La Persistencia de la Memoria

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Salvador Dalí

lunes, 3 de agosto de 2009

Los estudios sobre las ciencias. El Programa Fuerte de Edimburgo.

Lic. José Antonio Gómez Di Vincenzo

El Programa Fuerte de Edimburgo

Como sosteníamos más arriba, uno de los más importantes intentos por dar cuenta de una nueva línea dentro de lo que conocemos como sociología del conocimiento científico fue el Strong Programme o Programa Fuerte de Edimburgo desarrollado en la década del 70 del siglo XX en la Science Unit de Edimburgo. Entre los más representativos de la corriente, encontramos a D. Bloor, B. Barnes y S. Shapin. Preocupados por dar cuenta del conocimiento en general y el conocimiento científico en particular, estos intelectuales construyeron una perspectiva sociológica que se nutre principalmente por la influencia de la obra de Thomas Kuhn y las epistemologías naturalizadas, el trabajo del segundo Wittgenstein y su concepción pragmática del lenguaje la cual habría puesto en evidencia el carácter social de seguir una regla.
El supuesto básico a partir del cual los representantes del Strong Programme construyen sus respectivas perspectivas teóricas consiste en sostener que todo conocimiento es un fenómeno social y como tal es parte de la cultura que se transmite de generación en generación, desarrollándose y transformándose activamente en respuesta a ciertas contingencias prácticas (Tozzi, 2001). Esto es así por varios motivos: porque lo que consideramos ciencia en un determinado momento histórico se encuentra mediado por la sociedad en la que dicho discurso se genera, porque la actividad científica se encuentra profesionalizada, porque los factores macrosociales influyen en la forma de organización y en el funcionamiento de la comunidad científica y porque, básicamente, los resultados del trabajo producido son productos elaborados por individuos que se encuentran en el seno de una comunidad científica con una estructura, organización y relaciones que determinan la naturaleza y la forma del conocimiento resultante.
Para dar cuenta de estos supuestos, los representantes del Strong Programme intentan demostrar empíricamente la existencia de redes de expectativas e intereses que determinan las creencias dentro de la comunidad y que a su vez, guían la observación y afectan no sólo a la generación de hipótesis o teorías sino también, la comunicación de resultados y su evaluación por parte del resto de la comunidad científica. Desde esta perspectiva, surgen dos líneas de trabajo:

- Describir cómo y por qué en distintos períodos históricos grupos distintos seleccionan distintos sectores o aspectos de la realidad para su estudio científico.
- Describir cómo se construye socialmente la observación, el registro de datos, la experimentación y las creencias dentro de la comunidad científica y sociales en general.

Bloor, en su trabajo fundacional publicado en 1971 titulado Knowledge and Social Imaginary[1], expone lo que puede darse en llamar los principios programáticos del programa. Allí, dirá que la sociología del conocimiento debe ser causal, imparcial, simétrica y reflexiva.
El principio de causalidad es fundacional y marca un cambio de perspectiva radical respecto a la sociología del conocimiento al proponer que los estudios a realizarse deberían ocuparse de las condiciones que dan origen a las creencias o estados de conocimiento. Dicho principio permite atribuir causas sociales a la construcción de conocimiento científico. La sociología tiene entonces también la palabra a la hora de juzgar la verdad o falsedad de los contenidos científicos. Pero a esto se agrega el principio de imparcialidad respecto a la verdad y falsedad, la racionalidad e irracionalidad, éxito o fracaso. Todas estas dicotomías exigen explicación. La simetría hace referencia a que los mismos tipos de causas, por ejemplo, deben explicar creencias verdaderas o falsas. La reflexividad hace que las explicaciones y resultados a los que se ha arribado sean aplicables a la sociología misma. Este principio constituye un fuerte giro hacia una perspectiva naturalista que sostiene que el conocimiento científico puede ser explicado científicamente.
En líneas generales, de lo que se trata es de desocultar todos aquellos condicionantes o causas que se encuentran ocultos tras los procesos de construcción de teorías y evaluación de creencias, disputas y aceptación de conocimientos. Estas causas son materiales y a la vez, el resultado de procesos de articulación e interacción de intereses concretos. Estos intereses pueden ser instrumentales o ideológicos. Los primeros se refieren a los mecanismos de predicción y control del medio que guían los intereses cognitivos. Los segundos son relativos a los intereses sociales y a la organización de la estructura social misma. Estos intereses sociales encubiertos apuntan a la racionalización y la persuasión y son de tres tipos: profesionales, comunitarios y sociales generales.
Los intereses profesionales se relacionan con las habilidades y saberes adquiridos por los científicos en su formación académica. De este modo, surgen grupos de especialistas reconocidos que reciben los aportes de la comunidad, inversiones concretas para la investigación y además, carisma y prestigio. Estos grupos pretenden reproducir su influencia social haciendo prevalecer su lugar como poseedores de competencias técnicas y como portadores de los saberes especializados que manejan. Estos intereses creados dentro de la comunidad científica - y de la comunidad en general- se enlazan e imbrican dentro de un conjunto de disputas relacionadas con las líneas de investigación, la validación del conocimiento y métodos para obtenerlo, su estatus y su credibilidad.
Los intereses comunitarios hacen referencia a la identificación, delimitación y reconocimiento de la comunidad científica en general y de las comunidades científicas particulares dentro del entramado social. Este reconocimiento determina en gran medida la asignación de recursos y niveles de aceptación de las propuestas. Se dan clasificaciones jerárquicas de prestigio e influencia que pueden modificarse con el correr del tiempo pero que son propias del contexto en el que surgen. Pensemos, por ejemplo, en el nivel de influencia que obtuvo la comunidad médica tras la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX en lo que dio en llamarse medicalización de las relaciones sociales.[2] Los intereses comunitarios son importantes porque contribuyen a formar los acuerdos y desacuerdos entre la comunidad científica y la sociedad civil. Los intereses comunitarios conectan los intereses profesionales con instituciones sociales, con las necesidades concretas de la sociedad y a las disciplinas entre sí. De este modo, se construye todo un mecanismo burocrático de control social y regulación representado, por ejemplo, por sistemas de referato y evaluación de proyectos.
Los intereses sociales generales constituyen los determinantes macrosociales e ideológicos de producción y aceptación de teorías y creencias. Se incluyen aquí, los intereses económicos, políticos e ideológicos de la sociedad en general o de los grupos dominantes en particular y principalmente.
Los tres tipos de intereses se encuentran fuertemente relacionados entre sí actuando en forma interconectada y siendo en conjunto, determinantes de la producción científico tecnológica. Es precisamente la forma en la que se aborda el estudio de cómo se conectan entre sí, cómo se relacionan y determinan estos intereses y el nivel o potencia causal que se les asigne a cada uno la que define las distintas líneas internas o variantes que se dan dentro del mismo Strong Programme. En efecto, como anticipáramos más arriba en nuestra introducción, los distintos representantes de la corriente asumen los mismos supuestos pero con variantes y notas distintivas.
A diferencia de Bloor, Barnes construye su aporte desde una naturalización un poco más débil - por así decirlo- negando la posibilidad de construir leyes causales o teorías generales sobre las relaciones entre factores sociales y de conocimiento. En esta línea, propone realizar análisis concretos de casos con el objeto de analizar cómo se relacionan estos factores sociales y el conocimiento en cada uno. Para Barnes, los factores sociales actúan como condiciones necesarias pero no suficientes para explicar las creencias científicas. En cuanto a los intereses, para Barnes, los sociales generales actúan como marco pero ceden la prioridad explicativa a los profesionales e instrumentales. Es la acción combinada de éstos la que determina la racionalidad y objetividad de las acciones individuales. Es justamente por la complejidad de este tipo de relaciones y entramados de intereses que se haga tan difícil establecer leyes y debamos – siempre desde la perspectiva de Barnes– estudiar caso por caso sin presuponer teorías generales.
Por último, analizaremos la postura de Shapin. La misma se articula como punto arquimediano entre las propuestas de Bloor y Barnes pero encontrándose más cerca del último. Efectivamente, Shapin acuerda con Barnes en que no pueden establecerse leyes generales o causales en sentido fuerte. Por su parte, buscará asumir una serie de principios que guíen la investigación centrándose, del mismo modo que propone Barnes, en el estudio de casos particulares. Desde la mirada de Shapin, no hay predominancia causal alguna entre intereses: ni de los ideológicos por sobre los instrumentales, ni viceversa. Los intereses sociales generales guían los procesos de construcción de conocimientos científicos la racionalidad interna y las creencias pero todo esto es relativo a la manera en la que se da la interconexión de intereses en la comunidad científica y en el contexto social. Los intereses son contingencias que siempre actúan de modo subyacente a las creencias. Debe analizarse estudiando caso por caso y empíricamente cuáles son los que imperan por sobre los demás y cómo actúan.

Conclusiones

Los principios propuestos por Bloor para la sociología del conocimiento científico y específicamente, para guiar los trabajos realizados dentro del marco del Strong Programme - en particular el de simetría- pueden conducir a un relativismo metodológico puesto que tanto las creencias falsas como las verdaderas deberán explicarse causalmente por condicionantes sociales y los mismos tipos de causas explicarían las creencias favorables y las rechazadas. De aquí se desprende que el éxito de una teoría estaría ligado a la habilidad de sus partidarios por demostrar la superioridad de la misma mediante el dominio de recursos simbólicos y materiales más que por un análisis objetivo y racional. Por otra parte, la distinción misma entre ciencia y no-ciencia estaría determinada por las prácticas socioculturales independientemente de las condiciones de racionalidad interna.
No obstante, es preciso señalar que todo esto no necesariamente lleva a un convencionalismo absoluto. Aunque desde la perspectiva de Bloor lo que se entienda por ciencia deba relativizarse a los distintos grupos sociales o períodos históricos, el conocimiento científico posee un fuerte componente pragmático e instrumental pues responde a necesidades concretas de la comunidad. Como el mismo Bloor admite que pueden influir además otros tipos de causas (como pueden ser las influencias empíricas, las condiciones de operatividad y demás) no podemos caracterizar su propuesta como un determinismo fuerte o un sociologísmo extremo.
La propuesta blooriana adopta una postura naturalista de la ciencia social que implica que los estudios de las ciencias pueden ser abordada mediante los mismos métodos que las ciencias naturales. La combinación de este naturalismo y la concepción wittgensteiniana trae como consecuencia la adopción supuesta de una neutralidad valorativa. Siguiendo a Tozzi (2001), existe una suerte de incompatibilidad entre esta pretención y lo que se deduce del desarrollo argumental y la apelación al segundo Wittgenstein. El mismo Bloor reconocería el carácter interpretado de la realidad social que llevaría a que toda teoría sobre lo social sea una interpretación más de interpretaciones realizadas por los actores sociales. Esto llevaría a rever los principios de causalidad – en ciencias naturales los objetos estudiados no interactúan con los investigadores- y de imparcialidad – puesto que si las redescripciones modifican las prácticas es inevitable el potencial crítico y tranformador de las prácticas que toda redescripción conlleva.
En líneas generales, a partir de la lectura de las diferentes propuestas enmarcadas dentro del Programa Fuerte de Edimburgo, es posible sostener que las cuestiones planteadas resultarán interesantes para la filosofía de la ciencia en la medida en que la respuesta a dichos cuestionamientos asegure la relevancia epistemológica del contexto de descubrimiento a la hora de emprender una reflexión histórica y filosófica sobre el conocimiento científico. Dicho de otro modo, si se sostiene que los intereses sociales, políticos, ideológicos son fundamentales e influyen en la naturaleza de las creencias, valoraciones, construcción y evolución del conocimiento científico esto debe comprobarse empíricamente estudiando los casos puntuales para ver cómo se da dicha relación puesto que el componente relativista es en esta medida más fuerte que el causal.

Bibliografía

Barnes, B. (1977): Interest and the Growth of knowledge. Routledge, London.
Barnes, b. (1986): Kuhn y las ciencias sociales. Breviarios de Fondo de Cultura Económica, México.
Bloor, D., (1998): Conocimiento e imaginario social. Gedisa, Barcelona.
Sánchez Navarro, J., (1990): “Las sociologías del conocimiento científico”. En: Revista Española de Investigaciones Filosóficas. Madrid.
Martín, O., (2003): Sociología de las ciencias. Nueva Visión, Buenos Aires.
Shapin, S., (2000): La revolución científica. Una interpretación alternativa. Paidos, Barcelona.
Tozzi, V., (2001): “Malos entendidos en torno al Programa Fuerte”. Epistemología e Historia de la Ciencia, Volumen 7, No 7.
[1] Existe una traducción al castellano editada por Gedisa, Barcelona.
[2] El concepto hace referencia al hecho de que el médico toma la palabra para interpelar y reclamar la intervención del Estado para solucionar conflictos sociales. Ya no sólo desarrolla su tarea en la cura al enfermo sino como aspecto central en el progreso y la civilización. Su lugar en la política se ve sobredimensionado y es posible ver cómo sobre finales del siglo XIX y principios del XX, tenemos una importante cantidad de galenos ocupando cargos públicos en diferentes organismos estatales. El proceso de medicalización de las relaciones sociales puede comprobarse si se tienen en cuenta la creciente pero casi ilimitada extensión de los ámbitos de incumbencia de la medicina y los médicos en distintos ámbitos donde juega un rol central las categorías de lo normal y lo patológico y la permanente demanda y por momentos la efectiva injerencia del Estado a través de Instituciones y políticas diversas. De lo que se trata no es sólo de la cura de los individuos enfermos sino de curar a todo el organismo social. Es así cómo el médico, luego de realizar una serie de diagnósticos, demanda la intervención y el apoyo del Estado para el control y represión de tendencias que llevan a la enfermedad del cuerpo social.