La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

domingo, 1 de febrero de 2009

La metáfora evolucionista como modelo para una historia de las ciencias o la historia de las metáforas epistémicas

Antiguo manuscrito de dudoso origen

Contaban los ancianos sabios de la comarca que en la época de la crisis del lino del año XXXI de la era del Gran Heumoco, por decreto imperial, se había establecido que toda artesanía que tuviese como materia prima dicho material debía fabricarse reduciendo el tamaño del bien a un veinticinco por ciento del talle real. Cabe destacar que todos los textiles del imperio se fabricaban únicamente con lino.

Como era de esperarse, dicha orden fue resistida hasta cierto punto o acatada a regañadientes por los artesanos, que preocupados por no poder satisfacer las demandas de sus compradores – todos grandes aristócratas imperiales- y perder su fuente de trabajo se las ingeniaron como pudieron por lograr que los trajes fabricados concuerden con los talles solicitados.

Fue así que por no desobedecer el decreto imperial, los grandes artesanos de la comarca tuvieron que afilar su ingenio. Se les ocurrió realizar, entonces, un concurso de tejido cuya base o requisito central especificaba que la tela con la que se confeccionaran las prendas debía poseer un determinado grado de elasticidad; elasticidad que permitiera al mismo tiempo, utilizar un veinticinco por ciento menos de material y cumplir, gracias al estiramiento de las prendas, con las medidas y talles solicitados por sus exigentes compradores.

Lamentablemente, el deterioro del manuscrito original en el que se encuentra este fascinante relato deja muchos puntos oscuros y muchos de los detalles técnicos que permitieron llegar a la invención del famoso estilo “Elasticne Tkanine” se han perdido en la noche de los tiempos. Lo que sabemos o podemos inferir hoy es que un gran inventor de la época llamado Abdul el Timon conocido, por entonces, como “Gran Maestro del Piolín” logró cumplir con todas las especificaciones técnicas requeridas. Presentó una tela que, al entretejerse, por las características en que se anudaban los hilos, iba adquiriendo un coeficiente de elasticidad que hacía que los talles puedan reducirse a la mitad de su tamaño real. Los premios llegaron y Abdul el Timon fue declarado sastre oficial del reino.

Pero la historia no termina aquí… Contaban los ancianos que se presentaba otro problema de difícil solución puesto que si bien gracias al aporte del famoso “Gran Maestro del Piolín” todos los problemas de producción de vestidos quedaban saldados, se complicaba tremendamente el asunto en lo referido a sábanas, manteles y demás vituallas. Allí la tela inventada por Abdul nada solucionaba: lejos de aportar soluciones, complicaba aún más las cosas; porque si bien la elasticidad permitía estirarla, el estiramiento cedía y volvía a la tela a su tamaño inicial de no mediar una fuerza que mantuviera el estiramiento. El problema era de fácil resolución en lo referente a prendas de vestir puesto que ya existían los cinturones y portaligas donde fijar las telas pero la cose se complicaba en sábanas, manteles y alfombras. ¿Cómo hacer, entonces, para fabricar una tela con un veinticinco por ciento menos del material que se ajustara a las dimensiones especificadas, por ejemplo, para una sábana sin ceder en la calidad del entramado necesaria para que la misma tenga la suavidad apropiada y proporcione el abrigo optimo para pasar las frías noches de la comarca imperial? Dado que debía resignarse el largo de la sábana… ¿Cómo hacer para cubrir y abrigar los torsos de los varones y voluptuosidades de las damas sin destapar sus pies?

Resulta paradójico que el genial aporte de Abdul resolviera sólo en parte las cosas. Los intentos por solucionar el problema de las sábanas se repitieron por días, meses y años. Se acumularon propuestas de todo tipo: intentos por imitar técnicas provenientes de otros ámbitos del saber, diseños fascinantes, propuestas para utilizar máquinas que estiren las telas, hasta se pretendió reducir el tamaño de las cosas y personas.

Los grandes genios de la comarca nunca se dieron cuenta de que podían fabricar textiles con otros materiales.

Una serie de cambios ambientales unidos a dos o tres tremendas catástrofes terminaron con el lino y con los habitantes del imperio.

El problema de la sábana corta

¿Qué lugar ocupa el sujeto, la comunidad científica y el contexto socio histórico en la producción y legitimación del conocimiento científico? ¿Cuál es el estatus de las afirmaciones y leyes científicas? ¿Cómo progresa la ciencia, si es que lo hace, a lo largo de la historia?

Estas son algunas de las preguntas que trata de responder la filosofía cuando reflexiona sobre esa potente forma de conocimiento de la realidad que llamamos ciencia.

La epistemología de la tradición anglosajona puede leerse como una serie de intentos sucesivos por construir respuestas apropiadas a preguntas que surgen, básicamente, a partir de dos niveles: uno sincrónico y otro diacrónico. Dentro del primero, se encuentran todos los interrogantes relacionados con la justificación lógica de las teorías científicas, el método para su elaboración y la incumbencia o no del contexto de descubrimiento en la construcción y legitimación de ambas cuestiones. Formando parte del nivel diacrónico, tenemos todos los intentos por reconstruir el desarrollo histórico de las teorías; dicho de otro modo, todos aquellos elementos conceptuales que hacen a la historia de las ciencias. En este contexto, encontramos siempre presente la tensión dada entre las lecturas continuistas del desarrollo de la ciencia y las discontinuistas. Las tesis continuistas adquieren varios matices y formas pero, básicamente, todas coinciden en un punto por el hecho de pensar que el desarrollo científico es acumulativo, las teorías triunfantes desplazan a aquellas construidas con escaso fundamento y/o subsumen a otras teorías que actuarían como punto de partida o inspiración para las consolidadas. Por el contrario, las tesis discontinuistas, que también adquieren distintas formas según el autor que se tome como referente, proponen que existen rupturas revolucionarias en el desarrollo histórico de las ciencias. La ciencia progresaría dando saltos cualitativos en momentos clave representados por verdaderas revoluciones del pensamiento.

Las distintas respuestas a los interrogantes que se plantean en ambos niveles adquieren diferentes características pero es posible encontrar un común denominador entre todas las propuestas surgidas dentro del marco de la tradición anglosajona: aquellas que pretenden dar cuenta de unos aspectos pierden de vista otros. Por ejemplo, Popper, que rompe con la posición empirista e inductivista del Círculo de Viena asumiendo otra que sostiene que el conocimiento se construye en forma hipotética deductiva, fundamenta dicha forma de construcción en la validez de la lógica deductiva pero este método arroja al científico a una permanente necesidad de encontrar refutaciones para sus hipótesis y a tener que someterse a la presión de ser permanentemente creativo para elaborar conjeturas novedosas. De aquí, que una lectura popperiana del desarrollo científico lleve, considerando el método de las conjeturas y refutaciones, a una serie de rupturas permanentes. Si se pretende argumentar que la ciencia avanza hacia la verdad, gracias a rupturas permanentes, se pierde de vista una noción de objetividad dada por una continuidad, plasmada en un relato meta teórico que permita dar cuerpo a una serie de cuestiones a tener en cuenta para guiar el progreso. Popper se esfuerza por saldar este problema proponiendo un relato evolucionista.

Kuhn, por su parte, elabora una perspectiva discontinuista de la historia anclada en una doble racionalidad: una conservadora y acumulativa para los períodos de ciencia normal y otra revolucionaria para los períodos de cambio de paradigma. La fuerte impronta del concepto de inconmensurabilidad entre paradigmas; es decir, la imposibilidad de establecer una medida estándar que permita realizar una comparación entre el paradigma en crisis y su reemplazo revolucionario, hace difícil para Kuhn sostener cuáles son las razones o la lógica del cambio. Es por esto que, sobre el final de La Estructura y, posteriormente, al final de su carrera, Kuhn trata de elaborar una propuesta evolucionista que permita dar cuenta aquellos asuntos que guían el cambio.

Ahora bien, la metáfora evolucionista tomada de la teoría darviniana permite dar cuenta de una forma de progreso azarosa que nada tiene que ver con la aparente teleología del desarrollo científico. En este sentido, el modelo tomado como referencia para armar la analogía no describiría lo que se pretende entender como un progreso hacia una meta establecida desde un principio. Como quiera que sea, lo que tenemos en todos estos intentos es un esfuerzo por resolver problemas que una vez resueltos, generan nuevos problemas en otro campo. Así, como en el caso de la sábana corta de nuestro relato inicial, mientras procuramos taparnos el torso nos descubrimos los pies.

En el presente trabajo, defenderemos la tesis que sostiene que las epistemologías evolucionistas funcionan como un meta discurso, una filosofía de la historia que trata infructuosamente de resolver la tensión continuidad - discontinuidad en el progreso de la ciencia y demás aspectos relacionados con los niveles expuestos, apelando a una metáfora inapropiada para dicho fin que en parte, da cuenta de algunos detalles del proceso pero deja sin resolver otras cuestiones. Concretamente, cuando explican la continuidad, dejan de lado cuestiones como la incumbencia del contexto de descubrimiento en la producción de teorías; cuando dan cuenta de las rupturas, pierden de vista los aspectos lógicos y la racionalidad de las ciencias; cuando se centran en las cuestiones lógicas, pierden de vista los aspectos contextuales, etc.

Para el logro del objetivo planteado, en primer lugar, expondremos los distintos artefactos conceptuales elaborados para dar cuenta de los problemas surgidos en los niveles aludidos más arriba incluyendo las tesis estándar y los planteos evolucionistas. Por una cuestión de espacio, nos encargaremos sólo de los planteos esgrimidos por Popper (1985) (1935-58) y Kuhn (1990) (2004) considerando que los mismos pueden ser vistos como los más representativos de la tradición. Este tratamiento nos obligará a plantear como antecedente la postura del empirismo lógico; postura que, tanto Popper como Kuhn pretenden en cierta forma llevar más lejos, o por lo menos reconstruir para dar cuenta el primero, de la racionalidad de la construcción de conocimiento científico y del proceso de desarrollo histórico de las ciencias, el segundo. A continuación, elaboraremos un análisis crítico de las tesis evolucionistas en epistemología para luego, finalizar el trabajo elaborando, muy sintéticamente, una propuesta posiblemente alternativa para el abordaje histórico que permita dar cuenta de los problemas planteados.

El relato con el que iniciáramos nuestro trabajo permite dar cuenta metafóricamente de algunos de los problemas que hemos planteado en esta breve introducción. En la comarca de nuestra historia, los artesanos buscan ingeniosamente solucionar el problema que se plantea invirtiendo una buena cantidad de recursos sin ver que por más ingeniosa que sean las propuestas, la cosa se resolvía de una manera más simple, buscando otra materia prima para elaborar telas, sólo que esta salida implicaba salirse del esquema, romper estructuras y patear el tablero. La salida aportada por un ingenioso maestro artesano, creativa e innovadora, no fue suficiente para resolver todos los problemas y dejó a los habitantes de la comarca sin poder resolver la cuestión de la sábana corta que al tapar un extremo del cuerpo deja descubierto otra. Como los maestros artesanos del relato, los epistemólogos han agotado recursos por dar cuenta de todos los problemas desde un esquema que se disuelve dentro de sus propios límites y especulaciones perdiendo de vista qué ocurre en el contexto epistemológico propio de la ciencia histórica y de la comunidad científica.

La discusión del siglo XX y la metáfora evolucionista en epistemología

En este apartado, trataremos de recorrer los distintos argumentos esbozados con el objeto de responder aquellas preguntas que presentáramos más arriba.

La filosofía de las ciencias, en tanto disciplina filosófica relativamente autónoma, surge en las primeras décadas del siglo XX, con el Círculo de Viena. Esto no significa que no hubiese existido antes ninguna reflexión filosófica sobre la ciencia. Tanto los filósofos clásicos griegos como Descartes, Kant, Hegel o Marx por nombrar alguno de los más representativos pensadores modernos, desarrollaron estudios acerca del conocimiento científico. Sin embargo, hay una característica que diferencia a la filosofía de las ciencias del siglo XX de las reflexiones realizadas con anterioridad: a partir del aporte realizado por el Círculo de Viena ya no tenemos estudios elaborados por autores aislados, sino una tarea conjunta llevada a cabo por un grupo de lógicos, filósofos y científicos que comparten cierta base común consensuada o supuestos previos, a partir de los cuales, se comprende qué es la ciencia, cómo se construye el conocimiento científico y cuál es el criterio para distinguir a la ciencia de otros modos del saber.

Las primeras formas de análisis epistemológico cuyo objetivo es explicar el status de las teorías y el progreso científico derivan de los debates que se iniciaron hacia fines del siglo XIX y principios del XX con la llamada ‘Concepción Heredada’ (CH), expresión acuñada posteriormente por Putnam para agrupar a los integrantes del Círculo de Viena y a otros intelectuales, que adherían a sus principales supuestos básicos y sirven de marco para la discusión sobre la tercera. Las ideas básicas de la CH fueron llevadas a su máximo desarrollo a partir de los años veinte por los científicos y filósofos del Círculo de Viena, Moritz Schlick, Hans Hahn Rudolph Carnap y Otto Neurath y autores como H. Reichenbach y K. Hempel entre muchos otros, que aun sin pertenecer estrictamente al Círculo, compartían gran parte de sus supuestos iniciales.

La CH surgió en el marco de dos supuestos básicos que buena parte de la filosofía europea adoptó entre fines del siglo XIX y primeras décadas del XX. Por un lado, la filosofía comenzó a ser considerada como una mera reflexión acerca de ese lenguaje especial que son las teorías científicas. Por otro lado, esta filosofía de la ciencia tendría un carácter eminentemente prescriptivo al tiempo que fundacionalista, puesto que buscaba establecer las condiciones necesarias y suficientes para que un determinado conocimiento pudiera ser considerado científico. Desde esta perspectiva se adoptó como criterio de demarcación el “Principio Verificacionista del Significado”. Dicho principio puede enunciarse de la siguiente manera: el significado de una proposición es el método de su verificación. Entonces, aquellas proposiciones que no pueden verificarse empíricamente carecen de significado en sentido estricto y sólo tienen sentido emotivo. Las proposiciones significativas se restringen, entonces, a las constituidas por términos formales y a las proposiciones fácticas con verificación empírica.

Las teorías científicas expresadas como un conjunto de enunciados pueden contener conexiones oscuras entre enunciados, sentidos equívocos o poco precisos que no se definen rigurosamente. Surge entonces, la necesidad de depurar el lenguaje científico obteniendo uno formalizado, lo más transparente posible. Se distinguen los términos o enunciados, fundados en la experiencia o con contenido empírico, de los términos metafísicos carentes de dicha relación. Lo que sigue es que todos los enunciados que contienen términos provistos de contenidos empíricos pueden ser controlados en la experiencia. Aquellos no controlables empíricamente no serían considerados científicos, a excepción de los enunciados lógico matemáticos puesto que por su estructura implican consecuencias surgidas de un grupo de axiomas.

El empirismo lógico de la CH se preocupa, entonces, por la correcta utilización del método inductivo y del análisis lógico de los enunciados teóricos y observacionales. De esta forma, la tarea queda reducida a atender el conocimiento científico como producto; esto es, el contexto de justificación, mientras que el contexto de descubrimiento queda reservado a la historia, la sociología o la psicología. Al primero corresponden los aspectos lógicos y empíricos de las teorías, la tarea de la filosofía de la ciencia en suma, mientras que al segundo pertenecen los aspectos históricos, sociales y aun psicológicos que rodean la actividad de los científicos.

Desde esta perspectiva, la historia de la ciencia es vista como una acumulación lineal y progresiva de las teorías triunfantes. La CH concibe el desarrollo del conocimiento científico como un proceso de progreso caracterizado por un reduccionismo entre teorías. Esto significa que cualquier teoría consolidada se conserva a lo largo de la historia de la ciencia, o bien por subsunción en las teorías posteriores, o bien porque lo que afirma puede derivarse de ellas apelando al reduccionismo. Como vemos, desde esta postura, la historia de la ciencia es vista como una continuidad lineal, como la historia de las teorías triunfantes cuyo éxito radica en su status legitimado de ciencia. Todos aquellos intentos por dar respuesta a las problemáticas surgidas de la naturaleza que no correspondan con el criterio de demarcación establecido por es empirismo lógico quedan fuera del campo de la investigación histórica y no juegan ningún rol en la construcción de conocimiento científico. Desde esta perspectiva, no tiene sentido apelar a ninguna metáfora (ni evolucionista ni de ninguna especie) que dé cuenta del desarrollo histórico puesto que el mismo se explica por las características que asumiría la racionalidad propia de la forma de construcción del conocimiento científico. Dicho de otro modo, la historia de la ciencia es la recapitulación del proceso mediante el cual, aquellas teorías consolidadas al momento de escribir la historia pudieron ser posibles.

Si bien las posturas fueron variando y en cierta forma perdiendo rigidez con el tiempo, a partir de estas tesis fuertes sostenidas por el empirismo lógico comenzaron a proliferar las críticas y objeciones de distinto alcance, provenientes de diferentes tradiciones teóricas con dispares derivaciones, pero también al interior mismo de la CH.

El empirismo lógico no pudo resolver el problema de inducción, su justificación lógica, ni mucho menos explicar cuál es el proceso mediante el cual surgen las teorías científicas al no poder justificar lógicamente la inducción. Si bien Carnal, Russell y otros trataron de justificarla apelando a la tesis instrumentalista, sosteniendo que las leyes de la ciencia son simples instrumentos para predecir sucesos observacionales y como tal, no puede decirse que sean verdaderas ni falsas, lo cierto es que el programa fracasa al mismo tiempo que deja abierta la puerta para el inicio de uno nuevo que contemple los aspectos creativos, imaginativos o intuitivos que se juegan en la producción de teorías y busque la reconstrucción del progreso de la ciencia desde otra perspectiva.

Los trabajos de Popper y sus críticas al punto de vista empirista y al método inductivo, desarrollados sobre la base de la “carga teórica de la observación” y una postura “falsacionista” que pudiese superar como criterio de demarcación al verificacionismo, permitieron ampliar el panorama para que se produjeran nuevos aportes a la reflexión epistemológica. Fue Popper quien, de alguna manera, desde el Racionalismo Crítico reinstaló al sujeto en la producción científica. A la inversa del inductivismo que sostiene que las teorías se construyen a partir de la observación de los hechos, el hipotético deductivismo sostiene que el proceso va desde la teorías a los hechos, que la observación está guiada por la teoría y que la puesta a prueba de las hipótesis mediante el testeo de las consecuencias observables que surgen vía deductiva a partir de la hipótesis fundamental no constituye la verificación de la misma sino a penas una corroboración.

Como sosteníamos en la introducción al presente trabajo, Popper fundamenta el método apelando a la validez de la lógica deductiva. Pero este método expone al científico a una constante necesidad de encontrar refutaciones para sus hipótesis y a tener que someterse a una exigencia de creatividad para elaborar conjeturas novedosas. De aquí, que una lectura popperiana del desarrollo científico lleve, considerando el método de las conjeturas y refutaciones, a una serie de rupturas permanentes. En este sentido, si la ciencia avanza hacia la verdad, gracias a rupturas permanentes, no vemos cuál pueda ser la racionalidad, el relato meta teórico que permita dar cuerpo a una serie de cuestiones a tener en cuenta para guiar el progreso objetivo.

Popper busca salir del brete apelando a la metáfora evolucionista pero desde una óptica particular: desde su perspectiva, la evolución natural responde al mismo esquema de las conjeturas y refutaciones, las especies evolucionan a través de la solución de problemas vía ensayo, prueba y error. Desde esta postura, Popper logra establecer una distinción entre las revoluciones científicas y las sociales argumentando que las primeras, se dan dentro de un esquema de racionalidad dada por el proceso de conjeturas y refutaciones, como en el caso de la evolución natural; y en las segundas, en el campo de lo social y político, los procesos de cambio revolucionario son ideológicos y no siguen ningún esquema racional. Para Sir Karl, el progreso científico consistiría en el examen racional de las conjeturas al mismo tiempo que la objetividad de la actividad se funda en la criticidad de dicho examen.

La salida popperiana constituye un buen intento por resolver la cuestión de la racionalidad del progreso científico pero un intento que fuerza mucho las cosas puesto que al trasladar el esquema racional aportado por el racionalismo crítico a la naturaleza nos exige que compremos la tesis de que existe una continuidad entre el mundo natural y lo social; una continuidad que no puede justificarse empíricamente y debe aceptarse a partir de la especulación metafísica.

En la década del 60, surge una nueva perspectiva epistemológica que, aún dentro de la tradición anglosajona, pretende mostrarnos la ciencia como proceso dinámico de producción de conocimientos y ya no como un producto terminado. Los análisis de Quine sobre la “indeterminación de la traducción” y “la infradeterminación de la teoría por los datos”, debilitaron la creencia en la intersubjetividad y la objetividad, además de mostrar la dificultad de sostener que la evidencia empírica de por sí permite una verificación de las teorías científicas. Desde esta perspectiva nos alejamos del esquema logicista y de las posturas fuertes, incluyendo una mirada que apunta más a naturalizar la producción científica que a considerarla como un producto terminado.

A esta línea crítica, habría que agregar las objeciones puestas por Kuhn a la neutralidad de la experiencia, el hecho de poner en consideración el papel fundamental que ocupa la comunidad científica como sujeto involucrado en el desarrollo cognitivo y el lugar que ocupa la historia de las ciencias en la epistemología. Estas críticas dieron lugar al surgimiento de distintos puntos de vista. En “La estructura de las revoluciones científicas”, Kuhn expone la evolución de las ciencias naturales de una manera radicalmente distinta a la que es propia de la visión precedente. Para este epistemólogo, las ciencias no progresan siguiendo un proceso uniforme lineal sino que podemos notar que existen en su evolución rupturas y cambios revolucionarios en los que se pasa de un paradigma a otro.

Siguiendo a Kuhn, un paradigma es una “concepción del mundo”; es decir, un conjunto de valores, creencias y técnicas compartidas por la comunidad cinética a partir de las cuales, se producen las formas de clasificación del mundo. El paradigma determina cuáles son los problemas, los entes, y las reglas que deben seguirse para su resolución. El período de “ciencia normal” es un período de resolución de “enigmas” dentro de un paradigma determinado. La actividad de la comunidad científica dentro del período de “ciencia normal” tiene por objeto lejos de producir novedades, abordar la resolución de los problemas que el paradigma deja sin resolver. Ahora bien, existe o mejor dicho aparece otro tipo de problemas más complejos que no pueden resolverse desde el paradigma vigente. Estas “anomalías” pueden llevar a los científicos a tomar distintas actitudes. Puede ocurrir que no se perciban como tales o que la comunidad científica pueda convivir con éstas por un tiempo. Pero también, puede ser que estas “anomalías” se acumulen y produzcan una crisis del paradigma. Esta crisis rompe la unidad en la comunidad científica dándose una pérdida de confianza en la capacidad de respuesta del paradigma hasta allí vigente. Comienzan a proliferar distintas herejías que pretenden instalarse como un nuevo paradigma hasta que una triunfa y se abre un nuevo período de “ciencia normal”. El paso de uno a otro paradigma constituye una revolución científica. El concepto de paradigma implica una “visión del mundo” y el cambio de uno a otro paradigma, un cambio de mundos. Los paradigmas, desde esta perspetiva, son “inconmensurables” quedando anulada toda posibilidad de comparación.

El concepto de inconmensurabilidad fue sumamente criticado por el campo intelectual llevando a Kuhn a reformularlo de otro modo: comparando el proceso de cambio paradigmático con el de la traducción de un idioma a otro. También tuvo que dejar de lado la noción de paradigma debido a la ambigüedad del término y reemplazarla por la de “matriz disciplinar”.

Sobre el final de su carrera, Kuhn se esforzó por reconstruir su punto de vista tomando a las revoluciones científicas como cambios que se dan a nivel del lenguaje. En “El camino desde la estructura”, Kuhn expone su proyecto de retomar algunas preguntas planteadas en su obra principal con el objeto de resolver ciertas problemáticas pendientes como la cuestión de la racionalidad del cambio paradigmático, el compromiso con la verdad y principalmente el problema que planteaba el concepto de inconmensurabilidad. Desde su punto de vista, sostiene que el concepto de inconmensurabilidad, en realidad, no representa una amenaza a la evaluación racional de la verdad. En una clara discusión con Popper, va a sostener que el concepto constituye un eje central para comprender el desarrollo histórico de las ciencias.

Ahora bien, en este famoso artículo, Kuhn plantea la inconmensurabilidad como intraducibilidad. Viendo que el aparente sinsentido de textos o producciones científicas antiguas puede ser eliminado restaurando significados diferentes a los utilizados al momento de ser producida la evaluación histórica de los mismos, Kuhn advierte que es el léxico el que debe tomarse como eje de análisis para evaluar cuáles son los aspectos que cambian al pasar de un paradigma a otro. Así, los conceptos adquieren un significado específico dentro de ciertas taxonomías léxicas. Una taxonomía léxica debe estar dada antes de que empiece la descripción del mundo. Kuhn postula el “principio de no intersección de referentes” para dar cuenta de que existen ciertos conceptos cuyo significado funciona en una taxonomía de manera distinta al que adquieren en otra taxonomía. El cambio revolucionario estaría dado, entonces, por el paso de unas a otras categorías taxonómicas pudiendo existir historiadores bilingües capaces de distinguir los distintos significados que asumen los conceptos en cada una de ellas.

Las taxonomías léxicas o esquemas conceptuales no constituyen una creencia sino más bien un prerrequisito para tenerlas, proveyendo y limitando también el modo en que se las tiene. Estos esquemas conceptuales evolucionaron a partir de un mecanismo fundamental que posibilita a los seres vivos para identificar sustancias escudriñando trayectorias espacio temporales.

Kuhn vuelve así a la metáfora evolucionista que planteara en “La estructura”, sosteniendo que ciencia progresa desde y no hacia la verdad y sugiriendo, a la vez, eliminar la noción teleológica de progreso. Propone entonces, un paralelo entre la evolución natural y el desarrollo del conocimiento científico; paralelo que debe ser abordado desde un corte sincrónico y otro corte diacrónico. El primero daría cuenta del surgimiento de nuevas especialidades cada vez que se produce un cambio revolucionario. Cada una de ellas se construiría a partir de nuevos esquemas conceptuales. El segundo corte hablaría del tránsito de un período a otro de ciencia normal mediado por una revolución científica.

Al cuestionar el desarrollo hacia la verdad, Kuhn cuestiona también el principio de verdad por correspondencia proponiendo que la verdad o falsedad se definen en el contexto histórico. La historia de las ciencias es leída, entonces, en clave evolucionista como un tránsito a sucesivas formas de especialización.

Sobre el final del artículo, Kuhn compara el léxico con las categorías kantianas sosteniendo que el mismo proporciona precondiciones para la experiencia. Pero a diferencia de sus antecesoras kantianas estas cambian dado el paso del tiempo como el de una comunidad a otra.

Más allá de las críticas que puedan caberle a la comparación, surgen una serie de problemas que la postura no puede resolver. No queda claro cómo se da la relación del léxico con el mundo, existiendo una distancia entre el mundo percibido y el mundo construido por el ser humano. Tampoco queda clara cuál deba ser la unidad de análisis o especiación: si la misma apunta a los grupos, estos no tienen mente. El concepto de adaptación a los cambios que a partir del cual, surgirían desde la óptica de Kuhn los distintos campos de especialización en las ciencias, implica una lectura teleológica; teleología que el mismo Kuhn había echado por la ventana y que ahora se le cuela por la ventana.

En síntesis, existen dos problemas que la postura epistemológica evolucionista kuhneana no permite resolver. Al igual que Popper, Kuhn no puede dar cuenta de cómo se daría la continuidad entre la naturaleza y la cultura que permitiera a su vez, legitimar el salto de la evolución biológica a una explicación evolucionista del desarrollo científico que se verifique en los hechos. Por otro lado, parecería que la ciencia es una empresa cargada de propósito en la que la metáfora biológica no tendría cabida dado su alto compromiso con una forma de cambio azaroso. Si bien la tesis kuhneana incluye al proceso revolucionario como verdadero motor de la historia científica, considerando los aspectos sociopolíticos dados por el contexto de descubrimiento, por no poder tomar al grupo social o a la comunidad científica como unidad de especiación a partir de la cual explicar la evolución por carecer ésta de mente, pierde la posibilidad de fundamentar racionalmente el cambio.

Algunas ideas finales

Para ir concluyendo el presente trabajo, presentaremos una lista esquemática de las conclusiones que, en principio, pueden extraerse de lo expuesto. Trataremos de ir de los aspectos más generales a los detalles particulares, finalizando el presente punto con una no muy pretenciosa propuesta para el abordaje de todo trabajo que pretenda realizar una reconstrucción histórica de las ciencias que a la vez de funcionar como modelo explicativo de abordaje juegue con cierta ventaja a la hora de defender sus pretenciones de legitimación a nivel empírico.

En líneas generales, a partir de lo expuesto más arriba, podemos sostene que la metáfora evolucionista se encuentra lejos de ser útil como modelo de abordaje para todo estudio que pretenda esclarecer cómo se da el desarrollo histórico de las ciencias. Apelando al relato de nuestra introducción, diremos que la metáfora evolucionista en epistemología funciona como la sábana corta: los problemas que permite resolver nos llevan inexorablemente a otros problemas irresueltos.

Vimos cómo, Popper y Kuhn, dos de los más importantes exponentes de la tradición anglosajona, buscan saldar, con la construcción de una epistemología evolucionista elaborada desde distintas posiciones, los problemas dados por la tensión continuidad-discontinuidad tanto en el desarrollo histórico como en el curso que va de lo biológico a lo cultural. Dimos cuenta que aquellos puntos que apelando a metáfora resuelven a medias y qué preguntas o problemas surgen a partir de dicha construcción teórica. La metáfora que se construye apelando a la teoría darviniana de la evolución trae consigo todos los presupuestos metafísicos propios de dicha construcción teórica de los cuales, tal vez sea el de mayor peso el que se expresa en el hecho de que la evolución biológica sucede azarosamente y no teleológicamente. Dicho presupuesto no encuentra cabida en una práctica humana cargada de compromisos objetivos por la transformación de la naturaleza y propósitos, también objetivos, por la consecución de metas claras en pos del progreso como lo es la producción científica moderna. A esto debemos agregar la dificultad que se presenta en la fijación de la unidad a partir de la que se realizaría la selección por la cual, algunas teorías ventajosas serían las que cuentan con mayores posibilidades de éxito.

Si bien la exigencia conceptual que representa el hecho de tener que dar cuenta del problema del modo en el que se produce el desarrollo científico lleva a tener que apelar a toda posible solución con un grado mayúsculo de creatividad, dicho esfuerzo creemos, no debiera basarse en una especie de importación de teorías científicas hacia la historia de las ciencias. En este sentido, sostenemos la idea de que si bien la circulación de metáforas entre las ciencias, entendiendo esto como una reflexión de primer nivel sobre la naturaleza, es epistemológicamente válida puesto que ha permitido en muchos casos resolver problemas específicos en distintas áreas, no ocurre del mismo modo si el tráfico de metáforas se da de un nivel (el de la ciencia) a otro superior; esto es, el de la reflexión sobre las ciencias: histórica o filosófica. Debemos, por otro lado, hacernos cargo de que cualquier intento por dar inteligibilidad a todo proceso o desarrollo histórico siempre corre el riesgo de transformarse en una filosofía de la historia construida a partir de la especulación y con escaso contenido empírico. La apelación a la teoría de la evolución – pero también a cualquier teoría científica – cuyo contenido empírico corrobora sus presupuestos en el nivel de la naturaleza no legitima que dichos fundamentos se trasladen al plano de lo cultural o histórico con éxito. La trampa en la que se cae es como una ilusión que no nos permite ver que en el fondo, se está haciendo un relato especulativo que si bien parece cargarse de contenido empírico y objetividad en realidad, es una filosofía de la historia puesto que dicho contenido y objetividad dado por los elementos de la teoría se hacen jugar en un nivel diferente al que se toman. Dicho de otro modo, en la construcción del modelo conceptual apelar a la metáfora evolucionista hace que, por el mismo hecho de estar trabajando con una metáfora y por el mecanismo de su construcción, los sentidos propios de los términos que la constituyen, cuyo valor explicativo se jugaba en función de la referencia empírica en un nivel, carezcan del mismo valor explicativo en un nivel superior o en un meta nivel. A diferencia de lo expuesto por Richards (1997), creemos que la metáfora evolucionista, además de estar lejos de explicar cómo se da efectivamente el desarrollo de las ciencias, también está lejos de ser considerada una herramienta o modelo a partir del cual, abordar el estudio de dicho desarrollo. En sí, pensamos que el recurso de apelar a la teoría evolucionista se relaciona con la búsqueda de legitimidad para un discurso histórico. En este sentido, hasta parece irónico el hecho de que dicho discurso parezca alejarse del status y el rigor característicos de una actividad que procure construir una historia científica cercana a dicho status para constituirse como una mera metáfora con escaso valor epistémico. Resulta, por otro lado, al menos desprolijo el hecho de que pretenda legitimarse gracias a los laureles adquiridos por la teoría de la cual, se toman los elementos para construir dicha metáfora.

Ahora bien, como quiera que sea, podemos conceder que, a la hora de presentar un relato que pretenda dar cuenta de cómo se da el desarrollo histórico con el objeto de divulgar en la comunidad los pormenores del proceso mediante el cual, las teorías parecen evolucionar o progresar, el historiador deba apelar a una suerte de discurso que permita armar lo que podríamos llamar una puesta en escena de los verdaderos procesos que ha abordado. En este sentido, cualquier enfoque metafórico puede jugar un rol importante y dependerá de la creatividad del escritor cómo articule el contenido metafórico con el de su ciencia histórica para lograr mostrar lo que desea mostrar. Así, cualquier metáfora, analogía o relato actúa a posteriori de la investigación y no como plataforma o molde que se constituya como herramienta de abordaje.

Para ir finalizando, si bien como sostuviera Palma (2007) toda metáfora puede constituirse en una potencial herramienta de construcción de conocimiento si consideramos su valor epistémico, la aplicación de la metáfora evolucionista en el ámbito de la historia deja muchos puntos oscuros y cuestiones sin resolver. El tránsito de metáforas entre disciplinas científicas a lo largo del desarrollo de las ciencias ha constituido una importante fuente para la construcción de conocimientos. Dicho tránsito se produce de distintos espacios o recortes de la realidad a otros con el objeto de constituirse como elementos teóricos clave para la construcción de teorías. Dichas metáforas se construyen y circulan en un nivel distinto al que debe funcionar una historia de las ciencias puesto que ésta necesita distanciarse para tomar a aquellas como objeto de estudio. Con lo cual, lo que queremos inferir es que la metáfora a partir de la cual, explicaremos el proceso de desarrollo de las teorías no puede ser ni más ni menos que una construcción independiente de las teorías mismas, un marco que las sobrevuele y les de sustento estructural. Desde este punto de vista, creemos que dicho marco conceptual está dado por los presupuestos metafísicos a partir de los cuales, se elaboran y adquieren sentido las teorías. Una historia de las ciencias bien podría basarse en la reconstrucción del proceso a partir del cual, dichas metáforas en las que se plasman como relato los presupuestos metafísicos propios de cada contexto socio histórico, se traducen luego, como teorías y leyes científicas que expliquen la realidad.

Entonces, siguiendo esta línea de pensamiento, la historia de las ciencias más que una metáfora del desarrollo o evolución de las teorías científicas sería una historia de las metáforas construidas a partir de los presupuestos metafísicos o la cosmovisión propia de un contexto socio histórico determinado y la circulación de metáforas epistémicos entre distintos campos o modelos explicativos de la realidad.

Bibliografía

Kuhn, Th., (2004): La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica, México.

Kuhn, Th., (1994): “El camino recorrido desde la estructura”, Montevideo, Galileo, Nº9, (1994)

Palma, H., (2008): Filosofía de las ciencias. Temas y problemas. UNSAM Edit, Buenos Aires.

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Este texto llega a nosotros gracias al importante trabajo antropológico del famoso científico anglo eslavo Dr. William Mc Milan, quien reconstruye este relato y lo incluye en su artículo titulado “El desarrollo tecnológico en la era del Heumoco” a partir de una traducción aproximada de un manuscrito escrito en sánscrito encontrado en las Grutas Bujadin cercanas a Estambul.

Por teorías consolidadas, entiéndase aquellas que cumplen con los cánones de ciencia formulados desde la perspectiva del empirismo lógico.