La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 27 de septiembre de 2010

Conexiones: Ciencia, Tecnología y Sociedad (Quinta y última parte)

La Revolución Científica del siglo XVII. El paso del modelo antiguo al modelo mecanicista de cientificidad.





Una vez comprendido el lugar central que ocupa el fundamento y legitimación del conocimiento para los pensadores modernos vayamos a ver cómo gracias al mismo y a partir de una mirada y una forma de pensar radicalmente distinta, los modernos hacen la Revolución Científica al mismo tiempo que la misma hace a los modernos. En definitiva, ¿A qué llamamos específicamente Revolución Científica del siglo XVII? ¿Es algo que ocurre de un día para el otro o se trata más bien de un proceso en el que tenemos una especie de tránsito de un modelo de cientificidad antiguo a otro moderno?
En efecto, llamamos Revolución Científica del siglo XVII al período que se extiende entre el año 1543 y 1687. Una buena manera de presentar el tema es destacando los principales textos publicados en dicho período dando cuenta de lo significativo de los aportes propios de cada uno de ellos. Veamos, a continuación, un listado consignando las fechas y nombres de las publicaciones más importantes del período, sus autores y un breve resumen de los temas allí tratados.
En 1543, se publica De Revolutionibus Orbium Coelestium o Sobre las Revoluciones de las Esferas Celestes de Nicolás Copérnico (1473 – 1543). En esta obra de astronomía, Copernico presenta el modelo eliocéntrico. También en ese año se publica De Humani Corporis Fabrica o Sobre la Estructura del Cuerpo Humano de Andrés Vesalio (1514 – 1564). Se trata de un tratado de anatomía. Vesalio presenta las láminas de anatomía elaboradas a partir de la disección de cadáveres. En 1573, Tycho Brahe (1546 – 1601) publica De Nova Stella o Sobre la Nueva Estrella, una de las más interesantes obras del astrónomo danés. En ella, Brahe da cuenta de lo que hoy conocemos como supernova, fenómeno desconocido para la época que dispara una serie de cuestionamientos al modelo de astronomía vigente. Por su parte, en 1609, Johannes Kepler (1571 – 1630) pública Astronomía Nova o Nueva Astronomía. En este volumen aparecen los resultados de sus investigaciones sobre el movimiento de los planetas y en particular sobre el movimiento aparente de Marte. En este libro se presentan las dos primeras leyes de Kepler del movimiento planetario, lo que supuso un cambio trascendental en la astronomía, rompiendo con una tradición de 2000 años. En el año 1628, William Harvey (1578 – 1657) presenta su Exercitatio Anatomica de Motu Cordis o Ejercicio de Anatomía. El libro describe correctamente las propiedades de la circulación de la sangre al ser distribuida por todo el cuerpo a través del bombeo del corazón. Más adelante, en 1637, René Descartes (1596 – 1650) publica su famoso Discurso del Método en el cual presenta su metodología para la construcción de conocimientos científicos siguiendo un camino seguro para según el mismo título completo de la obra indica hallar la verdad en las ciencias. Finalmente, en 1687, Sir Isaac Newton (1643 – 1727) presenta su brillante y revolucionaria Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, libro en que el genial científico inglés despliega la mecánica clásica revolucionando la física.
Como es de notar, se trata de un período que comienza en el siglo XVI y se extiende hasta muy avanzado el siglo XVII: un período repleto de descubrimientos y aportes significativos para el conocimiento. Pero, como habíamos sostenido anteriormente, se trata de mucho más que eso. Específicamente, decíamos que lo que tenemos es un cambio en los modelos de cientificidad; cambio que hace posible el surgimiento de todas estas nuevas teorías. Por demás, dicho cambio se asienta sobre otro más profundo, el cambio en la imagen metafísica de la naturaleza, en la cosmovisión. En efecto, lo que tenemos son nuevas estructuras conceptuales, nuevas formas de ver el mundo, nuevos y más potentes mecanismos y herramientas para construir conocimiento. Estas cuestiones que acabamos de introducir nos llevan a tener que presentar por fin las características del nuevo modelo de cientificidad, el modelo moderno. Ellas resultarán más visibles si primero mostramos cómo era la ciencia en la antigüedad y en la edad media. Veamos, entonces, en primer lugar las características del modelo antiguo, el modelo aristotélico para luego, desarrollar las del modelo mecanicista.
En realidad eso que llamamos modelo aristotélico está constituido por una mezcla de elementos propios del aristotelismo y del platonismo. En rigor, Platón(427 a.C. – 347 a.C.) dominó el campo intelectual hasta la reintroducción de los textos aristotélicos operada en Europa Occidental a partir del siglo XIII. Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) provoca una fascinación especial en los intelectuales de la época dado su importante aporte al conocimiento de la naturaleza.[1]Ahora bien, existen ciertas coincidencias entre ambas posturas como la creencia en la esfericidad del cosmos con la Tierra ocupando el centro del universo, la creencia en que había existido un comienzo del tiempo o la creencia en la unicidad del cosmos.[2] Pero junto a estas coincidencias tenemos diferencias profundas. Para el platonismo el cosmos es homogéneo, es decir, tiene la misma estructura en todas partes. Por el contrario, para el aristotelismo, el cosmos se dividía en dos regiones, la supra-lunar y la sub-lunar, presentando una estructura heterogénea. Aristóteles sostenía que los movimientos celestes producen la generación y la corrupción terrestre, que era responsable del cambio en el sector sublunar. Como veremos esta posición respecto a la cosmología definirá la ciencia aristotélica. Estudiemos, entonces, cómo eran la astronomía, la física y la química (por utilizar una terminología actual) aristotélicas.
La filosofía aristotélica puede considerarse una verdadera cosmología en la cual todos los objetos y sucesos del cosmos cobran sentido. La astronomía aristotélica, tal como hemos señalado, dividía el universo en dos sectores claramente diferenciados: el sector supra-lunar que se extiende desde la Luna hacia la esfera de las estrellas fijas y que contiene a la Luna misma junto con el Sol, los planetas y las estrellas y el sector sub-lunar, que se extiende desde la Luna (exceptuándola pues forma parte del sector supraslunar) hacia la Tierra. El sector sub-lunar es el sector del cambio, de lo corruptible, de la mutación constante, en el que las cosas nacen, viven y mueren mientras que el sector supra-lunar es el lugar de lo eterno, lo inmutable. Es interesante notar que los cometas, por su comportamiento aparentemente caótico e irregular, durante siglos fueron considerados fenómenos atmosféricos que ocurren en el mundo sub-lunar. En cuanto a la composición química los objetos del mundo sub-lunar, los mismos están constituidos por los cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, mezclados en distintas proporciones. A su vez, según su proporción de cada uno de ellos el lugar que las cosas ocupan en el cosmos. Así, por ejemplo, la tierra que es “naturalmente” pesada ocupa el centro del universo mientras que el fuego, “naturalemente” liviano, el mundo supra-lunar. El agua y el aire, por su parte, ocupan posiciones intermedias. En esta línea, las diferencias de peso entre las cosas se explican según la proporción en que se combinan los distintos elementos en dicho objeto. Los objetos mayormente constituidos por tierra tenderán a ocupar el centro del universo mientras que aquellos en los que predomina el aire y el fuego, el sector supra-lunar. En otro orden de cosas, el movimiento natural en el mundo sub-lunar es el movimiento rectilíneo no uniforme mientras que en el mundo supra-lunar la geometría del movimiento es aquella que en la antigüedad clásica era considerada como la más perfecta. En efecto, en el sector supra-lunar los objetos se mueven describiendo círculos a una velocidad uniforme.
Si nos han venido siguiendo detenidamente, habrán notado que hay una categoría que aparece frecuentemente: la de “lugar natural”. Esto tiene que ver con el hecho de que en la cosmología aristotélica, todos los objetos ocupan su lugar según su naturaleza o características esenciales, el lugar que les corresponde según su constitución y finalidad. En esta línea, como decíamos, los objetos de tierra tienden a ocupar el centro del universo mientras que los objetos de fuego tienden a escapar hacia la región de las estrellas fijas. El movimiento en el mundo aristotélico responde a la naturaleza que le es inherente a cada uno de los objetos que se mueve. Así, si tomamos una piedra en nuestras manos y la dejamos caer, ella se desplazara en línea recta hacia el centro del universo. Es por ello que las piedras caen cuando las soltamos hasta el suelo y lo hacen describiendo un movimiento rectilíneo variando su velocidad. Los movimientos tales como arrojar piedras, flechas o lanzas son considerados artificiales o violentos por los aristotélicos, esto es, contrarios a la naturaleza de las cosas en sí. Nos interesa destacar, más allá de estas notas específicas, los rasgos fundamentales que por su parte impregnan no sólo la filosofía de la naturaleza sino también su concepción de la política. Veremos que también esta última toma las características que asumen sus reflexiones sobre la naturaleza.
En primer lugar, tenemos una ontología jerarquizada. Las cosas ocupan un lugar y así como hay objetos superiores más perfectos como los cuerpos celestes, tenemos objetos inferiores. En las sociedades también tenemos hombres mejores que ocuparán lugares privilegiados como el rey y los nobles y hombres que se ubicarán en los estratos inferiores como los campesinos o esclavos. El fundamento político del orden social se construye apelando a las mismas categorías que lo relativo al orden natural.
En segundo lugar, tenemos el carácter teleológico de la naturaleza: las cosas tienden a ocupar el lugar que les es natural y les corresponde según la jerarquía en cumplimiento de una finalidad que les es propia y esencial. Entonces, así como hay lugares naturales para los objetos, los hay para los hombres. Cada hombre ocupará su lugar natural en la estructura social siendo esta no una creación de los mismos seres humanos sino que una que responde al movimiento y conformación natural de lo real. Entonces, para defender y reproducir el orden feudal, la nobleza contaba con una teoría social en la que se legitimaba el hecho de que el rey era rey porque era mejor que los demás hombres, porque había sido elegido por Dios o porque era su representante en la Tierra.
En tercer lugar, a la hora de abordar el estudio de la naturaleza y de la sociedad será prioritario estudiar las relaciones cualitativas entre las cosas, es decir, comprender las cualidades de las cosas, dado que es su naturaleza la que determina cómo se comportarán y el lugar que ocuparán.
Por último, en cuarto lugar, tenemos como hemos visto, un fundamento teológico del orden natural y social. Este fundamento está presente en el principio de autoridad y en las permanentes referencias a los textos sagrados.
A continuación veremos cómo un conjunto de “anomalías” comienzan a poner en problemas los supuestos básicos del modelo aristotélico y los conocimientos propios de la ciencia tal como era concebida hasta entonces. Estas “anomalías” comienzan a ser vistas o tenidas en cuenta por una serie de intelectuales preocupados por construir nuevos conocimientos. Los cambios que vienen operándose en el mundo, cambios de los cuales ya hemos hablado en nuestro anterior encuentro, hacen que algunos intelectuales comiencen a advertir ciertos problemas hasta entonces no considerados y plantear nuevos problemas y desafíos intelectuales. Veamos, a continuación, algunos de ellos a modo de ejemplo para luego sí adentrarnos en el modelo moderno de cientificidad.
Tomemos, por ejemplo, la “estrella nueva” que Tycho Brahe describe en su tratado De Nova Stella o la medición que el astrónomo danés realizara de un cometa visible en 1573. Tycho advierte, gracias a un complejo dominio de la geometría y la elaboración de tablas a partir de cada vez más precisar y complejas observaciones, que tanto uno como otro fenómeno ocurren en el sector que se encuentra más allá de la Luna, es decir, en el sector supra-lunar en el que, según los aristotélicos, nada de esto podía suceder puesto que era su naturaleza ser invariante, inmutable y perfecto. Otro ejemplo interesante es el que nos aportan los escritos de Galileo. En Siderious Nuncius o El mensajero Sideral, Galileo describe - gracias a mejores y más detalladas observaciones de los astros producto del uso de un nuevo invento tecnológico, el telescopio- los cráteres de la Luna, las manchas solares, las fases de Venus y las lunas de Júpiter. Todos estos cuerpos celestes debían ser esferas perfectas según la descripción del cosmos aristotélico puesto que se encuentran en el sector supra-lunar y por lo tanto, no tener cráteres ni fases. Sin embargo, nada de eso es lo que Galileo ve con su telescopio.
En fin, como quiera que sea, una serie de fenómenos comienzan a presentarse como anómalos para un enfoque aristotélico y disparan una serie de estudios que desembocarán en nuevos aportes pero fundamentalmente en el cambio de modelo de cientificidad.
El nuevo modelo, el mecanicismo, tendrá tres notas o características fundamentales:
En primer lugar, los mecanicistas sostendrán que el movimiento nunca se inicia espontáneamente. Las cosas por sí mismas no pueden comenzar a moverse. El origen del movimiento es externo.
En segundo término, el movimiento se transmite por choque o por contacto, nunca a distancia. Se niega la influencia de fuerzas cósmicas, astrales, fluidos de cierto tipo, simpatías y antipatías.[3]
En tercer lugar, ninguna máquina se mueve para alcanzar finalidades preestablecidas. El mundo está regido por una causalidad desprovista de sentido, ciega. No hay jerarquías sino igualdad entre las partes del todo. Las tesis mecanicistas constituyen una reacción a las posiciones de la escolástica y contra concepciones mágicas muy presentes en la época.
A las características anteriores tendríamos que agregar la matematización de la naturaleza y la predominancia de los análisis de las relaciones cuantitativas como herramientas para la construcción de conocimientos del cosmos. En efecto, el pensamiento se basa en el álgebra y el cálculo más que en la geometría. Ya no se trata de indagar acerca de las cualidades de los objetos sino de establecer un estudio de las variables y constantes que se dan por ejemplo en el caso de un sistema de partículas o cuerpos que se mueven para elaborar un modelo matemático que explique lo que está sucediendo.
Con todo, como vemos, más que la introducción de nuevos experimentos y teorías lo que tenemos es la aparición de nuevos conceptos o la redefinición de otros operados dentro de una nueva forma de ver el mundo y de concebir el lugar que el hombre ocupa en el cosmos. Los pensadores modernos buscarán nuevas herramientas para acceder al conocimiento de la naturaleza desarrollando una nueva y más potente lógica, apelando a la metáfora mecanicista desde una fuerte secularización. La realidad natural tiene una estructura comparable con una máquina. Si el mundo es una máquina o al menos puede pensarse como si lo fuera, entonces de lo que se trata es de abrir la máquina y ver cómo funciona. Esto es precisamente lo que hacen intelectuales como Vesalio, quien diseca cadáveres para ver qué es lo que hay en su interior, algo impensado para la medicina hipocrática o galénica. Por otra parte, a lo natural se contrapone lo artificial o hecho por el arte del hombre. El orden social ya no será una reproducción en la Tierra del orden de la naturaleza sino una construcción artificial realizada por los hombres mediante una reconstrucción racional. La antigua filosofía política fue reemplazada por una nueva filosofía plasmada en la obra de los contractualistas, quienes construyeron sus teorías a partir de una concepción individualista, de las ideas de contrato y de progreso, de la confianza en la capacidad de la razón para comprender el mundo y transformarlo. En efecto, son los filósofos contractualistas modernos quienes rompen definitivamente con la tradición clásica, al considerar que la sociedad y el Estado eran entes artificiales construidos por el hombre a través de un contrato.[4]
Antes de terminar nos gustaría esbozar algunas reflexiones sobre la herencia moderna y capitalista en ciencia y tecnología y las mutaciones propias del contexto actual. La ciencia moderna, como hemos visto, surge preñada por el cuerpo y el espíritu del capitalismo y lleva en su sangre, el pecado original de ser funcional para el incremento de la productividad y la consecuente obtención de ganancias al tiempo que configura y reproduce una suerte de imaginario que refuerza la idea de progreso propia del iluminismo, luego del positivismo, y de todas sus secuelas. Ahora bien, la cosa no es estática y va siguiendo los derroteros propios de la burguesía y la necesidad de aggiornarse y revolucionar permanentemente la historia para mantenerse en el poder reproduciendo las relaciones de sociales. Para ello, se van introduciendo modificaciones en el balance de fuerzas dentro de dichas relaciones sociales siendo un punto central ciertos cambios que se dan en la producción y en el consumo.[5] Es en dichas modificaciones donde la ciencia y la tecnología juegan un rol central. Ahora bien, para nada queremos decir que a partir de lo dicho debemos abandonar la producción de ciencia y el desarrollo tecnológico dedicándonos a vivir en un mundo cuasi feudal. Por el contrario creemos que los desarrollos llevados a cabo desde la modernidad hasta nuestros días son más que importantes. No se trata de negar el desarrollo de las herramientas y artefactos que hacen mucho más vivible nuestras vidas sino de entender el marco en el cual dicho desarrollo se da para criticar algunas de las consecuencias que de ello se desprenden; por ejemplo, el hecho de que nunca como antes somos capaces de crear nuevas y más eficaces formas de tecnología y al mismo tiempo ponerlas en manos de cada vez menos afortunados que tienen el dinero para adquirirla. Tenemos la capacidad tecnológica de producir alimentos para desterrar el hambre en el mundo y sin embargo, siguen muriendo millones de personas por inanición. Al mismo tiempo que transformamos el mundo a una velocidad vertiginosa, el sistema capitalista produce una gigantesca cantidad de pobres y depreda como nunca el medio ambiente. Los límites propios del dictado de una clase en este contexto hacen que sea imposible avanzar sobre estas y otras cuestiones propias de la filosofía de la ciencia y la tecnología, la ética y demás disciplinas dentro de los Estudios acerca de la Ciencia, Tecnología y Sociedad. Sólo se trata de dejar algunas preguntas planteadas o algunas inquietudes esbozadas para que los lectores continúen pensando.
Como sea, en ocasiones para bien pero también para mal, la ciencia actual se nutre de ciertas características surgidas en el tránsito del feudalismo al capitalismo. Precisamente fue durante la Revolución Científica del siglo XVII que las ciencias comienzan a adquirir las características con las que hoy las conocemos.
[1] Habría que aclarar que hubo también grandes desacuerdos con las teorías planteadas por Aristóteles sobre todo por parte de la Iglesia. En 1277, se dan una serie de prohibiciones (219 artículos de Teología y Filosofía) elaboradas por Etienne Tempier, obispo de París, quien por mandato del Papa, revisa la obra del Estagirita para condenar algunos de sus aportes como heréticos. Por ejemplo, a diferencia de los atomistas presocráticos, Aristóteles había sostenido la inexistencia del vacío cuestión que presentaba mucha resistencia por parte de la Iglesia para quien Dios todopoderoso bien podría crearlo. Antes, en 1270 hubo otra serie de prohibiciones a la filosofía aristotélica. En el siglo XIV tenemos una serie de intentos por armonizar las tesis aristotélicas a la fe católica de los cuales el más destacado es el que lleva a cabo Tomás de Aquino.
[2] Aunque, por cierto, también se aceptaba que Dios podría haber creado otros universos gracias a su omnipotencia divina.
[3] Tomamos aquí las características del mecanicismo cartesiano. En rigor, en Newton la fuerza de gravedad sí actúa a distancia.
[4] Entre los más destacados pensadores contractualistas tenemos a Thomas Hobbes (1588 – 1679), John Locke (1632 – 1704) y Jean-Jaques Rousseau (1712 – 1778)
[5] Para profundizar, el lector puede consultar Mandel El capitalismo tardío. México: Ediciones Era, 1972/1979.

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