La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Conexiones: Ciencia, Tecnología y Sociedad (Cuarta parte)

La Revolución Científica del siglo XVII. El cambio en el fundamento del conocimiento.


Antes de comenzar a desarrollar los contenidos de esta entrada convendría realizar un repaso de los temas que hemos estudiado en nuestro primer encuentro. Hemos emprendido una crítica de algunos asuntos vinculados con los mitos circundantes acerca de la ciencia y la tecnología y hemos hecho hincapié en la necesidad de estudiar el contexto socio-histórico en el cual se producen los desarrollos y las innovaciones científico-tecnológicas para desnaturalizar nuestra mirada acerca de los asuntos que nos convocan. De aquí que desde nuestro punto de vista sea fundamental considerar a la ciencia y la tecnología como hechos históricos y no como productos dados de una vez y sin más. Siguiendo esta línea de análisis y para defender una de nuestras tesis centrales – aquella desde la cual sosteníamos que la ciencia moderna surge a caballo de los cambios que se dan en el modo de pautar el proceso productivo a lo largo del tránsito del feudalismo al capitalismo- hemos tenido que presentar las características propias de las sociedades precapitalistas y las del capitalismo, mostrando específicamente cómo, en las primeras no se da un ambiente propicio para el desarrollo de la innovación científico-tecnológica mientras que en las segundas, dichos adelantos son centrales a la hora de incrementar la producción y en consecuencia la ganancia.
A esta altura es importante rescatar una de nuestras tesis más importantes y recordar que desde nuestra perspectiva, la ciencia y la tecnología deben considerarse como factores importantes para comprender el desarrollo capitalista y al mismo tiempo, el surgimiento y consolidación del capitalismo es central para entender las características propias del desarrollo científico-tecnológico moderno. Lo que tenemos entonces es una suerte de relación dialéctica a lo largo del desarrollo histórico en el que, por un lado, la burguesía triunfa imponiendo el capitalismo como forma de sociedad superadora del feudalismo y permitiendo un mayor despliegue de las potencialidades humanas entre las cuales las ciencias y la tecnología ocuparán un lugar central; por otra parte, encontramos desarrollos científico-tecnológicos que impulsan hacia delante la historia actuando como soporte de la consolidación de la burguesía y funcionales a sus principales objetivos.
Pues bien, hasta aquí el resumen. En este encuentro deberemos presentar las características de la ciencia antigua y las propias de la ciencia moderna. Concretamente veremos que la ciencia moderna surge en el siglo XVII obteniendo, a partir de allí, ciertos rasgos distintivos que no la abandonarán y que los encontramos hasta el presente. En efecto, si nuestro encuentro tuviese un título éste debería ser “La revolución científica del siglo XVII: el surgimiento de la ciencia moderna, un cambio en la cosmovisión a caballo de las luchas y transformaciones burguesas.” Veremos que si complementamos los puntos que estudiaremos a continuación con los estudiados con anterioridad resultará claramente probada nuestra idea de que no puede comprenderse el cambio revolucionario que se opera hacia dentro mismo de la producción de conocimiento sin tener presente los que se dan en el proceso productivo.
Antes de avanzar presentando en detalle los aspectos centrales de eso que llamamos Revolución Científica del siglo XVII es importante emprender un breve rodeo para explicar qué entendemos por revolución. El concepto es tomado por los historiadores como metáfora para dar cuenta de ciertos cambios profundos producidos en la historia de las ciencias. Pero dicha metáfora, que no sólo es utilizada en el campo de la epistemología e historia de las ciencias, adquiere cierta dinámica según el contexto histórico en el que se la encuentre. En efecto, a lo largo de la historia el concepto revolución adquiere distintos matices. No nos extenderemos demasiado en esto, diremos sólo que en la Edad Media y en el Renacimiento, el término hacía referencia a procesos diarios, celestes, que regían los asuntos del Estado. Ya en el siglo XVII, el concepto comenzó a adquirir ciertos matices diferentes para hacer referencia a fenómenos cíclicos, dando la idea de la culminación de un período y el comienzo de otro, un flujo y reflujo como el de las mareas o el auge y caída de las civilizaciones. El concepto pasa definitivamente a ser utilizado para dar cuenta no sólo de cuestiones relativas a procesos naturales sino también, las sociales. Finalmente, tenemos la transformación que se opera luego de las revoluciones modernas en el que el término revolución comienza a ser tomado como idea de acto fundacional, procesos incompatibles con un estado anterior, cambios profundos y el paso de un estado de cosas a otro nuevo que en incompatible con el anterior. Como quiera que sea, lo cierto es que desde el punto de vista histórico hemos dado en llamar Revolución Científica del siglo XVII a un complejo proceso de transformaciones operados en el conocimiento científico tras el derrumbe del feudalismo y el surgimiento de la modernidad.[1]
A lo largo de esta exposición vamos a sostener la tesis de que la Revolución Científica no representa sólo la aparición de nuevas teorías sino también un cambio en la imagen metafísica del mundo, modificaciones profundas en la forma de concebir y fundamentar el conocimiento y una reflexión sobre el método para construir conocimiento científico. Efectivamente, además de que es el mundo el que cambia, se modifica la imagen que los hombres tienen del mundo y del lugar que ocupan en el cosmos. Al mismo tiempo cae el fundamento teológico del conocimiento siendo éste algo a ser construido por los seres humanos más que algo dado o inmanente. Es por este motivo que ocupa un lugar central la reflexión acerca del modo mediante el cual debe construirse conocimiento para llegar a la verdad. Como la verdad no está dada hay que buscarla mediante el conocimiento. Pero no vayamos tan rápido, vemos en detalle cómo es que ocurre todo esto.
La Revolución Científica representa el surgimiento de la ciencia moderna tras la caída del modelo aristotélico. A partir de entonces no serán ni la Biblia ni los filósofos aceptados por el clero y cercanos al dogma quienes fundamentarán el conocimiento o sirvan de puente para obtenerlo. El cambio de un modelo de cientificidad antiguo a uno moderno se da junto al paso de una cosmología clásica con sus modificaciones y variantes medievales a una nueva imagen metafísica del mundo: el mecanicismo.
A partir de la Revolución Científica del siglo XVII, comienza a ser un tema central, como decíamos, el fundamento del conocimiento. En efecto, lo que tenemos es una preocupación cada vez mayor por fundamentar y legitimar la nueva forma de concebir el saber. Como el mismo ya no está dado, ya no se encuentra en los textos sagrados ni surge por inspiración divina y hay que construirlo será fundamental asegurarse que el camino que se emprende para tal fin sea un camino seguro. Es por este motivo que con la modernidad adquiere un lugar central dentro de la filosofía, la reflexión gnoseológica o teoría del conocimiento. Como esta es una cuestión central nos veremos obligados a emprender un rodeo para mostrar qué se discutía y por qué motivo.
El problema de cómo es posible el conocimiento, su naturaleza y alcance, es tratado por la teoría del conocimiento o gnoseología.[2] Se trata de un problema filosófico de larga data que implica un significativo número de cuestiones relacionadas entre sí a resolver. Dicho problema fue abordado por distintas tradiciones o escuelas del pensamiento a lo largo de la historia. La gnoseología, en síntesis, trata de resolver tres cuestiones relacionadas con el problema del conocimiento:

La posibilidad del conocimiento.
Las actividades cognitivas que posibilitan la formación de conceptos.
La naturaleza y alcance del conocimiento.

La respuesta a cada una de estas cuestiones implica distintos puntos de vista. Si se sostiene que podemos alcanzar la verdad y que en ciertos casos, lo conseguimos con certeza se es dogmático. En cambio, se es escéptico si se pone en duda la posibilidad del ser humano de construir conocimiento verdadero o cierto. En cuanto al problema relacionado con las actividades cognitivas o el modo en que se forman las ideas o conceptos, existen dos posiciones al tratar de elaborar una respuesta a la cuestión: el empirismo y el racionalismo. Básicamente, el empirismo sostiene que el conocimiento surge de la experiencia y la percepción sensorial y el racionalismo que el mismo surge a partir de la razón. Veremos más adelante en detalle las principales características de estas dos tradiciones.
En relación a la naturaleza y alcance del conocimiento, existen dos posturas contrapuestas: el idealismo y el realismo. El idealismo sostiene que todo ente se da en el interior del conocimiento y que no pueden conocerse las cosas en sí. Así, por ejemplo, la idea de mesa posee existencia propia independientemente de las mesas en particular. Por su parte, el realismo afirma que todo objeto percibido por los sentidos tiene una existencia independiente del propio ser percibido y que esos entes reales existentes en sí pueden ser conocidos. En la Edad Media, los nominalistas negaban la existencia de los universales y sostenían que dichos universales eran sólo nombres en común que utilizábamos para poder comunicarnos y entendernos. Su influencia fue muy importante para la filosofía de la ciencia posterior. Existen también a la hora de responder a estas interesantes cuestiones un número de posiciones intermedias de las cuales no hablaremos aquí por una cuestión de espacio y por considerar que exceden los límites que nos hemos fijado para este curso.
En la Filosofía Clásica, el problema del conocimiento fue tratado en el Teeteto y La República por Platón y por Aristóteles, en varios de sus trabajos. Con la modernidad, como sosteníamos más arriba, el problema adquiere una fuerza y características especiales. El idealismo filosófico suele presentarse aquí de dos formas: una gnoseológica y otra metafísica. El idealismo suele tomar como punto de partida para emprender la reflexión filosófica al sujeto o la conciencia. El sujeto es un sujeto ideador y representativo que construye el conocimiento del mundo a partir de la reflexión y no de las cosas que están en el mundo exterior. En líneas generales, el idealismo moderno concuerda con el racionalismo. En contraposición al idealismo, el materialismo parte de considerar como la realidad a los cuerpos materiales y pensar que la materia es el fundamento de toda realidad y causa de toda transformación. Ambas posturas filosóficas intervendrán ocupando un lugar central en las reflexiones modernas acerca de lo social las cuales, asumirán distintas formas ya sea como racionalismo, empirismo o en términos más generales, como la ilustración.
La ilustración influye notablemente en el pensamiento del siglo XVIII. Desde esta perspectiva, distintos autores sostendrán la importancia y el poder de la razón en la construcción de conocimiento y en el ordenamiento o reorganización de la sociedad según los principios racionales. Para ordenar el mundo, la razón debe construir ideas generales válidas. La ilustracion se constituye sosteniendo el poder ilimitado de la razón para gobernar y ordenar el mundo de los hombres. No niega la historia pero en cierto sentido, ve al pasado como un conjunto de errores explicables a partir de la falta o el insuficiente uso de la razón. Desde esta perspectiva, el pasado no es necesario para la construcción de un futuro mejor. Aquí el pensamiento ilustrado se distingue de su antecedente escolástico y la preocupación filológica renacentista, cuya búsqueda de conocimiento se orientaba hacia el pasado y hacia el estudio de las escrituras sagradas. Hay en el pensamiento moderno de la ilustración una clara búsqueda de un futuro mejor basado en el progreso sustentado por el aporte de la razón.
La ilustración representó, a su vez, un antecedente importante y el origen de la Enciclopedia. Este movimiento filosófico asume una fuerte postura pedagógica, al sostener la importancia de promover la enseñanza y divulgación de los saberes de su época y de los principios republicanos, con el fin del desarrollo cultural y económico de la sociedad. Sus principales representantes son Denis Diderot (1713 – 1784) y Jean D’ Alembert (1717 – 1783) quienes conciben a la ciencia y la tecnología, junto a la razón, como las más importantes herramientas para el progreso de la sociedad y publican la famosa Enciclopedia en París, entre 1751 y 1772.
La fuerte creencia por parte de los filósofos ilustrados en el poder de la razón humana se plasma en la tradición racionalista. Es por este motivo que muchas veces, se confunde la tradición iluminista con el racionalismo. Si bien es cierto que el iluminismo proviene directamente del racionalismo del siglo XVII, también es cierto que, muchos iluministas también fueron empiristas.
Es importante destacar que a lo largo de la modernidad, las distintas tradiciones filosóficas antepusieron el tratamiento del problema del conocimiento a todos los demás tratamientos, constituyéndose la gnoseología en una de las herramientas principales a partir de las cuales, construir los sistemas de pensamiento.
El racionalismo va a chocar con el empirismo de Locke (1632 – 1704), Berkeley (1685 – 1753) y Hume (1711 – 1776) quienes sostienen que el conocimiento surge de lo dado, de la experiencia. Específicamente, racionalistas y empiristas se enfrentarán al considerar qué lugar ocupa el sujeto en el acto de conocer y cuáles son los alcances del conocimiento. Por lo general, suele contraponerse al racionalismo y al empirismo mostrándoselas como posturas antagónicas. Sin embargo, esto no es del todo así puesto que ambas tradiciones comparten muchos de los principios fundamentales de la modernidad. Una vez saldada la cuestión de qué lugar ocupa el sujeto en la construcción de conocimiento se pasa a tratar el tema del método y a analizar cómo se da la relación del sujeto con el mundo.
El racionalismo postulara que el conocimiento surge de la razón y por la actividad subjetiva del hombre. Esta tradición de pensamiento se remonta a la obra de René Descartes (1596 – 1650) en el siglo XVII. Sus máximos exponentes, junto a Descartes, fueron Baruch Spinoza (1632 - 1677) y G. Wilhelm Leibniz (1646 - 1716). Desde el racionalismo se sostenía que sólo por medio de la razón es posible el acceso a las verdades universales. Las verdades evidentes en sí o universales eran innatas y no accesibles por la vía de la experiencia empírica. Desde esta perspectiva, también la esencia humana es considerada como inmutable variando el modo de describirla según el autor: algunos sostendrán que el hombre es un ser racional, otros que es esencialmente un ser individualista que busca reconocimiento.
La tradición empirista, por el contrario, sostiene que el conocimiento surge a partir de la experiencia sensible del sujeto cognoscente. Esta teoría del conocimiento surgida en Inglaterra en el siglo XVII, pone de relieve el rol de la experiencia en la construcción de conocimientos. Esta postura fue defendida por Francis Bacon (1561 – 1626) en su Novum Organum publicado en el año 1620 y llevada a su máxima expresión por David Hume (1711 – 1776) en su excelente trabajo Investigaciones sobre el entendimiento humano y en otras obras no menos importantes.
El empirismo sostiene que si el conocimiento comienza por las ideas éstas, al contrario de lo que sostienen los racionalistas, no tienen su origen en la mente. Es la experiencia entendida como percepción de los objetos sensibles externos al sujeto y las operaciones mentales las que posibilitan la construcción de conocimiento. El empirismo niega la existencia de ideas innatas como las que pretende sostener el racionalismo; es decir, se opone tajantemente al innatismo: no existen ideas anteriores a los datos brindados por la experiencia. Si el conocimiento proviene de la experiencia, entonces todo conocimiento debe ser adquirido. La mente es como una tabla rasa que debe llenarse a partir de la experiencia y el aprendizaje. El sujeto es considerado un receptáculo en el cual, ingresan las ideas o sensaciones que constituyen la base de todo conocimiento. La experiencia sensible actúa, entonces, como límite del conocimiento. Puesto que la misma es limitada, también lo será la capacidad de construir conocimientos. Aquí el empirismo también marca una diferencia clara en relación a la tesis racionalista que sostiene que como el conocimiento surge a partir de la razón y siendo la misma utilizada en forma adecuada no tendría límites para la acumulación y profundización de saberes.
Más allá de esta breve introducción histórica y conceptual a la problemática y puesto que un examen detallado de todos los tratamientos que la misma ha incluido e involucra actualmente exigiría mucho más espacio, concentrémonos solamente en hacer notar cómo la reflexión acerca del conocimiento actuó para fundamentar y legitimar las nuevas formas de concebirlo y al mismo tiempo, impugnar el modo en el que la filosofía medieval pretendía construir conocimiento. Atacar la filosofía medieval era atacar la Escolástica. Desde el Renacimiento – a grosso modo, desde los siglos XV y XVI- lo que tenemos es una fuerte crítica al pasado inmediato, hacia la Edad Media. A partir de aquí los hombres comienzan a desembarazarse de las creencias fundamentales sobre las cuales se sostenía el pensamiento medieval. De una mirada siempre puesta en el más allá, de una permanente referencia a los textos sagrados, del desprecio por lo mundano, de una concepción religiosa del mundo y de la vida, el hombre vuelve la mirada hacia el mundo, hacia la naturaleza, ocupando él mismo un lugar central. La concepción del mundo pasa a ser esencialmente profana y su fundamento, secular.
En lo que hace a la cuestión metodológica, el método predominante en la Edad Media es considerado por los modernos simplemente como un método inútil e ineficaz que no sólo impide el desarrollo de las ciencias sino también, imposibilita la acción transformadora sobre la naturaleza. Es por esto que el principal objetivo de los modernos será reemplazarlo por otro. Hay tres cuestiones que caracterizan el modo de proceder escolástico: el principio de autoridad, el verbalismo y la silogística. En efecto, el pensamiento medieval reconocía como válido y decisivo el llamado criterio o principio de autoridad, se admitía como verdadero lo dicho por ciertas autoridades: los textos sagrados, la Iglesia, los filósofos aceptados por la Iglesia, etc. Por otra parte, el método escolástico puede ser calificado como verbalista en el sentido de que, frecuentemente, se enredaba en meras discusiones de palabras, retórica pura, sin ir hacia las cosas mismas pretendiendo resolver las problemáticas referidas a la naturaleza sin observarla, ni apelando a procedimientos objetivos. Por último, la ciencia y la filosofía escolástica tomaron como herramienta lógica el silogismo. El silogismo es un razonamiento deductivo construido mediante tres proposiciones de las cuales dos cumplen el rol de premisas y una, el de conclusión. La conclusión resulta necesariamente de las premisas. Si las premisas son verdaderas, la conclusión también será verdadera no pudiendo esto darse de otro modo. El silogismo es un razonamiento válido en virtud de la forma lógica mediante la cual este se construye. Veamos un ejemplo famoso de silogismo:
Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Luego, Sócrates es mortal.
Por una cuestión de espacio no vamos a detenernos en el análisis del silogismo en sí mostrando sus componentes y el modo en que se construyen. Concédasenos que siempre necesariamente la conclusión será verdadera si las premisas lo son. Los filósofos escolásticos estudiaron la manera de construir silogismos para utilizarlos como herramientas para llegar a la verdad. El problema es que con el silogismo no se amplía el saber que se encuentra contenido en las premisas puesto que aquello que afirma la conclusión ya está contenido en la primera premisa. En efecto, “Sócrates es mortal” está contenido en “Todos los hombres son mortales”. Por otra parte, como el silogismo se construye cargando en sus premisas proposiciones de acuerdo al principio de autoridad, es decir, proposiciones “consideradas verdaderas” y de cuya verdad no se duda, proposiciones que no se verifican ni se ponen a prueba en la experiencia, y como el silogismo invariablemente estará bien construido en virtud de su forma lógica, esto es, será válido, nunca tendremos la oportunidad de dudar acerca de la verdad de la conclusión. Dicho de otro modo, si fuésemos a la experiencia y comprobásemos que las premisas son en realidad falsas, de todos modos igual estaríamos creyendo llegar a conclusiones verdaderas cuando en realidad estuviésemos lejos de la verdad. El problema epistemológico de primer orden se refiere a la cuestión de la verdad de las premisas o afirmaciones que actúan como puntos de partida y no sobre la validez lógica de los razonamientos o silogismos utilizados. Por ejemplo, el silogismo que presentamos a continuación tiene su primera premisa falsa y nos lleva a una conclusión también falsa a pesar de estar bien estructurado lógicamente:
Todos los hombres son extraterrestres.
Sócrates es hombre.
Luego, Sócrates es extraterrestre.
El silogismo entonces no permite determinar la verdad de los conocimientos, puede valer como método para defender la verdad de lo que se cree, para presentar ordenadamente verdades ya sabidas, verdades dadas en los textos sagrados o en los trabajos de los filósofos aceptados por el clero pero no para construir una novedad.
Los modernos pretenderán, en definitiva, acabar con las discusiones verbales y proporcionar un método para ir a las cosas mismas de modo que cada sujeto pueda transitar un camino seguro que le permita no sólo construir conocimiento del mundo sino transformarlo para cubrir las necesidades humanas. Es en este contexto que pensadores como Francis Bacon, Descartes, Galileo y muchos otros comenzarán a reflexionar sobre el conocimiento y a pensar un método adecuado para su construcción. No es casual que el principal trabajo de Bacon se denomine Novum Organum marcando una clara diferencia respecto a la obra de Aristóteles, el Organum.
[1] Aunque aquí se seguirá la tesis según la cual el cambio introducido por la Revolución Científica representa una verdadera ruptura generalizada con el mundo medieval, es necesario aclarar que no necesariamente hay unanimidad de criterios entre los historiadores en este punto. Hay historiadores continuistas para quienes muchos de los conceptos de la mecánica y la física moderna no son más que la lenta y gradual maduración de conceptos que tuvieron su origen en las escuelas medievales. En esta línea encontramos autores como Clagett, Crombie, Duhem, etc. Otros como Koyré o Kuhn sostuvieron una postura contraria, dando al período el carácter de una verdadera ruptura. Para profundizar sobre este tema recomendamos http://contraelmetodo.blogspot.com/2008_12_01_archive.html
[2] En rigor, en los países de habla hispana, solemos utilizar teoría del conocimiento para referirnos al estudio sobre el conocimiento siendo gnoseología un nombre cada vez menos utilizado. La gnoseología tiene por objeto el valor del conocimiento. Este valor del mismo implica dos aspectos: la verdad y la certeza. La verdad es la adecuación entre el enunciado o proposición y lo que es. De esta manera, si por ejemplo decimos que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es la Capital de Argentina estamos utilizando una proposición verdadera. Por su parte, la certeza da cuenta de un estado subjetivo del espíritu que está seguro y cree que una proposición es verdadera. Desde esta perspectiva, puede haber certeza sin verdad como, por ejemplo, cuando un sujeto sostiene firmemente un error por ignorancia o por la influencia de determinadas concepciones alternativas o representaciones sociales. Un ejemplo extraído de la historia de las ciencias da cuenta de aquella difundida creencia de que la tierra permanece inmóvil en el centro del universo en la Europa feudal y la antigüedad. Uno más actual, la creencia en la existencia de naves extraterrestres. También, puede haber verdad sin certeza cuando, por ejemplo, sostenemos que la temperatura de fusión del agua destilada es de 0º C en CNPT.

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