La Persistencia de la Memoria

La Persistencia de la Memoria
Salvador Dalí

lunes, 2 de junio de 2008

El laboratorio del subsuelo

No hay explicación para lo que voy a narrar aquí... La incertidumbre representa un desafío para una mente acostumbrada a las regularidades y la razón. La incertidumbre viene como un fantasma que trae consigo el mal augurio de la irracionalidad. Pero no... Tal cosa es el invento de algunos que pretenden manipular la racionalidad pintando panoramas acordes a sus fines nefastos. Debe haber una explicación para todo. No pierdo las esperanzas y a pesar de todo mi desencanto, pienso que el relato vale la pena y que en algún momento, se descubrirá cómo pasó lo que pasó. Convencido del valor que la experiencia tiene, me resulta casi una obligación publicar un artículo que de cuenta de los acontecimientos producidos.

Sin embargo, es costoso comenzar. El papel en blanco espera inmóvil, la caída del lápiz que dibuje a ritmo desencajado, los garabatos que expresen con el mayor de los detalles, lo ocurrido en aquel oscuro sótano del pabellón uno de Ciudad Universitaria. Pero no, nada sucede, y la hoja mantiene su virginidad hasta muy avanzadas las horas de la madrugada. No puedo comenzar a escribir. No y puedo. Dos palabras más que contundentes, nefastas cuando se juntan. Uno de los peores males sufridos por el periodista de investigación, junto con el insomnio, claro, que es típico de su naturaleza. Traté, desde siempre, de evitar por todos los medios, imponerme algún tipo de trabas y llegar al punto de pensar que algo es inalcanzable. La experiencia hizo que, desde muy pequeño, tuviera que enfrentar distintos escollos, los cuales, superé siempre, aferrándome a mi voluntad férrea de no caer jamás y levantando la frente dignamente para afrontar, resignado, la lucha por la supervivencia. Pero esta vez, las cosas habían llegado demasiado lejos, pues los hechos, penetraban mucho más allá del alcance de la lógica, que es fundamental, a la hora de echar luz sobre los acontecimientos. O al menos eso creía...

¿Cómo puedo describir lo que realmente sucedió en aquel laboratorio, sin caer en la mera suposición? Pues es todo lo que tengo, meras suposiciones. Lo real, lo innegable, el único hecho comprobable es que un tipo, un científico que investigaba ciertas propiedades físico-químicas de la hoja de papel de diario, desapareció. Se esfumó sin aviso. Entró al laboratorio, que se encuentra en un sótano del pabellón uno en Ciudad Universitaria, cerró la puerta y nunca más salió.

El cuarto en cuestión, se encuentra desprovisto de ventanales por encontrarse varios metros por debajo del nivel del suelo, siendo ventilado por un sistema de aire acondicionado, cuyas cañerías, convergen en el lugar en forma de múltiples rendijas de no más de treinta por veinte centímetros.

Un portero encargado de chequear la entrada y salida del personal científico, fue a eso de las cero horas a preguntarle a este investigador, si se quedaría a trabajar hasta más de las tres, pues de ser así, debería hacerlo constar en el parte de cambio de guardia. El hombre, cuya tarea, entre otras, consiste en fichar la asistencia del personal, encontró que la puerta del laboratorio se encontraba cerrada con llave. Ante la preocupación producida por el silencio que emergía desde el interior de la sala, aún luego de varios llamados y repetidos intentos de comunicarse telefónicamente a través de una línea interna, llamó inmediatamente a las autoridades, quienes se apersonaron en el lugar con una copia de la llave. Al entrar, notaron que todos los elementos se encontraban en su lugar y en perfecto orden como acostumbraba tener sus cosas el doctor Madero. Tal era el nombre del investigador. Sobre su escritorio, notaron que había unos cuantos papeles que se mezclaban con un par de carpetas. Sobre la mesa de ensayos, una cantidad enorme de aparatos y un diario utilizado como materia prima para sus experimentos. Nada fuera de lo común, de no ser por el hecho de que la puerta estaba cerrada con llave y desde adentro. Es más, de la cerradura aún pendía colgando, el manojo de llaves que no sólo contenía la que permitía destrabar ese cerrojo, sino también, el resto de las llaves que eran propiedad de Madero, fácilmente identificables por estar sujetas a un vistoso llavero con su nombre escrito en letras doradas.

Llegué al lugar como a las cero cuarenta y cinco horas, me llamaron los del centro de estudiantes. Esta clase de noticias corren como reguero de pólvora, y más en estos días, en los que las mágicas desapariciones de seres pensantes se han vuelto moneda corriente.

Bueno, es lógico que en Ciudad estén un poco susceptibles y alertas, no es para menos, teniendo en cuenta que el lugar es una de las mecas de los perseguidos mentales que todavía permanecen en Buenos Aires. Pero no, aunque bien podría haber sido la causa de la desaparición, pues su perfil de militante daba para el caso, a Madero no se lo chuparon. Era evidente que no se trataba de un rapto. Los grupos no trabajan de esa manera. Son poco inteligentes y muy guasos a la hora de llevar a cabo su macabra tarea. Jamás se preocupan por disimular un secuestro, y es más, su impunidad mayúscula los ha llevado hasta el punto de llevarse gente de sus hogares delante de la atónita e incomprensiva mirada de los seres queridos.

No... Descarté de plano esta hipótesis, y traté de convencer a los del centro de estudiantes de que había que dar parte de la desaparición a la cana porque de lo contrario se les podría venir una maroma peor. Revisé con lujo de detalles todo el lugar y me entrevisté con el portero y con el decano de la facultad quienes fueron los primeros en entrar al laboratorio. Ambos coincidieron en sus relatos, describiendo el mismo escenario que yo mismo había podido observar hacía a penas un instante, cuando recién había arribado al lugar.

En la escena pude ver, el escritorio repleto de manuscritos y carpetas, los aparatos sobre la mesa de ensayo y un diario que atrajo levemente mi atención por estas abierto y mostrar un gran titular resaltado por encima de un fotograma inmenso. Todo se encontraba en perfecto orden. No había señales de ningún tipo de violencia y efectivamente, como los señores presentes me habían anticipado vía telefónica, las llaves del cuarto colgaban aún de la cerradura en la cara interior de la puerta de acceso al lugar. Al no haber ventanas, descarté la posibilidad de que el profesor haya intentado escapar. No había manera de salir del cuarto sin atravesar la única puerta de acceso. Verifiqué el tamaño de las rejillas de ventilación y comprobé que ninguna persona podría atravesarlas y menos destrabarlas sin romperlas. Observando en detalle, el laboratorio era una verdadera prisión. Me explicó el decano, que por las características de las tareas de investigación que se desarrollan en el lugar, es imprescindible evitar la entrada de cualquier fuente lumínica. Ni me preocupé en saber por qué. Cualquier pregunta acerca de tal cuestión hubiese despertado la locuacidad del funcionario de la universidad. Intuí que rápidamente, mi pregunta sobre ciencia hubiese provocado el olvido de su tarea burocrática para hacerlo retomar la del científico que alguna vez fue para desperdigar un montón de datos técnicos que por supuesto nadie entiende salvo estos cráneos aunque haya sujetos, todo una cohorte de pseudo académicos, que pretendan hacernos creer que se puede traducir la ciencia en una suerte de divulgación.

Afortunadamente, la cerradura de la única puerta de acceso permite apertura desde el exterior, a pesar de tener colocado un juego de llaves en su interior. Después de un segundo y más exhaustivo relevamiento del lugar, pero esta vez sin obtener mayor información, salí al pasillo con el único objeto de fumarme un faso. Todavía estaban los del centro de estudiantes, más algunos pibes que no sé que pito tocaban. Uno de ellos se mostraba hiperquinético. Caminaba de un lado a otro del pasillo y transpiraba como un buey. Me acerque, un poco por curiosidad y otro bastante, para tratar por todos los medios de lograr que dejara de moverse tan compulsivamente, pues me estaba sacando de quicio. Yo todo lo que quería, era relajarme y pensar. Le ofrecí un faso.

No fumo - respondió a secas.

Entonces fui directo al grano.

Qué carajo te pasa pibe? ¿te estás meando? ¿Te sentís mal?

Entonces, levantó la vista y pude comprobar que estaba pálido. Su rostro reflejaba la pureza del mármol y su blancura sólo se veía alterada por el rojo de sus ojos inyectados y los labios, que habían cobrado un tono azul violáceo.

Y ahora. ¿Qué mierda hago? ¿Qué hago? - susurró, mientras su mirada se posaba fija en algún punto del cielorraso.

Decime, ¿vos sabés algo? ¿cómo te llamás pibe? ¿qué hacés vos acá? - pregunté fastidiado, al ver que el muchacho no salía de su estupor olvidando todo tipo de reacción y conexión con la realidad, hundiéndose en sí mismo.

En fin, con el despelote de gente que había en el lugar, cinco o seis tipos eran una multitud a esa hora en el pabellón uno de ciudad, nadie había notado la presencia de este pibe, que hacía un rato había llegado y ni siquiera había entrado al laboratorio, permaneciendo en el pasillo mezclado con los del centro de estudiantes y rebotando contra las paredes, como esperando juntar coraje para entrar.

Bueno, luego de unos minutos, por fin el joven decidió hablar.

Mi nombre es Ricardo Bouer y soy uno de los ayudantes e laboratorio de Madero. Quedé en encontrarme con él a las doce y media. Se me hizo media hora tarde. No iba a hacer nada hasta que yo llegase.

¿Hacer qué? - pregunté inquisitivamente.

El experimento, el experimento. El maldito... - dijo tartamudeando.

¿Qué experimento iba a hacer?

No sé, no me explicó en detalle, pero tenía que ver con su teoría sobre la densidad del material con el que está elaborado el papel de diario y la posibilidad de su reciclaje, para ser utilizado en otro tipo de aplicaciones, una vez modificada su estructura.

Y, ¿entonces?...

Y entonces ¿qué? - replicó desafiante en una actitud típicamente adolescente y de grandote pelotudo.

Y entonces, seguí. ¿Qué tiene que ver eso con que el tipo se haya hecho humo?

No sé, es raro. Pero, por lo poco que pude ver desde afuera, la manera en que están dispuestos los aparatos sobre la mesada, indica que el doctor experimentaba mucho más allá de lo que hasta en la última tanda de ensayos habíamos estado desarrollando. No me presione, apenas soy un ayudante, imploró. No estoy a la altura de los conocimientos del profesor. No puedo saber qué carajo era lo que estaba haciendo. Aparte, ahora no sé que hacer. Si hubiese llegado a horario...

Escuchame - le dije tomándolo del brazo - pensá bien. Es importante que te tranquilicés. Tomá, tomate un trago.

Entonces, saqué de mi saco una petaca de ron que siempre llevo encima y que por sus propiedades curativas actúa como sedante natural.

El pibe le dio un par de besos a la botellita y se sentó en uno de los banquitos que había en el corredor. Me quedé parado a su lado esperando que tire algún otro dato. Al cabo de unos minutos, ya más tranquilo, el elixir nunca falla, respiró profundamente y luego de levantar su frente y enfocarme con su mirada, habló.

El doctor escribe todo lo que hace. Es muy meticuloso. Entremos y veamos si tomó alguna nota para ver qué fue lo que paso - ni bien terminó de decir esto, de un salto, recobró su antiguo estado de hipermobilidad.

¡Pará!, ¡calmate! - le dije tratando de atajarlo - pará, que yo ya me fijé en el escritorio, y lo único que hay allí, es un montón de exámenes sin corregir y corregidos, más unas carpetas con folletos de máquinas.

Pero no, vamos - insistió zafando su brazo de mis garras. Y agregó - En el escritorio no. Si el tipo anotó algo, lo hizo directamente en su cuaderno personal. El profe sólo tiene giladas en el escritorio. Las cosas importantes están sobre la mesa de ensayos y bien despelotadas. Miré, acotó acercándose y echando un vistazo por la puerta, es el único lugar desordenado del laboratorio.

Pero nene, ¡ya me fijé! Ahí sólo hay un diario - repliqué muy seguro pues había revisado el lugar dos veces y rara vez se me escapaba algún detalle.

Lógicamente – contestó - el diario es de vital importancia, pues directamente sobre el mismo se trabaja en la experiencia. Pero hay algo más que usted no sabe, y yo sí, porque conozco el lugar. ¿Se fijó en el espacio que existe entre la pared y la mesada? Mire que siempre se cae algo allí, es muy común porque el reducido espacio libre para apoyar cuadernos, carpetas, y ese estilo de cosas, hace que todo se corra hacia ese lado y vaya a parar al pozo. Casi seguro que con todo los artefactos que hay sobre la mesa, al profe se le cayó todo al carajo.

No, la verdad no lo noté - contesté asombrado.

El pibe no era ningún idiota. Conocía perfectamente el lugar. Buscó y buscó incansablemente, estaba convencido de que Madero había anotado algo en su cuaderno y que este una vez más como en anteriores oportunidades había caído en la ranura. En fin, después de varios infructuosos intentos, logró sacar del hueco que se habría entre la pared y la mesada sobre la cual tenían colocados loa aparatos para llevar a cabo los experimentos, un montón de porquerías que cruelmente habían sido destinadas a caer al abismo oscuro. Un atado de cigarros, cuya marca ya no existe en los kioscos, papel de caramelos y un cuaderno anillado de hojas cuadriculadas, fueron los objetos olvidados que pudo retirar gracias a un gancho especialmente diseñado para recuperar elementos caídos en el lugar y que celosamente guardaban los laboratoristas en un armario.

¡Por fin! - dije, mientras con aplausos, felicitaba el logro obtenido, luego de innumerables movimientos circenses ágilmente interpretados por el joven estudiante.

Vio, le dije, este tipo no iba a hacer nada sin anotarlo. Veamos...

Entonces, despacito, abrió las hojas cuadriculadas que arrugadas producto de la accidentada caída al hueco, igual se mantenían enteras. Atento y muy compenetrado, el joven laboratorista, luego de calzarse unos suculentos anteojos culo de botella, comenzó a leer el cuaderno en voz alta

“Hoy voy a tratar de...”, y calló. Se acercó el cuadernito un poco más al rostro y continuó “hoy voy a tratar de reconfigurar la estructura molecular...” y nuevamente calló.

Pibe, ¿qué pasa? ¿No se entiende? - Pregunté al ver que una y otra vez, acercaba y alejaba el cuaderno buscando un foco imposible.

No – contestó - Después de lo que acabo de leer, no se entiende más un pomo. Mire. - Y girando el cuaderno hacia mi posición, mientras lo mantenía colgando de una mano temblorosa y señalaba con los dedos estirados de la otra, la escritura borrosa, estirada, ilegible a la cual se refería.

¿Se te ocurre algo? ¿Qué pudo haber pasado? ¿Sirvió para algo recuperar el cuaderno? - Pregunté, casi desesperado.

Mire, no sé - dijo titubeando - Me parece que no. La verdad, es que sólo puedo especular. Evidentemente, la investigación llevó al doctor Madero a descubrir algo más. No sé qué...

¿Cómo? - Pregunté entregado y dispuesto a esa altura, a aceptar cualquier explicación estrafalaria como respuesta. Hasta era capas de tolerar la sugerencia de un rapto extraterrestre. ¿Por qué no?

Es evidente que había preparado muchos aparatos nuevos. Son aquellos cuyos planos usted vio en las carpetas sobre el escritorio. Estaba impaciente, de lo contrario me hubiera esperado para que yo mismo me encargara de poner a punto los materiales. Hay mucho material de medición, electrónica y óptica, el rayo láser, y esas cosas por allá, comentaba el chico y señalaba un rincón de la mesada justo por encima del diario abierto.

Mi mirada revoloteaba el escenario buscando coincidir con los objetos que el joven señalaba en su explicación. Nuevamente, el diario sobre la mesada atrajo mi atención, tal vez, porque se trataba del elemento más importante y destacado en los experimentos que estaba desarrollando Madero o por sentirme familiarizado con el mismo ya que se trataba de un número del diario para el cual escribo. Me quedé un rato más tratando de recavar la mayor cantidad de información posible. El caso era interesante, pero no poseía elementos suficientes como para esbozar hipótesis alguna. Después de un par de horas, todos decidieron irse al ver, que ni la policía, que hacía una hora examinaba el lugar, ni nadie, lograba obtener más pistas que arrojen alguna luz al oscuro suceso. Como era de esperar, los vigilantes se calentaron al ver que la escena podría haber sido modificada por quienes como yo curioseaban en el lugar desde antes de su arribo. Pero bueno, en definitiva, no hay cadáver, no hay sangre, no hay huellas, no hay arma homicida, no hay crimen.

Al ver que todos se tomaban el raje, decidí irme yo también. El joven ayudante de laboratorio se acercó a despedirse y me rogó que lo mantuviese al tanto. Lo mismo le pedí yo a él si es que lograba recordar o descubrir algo. Caminé hacia la puerta, mientras el portero, esperaba a que el último de los allí presentes saliera del cuarto para apagar las luces y cerrar con llave. Estaba a punto de cruzar el umbral, cuando repentinamente, algo, una imagen fugaz, estalló en mi cerebro. El diario, la foto, la inmensa foto que cubría media página. Esa oscura impresión en blanco y negro que antes me había llamado la atención, pero que no había podido conquistarla totalmente, volvía a intentarlo, atrayendo nuevamente mi mirada, pero esta vez, con mayor fuerza. La curiosidad, que es la principal fuerza que moviliza al investigador, una vez más me atrapaba.

Espere un momento por favor - supliqué al hombre de la puerta que, a juzgar por su gesto, se acordó de toda mi familia al ver que debería quedarse un par de interminables minutos más en su puesto. Hacía ya un largo rato que se tendría que haberse ido a casa el pobre tipo.

Me acerqué a la mesada de ensayos, y lentamente, posé mi mirada en aquella página del periódico, cuya fecha era la del día que apenas había culminado hace un rato y la que contenía la foto en cuestión. Un titular destacado, decía en letras gigantes “Misteriosa desaparición”. Más abajo, en blanco y negro, la fotografía se colaba por mis ojos, que duros, fijos y sin pestañear, no hacían más que comprobar, que lo que en ella se dibujaba, no era ni más ni menos que el ala derecha del laboratorio en el que me encontraba. Aquel sector en el que se encontraba el escritorio del profesor y un pizarrón. Asombrado, aterrorizado, pude comprobar que Madero, nunca había abandonado la sala del laboratorio. En la foto, mirando fijamente a la cámara, atrapado, ahogado, rígido, pálido y desalineado, el profesor Madero, sostenía aún la tiza con la que había escrito en la oscura madera de la pizarra, una frase desesperada, apenas legible que decía: “Sáquenme de aquí, por favor, este papel...” y la letras siguientes desaparecían del cuadro.

J A G Di Vincenzo