Contra el método
Filosofía e Historia de las Ciencias y la Tecnología
lunes, 14 de mayo de 2012
Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Séptima parte)
martes, 1 de mayo de 2012
Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Sexta parte)
lunes, 16 de abril de 2012
Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Quinta parte)
En esta oportunidad examinaremos dos cuestiones: el modo en que Gramsci discute el tratamiento que en el Ensayo Popular Bujarin da a la filosofía y cómo evalúa el concepto de ciencia implícito en el manual.
Gramsci sostiene que a Bujarin en el Ensayo Popular se le escapa el concepto mismo de metafísica porque se le escapan también los de devenir, movimiento histórico y la dialéctica misma. Esta última ocupa un lugar central si se quiere realizar una evaluación de cualquier propuesta o afirmación filosófica sin caer en el relativismo o en el escepticismo. Gramsci sostiene que comprender que una determinada filosofía surge en un contexto histórico social específico o dicho de otro modo evaluar una afirmación filosófica como verdadera en un período determinado, comprenderla como una expresión necesaria producto de una determinada praxis que supera toda la filosofía anterior pero que al mismo tiempo será superada y hacer todo esto sin caer en el relativismo o en cierta forma de escepticismo es un tarea muy difícil desde el punto de vista intelectual. En lugar de utilizar la dialéctica como una herramienta gnoseológica (basada, por supuesto, en una determinada ontología) Bujarin cae en el dogmatismo y “en una forma ingenua de metafísica”. (p. 26) El marxista italiano dice que esto es claramente visible cuando su camarada ruso pretende hacer del materialismo histórico una sociología sustentada sobre la base del materialismo vulgar. En vez de hacer del materialismo histórico, de la filosofía de la praxis una metodología histórica construye una metafísica ingenua basada en el materialismo clásico. En palabras de Gramsci: “En vez de una metodología histórica, de una filosofía, construye una casuística de cuestiones particulares, concebidas y resueltas dogmáticamente, cuando no verbalmente, con paralogismos tan ingenuos como pretenciosos.” (p. 26) Según Gramsci, lo que tenemos en el manual es una sociología basada en el materialismo metafísico. Así, en el Ensayo Popular, metafísica es solamente la filosofía especulativa idealista y no toda forma de especulación sistemática presentada ahistóricamente.
A continuación, Gramsci va más lejos en la crítica y califica la filosofía implícita en el Ensayo Popular como una forma de “aristotelismo positivista”. (p. 27) Por una lado, es positivista porque acepta acríticamente la lógica formal propia de los métodos de las ciencias naturales, porque la ley de causalidad, la búsqueda de regularidades, de la normalidad y de la uniformidad, en definitiva porque los presupuestos metafísicos y la gnoseología propios del mecanicismo sustituyen a la dialéctica. “Desde el punto de vista mecanicista, el efecto no puede superar nunca la causa o el sistema de causas; en consecuencia, no puede existir otro desarrollo que el achatado y vulgar evolucionismo”. (p. 27) En efecto, si lo que prevalece es la mirada mecanicista entonces los hombres deben contentarse con ser títeres movidos por los hilos de la historia, engranajes de una máquina cuyas leyes son externas y sobre las cuales no pueden operar. Esto traba toda posibilidad de transformación de lo dado. Por otro lado, es una forma de aristotelismo porque la filosofía del manual de Bujarin busca reducirlo todo a una causa final. Así toda la historia puede comprenderse como desarrollándose desde un punto, desde una causa y hacia un fin. Desde esta perspectiva se desemboca directamente en una mirada teleológica. Gramsci vuelve aquí a sugerir la lectura de las dos cartas de Engels publicadas en el Sozial Akademiker de las cuales, ya hemos hablado anteriormente.
En definitiva lo que tenemos según el marxista italiano en el manual de Bujarin es una suerte de “idealismo al revés, en el sentido de que los conceptos y las clasificaciones empíricas sustituyen las categorías especulativas, tan abstractas y antihistóricas como aquéllos.” (p. 27)
La cuestión lleva directamente al concepto de ciencia y en concreto, al de ciencia histórica. Parece que de lo que se trata a la hora de invocar a la historia es de encontrar allí las leyes que nos permitan prever los acontecimientos. Si uno se propone hacer la revolución entonces de lo que se trata es de brindar al militante la seguridad de que la historia está de su lado (algo muy notorio en el Manifiesto Comunista) y si la revolución ya está hecha, una buena forma de legitimar la situación dada es sosteniendo que era inexorable que suceda de tal modo desde el punto de vista del desarrollo histórico presentándola a su vez como el punto culminante de la historia (algo que ya se le había ocurrido a Hegel). En el manual de Bujarin, “el planteamiento del problema como una búsqueda de leyes, de líneas constantes, regulares, uniformes, [leyes en el sentido positivista, mecanicista, JAGD] va ligado a una exigencia, concebida de modo un poco pueril e ingenuo, de resolver perentoriamente el problema práctico de la previsibilidad de los acontecimientos históricos.” (p. 27 y ss.) Es por esto que se toma como referencia a las ciencias naturales para la historia, ellas permiten anticipar resultados. Basta con ver lo eficiente que resulta la física newtoniana a la hora de anticipar dónde caerá una bala de mortero realizando una serie de cálculos. Como en el positivismo, ella es invocada para servir de modelo de cientificidad. De lo que se trata es, como hemos visto, de buscar una causa, una causa final al estilo aristotélico para fundar y legitimar que la historia haya llegado donde llegó y anticipar hacia dónde va. Gramsci introduce a continuación una serie de proposiciones lapidarias un poco amparándose una vez más en el espléndido paraguas que le brindan las famosos Tesis sobre Feuerbach:
“En realidad, sólo se puede prever ‘científicamente’ la lucha pero no los momentos concretos de ésta, que son forzosamente el resultado de fuerzas opuestas en continuo movimiento, irreductibles a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se transforma en cualidad [el paso de la cantidad a la cualidad es una de las leyes de la dialéctica, JAGD]. En realidad se prevé en la medida en que se actúa, en que se aplica un esfuerzo voluntario y, por consiguiente, en que se contribuye concretamente a crear el resultado ‘previsto’. Por tanto, la previsión no se revela como un acto científico de conocimiento sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se hace, el modo práctico de crear una voluntad colectiva.” (p. 28)
El lector sabrá disculpar lo extenso de la cita. Creo que ella da cuenta claramente del posicionamiento político gramsciano en relación al modo en el que debe darse la lucha contra el capitalismo. De lo que se trata es de hacer (subrayo hacer) la revolución desde la lucha contra-hegemónica, buscando permanentemente evitar que la teoría se corra de la práctica, comprendiendo que las leyes son tendenciales y que somos los hombres los que hacemos la historia. Para Gramsci, es imposible conocer lo que será. Resuena aquí aquella fantástica frase de Groucho Marx (el otro gran Marx), esa que decía que lo único que no se puede predecir es el futuro. Según Gramsci, “Se conoce lo que ha sido o es, no lo que será porque es un ‘no existente’.” (p. 28)
Gramsci va a sostener que hay que “destruir el concepto mismo de ciencia” tal como está expuesto en el manual de Bujarin porque se ha tomado allí como modelo de cientificidad a las ciencias naturales del modo como lo establecía el positivismo. En el Ensayo Popular, Bujarin utiliza el concepto ciencia en muchos sentidos. A veces, como un determinado campo de investigaciones como la física o la química; a veces, como método. En entonces cuando el marxista italiano anticipa una serie de discusiones propias del campo de la epistemología, discusiones que se dieron a partir de la llamada revuelta historicista operada en la década del 60 y de la cual son algunos de los más renombrados referentes Thomas Khun (1922 – 1996), Paul Feyerabend (1924 – 1994) o Toulmin (1922 – 2009). En efecto, Gramsci sostiene que el método debe comprenderse históricamente y en función de un determinado contexto hostórico-social. No existe un único método a seguir para todas las ciencias. “Creer que se puede hacer avanzar una investigación científica aplicándole un método tipo, elegido porque ha dado buenos resultados en otra investigación, a la que se adaptaba naturalmente, es una extraña alucinación que tiene muy poco que ver con la ciencia.” (p. 29) Existen criterios generales, tampoco se trata de caer en el relativismo absoluto. Aun así estos criterios generales, estos acuerdos mutuos y valores compartidos surgen históricamente. Pero, como quiera que sea, no existe un método único.
Más adelante, Gramsci vuelve sobre la cuestión de cómo elegir a los oponentes cuando se trata de debatir en el plano ideológico (algo que ya hemos tratado en puntos anteriores) e introduce una perspectiva sobre cómo formar a los intelectuales orgánicos del proletariado para la lucha contra-hegemónica. Si lo que se pretende es elevar el nivel de la discusión de lo que se trata es de brindar a nuestros seguidores todos los elementos para que pueda juzgar lo mejor posible nuestra posición y así poder sostener nuestro punto contra los adversarios más inteligentes y capaces. Esta guerra de posiciones en el plano intelectual permite según Gramsci: “a) mantener y (…) reforzar en el bando propio el espíritu de diferenciación y de escisión; b) (…) crear el terreno para que el bando propio absorba y vivifique una doctrina original y propia, correspondiente a sus condiciones de vida.” (p. 30)
Más adelante estudiaremos cómo se ocupa Gramsci de la cuestión de “la realidad objetiva del mundo exterior” y la discusión con el subjetivismo y el solipsismo. Allí Gramsci no sólo criticará al Bujarin del Ensayo Popular sino también al de la ponencia “Teoría y práctica desde el punto de vista del materialismo dialéctico” presentada en el II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología de Londres. A modo de anticipo, para el marxista italiano, esta cuestión es menor dado que la gente común, el público al cual se dedica el manual, lejos está de plantearse tales problemáticas. La exposición del problema de la existencia o no del mundo exterior responde para Gramsci “más a un prurito de pedantería intelectual que a necesidades lógicas (…) Basta enunciar el problema de este modo para oír en seguida una carcajada irrefrenable y estruendosa.” (p. 31) La gente cree en la existencia del mundo exterior y ya.
lunes, 2 de abril de 2012
Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Cuarta parte)
Por José Antonio Gómez Di Vincenzo
Continuando esta serie de apuntes sobre las notas que Gramsci tomara en la cárcel acerca del famoso Ensayo Popular de Bujarin centraremos la atención en el tratamiento que el intelectual italiano realiza a continuación de la cuestión de la crítica a los intelectuales y la ciencia.
Gramsci reprocha a Bujarin el hecho de no haber listado en su manual los nombres propios de aquellos intelectuales o específicamente, científicos a los cuales se critica consignando la importancia de sus aportes y de algún modo justificando el hecho de haber sido tomados como referentes para la crítica. Es aquí donde encontramos una de las más brillantes y hermosas frases gramscianas, esa que dice que: “Leyendo el Ensayo se tiene la impresión de uno que no puede dormir por la luz de la luna y se esfuerza por matar el mayor número posible de luciérnagas, convencido de que la luz disminuirá o desaparecerá”. (p. 23) Veamos qué nos quiere decir Gramsci con esto.
Da la sensación que en el Ensayo Popular no se discute con grandes contrincantes sino con opositores de poca monta. “Se tiene la impresión de que sólo se quiere combatir a los más débiles y luchar contra las posiciones menos sólidas (o peor defendidas por los más débiles) para obtener fáciles victorias verbales (puesto que no se puede hablar de victorias reales)”. (p. 22) No se trata de un tema menor. Para el marxista italiano la lucha en el campo intelectual ocupa un lugar importante en la táctica contra-hegemónica. De lo que se trata es de combatir con los principales referentes del pensamiento burgués dado que “en el campo ideológico la derrota de los secuaces menores tiene una repercusión insignificante; hay que luchar contra los más eminentes”. (p. 22) Porque además, lo importante no sólo es de obtener una victoria desde un punto de vista discursivo, agonístico, verbigracia mediante, dicho éxito debe ir de la mano de un cambio conceptual, debe dar cuenta claramente de una ruptura respecto al modo de pensar hegemónico. Sólo en estos términos, el debate puede propiciar el cambio en el sentido común desestructurando y desnaturalizando la mirada del lector.
Es preciso recordar que todo el tiempo, Antonio Gramsci está discutiendo el modo en el que Bujarin concibió su manual popular. Para el italiano, no solamente es importante discutir contra el pensamiento hegemónico sino también, propiciar la construcción de una contra-hegemonía. Desde esta perspectiva, un manual para las masas populares debería ser didáctico y al mismo tiempo, problematizador. Gramsci sostendrá que si bien los intelectuales menores representan la “ideología difusa, de masas” dada su cercanía al sentido común, su carácter divulgador, la verdadera clave consiste en apuntar la crítica a los representantes de “las grandes síntesis filosóficas” para superarlas o bien “por la vía negativa, demostrando su falta de fundamento, buen por la vía positiva, contraponiéndoles síntesis filosóficas de mayor importancia y significación”. (p. 23) En síntesis, de lo que se trata es de dar cuenta de los principales puntos de ruptura a partir de los cuales, la filosofía de la praxis se instala como una nueva salida teórico-práctica.
Ahora bien, Gramsci se pregunta lisa y llanamente si es posible escribir un manual para divulgar una filosofía que todavía está en proceso de desarrollo. Recordemos que según el marxista italiano, el materialismo histórico aún debía profundizar el estudio de las cuestiones filosóficas que Marx sólo habían dejado esbozadas en su trabajo. Como hemos visto, Gramsci sostenía que “la filosofía de la praxis [el materialismo histórico, JAGD] ha nacido en forma de aforismos y de criterios prácticos por pura casualidad porque su fundador dedicó sus fuerzas intelectuales a otros problemas especialmente de orden económico (en forma sistemática), pero en estos criterios prácticos y en estos aforismos está implícita toda un concepción del mundo, una filosofía”. (p. 16) Concepción del mundo que debía retomarse sistemáticamente. Gramsci apunta al centro de un problema todavía vigente y de larga data, el que se vincula con el rol de la denominada divulgación científica; problema que hasta el mismísimo Marx tuvo que enfrentar al escribir el famoso Prólogo de 1859. ¿Hasta qué punto lo que se está divulgando es fiel a la teoría que se pretende acercar al público en general? ¿No será contraproducente el hecho de trasformar o, como sostienen los didactas, realizar una transposición de la teoría, haciendo de ella sólo una caricatura? Es conocida la ficcional anécdota en la que Einstein trata de enseñar la teoría de la relatividad a un lego interesado por conocer su profundidad y alcances. En sucesivos intentos infructuosos, sin lograr el sujeto comprenda la teoría, Einstein no se da por vencido, continúa una y otra vez realizando transposiciones para lograr que su ciencia se acerque al lego. Ocurre que al final, el esfuerzo parece haber dado el resultado esperado, en definitiva, el hombre afirma haber entendido la teoría de la relatividad. Pero entonces, Einstein le dice algo así como que eso que este señor acaba de comprender no es la teoría de la relatividad. En concreto, para Gramsci, no se puede hacer divulgación, no se puede hacer un manual popular de una teoría que todavía está en pleno proceso de desarrollo, que todavía no está acabada, que no ha alcanzado el grado máximo de alcance teórico-práctico. “Si una doctrina determinada no ha llegado todavía a esta fase clásica de su desarrollo, todo intento de manualizarla tiene que fracasar necesariamente; su sistematización lógica es sólo aparente e ilusoria y se tratará en cambio – como ocurre precisamente en el Ensayo- de una yuxtaposición mecánica de elementos diversos, que siguen inexorablemente inconexos y desvinculados pese al barniz unitario que les da el texto literario”. (p. 23 y ss.) Según Gramsci, el manual cae en la presentación de la doctrina dogmatizada que además, contribuye a la reproducción de errores conceptuales cristalizados no permitiendo el desarrollo de la crítica y el crecimiento de la filosofía de la praxis. Para el marxista italiano, de lo que se trata es de problematizar más que de esgrimir argumentos asistemáticamente o incoherentemente. Esto sería más “serio y científico”. La pregunta retórica que deja plasmada en el texto dice: “¿Por qué no plantear, entonces, la cuestión en sus justos términos teóricos e históricos y contentarse con un libro en el que se exponga monográficamente la serie de los problemas esenciales de la doctrina?” (p. 24)
Ahora bien, si el manual pretende difundir el materialismo histórico, un lugar destacado debería ocupar el tratamiento de la dialéctica. Gramsci encuentra que en el famoso texto de Bujarín, este tratamiento no se da. A continuación, esboza dos hipótesis tratando de comprender por qué no encontramos un examen de la dialéctica en el texto de Bujarin. “La primera puede ser el hecho de que se supone la filosofía de la praxis escindida en dos elementos: una teoría de la historia y de la política concebida como sociología, es decir, que tiene que construirse según el método de las ciencias naturales (experimentales, en el sentido mezquinamente positivista), y una filosofía propiamente dicha, que sería el materialismo filosófico o metafísico o mecanicista (vulgar). (…) La segunda causa parece que es de carácter psicológico. Se siente que la dialéctica es muy ardua y difícil, porque pensar dialécticamente va contra el sentido común vulgar, que es dogmático, ávido de certezas perentorias y tiene la lógica formal como expresión.” (p. 24 y ss.)
Respecto a la primera de las causas, Gramsci va a mostrar que, a pesar de la posición asumida en el famoso Congreso de Historia de las Ciencias de Londres[1], donde discute las tesis mecanicistas alejándose del materialismo vulgar y pretendiendo difundir el materialismo dialéctico, Bujarin consideraba la filosofía de la praxis [el materialismo histórico, JAGD] dividida en dos partes bien diferenciadas: la sociología y la filosofía. “Planteada de este modo la cuestión, no se comprende ya la importancia y el significado de la dialéctica: de doctrina del conocimiento y sustancia medular de la historiografía y de la ciencia de la política, se degrada a una subespecie de la lógica formal, a una escolástica elemental.” (p. 24 y ss.) Para Gramsci, la filosofía de la praxis no podía concebirse como una filosofía subordinada a otros sistemas ya superados. En esto, el italiano sigue de cerca a los postulados de Marx en la primera tesis sobre Feuerbach.[2]
En relación a la segunda causa postulada, el marxista italiano va a decir que su camarada soviético “capitula ante el sentido común y el pensamiento vulgar porque no se ha planteado el problema en los términos teóricos exactos y, por consiguiente, se encuentra prácticamente desarmado e impotente.” (p. 25) Nuevamente, Gramsci evoca una de las famosas tesis sobre Feuerbach, la tercera[3], y lo hace parafraseando a Marx al sostener que Bujarin olvida que “si el ambiente es el educador, se le debe educar a su vez” y agrega que “el Ensayo no comprende esta dialéctica revolucionaria”. (p. 25)
A continuación, Gramsci vuelve sobre el tema y remarca cuál es a su criterio el problema central del Ensayo Popular y de Bujarin. El inconveniente parte de dividir la filosofía de la praxis en sociología y filosofía sistemática. Sostiene que “si se separa de la teoría de la historia y de la política [como hemos visto, sociología en términos de Gramsci, JAGD], la filosofía tiene que ser forzosamente metafísica, cuando la gran conquista de la historia del pensamiento moderno, representada por la filosofía de la praxis, es precisamente la historificación concreta de la filosofía y su identificación con la historia”. (p. 26)
Esto nos lleva al problema de la metafísica, el lugar que ocupan las leyes de la historia, de qué modo o sobre qué base epistémica deben formularse, etc. Dejaremos este interesante punto para un próximo apunte.
[1] Se trata del II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia que tuvo lugar en Londres entre junio y julio de 1931. El congreso pasó a la historia debido al impacto que produjo en el campo intelectual el debate de ideas que propiciara la presencia de una importante delegación soviética en plena época de crisis del capitalismo. Esta estaba compuesta por Nicolai Bujarin y Abraham Yoffe, director del Instituto físico-técnico de Leningrado, como delegados políticos junto con una serie de filósofos e historiadores de la ciencia, entre los que se encontraban Boris Mijailovich Hessen, Arnost Colman, Boris Mijailovich Zavadovsky y Vladimir Fiodorovich Mitkévich. Estos últimos todos menos Mitkevich habían pertenecido a la corriente filosófica deborinista, o de los dialécticos. El grupo se completaba con la presencia de Modest Yosofovich Rubinstein, economista e historiador de la ciencia, y Nicolai Ivanovich Vavilov, eminente biólogo genetista. En efecto, la idea fue utilizar el congreso para difundir el estado de la ciencia en la joven nación y avivar las discusiones filosóficas en torno a las ideas comunistas. Allí, Bujarin presenta una ponencia titulada “Teoría y práctica desde el punto de vista del materialismo dialéctico” de la cual puede encontrarse una traducción en la revista Papeles de la FIM en el número 5 de 1996 y puede consultarse en sitios de internet. En la ponencia, Bujarin discute las tesis mecanicistas. Finalizado el congreso se publicó Science at the Crossroads un texto clave para la historia de la ciencia marxista que rescata las ponencias de los representantes de la Unión Soviética. El congreso contó como hemos visto con la participación de Boris Hessen, el famoso físico autor de la ponencia “Las raíces sociales y económicas de los Principia de Newton”, un trabajo que anticipa y en muchos aspectos deja sentadas las bases de lo que con el tiempo se convertirían en los Estudios sociales de las ciencias y la tecnología. Hessen muestra la raíz material del aporte newtoniano y las limitaciones que sobre él ejerció la ideología dominante de clase a la que pertenecía.
[2] El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluido el de Feuerbach- es que sólo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal. Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva. Por eso, en La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación "revolucionaria", "práctico-crítica".
[3] La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej., en Robert Owen).
viernes, 23 de marzo de 2012
Derechos humanos, memoria y praxis
Derechos, pensamiento y acción
El aparente agotamiento de la discusión, junto al, en buena hora, consolidado éxito de las políticas tendientes a la defensa de los derechos humanos y el juicio y castigo a quienes los violaron sistemáticamente en la dictadura, logrados a partir del 2003 en nuestro país, podría hacernos pensar que nada nuevo puede decirse sobre el tema y lo que es peor, nada novedoso puede hacerse, más que repetir ciertas estrategias consolidadas y reconocidas como efectivas, para sancionar las violaciones de los derechos humanos, para honrar la memoria de quienes dieron sus vidas por las causas populares y evitar futuros desastres.
Sin embargo, el éxito actual en la lucha contra la opresión y la violencia de los 70 no necesariamente garantiza la desarticulación de ciertas prácticas llevadas a cabo por acción y hoy, básicamente, por omisión, por parte del Estado o bien fundamentadas teóricamente, tanto por un enemigo agazapado que busca borrar el pasado y legitimar prácticas violatorias en el contexto actual, como por actores que ni siquiera se dan cuenta cómo al pedir por la concreción de ciertas políticas, estarían clamando, en consonancia, la violación de ciertos derechos humanos.
En efecto, que tengamos sendas declaraciones de derechos no está posibilitando neutralizar aquellas prácticas en las que, y aquí tenemos el motivo central para continuar la discusión, el Estado por omisión no hace cumplir los derechos humanos. La ritualización de las prácticas y su naturalización tal vez sean los principales enemigos a combatir para quienes se saben defensores de las causas populares y de los derechos del hombre. Y que muchos actores clamen por la violación de los derechos (por ejemplo, al pedir por la pena de muerte) es funcional a que otros aprovechen ese tipo de prácticas incorporadas a la acción como mecanismo para replicar sus fines a nivel macro político. Vamos al punto.
Los violaría por acción al generar actividades que van en contra de los derechos de sus habitantes. Un ejemplo es el terrorismo de Estado que impuso el último gobierno de facto en nuestro país. Pero también, lo son las prácticas autoritarias que se encuentran presentes en el accionar y en la organización de las fuerzas de seguridad que son responsabilidad de los gobiernos democráticos –maltratos en comisarías, torturas seguidas de muerte o no, detenciones arbitrarias y muertes por gatillo fácil-. Y no los estaría respetando cuando actúa por omisión, cuando por falta acción del Estado, los ciudadanos ven afectados sus derechos. Por ejemplo, cuando el Estado no establece políticas educativas tendientes a eliminar las desigualdades en el acceso, permanencia y egreso de los sectores populares al sistema educativo, dejando “librada” la responsabilidad de educarse a las condiciones sociales de cada sector de la población.
Derechos humanos y política
Desde esta perspectiva, los actos del 24 de marzo adquieren un nuevo sentido. Además de instalarse en todo el país como un espacio temporal para reflexionar sobre los hechos malditos llevados a cabo por la dictadura y honrar a quienes lucharon por una sociedad justa, siendo torturados y asesinados, actúa como disparador para la reflexión y la realización de ejercicios simbólicos tendientes a reorientar las prácticas; acciones que no debieran agotarse o languidecer en la perennidad de los eventos sino potenciarse para así, como la gota que horada la piedra, construir nuevas subjetividades capaces de luchar para que se concrete a nivel material, la igualdad que se postula desde el marco legal.
Porque las conquistas populares se construyen en la totalidad de las relaciones sociales, en la producción material y en la producción de significados, en la organización macro-estructural, en los hábitos subjetivos y en las prácticas interpersonales de todos los días. Y la lucha por hacer efectivo el cumplimiento de los derechos humanos por parte del Estado es precisamente esta, la del día a día, una de las principales batallas a dar en las trincheras para alcanzar una sociedad igualitaria.
La distancia espacial pero también, y sobre todo, la temporal hacen añicos los hechos salvo, claro está, que el ejercicio de la memoria permita reinstalar los temas una y otra vez, hacer que lo que ya fue se reactualice en el presente. La memoria impide que pueda mirarse para otro lado, hacer como que la cosa está lejos y por tanto, alegar, como Rastignac, que se desconoce la cuestión y en consecuencia, no puede hacerse responsable por los hechos. El personaje de la novela borra a los chinos de la historia, los borra del mapa como aquel genocida borraba a los desaparecidos haciendo pantomimas mientras se lo entrevistaba en las cadenas de televisión internacional. El supuesto que subyace aquí es que no conocer es igual a no existir. La memoria neutraliza esa displicencia, moviliza, interpela, y en el mejor de los casos compromete.
Existe, hay que decirlo, una distancia entre el recuerdo y la memoria. En lo que aquí respecta, más que de recordar, de lo que se trata es de conmemorar, hacer memoria con el compañero o el conciudadano, reactualizar para reflexionar, multiplicando los alcances de la crítica, no sólo para condenar lo que pasó, el terrorismo de Estado, sino también, para pensar en lo que nos pasa, el incumplimiento de ciertos derechos por omisión, el porqué de tales infracciones, para transformar lo que se suele dar por hecho, lo dado.
Seguramente, muchos de lectores no hayan vivido o sufrido el terrorismo, algunos ni habían nacido. Otros, a lo mejor, estaban lejos de los campos de exterminio, algunos, tal vez, no pudieron ver. Nada de lo que podamos hacer o decir se compara con las terribles experiencias de quienes vivieron y sufrieron los hechos. No obstante, y aunque los sucesos del 70 estén tan lejos de nosotros como los chinos de las naranjas de Rastignac, no resignamos la tarea de hacer de esta aberrante historia, una herramienta de trasformación de la realidad actual. Y para hacerlo, entre muchas otras cuestiones, contamos con la potencia de los actos simbólicos, esos que por su supremacía material y contundencia hacen más que mil palabras y recuerdos. Porque el tema de la memoria y el castigo a las violaciones de los derechos humanos además de ser motivo de lucha es una herramienta simbólica, para promover la lucha social por hacer efectivos todos los derechos.
En efecto, este tipo de materialización de las políticas en la militancia actúa también como mediador entre la teoría y la práctica evitando que los derechos humanos sean algo así como una especie de sustancia vaporosa sino objeto de lucha permanente. Mal que nos pese a quienes trabajamos con el conocimiento, no son ni la filosofía política ni la ciencia política las que producen los cambios sino las militancias y las prácticas concretas. La política es praxis, y dentro de este marco general, la lucha por los derechos humanos es praxis también. Se hace en el día a día y se hace no sólo con la ayuda de la ley sino también, cambiando subjetividades y las condiciones materiales.
Si podemos desnaturalizar ciertas prácticas actuando políticamente a nivel micro social y apelando a la potencia simbólica de los hechos, tendremos, sin duda, una prueba irrefutable de lo que pueden producir nuevas subjetividades cuando nos proponemos trabajar sin temor a ir más allá de lo que se considera posible. Y así será factible producir, dentro de los límites de la reproducción de la vida cotidiana, una comprensión cabal de lo que traba la liberación de las personas y las sociedades, de cómo para muchos los derechos humanos pueden ser sólo una frase vacía, una teoría vaporosa, que encubre o es funcional a la dominación.
Así los derechos humanos cobran fuerza como herramienta de transformación en la praxis política para quienes continúan con tenacidad y entrega su labor de subvertir lo existente, construir nuevas posibilidades a futuro y ayudar a hacerlo realidad. Y de este modo estaremos haciendo honor a quienes fueron perseguidos por haber luchado y creído que era posible un mundo mejor, a los militantes que nos dejaron un legado riquísimo de ideas y valores.
jueves, 15 de marzo de 2012
Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Tercera parte)

Por José Antonio Gómez Di Vincenzo
Tal como habíamos señalado este apunte específicamente se concentrará en dos parágrafos; a saber, el titulado “Las partes constitutivas de la filosofía de la praxis” (materialismo histórico según Gramsci, recordemos) y el que se titula “Estructura y movimiento histórico”.
La primera objeción que incluye Gramsci se relaciona con el hecho de que Bujarin, según el marxista italiano, deja fuera algunas de las partes constitutivas del materialismo histórico. Para Gramsci, el manual debería haber desarrollado coherentemente (y el tema de la coherencia es central) “todos los conceptos generales de una metodología de la historia y de la política y, además, del arte, de la economía, y de la ética, y debe encontrar en el nexo general el lugar para una teoría de las ciencias naturales”. (p. 20) Gramsci discutirá la clasificación adoptada por entonces, esa que dividía al materialismo histórico en una ciencia de la dialéctica, en una economía y en una política y replicará el hecho de que éstas surjan o sean “la coronación y la superación del grado más alto que había alcanzado hacia 1848 la ciencia de las naciones más avanzadas de Europa: la filosofía clásica alemana, la economía clásica inglesa y la ciencia políticas francesas”: (p. 20) Para Gramsci ésta más que una legítima clasificación nacida del riñón del materialismo dialéctico es una “búsqueda genérica de fuentes históricas”. (p. 21) Como quiera que sea, para el marxista italiano el principal problema del Ensayo Popular es que no relaciona coherentemente todas las partes, aún cuando por momentos esboza ciertas cuestiones vinculadas a ellas. Para Gramsci, la falta de coherencia tiene que ver con que no existe en el manual “un concepto claro y preciso de lo que es la propia filosofía de la praxis”. (p. 21)
Bien… Hasta aquí el primer parágrafo. El siguiente es mucho más rico. En él, Gramsci instala lisa y llanamente el debate por la pertinencia o no de la interpretación especular y mecanicista de la relación entre la base estructural y la superestructura (la superestructura como reflejo de la estructura, o teoría del reflejo) a partir de la lectura del Prólogo a la Contribución de la Economía Política de 1859. [1]
La pregunta que Gramsci instala es: “cómo nace el movimiento histórico sobre la base de la estructura”. (p. 21) Se trata de un tema clave. La cuestión podría plantearse en los siguientes términos: Si tal como afirma el famoso prólogo “a) la humanidad se plantea siempre los problemas que puede resolver; el problemas mismo sólo surge cuando ya existen las condiciones materiales de su solución o, por lo menos, están en proceso de gestación; b) una formación social no desaparece antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que caben en su seno y nunca aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que hayan madurado las condiciones materiales de su existencia en el seno de la sociedad antigua” (p. 21 y ss.) y si la superestructura es interpretada como un reflejo mecánico, un epifenómeno de la estructura; pues entonces, cómo hacer la revolución, para qué hacerla ya, si el devenir histórico teleológicamente llevará a que en un determinado momento en el nivel de la estructura todo cambie de modo cuasi natural, para qué esforzarse si de lo que se trata es de sentarse a esperar a que se den las famosas “condiciones materiales”; en todo caso, qué poder hacer si todo lo que ocurre en el nivel superestructural es un reflejo automático y las consciencias de los sujetos un epifenómeno de la estructura. Para Gramsci, en el manual no se abordan con el suficiente detenimiento todos los alcances de las dos proposiciones (a y b) del Prólogo de 1859, no se discute cuál es la interpretación pertinente y por el contrario se adopta una posición mecanicista. Es más, en un punto, Gramsci cita a Plejanov (1856 – 1918), el gran teórico revolucionario ruso, que en sus Problemas fundamentales del Marxismo ya abordaba el problema de cómo nace el movimiento histórico. Para Gramsci, Bujarin de concentra demasiado en desarrollar el problema de la relación entre la sociedad y la naturaleza “al cual se dedica en el Ensayo un capítulo especial” y no en estudiar a fondo las implicancias del famoso prólogo de Marx. Concretamente, de lo que se trata es de leer, releer y reflexionar sobre el alcance filosófico de lo que Marx había publicado en el famoso Prólogo de 1859. En efecto, porque una visión mecanicista no sólo paraliza la acción revolucionaria sino también niega al sujeto revolucionario, niega su capacidad de agencia, no hay sujetos, hay engranajes en la cadena de una historia que se mueve teleológicamente. La cuestión es que el prólogo o prefacio del 59 puede ser interpretado tanto desde una postura mecanicista como dialéctica. Esto tiene que ver con las características propias del escrito marxiano.
Reproduzco a continuación textualmente un extracto de un trabajo publicado en las actas de Las 5 Jornadas de Jóvenes Investigadores organizadas por el Instituto de Investigación Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, escrito junto a mi amigo el Lic. Ariel Mayo en el que analizamos, entre otras cuestiones, las dificultades epistemológicas que surgen a partir del uso de metáforas epistémicas (como la que denominamos metáfora del edificio, base superestructura) en el famoso Prólogo de 1859.Resaltaré algunos pasajes que me parecen clave para la comprensión del punto.
“De más está decir que este texto constituye uno de los escritos más difundidos y leídos de Marx. En muchos casos, tanto en el plano educativo como en el político, ha sido utilizado como puerta introductoria a la teoría marxiana. Más arriba hicimos referencia a la especial situación que ocupa el prólogo en la vasta producción teórica de Marx. El hecho de formar parte de la primera versión en ser publicada de las investigaciones críticas de Marx sobre la economía política y la producción capitalista no es un dato menor y contribuye a la comprensión de los aportes y las limitaciones del texto. Marx intentó presentar para el público tanto su trayectoria intelectual como el núcleo fundamental de su teoría social, y este esfuerzo marcó la estructura del texto.
Ahora bien, dejando a un lado las referencias autobiográficas (…) y/o referidas a la historia de los estudios económicos de Marx (…), los puntos fundamentales son los siguientes:
a) El Derecho y las formas políticas – v.gr., la organización constitucional de un Estado – no son autónomos, no surgen a partir de principios propios o de normas trascendentes a la sociedad. Su naturaleza y forma dependen de las relaciones sociales que entablan los seres humanos en el proceso de producción. Y la centralidad de la producción se deriva del hecho de que es ella la que permite la reproducción de la sociedad en su conjunto. Marx retoma aquí el contenido principal de su crítica del idealismo de los hegelianos y los liberales alemanes, que había desarrollado ampliamente en la primera parte de la Ideología Alemana. El énfasis en el proceso de trabajo (entendido en una versión ampliada, no limitado a lo estrictamente económico) y en la totalidad social representan dos logros para las ciencias sociales, pues permiten dejar atrás tanto las posiciones idealistas, que derivan el desarrollo de la historia del despliegue de algún principio trascendente o ético, como las concepciones individualistas metodológicas, que sostienen que la historia es el resultado de las características que posee la naturaleza de los seres humanos.
b) En el proceso de producción, los seres humanos establecen relaciones sociales independientes de su voluntad. Es en este sentido que puede decirse que las relaciones sociales son “independientes” de los seres humanos. Todos nosotros nos enfrentamos, desde que nacemos, a una realidad que no hemos creado, y que se nos impone a través de una infinidad de mecanismos que están más allá de nuestro control. Durkheim (1858-1917) vio eso cuando sostuvo que la sociedad se manifiesta como coerción, como resistencia a nuestra voluntad. Esta independencia de las relaciones sociales respecto a los individuos es la base de las regularidades verificables de los hechos sociales. Contiene en sí misma la posibilidad de las ciencias sociales.
c) Las relaciones sociales que se establecen en el proceso de trabajo son también “necesarias”, es decir, mantienen una correspondencia con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Aquí Marx introduce un matiz diferente al de “independencia”, pues no se trata, simplemente, de que las relaciones sociales existan independientemente de la voluntad de los individuos (por lo menos de la voluntad individual, no organizada políticamente), sino de que las relaciones sociales están determinadas exclusivamente por factores materiales (no humanos). Marx promueve esta interpretación al agregar que se refiere a las fuerzas productivas “materiales”. En este punto, aparece una contradicción en el pensamiento marxiano, pues si esto fuera así, poco o nada es lo que pueden hacer los revolucionarios para cambiar la realidad, y hay que recordar que la teoría tenía sentido para Marx en la medida en que servía para contribuir a la transformación revolucionaria de la realidad capitalista. En definitiva, sólo los tecnólogos (al crear nuevas fuerzas productivas) tendrían esta potestad transformadora. En esta línea se ubicaron los dirigentes y/o intelectuales de la II Internacional. Hay que decir, que este determinismo por las fuerzas productivas predomina en el prólogo de 1859 y es fuente permanente de malentendidos sobre la obra de Marx. [el resaltado es mío] Sin entrar en la discusión pertinente, hay que indicar que en ninguna parte del prólogo Marx establece concretamente qué entiende por fuerzas productivas. La cuestión se vuelve más interesante si se tiene en cuenta que en Miseria de la filosofía Marx había afirmado que los seres humanos constituyen la principal fuerza productiva. [Estas cuestiones son tenidas en cuenta por Gramsci y se relacionan, como veremos más adelante, con su interés por rescatar al sujeto como actor central en el proceso revolucionario]
d) Derivada del punto anterior, está la concepción de la revolución social que aparece en el prólogo (en rigor, se trata de una concepción de la política), la que es pensada como un producto de las relación entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción. Ahora bien, en todo el prólogo de 1859 esta relación no aparece expresada en términos dialécticos; [el resaltado es mío] por el contrario, hay un único factor dinámico (las fuerzas productivas), que opera como variable independiente. Las relaciones de producción, en cambio, parecen acompañar los cambios en las fuerzas productivas, actuando como una variable dependiente. Es cierto que Marx contempla el caso en que las relaciones sociales pasan, de ser un factor de desarrollo de las fuerzas productivas, a fungir como ataduras para las mismas (…). Pero la relación sigue pensada en términos de primacía de las fuerzas productivas [el resaltado es mío].
e) Derivada de los puntos 3) y 4) está la metáfora del edificio (o metáfora espacial), que es el recurso empleado por Marx para graficar las relaciones entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción. El principal defecto de esta metáfora radica en que presenta la relación en términos no dialécticos, deslizándose hacia una causalidad mecánica causa-efecto, donde la causa todopoderosa es el desarrollo de las fuerzas productivas. Así y todo, la frase “el modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general” (…) expresa la ambigüedad que, a pesar de todo, subyace al determinismo de las fuerzas productivas que campea en el prólogo. El modo de producción es la combinación de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, de manera que no sólo las fuerzas productivas determinan el proceso social. Sin embargo, y pesar esta aclaración, resulta evidente que el tono general del prólogo apunta a fortalecer la tesis de que las fuerzas productivas son el factor causal que genera el desarrollo histórico. En nuestra opinión, esto no refleja la posición de Marx, mucho más compleja y que se encuentra desarrollada, por ejemplo, en la introducción de 1857. [Introducción que tal vez no haya estado al alcance del Gramsci. JAGD] El esfuerzo por presentar públicamente sus tesis sobre el proceso histórico, llevó a Marx a optar por una metáfora que contiene una carga fuertemente determinista. [el resaltado es mío] En este sentido, hay que decir que las metáforas no son instrumentos neutrales que pueden utilizarse para usos múltiples, sino que su misma elección implica el adoptar una determinada posición epistemológica. Es así que puede decirse que la metáfora del edificio funciona como una verdadera metáfora epistémica, es decir, un tipo particular de metáfora en que “una expresión (término, grupo de términos o sistemas de enunciados) y las prácticas con ella asociadas, habituales y corrientes en un ámbito de discurso determinado socio-históricamente, sustituye o viene a agregarse (modificándola) con aspiraciones cognoscitivo-epistémicas, a otra expresión (término, grupo de términos o sistemas de enunciados) y las prácticas con ella asociadas en otro ámbito de discurso determinado socio-históricamente”.[2] La imagen del edificio actúa como metáfora epistémica de dos modos distintos, conectados entre sí: i) la noción de edificio, en la cual los cimientos sirven de base y sostienen toda la construcción, lleva su carga determinista al ámbito de las relaciones sociales, transformando la dialéctica en una mera relación causa-efecto; ii) la imagen del edificio conlleva un contenido espacial, según el cual las distintas partes de la construcción ocupan lugares físicos determinados. En el caso de la aplicación de esta imagen a lo social, el efecto logrado es muy distinto a la concepción dialéctica de Marx, pues mientras que este sostiene a lo largo de los Grundrisse (y el conjunto de su producción teórica) que lo importante son las relaciones sociales y no los polos, en la metáfora espacial parece sobreentenderse que las distintas instancias de lo social cristalizan en polos y ocupan lugares específicos dentro de la estructura social. De esta manera, la estructura dialéctica se transforma en una pesada estructura monocausal, en la que las instancias cristalizan en instituciones que tienen casi un contenido físico (así, por ejemplo, la escuela deja de ser un lugar donde se entablan relaciones específicas y pasa a denominar una institución que ha cristalizado en un estadio determinado de su desarrollo).
f) Observación general. Los defectos y problemas del prólogo de 1859 no deben hacernos olvidar que constituye la primera exposición pública de los principios fundamentales del materialismo histórico. En este sentido, el contenido esencial del prólogo es la demostración de que las ideas no son el motor de la historia y que, por el contrario, éstas están condicionadas por las relaciones sociales que entablan los seres humanos al encarar la reproducción de su existencia.
g) La lectura del prólogo de 1859 tiene que ser complementada con la Introducción de 1857, pues esta última presenta la concepción dialéctica que falta en el prólogo.”
Para no caer en el mecanicismo, Gramsci se propone rescatar básicamente dos cosas: en primer lugar, la dialéctica y en segundo, el rol del sujeto artífice de la praxis. Desde mi punto de vista, y coincidiendo con el marxista italiano, la interpretación más pertinente y coherente con el pensamiento marxiano del prólogo es la que tiene en cuenta la relación dialéctica entre la estructura, la superestructura y la consciencia de los hombres. “En este terreno [en el de la reflexión acerca de lo que dice Marx en el prólogo, incluyendo la mirada dialéctica. JAGD] se puede eliminar todo mecanicismo y toda huella de ‘milagro’ supersticioso”. (p. 22) La interpretación dialéctica anula el determinismo y la inacción que resulta de la espera a que se den las condiciones materiales. Pero la dialéctica y la filosofía de la praxis permiten también pensar en el rol de los sujetos transformadores, sean ellos los partidos políticos o los grandes líderes revolucionarios. “… sólo en este terreno se puede plantear el problema de la formación de los grupos políticos activos y, en última instancia, el problema de la función de las grandes personalidades en la historia”. (p. 22) Resuena aquí la ya mencionada carta de Engels a Borgius publicada en Sozial Akademiker. Allí, Engels dice: “Los hombres hacen ellos mismos la historia, pero hasta ahora no con una voluntad colectiva y con arreglo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada y circunscripta. Sus aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas estas sociedades impera la necesidad, cuyo complemento y forma de manifestarse es la casualidad. La necesidad que aquí se impone a través de la casualidad es también, en última instancia, la economía. Y aquí es donde debemos hablar de los llamados grandes hombres. El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento y un país determinado, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un sustituto, más o menos bueno, pero a la larga aparecerá” Y más adelante agrega: “Otro tanto acontece con las demás casualidades de la historia. Y cuanto más alejado esté de lo económico el campo de lo concreto que investigamos y más se acerque a lo ideológico puramente abstracto, más casualidades advertiremos en su desarrollo, más zigzagueos presentará la curva. Pero si traza usted el eje medio de la curva, verá, que cuanto más largo sea el período en cuestión y más extenso el campo que estudia, [el resaltado es mío] más paralelamente discurre este eje al eje del desarrollo económico.” En otras palabras, podemos dar inteligibilidad a la historia a partir de las leyes y tomando instrumentalmente como herramienta el análisis del proceso productivo pero siempre teniendo en cuenta que eso nos permite entender lo que ya pasó y los grandes trazos de la historia puesto que ella también involucra una dosis de contingencia. Dicho de otro modo, las leyes son más tendenciales que mecánicas. Volviendo a Gramsci, él mismo pensaba que las tesis sostenidas por Marx en el Prólogo de 1859 eran de carácter gnoseológico y sirve para comprender el modo en el que se forman las ideas y la concepción del mundo. Por otra parte, es fundamental desde la filosofía de la praxis trabajar en la transformación del sentido común para crear otro revolucionario, desde los partidos políticos y formando intelectuales orgánicos. Mientras tanto habrá que esperar a ver qué hacen los lideres, los sujetos individuales, los grandes hombres que surgen y pueden o no (así es la dialéctica) impulsar la historia para delante en el sentido revolucionario o paralizarla. Mientras tanto también habrá que ver qué hacemos desde la militancia para hacer de ellos interlocutores y ejecutores de las voluntades contrahegemónicas.
Quedan aun algunas reflexiones o esbozos de ideas que presentar, todas ellas surgidas a partir de la lectura de las críticas notas efectuadas por Gramsci a Bujarin y en relación a este último tema tratado. Gramci, como hemos visto, se plantea la necesidad de analizar el problema de la aparición de ciertos líderes “las grades personalidades de la historia”. Pueden ser Napoleón (citado por Engels en su carta a Burgius), pero pueden ser también Hugo Chávez, Evo Morales o Correa. Ahora bien, existe un tema que dispara la reflexión y que Gramsci deja pendiente, casi como para que el lector lo analice y deduzca por sus propios medios. Estos líderes, según expresa Engels surgen a partir de determinados condicionamientos dados por el devenir dialéctico y bien podrían ser reemplazados por otros. Pero qué pasaría si el líder, que es un sujeto libre, decide mirar para otro lado y no hacerse cargo del rol que le toca en el devenir histórico, qué pasa si el gran hombre, que lee la historia y descubre que debe avanzar en políticas progresistas, se “duerme en los laureles” de la comodidad. Esto bien podría suceder puesto que al contrario de lo que dice el gran Hegel ellos no son meramente recipientes neutrales en los que se encarna el espíritu absoluto, ellos también hacen la historia. Parafraseando a Jean Paul Sartre cualquier exponente del proletariado revolucionario puede ser el líder político X (pongamos allí a quien queramos) pero no cualquier líder político x puede ser un sujeto revolucionario. Gramsci estaba profundamente preocupado por analizar el rol de los sujetos en las transformaciones revolucionarias, cómo estos podían convertirse al mismo tiempo o bien en engranajes de una cadena ( Mussolini por ejemplo) o bien en actores de una praxis trastocadora de la sociedad capitalista dividida en clases. En Gramsci, los hombres no son sólo movidos por la historia sino también artífices de la historia, no meros peones o engranajes móviles condenados a ejecutar los designios de las Moiras.
Estamos ya en condiciones de entender por qué Gramsci ha preferido la expresión “filosofía de la praxis” o de la práctica. Esta última expresión no es sólo un recurso para evadir la censura dada su situación de preso; tiene que ver con la necesidad de elaborar un concepto para resaltar un tipo de interpretación de la concepción marxiana del mundo que pone en primer plano la necesidad de transformar el mundo que ya está claramente expuesta en las conocidas Tesis sobre Feuerbach. En el pensamiento del marxista italiano, la unidad entre teoría y práctica se da en la praxis, en la filosofía de la praxis, la cual se identifica con la política. Dicho en otros términos, la unidad entre teoría y práctica hace de la política la verdadera filosofía. Esta es la unidad que permite lograr la hegemonía del proletariado y la transformación de la estructura. Siempre es importante tener en cuenta que para Gramsci, la revolución lejos de ser la toma del poder estatal por la fuerza, es en primer término un cambio intelectual y moral. Dicho cambio se da desde una praxis contrahegemónica.
[1] Se trata del Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política publicado en 1859. Dicho documento era para la época, junto con algunas referencias en El Capital, los únicos pasajes en los que podían estudiarse cuestiones metodológicas o epistemológicas de mano del mismo fundador del materialismo histórico.
[2] La categoría metáfora epistémica está tomada de Palma, H. (2004). Metáforas en la evolución de las ciencias. Buenos Aires: Jorge Baudino Ediciones
viernes, 2 de marzo de 2012
Apuntes sobre las Notas críticas al “Ensayo Popular de Sociología” elaboradas por Antonio Gramsci. (Segunda parte)
Hemos visto, en nuestro primer apunte, cómo Gramsci, en la introducción a sus notas sobre el Ensayo Popular[1], deja claramente fijada su posición en relación al modo en que debe transformarse lo dado desde el punto de vista político. De lo que se trata es de operar sobre el sentido común y no mediante la toma del poder por la fuerza. Esta posición, como habíamos observado, está profundamente relacionada con el modo en el que el marxista italiano se posicionaba frente al panorama político en su Italia natal (observaciones que hace extensivas a todo Occidente). Por demás, es a partir de dicha postura que emprende la crítica al manual escrito por su camarada ruso Nikolái Bujarin. En efecto, un manual destinado a la formación de las masas populares revolucionarias no puede comenzar por la crítica a los filósofos tradicionales sino por la crítica al sentido común.
Hasta aquí un magro resumen de los temas que se han desarrollado en nuestro anterior encuentro. Adentrémonos ahora definitivamente en el contenido del texto. Dicho trabajo consta de una introducción (ya trabajada en la entrada anterior) y una serie de puntos agrupados bajo el título “Cuestiones Generales”. Se trata de una serie de críticas agrupadas en 20 parágrafos temáticos.[2] A veces trabajaré uno en forma aislada; otras, trataré de abarcar dos o más. Esto tiene que ver con la densidad propia de cada uno y la extensión que demande su tratamiento. Por otra parte, no modificaré el orden en que aparecen en la edición que trabajo. Estudiemos, en esta oportunidad, el primer parágrafo titulado “Materialismo histórico y sociología”.
Una vez fijada, como decíamos, su posición en general a lo largo de la introducción del apartado sobre el Ensayo Popular, Gramsci se dispondrá a desarmar el texto de Bujarin para analizarlo punto por punto. Como no podía ser de otra manera, en el primer apartado, se analiza el título. El título completo del famoso manual es, como hemos visto, Teoría del Materialismo Histórico. Ensayo Popular de Sociología Marxista. Antonio Gramsci sostiene, lisa y llanamente, que la primera proposición del título no concuerda con el contenido del manual puesto que si hablamos de teoría, entonces la obra debería contener una “sistematización lógica y coherente de los conceptos filosóficos que se engloban en modo disperso bajo el nombre de materialismo histórico” (p.15) Dicho en otros términos, el manual no hace lo que promete en el título. Pero además, y este es un punto interesante, Gramsci considera que la teoría corresponde con una sistematización de aquellos conceptos filosóficos que en el materialismo histórico están “dispersos” y es más, “a menudo son espúreos, de derivación extraña”. (p. 15) Lo que el marxista italiano está diciendo es que no sólo hay que sistematizar sino emprender una autocrítica afín de corregir ciertas deformaciones realizadas de los principales puntos de la teoría marxista en el curso de su historia.
Por demás, son interesantes las preguntas que para Gramsci deberían ser tratadas a fin de lograr cierta sistematización teórica del materialismo histórico. Estas son: “¿Qué es la filosofía?; ¿en qué sentido puede llamarse filosofía una concepción del mundo?; ¿cómo se ha concebido hasta ahora la filosofía?; ¿la filosofía de la praxis[3] innova esta concepción?; ¿qué significa una filosofía especulativa?; ¿podrá tener nunca la filosofía de la praxis una forma especulativa?; ¿qué relaciones existen entre las ideologías, las concepciones del mundo, las filosofías?; ¿Qué relaciones existen o deben existir entre la teoría y la práctica?; ¿Cómo conciben estas relaciones las filosofías tradicionales? Se trata de jugosas cuestiones dejadas de lado en el texto de Bujarin, el cual comienza de plano con una crítica a las filosofías tradicionales. En definitiva, lo que Gramsci está sugiriendo es algo didácticamente muy nuevo, hacer un manual que en vez de “bajar línea” desarrollando una serie de contenidos lejanos a su supuesto receptor o alumno, partir de aquellas cuestiones cercanas al mismo para cuestionarlas. Esto no es otra cosa que hacer “filosofía de la praxis” al mismo tiempo que se enseña la “filosofía de la praxis” o concretamente, el materialismo histórico.[4]
Más adelante, Gramsci sostiene que Bujarin nunca justifica las siguientes dos afirmaciones: que el “materialismo filosófico” es la verdadera filosofía y que el materialismo histórico es una “sociología”. Si esto es así, dice el marxista italiano, Bujarin está aceptando que la teoría del materialismo histórico coincide con el materialismo filosófico cuestión que el mismísimo Marx critica ya en sus famosas Tesis sobre Feuerbach de 1845 y que trae aparejados una serie de trastornos epistemológicos. Más aun, Gramsci va a cuestionar esta idea (directamente relacionada con lo anterior) de que el materialismo histórico es una sociología deteniéndose un poco más en esta fuerte afirmación de su camarada ruso.[5] Sostiene que habría que explicar qué clase de sociología es el materialismo histórico, si es una sociología que consiste en la colección de observaciones empíricas y reglas de investigación histórica o si es ciencia de la política y de la historiografía. Como en el manual de Bujarin esto no está respondido, Gramsci argumenta que no hay teoría lisa y llanamente en el libro y que no es claro el nexo entre la primera proposición del título general y la segunda proposición, Ensayo Popular sobre Sociología Marxista. Es más, dice que la segunda sería más adecuada para el título si Bujarin hubiese dado un significado más acotado para el término sociología. En realidad, lo que preocupa a Gramsci es esta cuestión de la identificación del materialismo histórico con la sociología.[6] Detengámonos un momento en este densísimo punto.
Gramsci sostiene que el materialismo histórico nació como un conjunto de “aforismos y de criterios prácticos por pura casualidad, porque su fundador dedicó sus fuerzas intelectuales a otros problemas especialmente de orden económico (en forma sistemática)” aforismos y criterios prácticos en los que se encuentra implícita una filosofía. (p. 16) Para Gramsci, la sociología tal como él y sus contemporáneos podían abordarla como objeto de análisis (la de básicamente, la de Durkheim y Weber, sólo por nombrar los fundadores de la sociología clásica) había intentado crear un método científico de la “ciencia histórico-política”[7] en dependencia de un sistema filosófico, el positivismo, sobre el cual también ella misma ha influido parcialmente. Ahora bien, esta sociología basada en el modelo de las ciencias naturales se ha convertido, al mismo tiempo, en la filosofía de los no filósofos, el sentido común de la comunidad intelectual que le da vida, en una herramienta para la legitimación del orden capitalista. Gramsci dice, concretamente, que esta sociología es “un intento por determinar experimentalmente las leyes de la evolución de la sociedad humana para poder prever el futuro con la misma certeza con que se prevé que de una bellota saldrá una encina”. (p.16) Así, el naturalismo, el mecanicismo o el evolucionismo vulgar y en general, el positivismo son, en rigor, quienes actúan como base sobre la cual se edifica la sociología clásica; sociología que se encuentra lejos de la dialéctica y muy cerca de la lógica formal. Esto no quiere decir, alega Gramsci, que no tenga utilidad conocer las leyes generales, sólo que “hay que llamar al pan pan y presentar los tratados de tal género como son”. (p. 17) Lo que el marxista italiano está defendiendo es la idea de que el materialismo histórico o filosofía de la praxis es una filosofía, que es una filosofía a sistematizarse, que hay mucho que hacer dentro de ese programa de investigación (puesto que Marx sólo dejó ciertos lineamientos) pero que así como se presenta está muy lejos de ser una sociología, menos una sociología construida sobre la misma base que la sociología clásica de fines del siglo XIX, esa que toma como sustento filosófico el positivismo o el materialismo, materialismo que Bujarin sostiene es la verdadera teoría del materialismo histórico. El idealismo propio de la filosofía especulativa tradicional, una disciplina de las categorías y la síntesis a priori del espíritu, es una forma de abstracción anti-histórica. Por su parte, la filosofía materialista implícita en el Ensayo Popular podría decirse que es un idealismo al revés, en el sentido de que los conceptos y clasificaciones empíricos sustituyen a las categorías especulativas, siendo por su parte tan abstractos y anti-históricos como las propias de la posición adversaria.[8]
Más adelante, Gramsci va a concentrarse en un debate que tuvo que dar el mismo Bujarin mientras trabajaba en el manual. Sostiene que al autor del manual “se le presentan objeciones” de parte de un grupo que consideraba que el materialismo histórico no puede ser sociología dado que el mismo sólo puede expresarse en trabajos históricos concretos. La objeción, lisa y llanamente, tiene que ver con la vieja discusión acerca de los universales. Lo que pueden estarle planteando a Bujarín es que no pueden elaborarse leyes de la historia y que sólo se puede analizar casos particulares. Gramsci dice que su colega ruso directamente no contesta o lo hace simplemente con frases. Entonces toma cartas en el asunto y afirma que sí se puede hacer “teoría de la historia y de la política porque aunque los hechos sean siempre individuales y mutables en el flujo del movimiento histórico, los conceptos se pueden teorizar; de otro modo ni siquiera se podría saber lo que es el movimiento ni la dialéctica y se caería en una nueva forma de nominalismo”: (p. 17) Gramsci no niega la teoría ya que dicha negación iría incluso en contra de la posibilidad de la dialéctica. El problema que se debe plantear no es ese sino el de cuál es la teoría, cuál es la base filosófica que debe sostener la praxis y en todo caso si la teoría funciona o puede funcionar una vez aislada por el mecanismo gnoseológico que sea como orientadora de la praxis política. Dicho en otros términos y más concretamente: ¿debe ser la dialéctica o la lógica formal el sustento del marxismo? ¿Materialismo histórico o materialismo? ¿Sociología o filosofía de la praxis? A continuación, una posible respuesta: “la reducción de la filosofía de la praxis a una sociología ha representado la cristalización de la tendencia errónea ya criticada por Engels (en sus cartas a dos estudiantes publicadas en Sozial Akademiker), que consiste en reducir una concepción del mundo a un formulario mecánico que da la impresión de tener toda la historia en el bolsillo”. (p. 17)[9] Una cosa es involucrarse en la reflexión y la crítica, en la construcción y la sistematización de la filosofía de la praxis y otra es transformar una serie de frases, aforismos, parágrafos sueltos dejados por los fundadores del marxismo en una sociología que pretende extraer leyes de lo particular y aplicarlas en todos los casos pasando por alto las particularidades y complejidades propias de la realidad histórica y el hecho de que las leyes mismas deban ser revisadas permanentemente. Este modo de proceder junto con el reduccionismo y el mecanicismo era una de las características que Gramsci veía en la posición de lo que solía llamarse la “tendencia deteriorada” del marxismo que a partir de la reducción a una determinada cantidad de categorías y leyes quiere explicar todo proceso histórico-político en la sociedad sin comprender que precisamente en las sociedades humanas ocurren novedades que exigen cambios en la teoría misma. “Esta tendencia ha constituido el mayor incentivo para las fáciles improvisaciones periodísticas de los genialoides”. (p. 17) La cuestión de si debe tomarse como base al materialismo queda claramente respondida. Ahora bien, queda un tema abierto para la reflexión y el debate y se expresa en las siguientes preguntas: ¿puede basarse una práctica política transformadora en leyes científicas? ¿Cuáles, de qué tipo, rígidas, inmutables o en permanente fluir? En definitiva, ¿puede ser el materialismo histórico una sociología científica?
Volviendo al tema de la sociología y el materialismo histórico, Gramsci va a sostener que “negar la posibilidad de construir una sociología que no sea la misma filosofía de la praxis no significa que no se pueda elaborar una compilación empírica de observaciones prácticas […] no puede excluirse la utilidad práctica de la identificación de ciertas leyes de tendencia más generales que correspondan en política a las leyes estadísticas o de los grandes números, tan útiles para hacer avanzar a las ciencias naturales”. (p. 18) Pero, más adelante, comienzan los reparos. Las leyes pueden ser útiles para anticipar resultados en física, química, etc. De hecho eso es lo que hacen los científicos enrolados en estas disciplinas. Si el científico se equivoca, pues la ciencia misma se corrige buscando nuevas leyes que reemplacen a las erróneas. Ahora bien, esto no puede pasar en política debido a que un error, sostiene Gramsci, conllevaría a “verdaderas catástrofes”. (p. 18) Con todo esto, Gramsci está mostrando que no puede hacerse política con una sociología construida sobre la base de una filosofía naturalista, materialista o positivista; que no puede hacerse una política entendida como acción permanente para la transformación de lo dado, a partir de leyes elaboradas a partir del modelo abstracto. En el caso de la praxis política, no pueden abstraerse leyes desde el agrupamiento de casos al estilo inductivo o como lo hace la estadística, para luego tornarlas inmóviles y pretender a partir de ellas, explicar las particularidades en el devenir histórico. Hay que prestar atención a las particularidades, a los hombres concretos. Gramsci sostiene que las leyes estadísticas sólo se pueden utilizar en política en la medida en que las grandes masas de población permanezcan inmóviles o pasivas, cosa que no sucede en la realidad. Esto hace que toda anticipación o explicación realizada a partir de la aplicación de este tipo de elaboración nomológica sea tremendamente parcial y aleatoria. Por otra parte, la acción política por sí misma tiene a hacer salir a la población de la pasividad.
Es interesante el análisis que posteriormente hace Gramsci del caso de la economía. Está claro que la intención del marxista italiano es mostrar que ni siquiera aquella ciencia social considerada a menudo por algunos intelectuales más cercana a las ciencias naturales
puede basarse en “estadísticas mecánicamente establecidas”. Las acciones individuales son imprevisibles y esto hace imposible anticipar resultados en función de leyes extraídas a partir de modelos inductivos. Ni qué hablar, dirá Gramsci, si consideramos la política contemporánea (él hablaba de la de su época pero bien podríamos emplear sus afirmaciones para el contexto actual) y el accionar de los partidos y los organismos colectivos en general donde lejos de poder basarnos en casos individuales como punto de partida para el establecimiento de leyes, lo que tenemos es “coparticipación activa y consciente, por compasionalidad, por experiencia de los particulares inmediatos […] un vínculo estrecho entre las grandes masas, el partido, el grupo dirigente; y todo el complejo, bien articulado se mueve como un hombre-colectivo”. (p. 19)
En definitiva, Gramsci destaca el valor de tomar nota de los sentimientos reales propios de los individuos, de las particularidades, más que de presuposiciones basadas en leyes elaboradas sobre la base de una filosofía materialista, naturalista o positivista. Por demás, deja planteado el problema de si puede hacerse política desde el fantástico mundo de las abstracciones nomológicas (elaboradas desde la lógica formal o la dialéctica) o si es preciso bajar con frecuencia al barro de la historia para ver qué pasa con los sujetos de carne y hueso, esos que lejos de los caprichos científicos sufren, gozan, viven y mueren. En este punto, el italiano concuerda con Lukács en eso de que las leyes del marxismo son tendenciales no estáticas. La filosofía de la praxis gramsciana está lejos de la sociología en el sentido que es una teoría abierta y en permanente desarrollo que se opone a toda forma de esquematización y a la reducción a teorías o tesis fijas que la cristalicen. Bujarin, por su parte, se corre de esta manera de la tradición marxista porque lejos de criticar el modo en que se construye conocimiento en las ciencias de la naturaleza y permanecer en la dialéctica, aplica el método de esas ciencias y toma su fundamento filosófico, el materialismo vulgar, para emprender el estudio de la sociedad.[10]
En definitiva, y esto sería tema de un debate que aquí sólo podemos dejar planteado, y que tiene que ver con aquello que insinuábamos más arriba: ¿puede el materialismo histórico ser una sociología? En otros términos, la pregunta que quedaría picando es: ¿se puede hacer política transformadora, revolucionaria convirtiendo al marxismo en una sociología, puede la sociología marxista por sí sola hacer la revolución del proletariado o es preciso hacerla considerando al materialismo histórico como una filosofía, una nueva filosofía de los no filósofos, una nueva forma de sentido común que lucha para convencer, para transformar primero, el sentido común burgués, para así después poder tomar el poder? A mi juicio la crítica gramsciana de la sociología en general incluye una crítica a la sociología comúnmente conocida como clásica (la de Durkheim y Weber, por ejemplo) y a la sociología marxista del estilo Bujarin. Existen razones históricas para ello. La sociología clásica había venido a legitimar y establecer fundamentos científicos para sostener y reproducir el orden capitalista triunfante; orden que hacía tiempo ya se había fundamentado gracias al trabajo de la filosofía política, herramienta intelectual de la burguesía para luchar contra el antiguo régimen. En cuanto a la sociología marxista, ésta también tuvo un rol dentro del mantenimiento del orden. Había que fundamentar y legitimar la ideología revolucionaria como doctrina del Estado una vez tomado el poder luego de la Revolución del 17 y asegurar el orden dentro de la nueva sociedad. El proceso de sociologización del marxismo - del cual el manual de Bujarin es sólo un hito destacado- fue la respuesta teórica que pasó por encima de muchos de los aportes de Lenin y ni que hablar de la postura trotskista. En Italia, y en Occidente en general, la realidad era otra. Así volvemos a uno de los primeros temas trabajados. Aquel que se relaciona con el modo en el que debe darse la revolución en Occidente. Gramsci, recordemos, se apartaba de la idea de tomar el poder por la fuerza y se inclinaba por la lucha contra-hegemónica.
En un próximo encuentro, abordaremos las críticas dirigidas al modo en que debe estructurarse el materialismo histórico y al densísimo tema de la relación entre estructura, superestructura y movimiento histórico y trataremos de entrever el tratamiento que el marxista italiano da a estas interesantes cuestiones.
[1] Algo que había quedado pendiente en la entrada anterior… La obra de Bujarin consta de una introducción y de los siguientes capítulos:
1. Materialismo histórico: La causa y el fin de las ciencias sociales (causalidad y finalismo).
2. Determinismo e indeterminismo (necesidad y libre albedrío).
3. Materialismo dialéctico.
4. La sociedad.
5. El equilibrio entre la sociedad y la naturaleza.
6. El equilibrio entre los elementos de la sociedad.
7. Ruptura y restablecimiento del equilibrio social.
8. Las clases y la lucha de clases.
[2] Sobre esto existen discusiones muy densas que no puedo tratar aquí referidas a la pertinencia de los subtítulos empleados por los editores de los cuadernos. Gramsci seguramente escribió de corrido y luego fue obra de los editores incorporar títulos y subtítulos a las notas.
[3] Recordemos que Gramsci, por el hecho de estar encarcelado y tener que cubrir sus espaldas puesto que sus escritos eran revisados, hablaba de filosofía de la praxis y no de materialismo histórico o marxismo, categorías que sí transcribía cuando eran sus interlocutores los que hablaban en el texto.
[4] De hecho esta idea tuvo sus derivaciones en la pedagogía y muchos pedagogos progresistas todavía hoy toman como referente a Gramsci para fundamentar sus respectivas posturas.
[5] La discusión queda más clara si se la sitúa históricamente. Por una parte, por entonces, existía una tendencia (propia de la II Internacional) a la recuperación de algunas cuestiones teóricas o metodológicas propias de las denominadas ciencias sociales para ser integradas al marxismo. Por su parte, el denominado “marxismo ortodoxo” sin mediar crítica alguna a las cuestiones que se pretendían incorporar, cerraba filas y acusaba de revisionismo a dicha la tendencia anteriormente citada. Frente a la denominada “sociología burguesa” se proponía como verdadera y única sociología al materialismo histórico. El trabajo de Nikolái Bucharin se inscribe en esta tendencia.
[6] Gramsci hablaba de dos tendencias dentro del marxismo: la progresiva dentro de la cual se incluía y la regresiva, caracterizada por el reduccionismo, el mecanicismo y el dogmatismo; aquella que quería hacer del materialismo histórico una sociología dentro de la cual, el marxista italiano colocaba a Bujarin.
[7] En Gramsci, sociología como “ciencia histórico-política” es lo mismo que sociología como “ciencia de la sociedad”.
[8] Aquí hay una cuestión interesante. El rescate del materialismo clásico realizado por Bujarín tiene como propósito tomar distancia de las posiciones idealistas propias de algunos filósofos considerados por el partido como representantes de la burguesía que habían absorbido algunos elementos del materialismo histórico a sus propios sistemas idealistas como por ejemplo Croce, Gentile, Sorel y Bergson).
[9] Se trata de las cartas publicadas en "Der Sozialistische Akademiker” en 1895, una a Bloch y otra a Borgius. En una carta a Bloch, Engels sostiene entre otras cosas que: “Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta --las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las Constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas-- ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores, en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades (es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento económico. De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado.” Toda la carta es jugosísima. Unas líneas más adelante, Engels dirá “El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error. Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos «marxistas» y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado...” En la otra famosa carta, la que dirige a Borgius Engels sostiene: “El desarrollo político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico. Pero todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y sobre su base económica. No es que la situación económica sea la causa, lo único activo, y todo lo demás efectos puramente pasivos. […] No es pues, como de vez en cuanto, por cuestiones de comodidad, se quiere imaginar, que la situación económica ejerza un efecto automático; no, son los hombres mismos los que hacen la historia, aunque dentro de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones efectivas con que se encuentran, entre las cuales las decisivas, en última instancia, y las que nos dan el único hilo de engarce que puede servirnos para entender los acontecimientos son las económicas, por mucho que en ellas puedan influir, a su vez, las demás, las políticas e ideológicas.” Engels parece aquí reconocer que el foco puesto en la producción económica tiene un rol instrumental, metodológico pero que ontológicamente lo que se da es una dialéctica entre todas las manifestaciones.
[10] Lenin mismo decía acerca de las deficiencias dialécticas de su joven camarada Bujarin “sus conceptos teóricos sólo pueden ser considerados, desde todos los puntos de vista, marxistas con la mayor reserva, porque hay en él algo de escolástico (no ha estudiado nunca y pienso que jamás ha entendido del todo la dialéctica”.
