La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 1 de marzo de 2010

La fila

Fui a buscar unos libros a la casa de un amigo y nos quedamos horas discutiendo sobre ciertos problemas epistemológicos que surgen a la hora de abordar la complejidad social para explicar los conflictos que surgen en la actualidad. No voy a aburrir con los detalles, algunos artículos viejos hablan por sí mismos o al menos, tartamudean ciertos esbozos de análisis. Lo interesante es que cuando volvía en bondi de lo de Rosendo, manoseando los libros que me prestó, una hoja de carpeta cayó sobre mis piernas. La leí y me asombré. La reproduzco a continuación con el permiso de mi amigo, quien escribió lo que sigue en la década del noventa mientras buscaba denodadamente el trabajo que, por suerte, nunca encontró. Lo hago porque lo admiro y porque reconozco que a veces, un texto literario explica más que mil artículos científicos. Aún después de haber hilado fino con mi interlocutor sociólogo durante largas horas de la noche, en ningún momento estuvimos tan afilados ni pudimos explicar por qué es tan complejo despertar la mente dormida de la clase sometida como él mismo lo había visto ese desafortunado día de la década perdida cuando por catarsis se puso a escribir. Categorías, método, y demás artilugios académicos explican fríamente los detalles, cómo se colonizan las subjetividades, cómo funciona la ideología, etc. El texto que sigue, deja helada la piel desde lo simple y al mismo tiempo complejo, desde la sutil expresión de sentimientos. El título de lo que sigue es simplemente “La fila”.
La fila
Jugando con el diario, describiendo extraños arabescos en el aire, repartiendo miradas en el espacio, aquí estoy una vez más. La fila, que como siempre y a pesar de mi intención de arribar temprano ya se encuentra bastante formada, se extiende no más de veinte metros por delante y con verdadera e implacable fuerza cual imán, me atrae, me retiene fagocitándome en sus entrañas. Aunque mis sentidos aletargados, amodorrados, inertes, fuera de foco, esclavos del sueño a estas tempranas horas de la mañana, se rehúsan a darme un completo paneo de la escena circundante, mi mente percibe la uniformidad común que se repite aquí y allá y que es característica de estas filas. Posturas rígidas, que al cabo de unos minutos, se quiebran y esbozan diversos estilos de contorsiones. Miradas vacías, pero repletas de análisis, que escudriñan en derredor apilando radiografías de extraños en sus cerebros. Un hombrecito bigotudo se peina. Es de esos que aún, guardan un pañuelo mocoso en el saco y un peine hurtado a algún telo en el bolsillo trasero del pantalón. ¿Puede un tipo tan común y vulgar ser el elegido? Detrás, dos compiten en un juego de palabras. Son varones. Machos de pura raza disputando una supremacía territorial, luchando por un control que sólo puede estar presente en su imaginación, porque aunque actúen como animales, nunca dejarán de ser personas. No discuten. No, pero sus voces escalan una pendiente de títulos, estudios, cursos y experiencias laborales, mechadas con los más oscuros y ocultos trucos de computación. Conforme uno destruye a su oponente, este se rehace y vuelve con lo suyo, pero esta vez, con mayor volumen de voz y los huevos más apretados. Las minitas a las que quieren impresionar no les dan ni bola. No, ellas charlan entre sí muy distraídas, abstraídas, fuera de foco. Hubiese dado lo mismo estar en la fila, el mercado, el country o la peluquería. Las dos hermosas criaturas morochas de lindas tetas macizas y duritas se contornean y giran sobre sus ejes, cual astros celestes. Todos les miran el culo, que perfectamente dibujado y realzado por los lienzos que traen, se transforman en el centro del universo. Mi sucia mente las desnuda, pero va más allá, pues reconozco que me gustaría verlas entrelazadas besándose y acariciándose. Un tipo de mirada hueca y desafiante no advierte la cantidad de caspa que cae como nevisca sobre los oscuros hombros de su saco gris el cual, de repente, se ve convertido en la más alucinante pista de esquí que vi en mi vida. Alguien, como siempre, hace algún comentario sobre el clima. Esta vez, ese alguien es una gorda, que luego de irrumpir con este comentario tan común -que no hacía más que cotejar lo que todo el mundo podía percibir por sus propios medios: un calor insoportable para el resto de la jornada- se presentaba informe anticipando lo que en realidad era: una mina insoportable. Lo pude comprobar al cabo de media hora aproximadamente. La boba había conquistado la atención de un par de infelices, a quienes sus oídos ya no les pertenecían sino que eran parte del suculento motín de guerra de la grasienta que por entonces, no paraba de hablar, comentando con lujo de detalles cada íntima porción de su vida. Con la endemoniada cantidad de palabras que brotaban de su deforme boca y el pitido de su voz uniforme, la mujer entrada en grasas no decía nada. Un sentimiento muy profundo en mi mente me advertía, me prevenía que la inaguantable fofa idiota era un alien extraterrestre disfrazado que mediante el hipnótico discurso, tenía como misión dominar el mundo absorbiendo la mente de quienes, desafortunados, caían en sus redes, transformándose en sus desafortunados interlocutores. ¡Pobres personas! ¡En poco tiempo se verían descerebrados! Por suerte, me encontraba a varios metros de su alcance. Algunos seres amistosos se apilaban por delante, a pocos metros de mis narices. Por detrás, la fila se había reproducido, alcanzando la esquina y diluyéndose en el infinito. Un tipo se perdía incrustando su jeta en las páginas de los clasificados. Su cabeza había cambiado. Ahora, era un diario abierto en forma de ve corta lo que se extendía sobre sus hombros. Sus manitos, de dedos pequeños y deformes, sostenían el cuerpo de papel garabateado que se había convertido en cabeza. El hombre cara de diario movía su cuerpo en un pendular vaivén sin levantar los pies del piso. El miserable era una presa más de ese conjunto de cuadraditos entramados, repletos de letras, que alguien enuncia y coloca estratégicamente en el diario todos los días. Todavía algunos creemos que son reales. Otros, en cambio, sostienen que se trata de un vil engaño. Una especie de complot perfectamente planeado por el gobierno para hacernos creer que todavía existen algunos puestos de trabajo. Por allá, otro escucha la radio, o una cassette, no puedo saberlo con exactitud. En su mundo, ¿me verá?, ¿verá la realidad?, ¿notará el fluir de la fila hacia delante derivando cual río a la mar? Yo me mantengo aferrado más que nunca a mi carpeta. En ella, llevo redactado mi pedido de auxilio, mi mensaje desesperado. El mensaje en la botella del naufrago en el tema de Police.
¡Qué alguien me ayude, estoy perdido! Perdido en mi mente. Perdido en mi pensamiento. Pienso en la fila. Mi frente busca la altura de la dignidad, pero mis ojos, se pierden en la distancia, esos veinte metros que ahora son casi diez. Mi pecho se ensancha lleno de oxígeno. Aire nuevo para los pulmones, nuevas esperanzas. En la fila, pierdo ese temor que se impregna en la más profunda partícula de mi espíritu producto de la soledad absoluta. Aquella que se siente aún cuando estoy acompañado, rodeado, acorralado por mis semejantes. En la fila, dejo de ser un paria y me transformo en uno más. Tales son sus propiedades curativas. Es la más hermosa e idílica mutación. En ella, me integro a la sociedad, me enredo en su fina textura y formo parte del entrañable tejido de su red, porque esa hilera de personas agrupadas, es parte de la comunidad. Parte importante de un todo. Mientras la fila se conforma, nadie sabe quien será el elegido y aunque todos entendemos que sólo a una persona le cabe esa posibilidad, algo, algún sentimiento profundo, hace que todos nos sintamos capaces. Es por esto que aceptamos formar fila. Por la esperanza. La esperanza nos iguala, agrupándonos y atrayéndonos como la luz al final del túnel. Es la única que sostiene nuestra permanencia allí. Como una fuerza abrumadora, resiste inagotable el peso de la cruda realidad. La realidad que escribe con letras ígneas en nuestros corazones los más tremendos versos jamás concebidos por artista terreno. Esos que niegan toda posibilidad, sustentando la contundencia de lo imposible. Esos que dicen que la suerte azarosa nunca se posa sobre quienes estamos iluminados por la estrella negra.
Tres horas pasaron y la fila se quebró. Estalló en pedazos de caras vacías y entumecidas. El elegido fue elegido y la esperanza se hizo añicos.
Rosendo Luxemburgo

3 comentarios:

Candelaria Lihué dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Jessica dijo...

Excelente. Además de la situación descrita, que se entiende sin que se la nombre explícitamente; me encantó la mezcla de registros. Los pensamientos "serios", por así decirlo, como el tema de quién será el elegido o la tensión imperante; yuxtapuestos con los pensamientos más íntimos como la imagen en la mente del narrador de las chicas besándose o de la gorda insoportable y venenosa.
Muy lindo. Deja un gustito amargo. Como cuando uno termina de tomar Fernet (qué comparación...).
Saludos (también al escritor de "La fila")!!

OMAR MENDOZA dijo...

Jose: Estaria piola romper todas las filas(signos de domesticacion)y llegar a costruir una sociedad donde no existan los elegidos, sinónimo de la competencia individualista, (ergo neo-liberalismo), para eso tendriamos que construir desde nuestro ambito un espacio de debate donde aplicando los métodos epistemologicos, podamos hacer que todos tengamos las mismas oportunidades,sin estar mostrandonos como mercancias, ni esperando la desicion de los darwinistas del sistema. Te mando un abrazo y decile a tu amigo que pase el telefono de las minitas de la fila, jaja