgimiento de la ciencia moderna, un cambio en la cosmovisión a caballo de las luchas y transformaciones burguesas.” Veremos que si complementamos los puntos que estudiaremos a continuación con los estudiados con anterioridad resultará claramente probada nuestra idea de que no puede comprenderse el cambio revolucionario que se opera hacia dentro mismo de la producción de conocimiento sin tener presente los que se dan en el proceso productivo.
Antes de avanzar presentando en detalle los aspectos centrales de eso que llamamos Revolución Científica del siglo XVII es importante emprender un breve rodeo para explicar qué entendemos por revolución. El concepto es tomado por los historiadores como metáfora para dar cuenta de ciertos cambios profundos producidos en la historia de las ciencias. Pero dicha metáfora, que no sólo es utilizada en el campo de la epistemología e historia de las ciencias, adquiere cierta dinámica según el contexto histórico en el que se la encuentre. En efecto, a lo largo de la historia el concepto revolución adquiere distintos matices. No nos extenderemos demasiado en esto, diremos sólo que en la Edad Media y en el Renacimiento, el término hacía referencia a procesos diarios, celestes, que regían los asuntos del Estado. Ya en el siglo XVII, el concepto comenzó a adquirir ciertos matices diferentes para hacer referencia a fenómenos cíclicos, dando la idea de la culminación de un período y el comienzo de otro, un flujo y reflujo como el de las mareas o el auge y caída de las civilizaciones. El concepto pasa definitivamente a ser utilizado para dar cuenta no sólo de cuestiones relativas a procesos naturales sino también, las sociales. Finalmente, tenemos la transformación que se opera luego de las revoluciones modernas en el que el término revolución comienza a ser tomado como idea de acto fundacional, procesos incompatibles con un estado anterior, cambios profundos y el paso de un estado de cosas a otro nuevo que en incompatible con el anterior. Como quiera que sea, lo cierto es que desde el punto de vista histórico hemos dado en llamar Revolución Científica del siglo XVII a un complejo proceso de transformaciones operados en el conocimiento científico tras el derrumbe del feudalismo y el surgimiento de la modernidad.[1]
A lo largo de esta exposición vamos a sostener la tesis de que la Revolución Científica no representa sólo la aparición de nuevas teorías sino también un cambio en la imagen metafísica del mundo, modificaciones profundas en la forma de concebir y fundamentar el conocimiento y una reflexión sobre el método para construir conocimiento científico. Efectivamente, además de que es el mundo el que cambia, se modifica la imagen que los hombres tienen del mundo y del lugar que ocupan en el cosmos. Al mismo tiempo cae el fundamento teológico del conocimiento siendo éste algo a ser construido por los seres humanos más que algo dado o inmanente. Es por este motivo que ocupa un lugar central la reflexión acerca del modo mediante el cual debe construirse conocimiento para llegar a la verdad. Como la verdad no está dada hay que buscarla mediante el conocimiento. Pero no vayamos tan rápido, vemos en detalle cómo es que ocurre todo esto.
La Revolución Científica representa el surgimiento de la ciencia moderna tras la caída del modelo aristotélico. A partir de entonces no serán ni la Biblia ni los filósofos aceptados por el clero y cercanos al dogma quienes fundamentarán el conocimiento o sirvan de puente para obtenerlo. El cambio de un modelo de cientificidad antiguo a uno moderno se da junto al paso de una cosmología clásica con sus modificaciones y variantes medievales a una nueva imagen metafísica del mundo: el mecanicismo.
A partir de la Revolución Científica del siglo XVII, comienza a ser un tema central, como decíamos, el fundamento del conocimiento. En efecto, lo que tenemos es una preocupación cada vez mayor por fundamentar y legitimar la nueva forma de concebir el saber. Como el mismo ya no está dado, ya no se encuentra en los textos sagrados ni surge por inspiración divina y hay que construirlo será fundamental asegurarse que el camino que se emprende para tal fin sea un camino seguro. Es por este motivo que con la modernidad adquiere un lugar central dentro de la filosofía, la reflexión gnoseológica o teoría del conocimiento. Como esta es una cuestión central nos veremos obligados a emprender un rodeo para mostrar qué se discutía y por qué motivo.
El problema de cómo es posible el conocimiento, su naturaleza y alcance, es tratado por la teoría del conocimiento o gnoseología.[2] Se trata de un problema filosófico de larga data que implica un significativo número de cuestiones relacionadas entre sí a resolver. Dicho problema fue abordado por distintas tradiciones o escuelas del pensamiento a lo largo de la historia. La gnoseología, en síntesis, trata de resolver tres cuestiones relacionadas con el problema del conocimiento:

La posibilidad del conocimiento.
Las actividades cognitivas que posibilitan la formación de conceptos.
La naturaleza y alcance del conocimiento.

La respuesta a cada una de estas cuestiones implica distintos puntos de vista. Si se sostiene que podemos alcanzar la verdad y que en ciertos casos, lo conseguimos con certeza se es dogmático. En cambio, se es escéptico si se pone en duda la posibilidad del ser humano de construir conocimiento verdadero o cierto. En cuanto al problema relacionado con las actividades cognitivas o el modo en que se forman las ideas o conceptos, existen dos posiciones al tratar de elaborar una respuesta a la cuestión: el empirismo y el racionalismo. Básicamente, el empirismo sostiene que el conocimiento surge de la experiencia y la percepción sensorial y el racionalismo que el mismo surge a partir de la razón. Veremos más adelante en detalle las principales características de estas dos tradiciones.
En relación a la naturaleza y alcance del conocimiento, existen dos posturas contrapuestas: el idealismo y el realismo. El idealismo sostiene que todo ente se da en el interior del conocimiento y que no pueden conocerse las cosas en sí. Así, por ejemplo, la idea de mesa posee existencia propia independientemente de las mesas en particular. Por su parte, el realismo afirma que todo objeto percibido por los sentidos tiene una existencia independiente del propio ser percibido y que esos entes reales existentes en sí pueden ser conocidos. En la Edad Media, los nominalistas negaban la existencia de los universales y sostenían que dichos universales eran sólo nombres en común que utilizábamos para poder comunicarnos y entendernos. Su influencia fue muy importante para la filosofía de la ciencia posterior. Existen también a la hora de responder a estas interesantes cuestiones un número de posiciones intermedias de las cuales no hablaremos aquí por una cuestión de espacio y por considerar que exceden los límites que nos hemos fijado para este curso.
En la Filosofía Clásica, el problema del conocimiento fue tratado en el Teeteto y La República por Platón y por Aristóteles, en varios de sus trabajos. Con la modernidad, como sosteníamos más arriba, el problema adquiere una fuerza y características especiales. El idealismo filosófico suele presentarse aquí de dos formas: una gnoseológica y otra metafísica. El idealismo suele tomar como punto de partida para emprender la reflexión filosófica al sujeto o la conciencia. El sujeto es un sujeto ideador y representativo que construye el conocimiento del mundo a partir de la reflexión y no de las cosas que están en el mundo exterior. En líneas generales, el idealismo moderno concuerda con el racionalismo. En contraposición al idealismo, el materialismo parte de considerar como la realidad a los cuerpos materiales y pensar que la materia es el fundamento de toda realidad y causa de toda transformación. Ambas posturas filosóficas intervendrán ocupando un lugar central en las reflexiones modernas acerca de lo social las cuales, asumirán distintas formas ya sea como racionalismo, empirismo o en términos más generales, como la ilustración.
La ilustración influye notablemente en el pensamiento del siglo XVIII. Desde esta perspectiva, distintos autores sostendrán la importancia y el poder de la razón en la construcción de conocimiento y en el ordenamiento o reorganización de la sociedad según los principios racionales. Para ordenar el mundo, la razón debe construir ideas generales válidas. La ilustracion se constituye sosteniendo el poder ilimitado de la razón para gobernar y ordenar el mundo de los hombres. No niega la historia pero en cierto sentido, ve al pasado como un conjunto de errores explicables a partir de la falta o el insuficiente uso de la razón. Desde esta perspectiva, el pasado no es necesario para la construcción de un futuro mejor. Aquí el pensamiento ilustrado se distingue de su antecedente escolástico y la preocupación filológica renacentista, cuya búsqueda de conocimiento se orientaba hacia el pasado y hacia el estudio de las escrituras sagradas. Hay en el pensamiento moderno de la ilustración una clara búsqueda de un futuro mejor basado en el progreso sustentado por el aporte de la razón.
La ilustración representó, a su vez, un antecedente importante y el origen de la Enciclopedia. Este movimiento filosófico asume una fuerte postura pedagógica, al sostener la importancia de promover la enseñanza y divulgación de los saberes de su época y de los principios republicanos, con el fin del desarrollo cultural y económico de la sociedad. Sus principales representantes son Denis Diderot (1713 – 1784) y Jean D’ Alembert (1717 – 1783) quienes conciben a la ciencia y la tecnología, junto a la razón, como las más importantes herramientas para el progreso de la sociedad y publican la famosa Enciclopedia en París, entre 1751 y 1772.
La fuerte creencia por parte de los filósofos ilustrados en el poder de la razón humana se plasma en la tradición racionalista. Es por este motivo que muchas veces, se confunde la tradición iluminista con el racionalismo. Si bien es cierto que el iluminismo proviene directamente del racionalismo del siglo XVII, también es cierto que, muchos iluministas también fueron empiristas.
Es importante destacar que a lo largo de la modernidad, las distintas tradiciones filosóficas antepusieron el tratamiento del problema del conocimiento a todos los demás tratamientos, constituyéndose la gnoseología en una de las herramientas principales a partir de las cuales, construir los sistemas de pensamiento.
El racionalismo va a chocar con el empirismo de Locke (1632 – 1704), Berkeley (1685 – 1753) y Hume (1711 – 1776) quienes sostienen que el conocimiento surge de lo dado, de la experiencia. Específicamente, racionalistas y empiristas se enfrentarán al considerar qué lugar ocupa el sujeto en el acto de conocer y cuáles son los alcances del conocimiento. Por lo general, suele contraponerse al racionalismo y al empirismo mostrándoselas como posturas antagónicas. Sin embargo, esto no es del todo así puesto que ambas tradiciones comparten muchos de los principios fundamentales de la modernidad. Una vez saldada la cuestión de qué lugar ocupa el sujeto en la construcción de conocimiento se pasa a tratar el tema del método y a analizar cómo se da la relación del sujeto con el mundo.
El racionalismo postulara que el conocimiento surge de la razón y por la actividad subjetiva del hombre. Esta tradición de pensamiento se remonta a la obra de René Descartes (1596 – 1650) en el siglo XVII. Sus máximos exponentes, junto a Descartes, fueron Baruch Spinoza (1632 - 1677) y G. Wilhelm Leibniz (1646 - 1716). Desde el racionalismo se sostenía que sólo por medio de la razón es posible el acceso a las verdades universales. Las verdades evidentes en sí o universales eran innatas y no accesibles por la vía de la experiencia empírica. Desde esta perspectiva, también la esencia humana es considerada como inmutable variando el modo de describirla según el autor: algunos sostendrán que el hombre es un ser racional, otros que es esencialmente un ser individualista que busca reconocimiento.
La tradición empirista, por el contrario, sostiene que el conocimiento surge a partir de la experiencia sensible del sujeto cognoscente. Esta teoría del conocimiento surgida en Inglaterra en el siglo XVII, pone de relieve el rol de la experiencia en la construcción de conocimientos. Esta postura fue defendida por Francis Bacon (1561 – 1626) en su Novum Organum publicado en el año 1620 y llevada a su máxima expresión por David Hume (1711 – 1776) en su excelente trabajo Investigaciones sobre el entendimiento humano y en otras obras no menos importantes.
El empirismo sostiene que si el conocimiento comienza por las ideas éstas, al contrario de lo que sostienen los racionalistas, no tienen su origen en la mente. Es la experiencia entendida como percepción de los objetos sensibles externos al sujeto y las operaciones mentales las que posibilitan la construcción de conocimiento. El empirismo niega la existencia de ideas innatas como las que pretende sostener el racionalismo; es decir, se opone tajantemente al innatismo: no existen ideas anteriores a los datos brindados por la experiencia. Si el conocimiento proviene de la experiencia, entonces todo conocimiento debe ser adquirido. La mente es como una tabla rasa que debe llenarse a partir de la experiencia y el aprendizaje. El sujeto es considerado un receptáculo en el cual, ingresan las ideas o sensaciones que constituyen la base de todo conocimiento. La experiencia sensible actúa, entonces, como límite del conocimiento. Puesto que la misma es limitada, también lo será la capacidad de construir conocimientos. Aquí el empirismo también marca una diferencia clara en relación a la tesis racionalista que sostiene que como el conocimiento surge a partir de la razón y siendo la misma utilizada en forma adecuada no tendría límites para la acumulación y profundización de saberes.
Más allá de esta breve introducción histórica y conceptual a la problemática y puesto que un examen detallado de todos los tratamientos que la misma ha incluido e involucra actualmente exigiría mucho más espacio, concentrémonos solamente en hacer notar cómo la reflexión acerca del conocimiento actuó para fundamentar y legitimar las nuevas formas de concebirlo y al mismo tiempo, impugnar el modo en el que la filosofía medieval pretendía construir conocimiento. Atacar la filosofía medieval era atacar la Escolástica. Desde el Renacimiento – a grosso modo, desde los siglos XV y XVI- lo que tenemos es una fuerte crítica al pasado inmediato, hacia la Edad Media. A partir de aquí los hombres comienzan a desembarazarse de las creencias fundamentales sobre las cuales se sostenía el pensamiento medieval. De una mirada siempre puesta en el más allá, de una permanente referencia a los textos sagrados, del desprecio por lo mundano, de una concepción religiosa del mundo y de la vida, el hombre vuelve la mirada hacia el mundo, hacia la naturaleza, ocupando él mismo un lugar central. La concepción del mundo pasa a ser esencialmente profana y su fundamento, secular.
En lo que hace a la cuestión metodológica, el método predominante en la Edad Media es considerado por los modernos simplemente como un método inútil e ineficaz que no sólo impide el desarrollo de las ciencias sino también, imposibilita la acción transformadora sobre la naturaleza. Es por esto que el principal objetivo de los modernos será reemplazarlo por otro. Hay tres cuestiones que caracterizan el modo de proceder escolástico: el principio de autoridad, el verbalismo y la silogística. En efecto, el pensamiento medieval reconocía como válido y decisivo el llamado criterio o principio de autoridad, se admitía como verdadero lo dicho por ciertas autoridades: los textos sagrados, la Iglesia, los filósofos aceptados por la Iglesia, etc. Por otra parte, el método escolástico puede ser calificado como verbalista en el sentido de que, frecuentemente, se enredaba en meras discusiones de palabras, retórica pura, sin ir hacia las cosas mismas pretendiendo resolver las problemáticas referidas a la naturaleza sin observarla, ni apelando a procedimientos objetivos. Por último, la ciencia y la filosofía escolástica tomaron como herramienta lógica el silogismo. El silogismo es un razonamiento deductivo construido mediante tres proposiciones de las cuales dos cumplen el rol de premisas y una, el de conclusión. La conclusión resulta necesariamente de las premisas. Si las premisas son verdaderas, la conclusión también será verdadera no pudiendo esto darse de otro modo. El silogismo es un razonamiento válido en virtud de la forma lógica mediante la cual este se construye. Veamos un ejemplo famoso de silogismo:
Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Luego, Sócrates es mortal.
Por una cuestión de espacio no vamos a detenernos en el análisis del silogismo en sí mostrando sus componentes y el modo en que se construyen. Concédasenos que siempre necesariamente la conclusión será verdadera si las premisas lo son. Los filósofos escolásticos estudiaron la manera de construir silogismos para utilizarlos como herramientas para llegar a la verdad. El problema es que con el silogismo no se amplía el saber que se encuentra contenido en las premisas puesto que aquello que afirma la conclusión ya está contenido en la primera premisa. En efecto, “Sócrates es mortal” está contenido en “Todos los hombres son mortales”. Por otra parte, como el silogismo se construye cargando en sus premisas proposiciones de acuerdo al principio de autoridad, es decir, proposiciones “consideradas verdaderas” y de cuya verdad no se duda, proposiciones que no se verifican ni se ponen a prueba en la experiencia, y como el silogismo invariablemente estará bien construido en virtud de su forma lógica, esto es, será válido, nunca tendremos la oportunidad de dudar acerca de la verdad de la conclusión. Dicho de otro modo, si fuésemos a la experiencia y comprobásemos que las premisas son en realidad falsas, de todos modos igual estaríamos creyendo llegar a conclusiones verdaderas cuando en realidad estuviésemos lejos de la verdad. El problema epistemológico de primer orden se refiere a la cuestión de la verdad de las premisas o afirmaciones que actúan como puntos de partida y no sobre la validez lógica de los razonamientos o silogismos utilizados. Por ejemplo, el silogismo que presentamos a continuación tiene su primera premisa falsa y nos lleva a una conclusión también falsa a pesar de estar bien estructurado lógicamente:
Todos los hombres son extraterrestres.
Sócrates es hombre.
Luego, Sócrates es extraterrestre.
El silogismo entonces no permite determinar la verdad de los conocimientos, puede valer como método para defender la verdad de lo que se cree, para presentar ordenadamente verdades ya sabidas, verdades dadas en los textos sagrados o en los trabajos de los filósofos aceptados por el clero pero no para construir una novedad.
Los modernos pretenderán, en definitiva, acabar con las discusiones verbales y proporcionar un método para ir a las cosas mismas de modo que cada sujeto pueda transitar un camino seguro que le permita no sólo construir conocimiento del mundo sino transformarlo para cubrir las necesidades humanas. Es en este contexto que pensadores como Francis Bacon, Descartes, Galileo y muchos otros comenzarán a reflexionar sobre el conocimiento y a pensar un método adecuado para su construcción. No es casual que el principal trabajo de Bacon se denomine Novum Organum marcando una clara diferencia respecto a la obra de Aristóteles, el Organum.
[1] Aunque aquí se seguirá la tesis según la cual el cambio introducido por la Revolución Científica representa una verdadera ruptura generalizada con el mundo medieval, es necesario aclarar que no necesariamente hay unanimidad de criterios entre los historiadores en este punto. Hay historiadores continuistas para quienes muchos de los conceptos de la mecánica y la física moderna no son más que la lenta y gradual maduración de conceptos que tuvieron su origen en las escuelas medievales. En esta línea encontramos autores como Clagett, Crombie, Duhem, etc. Otros como Koyré o Kuhn sostuvieron una postura contraria, dando al período el carácter de una verdadera ruptura. Para profundizar sobre este tema recomendamos http://contraelmetodo.blogspot.com/2008_12_01_archive.html
[2] En rigor, en los países de habla hispana, solemos utilizar teoría del conocimiento para referirnos al estudio sobre el conocimiento siendo gnoseología un nombre cada vez menos utilizado. La gnoseología tiene por objeto el valor del conocimiento. Este valor del mismo implica dos aspectos: la verdad y la certeza. La verdad es la adecuación entre el enunciado o proposición y lo que es. De esta manera, si por ejemplo decimos que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es la Capital de Argentina estamos utilizando una proposición verdadera. Por su parte, la certeza da cuenta de un estado subjetivo del espíritu que está seguro y cree que una proposición es verdadera. Desde esta perspectiva, puede haber certeza sin verdad como, por ejemplo, cuando un sujeto sostiene firmemente un error por ignorancia o por la influencia de determinadas concepciones alternativas o representaciones sociales. Un ejemplo extraído de la historia de las ciencias da cuenta de aquella difundida creencia de que la tierra permanece inmóvil en el centro del universo en la Europa feudal y la antigüedad. Uno más actual, la creencia en la existencia de naves extraterrestres. También, puede haber verdad sin certeza cuando, por ejemplo, sostenemos que la temperatura de fusión del agua destilada es de 0º C en CNPT.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Algo más que una buena meada

Una vez más la urgencia de la política y la necesidad de opinar nos obligan a abandonar por un momento la filosofía de las ciencias y demás. Concédasenos dejar de lado sólo por un instante nuestra acostumbrada frialdad académica para meternos un poco en el barro político. Más allá de los certeros y sagaces artículos publicados estos últimos días en blogs amigos, criticando la manera en que los medios pro establishment trataron el reclamo estudiantil, puntualmente, tomando las pintadas al edificio del Gobierno de la CABA como un acto de vandalismo, nos gustaría rescatar un hecho más del cual también los periodistas pro preocupados se encargaron con el mismo objetivo pero que resulta un poco más pintoresco, a la vez que dispara algunas reflexiones. En efecto, mientras se llevaban a cabo las pintadas, un desaforado vejete, que aparentemente nada tenía que ver con la revuelta de mocosos impertinentes apañados por docentes zurditos y padres poco propensos al uso del cinturón para aplicar un buen correctivo, desenfundó su máquina frente a la citada puerta del palacio de gobierno de la ciudad y la meo con ganas. Todo un símbolo: mear la puerta. Un finado amigo que trabajaba en el gremio de los metalúrgicos, se jactaba de mearles la puerta de la fábrica a cada uno de los capitalistas que le pagaba salarios bajos y lo tenían laburando como un buey para luego irse a trabajar a otro taller. Claro está eran épocas mejores para los proletarios, pequeños remansos en el tempestuoso río del capitalismo, momentos en que los trabajadores podían elegir negociar mejores condiciones laborales con otros capitalistas ávidos de fuerza de trabajo. Así pues la meada era algo más que un placer animalesco, era un símbolo, un guiño, algo así como torcerle el brazo por un momento al capital. Pues bien, el otro día, el joven viejito, cubierto de gloria, le meo la puerta a Macri y todos sus gerentitos. Y la meada evocó aquellas viejas meadas gloriosas… Por supuesto, como bien dice nuestro buen Mayo en la nota publicada en su blog, "Miseria de la Sociología", inmediatamente la imagen del meador surcó el éter para dar cuenta de lo desaforado del reclamo estudiantil, de la mala educación, de la falta de respeto a las instituciones y vaya a saber qué otras barbaridades. Como sea, la imponente puerta del edificio que alberga todos los días al equipo gerencial que decide los destinos de la cosa pública en la ciudad por un momento (tal vez una noche entera) pareció un baño horrible de escuela pública olvidada. Hay meadas y meadas. Mi finado amigo meaba la puerta de las fábricas gobernadas por capitalistas atentos a incrementar sus ganancias (cuestión privada), el vejete copado meaba la puerta de un edificio en el cual funciona el gobierno que tiene que velar por el interés de todos (lo público) pero que lejos de hacerlo pretende pensar e implementar políticas públicas desde la racionalidad empresarial para favorecer al sector privado. Pero también, y esto hay que decirlo, hay grandes cagadas. Entre las cagadas más graves, las que se mandan aquellos gerentitos que destruyen la educación pública.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Conexiones: ciencia, tecnología y sociedad (tercera entrega)

El proceso de trabajo en el capitalismo
En esta entrada, la tercera del ciclo conexiones, pasaremos a desarrollar las características que adopta el proceso de trabajo en el capitalismo. Notaremos que es justamente a partir de aquí que puede notarse una fuerte imbricación entre la producción de mercancías y la actividad científico-tecnológica y la política. Esto se da de tal forma porque el principal propósito en la producción capitalista es el incremento de la ganancia y una de las maneras de lograr tal aumento es mejorando la productividad. Veamos esto detenidamente.
Comprender cómo funciona el modo de producción capitalista es sumamente difícil. Esto se da de este modo por el hecho de que estamos insertos en tal modo de producción. Vivimos todos los días bajo las influencias de las características que adopta la sociedad a partir de este determinado modo de pautar el proceso productivo. Tal como se dice por allí, si los peces fueran capaces de producir conocimiento de lo último que se enterarían es que viven en el agua. A tal punto olvidamos el hecho de que vivimos en el capitalismo que el término mismo parece haber caído en desuso. Hoy se habla de “economía de mercado”, “sociedad de libre cambio”, “neoliberalismo, etc. Todas formas distintas para decir lo mismo.
El capitalismo es un modo especial de pautar el proceso productivo en una sociedad dividida en clases sociales. Esto no nos lleva muy lejos porque, como hemos visto, las sociedades precapitalistas también eran sociedades divididas en clases en las cuales una, aquella constituida por los propietarios de la tierra, explotaba a la otra. Veamos cómo se organiza el proceso de trabajo en el capitalismo y echemos luz a los rasgos principales de este tipo de sociedad.
Uno de los aspectos fundamentales que debemos tener presente a la hora de abordar el estudio del proceso productivo en el capitalismo es que en dichas sociedades se da una doble liberación del trabajador. En efecto, el capitalismo rompe todos los lazos de dependencia personal. El trabajador ya no es esclavo ni siervo de la gleba; de este modo, es libre de buscar trabajo donde sea que pueda obtenerlo. En este sentido, es un sujeto de pleno derecho e igualdad jurídica respecto al capitalista. Entonces, un obrero metalúrgico, un empleado de comercio, la cajera del supermercado, un desocupado, el presidente de la nación o el dueño de una empresa multinacional son iguales ante la ley. Pero no todo son buenas noticias… La otra pata de la doble liberación a la que hacíamos referencia anteriormente está dada por el hecho de que el trabajador también es liberado del control de los medios de producción. Efectivamente, el campesino ya no tiene un espacio de tierra para producir sus propios medios de subsistencia. Tampoco el esclavo cuando es abolida la esclavitud. Con lo cual, tanto el campesino, como el esclavo, como el siervo deben recurrir a lo único que les queda de su propiedad para sobrevivir: su fuerza de trabajo. Todos se ven obligados a vender su fuerza de trabajo en el mercado y producir para el capitalista que es quien está en condiciones de comprar dicha fuerza de trabajo por un tiempo determinado.
Capitalista y proletario se encuentran en el mercado y realizan un contrato por el cual el capitalista compra por un tiempo determinado la fuerza de trabajo del proletario. A cambio de dicho trabajo el capitalista paga al obrero un salario. El capitalista, propietario de los medios de producción que a diferencia del noble se encuentra inmerso en el proceso de trabajo y controla los medios de producción, estará atento a que el obrero cumpla su parte en el contrato. De todo esto podemos ya sacar una primera conclusión. A diferencia de lo que ocurría en las formaciones sociales precapitalistas donde el excedente era apropiado por el noble gracias a su monopolio del poder político y el uso de la coacción extraeconómica, en el capitalismo, el dueño de los medios de producción se apropia del excedente por la vía de la coacción económica. La fuerza ocupa sólo un rol secundario y no puede ser utilizada permanentemente. Esto justamente se da de tal forma por el hecho de que el obrero se encuentra en plano de igualdad de derechos con el capitalista pero al no poseer los medios de producción queda obligado a tener que vender la fuerza de trabajo en el mercado sufriendo los avatares de dicho mercado y las amenazas permanentes del desempleo. Parece como si existiera una gran maquinaria cuya fuerza coactiva gobierna a las personas sin que estas lo noten. Perdemos de vista que fuimos nosotros, los hombres, quienes hicimos que las cosas sean de tal manera, quienes inventamos y engrasamos los mecanismos de dicha máquinaria.
Aun nos queda un punto por resolver. Tenemos que explicar cómo el capitalista se apropia del plustrabajo de los obreros. A diferencia de lo que ocurría en las formaciones precapitalistas en las cuales el excedente producido por el plustrabajo de los campesinos se generaba por el hecho de que estos eran obligados a trabajar una cantidad de días en las tierras del señor, en el capitalismo el plustrabajo genera plusvalor. Veamos cómo es esto.
La relación que se establece entre el capitalista y el proletario, cuando ambos se encuentran en el mercado a negociar las condiciones en las cuales se va a realizar el contrato entre ambos, es asimétrica. Esto es así por el hecho de que el primero, al ser propietario de los medios de producción, se encuentra en mejores condiciones por imponer a los trabajadores por la vía de la coerción extraeconómica una serie de condiciones referidas a la modalidad en la que se va a llevar a cabo la tarea de producción de mercancías. Si bien todo capitalista está perdido sin los obreros que realicen los trabajos[1], este puede básicamente imponer las condiciones bajo las cuales el proceso de trabajo se llevará a cabo jugando con uno, o más bien varios, ases bajo la manga; como por ejemplo, la solapada pero siempre presente amenaza de la pérdida de las fuentes de trabajo, el crecimiento de la desocupación por la depresión y demás temores que aquejan a la masa obrera y hace que ésta se vea obligada a aceptar concisiones tales como la duración de la jornada laboral de 9, 10 y tal vez más horas, con francos móviles, etc.
Como quiera que sea, lo que debemos explicar a continuación (y lo anterior no es más que una simple introducción) es cómo el capitalista obtiene el plustrabajo de los obreros y qué es específicamente el plustrabajo. Hasta aquí hemos visto que capitalista y proletario son personas libres e iguales que se encuentran en el mercado a negociar las condiciones en que el obrero trabajará y que a la igualdad de derecho se contrapone el hecho de que el capitalista es propietario de los medios de producción y el proletario no lo es. Con lo cual, lo que tenemos es que el obrero debe vender su fuerza de trabajo al capitalista, quien la compra en el mercado por un tiempo determinado; esto es, la duración de la jornada laboral. Esto es posible porque el obrero posee una mercancía de vital importancia para el capitalista: su fuerza de trabajo. Decimos que es fundamental puesto que es lo única capaz de generar valor en el proceso de trabajo. Veamos un ejemplo:
Comencemos por una simple cuestión hogareña. Imaginemos que tenemos que cocinar algo tan sencillo como una pizza de mozzarella. Colocando harina, agua, levadura, tomate, ajo, orégano, mozzarella y aceitunas en una pizzera y colocando todos esos ingredientes en el horno, no obtendremos como resultado una pizza. Para que dicha maravilla de la cocina occidental sea posible es necesario que alguien sepa de qué modo deben mezclarse los elementos, los tiempos de cocción, etc. Dicho en otros términos, es necesario el trabajo del cocinero. Corrámonos ahora del ámbito hogareño y pasemos al maravilloso mundo de los negocios, tomemos una cadena de pizzerías y visitemos uno de sus muchos puntos de venta. Los ingredientes y gastos de energía necesarios (electricidad, gas) para hacer pizzas, junto con el salario del maestro pizzero constituyen una magnitud dada por el hecho de que antes de abrir el negocio el capitalista sabe cuánto tiene que gastar en estos insumos básicos. Dichas magnitudes reaparecerán en el precio final de la pizza. Ahora bien, si el valor de los ingredientes y costos de servicios necesarios para hacer una pizza representan, supongamos, 15 y 5 pesos respectivamente, ¿Cómo puede ser que la pizza valga 25? ¿De dónde surgen los 10 pesos de diferencia? En definitiva, ¿de dónde surge ese nuevo valor? Dicho valor, que constituye la ganancia del dueño de la pizzería, es generado durante el proceso de trabajo.[2] Es de notar que ni el costo de insumos, ni el salario del maestro pizzero representan o equivalen al valor de la pizza terminada. En síntesis, ese nuevo valor, que llamaremos plusvalor, se produce en el proceso de trabajo y es, como habíamos visto, producto del trabajo del pizzero.
Pero hay todavía una cuestión más que analizar. Supongamos que el capitalista negocia la compra de la fuerza de trabajo del maestro pizzero por una jornada laboral de 8 hs. Y supongamos que a cambio de esas 8 hs. de trabajo le paga un salario de 5 pesos. Lo que está ocurriendo en realidad es que el capitalista compra la fuerza de trabajo y paga un salario para que el pizzero pueda reproducir su subsistencia hasta el día siguiente. [3] Pero esos 5 pesos en realidad corresponden al trabajo que el pizzero realiza en 4 de las 8hs. que está en la pizzería. En efecto, el pizzero en 4 hs. produce lo necesario para que el capitalista pague su salario del día. Si el trabajador fuera dueño de sus actos, a las 4hs. se iría a su casa. Pero en el capitalismo, ocurre que el capitalista, dueño de los medios de producción, luego de haber pagado la fuerza de trabajo y cerrado el contrato que lo relaciona comercialmente con el trabajador, tiene todo el derecho de demandar al obrero, llevarlo a los tribunales de trabajo o despedirlo lisa y llanamente. De este modo, en definitiva, la jornada laboral se prolonga por sobre la cantidad de horas necesarias para generar el salario. Durante esas horas de plustrabajo, el trabajador produce la plusvalía. Es de notar que todo este mecanismo es posible y se reproduce aceitadamente en la sociedad capitalista gracias, entre otras cuestiones que no desarrollaremos aquí, a la coerción de tipo extraeconómico.
De lo dicho podemos extraer algunas conclusiones interesantes para tener en cuenta a lo largo de nuestra próxima clase. El objetivo principal en el capitalismo es la producción de plusvalor. Para lograr el incremento de dicho valor el capitalista puede ir por tres caminos diferentes: O bien reduce el salario del trabajador, o bien aumenta la duración de la jornada laboral, o bien procura el aumento de la productividad; esto es, que en la misma cantidad de horas de trabajo, el obrero produzca mayor cantidad de mercancías. De las tres vías, nos va a interesar destacar la última. Efectivamente, el aumento de la productividad es posible gracias al desarrollo de las ciencias naturales y la tecnología. Ambas toman la palabra a la hora de procurar mejorar los procesos de fabricación mediante la innovación y el desarrollo de nuevas y más eficientes máquinas, herramientas y procesos industriales. Por otra parte, y esta sería una consecuencia más del hecho de que en la sociedad capitalista el eje esté centrado en la producción de plusvalor, en dicha sociedad no importa lo que se produzca, siempre y cuando sea vendible, dado que para que el plusvalor se concrete es necesario que se venda la mercancía. En efecto, ningún capitalistas quiere que sus mercancías estén acumulándose en un depósito. De aquí la importancia que adquieren, en la fase actual del capitalismo, disciplinas como el marketing o la publicidad. De lo que se trata es de generar nuevas necesidades y de lograr un flujo permanente de mercancías. En vez de fabricar bienes durables, va a interesar hacer cosas poco durables o modificar los diseños permanentemente instalando o reforzando y reproduciendo hasta el hartazgo la idea de que lo nuevo es lo mejor. En otras palabras, será fundamental el desarrollo de nuevas tecnologías que hagan que las que tenemos se tornen rápidamente obsoletas.
Hasta aquí el desarrollo de las características del proceso de trabajo en el capitalismo que se complementa con las dos entradas anteriores del ciclo. En una muy apretada síntesis hemos visto las características que adopta el proceso de trabajo en las sociedades precapitalistas y las diferencias que el mismo adquiere en el capitalismo. Esto nos ha permitido mostrar cómo en las sociedades precapitalistas el modo de producción trababa el desarrollo científico-tecnológico mientras que en el capitalismo, por el contrario, dicho desarrollo adquiere un rol fundamental a la hora de aumentar la productividad para así obtener mayores ganancias. En el próximo encuentro de este ciclo de conexiones entre ciencia, tecnología y sociedad estudiaremos cómo a partir de la llamada Revolución Científica del siglo XVII comienzan a aceitarse las conexiones entre ciencia, tecnología y orden social. Mostraremos que es allí cuando surge la ciencia moderna, conocimiento que permite un mayor y más acelerado desarrollo de la técnica para la transformación de la naturaleza. Finalmente, si todo sale bien, estaremos en condiciones de elaborar algunas conclusiones que nos permitan esclarecer con más elementos conceptuales algunos de los problemas más frecuentes que tenemos presentes en las formulaciones de políticas de investigación y desarrollo.
[1] El proceso de trabajo implica fundamentalmente la existencia de quien ejecute las tareas de producción.
[2] A lo largo de todo nuestro análisis tomaremos un día como unidad de tiempo.
[3] Recuerden que utilizamos el día como unidad de tiempo.
José Antonio Gómez Di Vincenzo

jueves, 9 de septiembre de 2010

De Juvenilia, la juventud divino tesoro y los muñequitos acartonados a los pibes de hoy, rápidos, inteligentes, críticos e impertinentes.

Uno de los peores miedos de la derecha recalcitrante, hiperconservadora y con olor a naftalina y una de las más terribles amenazas de la nueva derecha, ágil, proactiva, marketinera pero al mismo tiempo, esclerótica e incapaz de embarrarse en el lodo de la política ha tomado cuerpo y tomado las calles. Los pibes de las secundarias de Buenos Aires hacen pasear la política por las calles. No sólo desempolvaron la práctica política en el ámbito de la escuela. No contentos con ello, estos mocosos impertinentes haciendo gala de una verborragia ilustrada, inteligente, inquisitiva y crítica sacaron la política a la calle, manifestaron, aparecieron en los medios y le pusieron la tapa a cuanto estúpido periodista corto de mente y nutrido de malas intenciones los abordó desde el lugar común de la derecha histérica y afligida. Pero la lección no fue sólo para los periodistas, un gremio bastante vapuleado (con razones de sobra) en estos últimos tiempos. La ligaron, también, los psedopolíticos que gobiernan la CABA, esa suerte de gestores, CEOs, gerentes del poder económico que, claro está, por la vía del voto, lograron ganar las elecciones en la región más derechosa del país y apelando a sus grandilocuentes cualidades de administradores “serios” desfinanciaron la educación pública para llenar a los habitantes de la Reina del Plata de veredas posmodernas (las baldosas no son baldosas sino dibujos en el cemento) y plazas estériles a los que los pibes del barrio ya no pueden ir a jugar a la pelota porque están llenos de esos canteros que a las viejas de Barrio Norte les encantan. Estos advenedizos no tuvieron reflejos para salir adelante e imponerse dado el supuesto apoyo mayoritario de un ciudadanía poco proclive a la reflexión, más propensa a dejarse llevar por una propaganda marketinera como la que presentaba a la Vice del gobierno en un afiche negro sin lema, sin slogan, vacío de contenido. Frente a la lección política de los estudiantes reaccionaron con amenazas en una suerte de revival peligroso o paseando a su ministro de educación (pituco representante del establishment empresarial) para justificar lo injustificable o prometer que se hará lo que hace mucho este gobierno debería haber hecho.
Curiosa situación la que vive por estos días la ciudad que hizo la revolución o la casi revolución allá por mayo de 1810. ¡Con qué poco estos pibitos geniales hicieron mucho! Porque la verdad, si analizamos detenidamente la cuestión, los pibes están casi solos. No vayamos a creer que después de 42 años y pico después estamos frente a una suerte de revuelta como la de los franceses. Falta mucho para eso y la verdad es que no podemos aspirar a repetir una cuestión como esa en el contexto actual. La historia es otra aunque el conflicto entre los que tienen y los que no tienen los medios de producción se repite. Aunque la verdad es que desde cierto punto de vista, esto pinta ser tanto o más interesante. Justamente porque se da en otro contexto. Porque con las tomas de escuelas y manifestaciones se aspira a resolver problemas concretos claramente circunscriptos al ámbito de la educación porteña y al mismo tiempo se muestra que es posible hacerlo con la política. Porque esto permite ver que se pueden cambiar las cosas de a poco, haciendo política desde una praxis transformadora que no busca cambiar el mundo a los martillazos pero sí con estrategias certeras, que no saca a relucir consignas impracticables sino que juega con la realidad posible, que da en el centro de las cuestiones con planteos claros , conductas coherentes y actitudes que no caen en las mediatintas.
Todo eso hicieron los pibes. Una lección para tanto machito erecto, verborrágico, progre con escasa influencia sobre la realidad. Está claro que desde esta perspectiva el susto para la derecha va cobrando significativas dimensiones. Está claro que no está tratando con un grupo de trasnochados, con una suerte de “revival de los 70”. Esto es algo nuevo, una posición superadora de aquella situación histórica. Una forma de política con mayúscula, que toma lo mejor de los años dorados e introduce toda la fuerza de la realidad y las condiciones actuales. No vamos a discutir aquí para quién es la educación de la ciudad de Buenos Aires, quiénes son los que pueden acceder a las escuelas de Palermo, Barrio Norte, a las escuelas públicas históricas, etc. Tampoco haremos referencia a ninguna categoría sociológica como capital cultural y económico de quienes pueden acceder a estas casas de estudio ni nada por el estilo. Está claro que falta mucho para que todos los estudiantes del país puedan demandar lo mismo, eso sin duda se hará siguiendo la lucha, este puede ser un punto de partida. Igual, los estudiantes de la ciudad mostraron que hay esperanza para aquellos que creemos que con la política y desde la filosofía de la praxis se puede cambiar el mundo. Demostraron que después de tanta demonización de la política comenzó el deshielo, comenzó sin importar lo que digan quienes pretenden mantenernos dormidos. Dieron cuenta de que saben un montón de cosas y que pueden poner sus saberes a funcionar dentro de una práctica concreta. Los pibes dieron lección. Nos sacamos el sombrero ante estos mocosos impertinentes. Tal vez haya esperanza.
José Antono Gómez Di Vincenzo

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Conexiones: ciencia, tecnología y sociedad (segunda entrega)

Características del proceso de trabajo en las formaciones sociales precapitalistas



Antes de avanzar un poco más convendría realizar una breve digresión y argumentar a favor de nuestra toma de posición desde el punto de vista epistémico. Nosotros partimos de la fuerte convicción de que para realizar un profundo abordaje de la complejidad social es preciso estudiar el modo en que la sociedad produce y reproduce sus medios de subsistencia. Esta es una de las tantas maneras posibles de encarar el estudio de la sociedad en términos generales y de la producción científica-tecnológica en particular. Existen otros enfoques o modelos epistemológicos interesantes.[1] Sin embargo, insistimos, pensamos que la mejor manera de comprender la complejidad de lo social es estudiar el modo en que las sociedades producen sus medios de supervivencia. En efecto, estudiar cómo una sociedad determinada produce y se reproduce a sí misma, mediante el proceso de trabajo, permite comprender, a su vez, el modo en que esa sociedad organiza sus relaciones sociales y construye ideología, cultura. En toda sociedad existen individuos que para subsistir tienen que satisfacer necesidades tales como comer, vestirse, tener vivienda, etc. Para ello, los individuos se apropian de la naturaleza por medio del proceso de trabajo en cooperación con otros individuos. Además de producir bienes materiales para satisfacer sus necesidades, las sociedades producen relaciones sociales para la producción de dichos bienes y un conjunto de ideas acerca de esas relaciones y acerca de la sociedad misma. Esto es así desde tiempos inmemoriales. Imaginemos, por ejemplo, una comunidad primitiva en procura de alimento. La caza de un venado o un búfalo no puede realizarse individualmente. El peligro al que cada integrante de la comunidad estaría expuesto sería mayúsculo. En efecto, desde épocas prehistóricas, los seres humanos han tenido que pautar el proceso de trabajo en relación con otros seres humanos desarrollando no sólo los artefactos y herramientas necesarios para tal fin sino también, la manera de mantener vigentes las relaciones sociales que les permitieron reproducirse junto con la ideología que mantenía la sociedad debidamente cohesionada. La precariedad de la vida en épocas prehistóricas y el hecho de no poder generar más bienes que los que se consumirán día a día hacía que estas sociedades no tuvieran la posibilidad de desarrollar los medios que les permitieran un fuerte progreso tecnológico y cultural. Sin embargo, con el tiempo las cosas irán adquiriendo otros ribetes significativos. La dialéctica entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales dentro de la sociedad condicionarán, como veremos más adelante, el desarrollo de nuevas formas de vida y cultura. Pero no vayamos tan rápido, aboquémonos en esta entrada a desarrollar las características que adquiere el proceso productivo en las formaciones sociales precapitalistas extrayendo las notas comunes a este gran conjunto de sociedad tan variopintas como las polis griegas, las ciudades estado de medio oriente o las sociedades feudales sin perder de vista que este desarrollo debe articularse con los objetivos que nos hemos planteado al principio de nuestro trabajo; esto es, comprender cómo la irrupción del modo de producción capitalista y los cambios acontecidos durante la modernidad modifican el modo de pruducir ciencia y tecnología al tiempo que tanto uno como otro ámbito del saber actúa como condicionante del desarrollo de la economía capitalista.
Lo primero que debemos tener en cuenta es que todas las formaciones sociales precapitalistas son sociedades divididas en clases. Si bien resulta una perogrullada decir que no son sociedades capitalistas, con estas últimas, las sociedades precapitalistas comparten el hecho de estar divididas en clases. Recordemos que en determinado momento del desarrollo histórico las sociedades antiguas fueron capaces de generar excedente en la producción. Fue entonces que parte de dicha sociedad pudo liberarse del hecho de tener que producir los medios de subsistencia surgiendo como clase dominante. Básicamente, una clase puede además constituirse como clase dominante por el hecho de ser ella misma la propietaria de los medios de producción, en el caso de las formaciones sociales precapitalistas: la tierra.[2] Dicho en otros términos, la división del trabajo implicó la liberación o emancipación de parte de la sociedad de la necesidad de trabajar produciendo los medios de subsistencia. Es en este punto cuando el trabajo de los obreros (aquellos que no han podido emanciparse del hecho de tener que trabajar produciendo los medios de subsistencia) se divide en dos partes: el trabajo necesario para su propia supervivencia y el trabajo sobrante cuyo fin es mantener viva a la clase dominante. Mandel, un excelente economista e intelectual marxista, ponía en sus clases dos ejemplos muy gráficos. En las plantaciones de distintas épocas y contextos, los dueños de esclavos no proporcionan pago en dinero o en especies a los trabajadores. Efectivamente, el dueño de esclavos ni siquiera suministra el alimento que los mantenga con vida para seguir trabajando en las plantaciones. Es el mismo esclavo quien debe producir su alimento trabajando los domingos un pedazo de tierra destinada para tal fin. El resto de los días de la semana, todos los esclavos trabajan en la plantación de su amo produciendo el excedente que es apropiado por dicho señor. Otro de los ejemplos interesantes es el de la producción de excedente en el modo de producción feudal. Las tierras, el principal medio de producción, se dividía en tres espacios: la terrenos comunales, los bosques, praderas y/o pantanos y las tierras que se van a trabajar para el señor feudal. Es en éstas últimas que el campesino o el siervo de la gleba deben trabajar una cantidad de días de la semana para producir el excedente que va a ser apropiado por el señor. Como es de notar, el vasallo realiza un trabajo gratuito, no recibe ninguna remuneración ni salario por dicha tarea. Está obligado a hacerlo. En efecto, el principal mecanismo utilizado por la clase dominante (en el caso del feudalismo, la nobleza) para mantener este orden vigente era la coacción física mediante el monopolio del poder político. Esto es así por el hecho de que los intereses de las clases son antagónicos. Dicho antagonismo se da porque los no propietarios de los medios de producción luchan por acceder a dicha propiedad o al menos por mejorar sus posiciones dentro del proceso productivo mientras que los propietarios luchan por mantener el statu quo. La clase dominante tiene el monopolio de la fuerza y el poder político.
Es preciso tener en cuenta que en las formaciones precapitalistas la mayoría de la población se dedicaba a trabajar la tierra. La vida diaria, por entonces, estaba fuertemente signada por los ciclos de la naturaleza, puntualmente, los de las cosechas.[3] Las ciudades, si bien importantes desde el punto de vista cultural y comercial, no se encontraban desarrolladas aún. El pobre desarrollo tecnológico hacía que los seres humanos sean muy vulnerables a las imposiciones naturales. La pérdida de las cosechas implicaba la hambruna y la peste.
Si bien el esclavo antiguo o el campesino feudal estaban desposeídos de la propiedad de los medios de producción ejercían un fuerte control sobre ellos. En efecto, tanto uno como el otro organizaban el trabajo siguiendo la tradición desde tiempos inmemoriales fijando los tiempos y la forma de llevar a cabo las tareas. La clase dominante por el contrario se mantenía fuera del proceso productivo siendo mal visto el hecho de que la nobleza esté involucrada realizando algún tipo de trabajo. Su rol era defender militarmente las tierras de posibles agresores externos y extraer el excedente de la producción por la vía de impuestos, servicios señoriales o tributos. Esta situación hacía que no existiera interés en las clases dominantes por mejorar o tornar más eficientes las condiciones técnicas de la producción. Como la extracción y apropiación de excedente estaba asegurada por la vía de la coacción y el trabajo era realizado de todos modos por aquellos considerados “inferiores”, “más débiles” o “lacayos” se rechazaba toda innovación técnica que promoviera el incremento de los rindes de producción. En otros términos, no interesaba aumentar la productividad. Esto es así porque el principal propósito en estas sociedades era la producción de bienes de uso[4] y no mercancías tal como veremos que ocurre en el capitalismo. En síntesis, como vemos, las características que asume el proceso productivo en las sociedades precapitalistas junto con el predominio del interés por el valor de uso más los valores culturales y la ideología que mantenía todo esto en marcha generaban un clima desfavorable para la innovación científico-tecnológica y mantenían un cierto grado de estabilidad.[5] En la próxima entrega veremos qué características adopta el proceso productivo en el capitalismo. Notaremos que es justamente a partir de aquí que puede notarse una fuerte imbricación entre la producción, la actividad científico-tecnológica y la política.
José Antonio Gómez Di Vincenzo

[1] En efecto, existen otros modelos epistemológicos para las ciencias sociales: el modelo funcionalista organicista y el individualismo metódológico. Además, en términos generales, posiciones como el reduccionismo político, el reduccionismo ideológico y el reduccionismo economicista.
[2] Dentro de las relaciones sociales, junto con las de producción, tenemos las relaciones de propiedad. Ellas son muy importantes puesto que condicionan fuertemente el proceso productivo. Básicamente, las relaciones de propiedad se refieren a la propiedad de los medios de producción y los medios de subsistencia. Es la dialéctica entre las relaciones de producción, las relaciones de propiedad, el desarrollo de las fuerzas productivas y la producción de cultura e ideología la que debemos tener siempre presente para comprender lo complejo de una sociedad determinada.
[3] Es interesante el ejemplo francés. Entrada la modernidad el calendario republicano francés reproduce los ciclos naturales. Veamos sólo los meses del otoño: vendimiario que coincidía con la vendimia, brumario, el mes de la bruma y frimario el de las frimas o escarchas.
[4] Muy rápidamente, podemos sostener que todo producto del trabajo humano tiene como fin satisfacer una necesidad rindiendo una utilidad, productos destinados al consumo directo de productores y de la clase dominante. Este es el valor de uso. Dicho valor de uso se diferencia de otra categoría importante: la de valor de cambio. En efecto, con el valor de uso tenemos el valor de cambio. Un bien puede no ser producido para ser consumido inmediatamente sino para ser intercambiado en el mercado. Se trata de las mercancías destinadas para ser vendidas. Está claro que el valor de cambio implica también el de uso; es decir, toda mercancía contendrá valor de cambio y valor de uso simultáneamente. Nadie compra aquello que no sirve para nada. Esto trae algunas consecuencias interesante que veremos más adelante, por ejemplo el hecho de que es importante en la etapa actual del capitalismo crear necesidades para mantener fluido el consumo. Aquí los científicos y tecnólogos de los departamentos de ingeniería y desarrollo de las empresas tienen mucho que decir junto con los especialistas de marketing. Veremos que el principal propósito de la producción capitalista es incrementar la ganancia produciendo valor de cambio.
[5] Esto no quiere decir que no hayan existido alzamientos y en general conflictos. Podemos citar algunos ejemplos históricamente conocidos y relevantes de revueltas precapitalistas tales como el alzamiento de los esclavos en el imperio romano guiados por Espartaco y la revuelta campesina inglesa guiada por el sacerdote lolardo John Ball en 1381.